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Relato de orgía : Fingí dormir viendo a mi jefa besar a mi carnala

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Resumen:

Jaime despierta entre su novia Izzy, su , y Elisa, su hermana recuperada tras años de distancia. Fingiendo dormir, observa cómo las dos mujeres se besan con pasión en la cama, compartiendo susurros íntimos y caricias en los senos. Hablan de su conexión con él, de la noche anterior compartida y de planes futuros, mientras se excitan mutuamente hasta llegar al clímax. Al final, Jaime revela que estaba despierto, lo que lleva a risas y un desayuno en la cama preparado por Izzy. Elisa se encarga de complacerlo oralmente en un intenso 69, respetando los límites establecidos, antes de que los tres reflexionen sobre su relación.

Aquí está tu Historia: Fingí dormir viendo a mi jefa besar a mi carnala

Soñé con dos morras jóvenes que se comían a beso limpio, echándose susurros al oído mientras se reían pegadas de la boca. Eran chavas bien prendidas, con un aire conocido que no le achacaba bien. No cachaba ni madres de lo que se decían. Abrí los ojos despacito y caí en cuenta de que la pinche realidad se había colado en el sueño. Ahí estaba Elisa, tirada boca arriba juntito a mí, con el olor a sábana tibia y sudor de la noche pegado en la piel. Del otro lado de ella, mi jefa Izzy se recargaba en un codo, clavándole la mirada de frente. Las dos en pura pelona, con las sábanas cubriéndoles nomás de la cintura pa’bajo, y el zumbido del ventilador del techo removiendo el aire caliente del cuarto. Claro que sí, ya me acordaba perfecto: me había quedado dormido apretujado entre las dos la noche anterior, con el calor de sus cuerpos pegándome por todos lados. En algún rato, Izzy se había aventado al lado de Elisa en la cama king size. Se daban piqueritos suaves que retumbaban en el silencio del depa, con ese chasquido húmedo que se oía clarito contra el ruido de la calle abajo.

—¿Te late? —le susurró Izzy, con la voz ronca de pura calentura.
—Sí, respondió Elisa bajito—. Pero de pilón preferiría besar a un vato. No te lo tomes personal.
—Eres bien recta. Pos nomás paramos.
—No, órale. Estoy bien prendida por un sueño cabrón de cogida, dijo Elisa, moviéndose un poco bajo las sábanas.
—Podemos despertar a Jaime. Si se te antoja besuqueo cozy, él es el mero bueno pa’ eso.
—Izzy, cállate la boca. Tú y yo necesitamos un rato solas. Quiero cacharte mejor, saber cómo eres de verdad.
—¿Neta?
Elisa sonrió con picardía, el calor de su aliento rozando la cara de Izzy. La jaló de la nuca con mano firme y la pegó pa’ otro beso largo, con el sabor a pasta de dientes de la mañana mezclándose en sus lenguas. Mantuve los ojos entrecerrados, fingiendo que seguía en la peda del sueño, mientras el sol se colaba por las cortinas delgadas y calentaba la sábana contra mi verga que ya empezaba a pararse.
—Aprovecha que ando bien caliente, le dijo Elisa.
—Va pues.
Siguieron con los besos, que de piqueritos pasaron a mamadas de lengua abierta, con la de Izzy metiéndose hasta el fondo en la boca de Elisa. Izzy traía los ojos cerrados, perdida en el rollo; Elisa los tenía bien abiertos, fijos en las pecas de la cara de mi novia, como midiendo cada gesto. El aire se llenó del sonido de sus lenguas chupando y el roce áspero de las sábanas contra la piel sudada.

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—mmm, gimió Elisa—. Besas rete chido, güey.
Empecé a pensar que ya valía madres si me cachaban despierto o no. Susurraban, pero los quejidos y gemidos salían más seguidos, con ese tono jadeante que calienta la sangre. Seguí en mi farsa, dejándolas gozar el momento sin mi intervención, sintiendo el calor de sus cuerpos irradiando hasta mí.
—Quiero checar contigo antes de que despierte, dijo Elisa.
—¿De qué?
Me miró de reojo, escaneando si seguía dormido. Mantuve la respiración pareja, como si nada.
—Quiero agradecerte por compartirlo conmigo anoche. Y que sepas lo mucho que significa pa’ mí, le soltó—. Batallé un chingo de años pa’ armarme de huevos y reconectar con él. Al final me dije que lo necesitaba en mi vida, neta. Y aquí ando. No vine a seducirlo, vine por mi carnal.
—Con esas chichotas al aire libre.
Izzy apuntó los senos de Elisa con la barbilla. Ella puso cara de culpita, riendo bajito.
—Culpable como la chingada. Siempre me ha gustado, pero nunca sentí que podía estar con él de esa forma. Lo que quería era la amistad, pero la cagué cañón antes.
—Se nota que está rete contento de tener de nuevo tu amistad, dijo Izzy—. Se emociona un buen cuando platica de ti, con los ojos brillosos y todo.
—Quiero que sea feliz. Y veo que tú lo haces rete feliz. Pienso que eres perfecta pa’ él, lo que se merece a todo dar. Al parecer, quiere echarte el anillo.
Izzy soltó una carcajada y le mordió juguetona el labio de abajo a Elisa, con el sonido húmedo retumbando.
—¿Neta lo oíste decir eso? ¿Que me va a hacer su vieja oficial?
Elisa le acarició la nuca con dedos suaves.
—Lo oíste clarito. ¿Crees que ya tiene el anillo listo?
—No creo. Pero ya voy a empezar a registrar el depa por si las dudas, pa’ no perdérmelo.
Las dos se rieron a carcajadas, y luego se pegaron de nuevo pa’ besarse con lengua, el olor a piel caliente y excitada llenando el cuarto mientras el ventilador zumbaba sin parar.

—Gracias por decirme cosas tan chidas, dijo Izzy, separándose un segundo—. Ojalá él también te haga feliz.
—No me canso de él, confesó Izzy—. Me hace sentir segura. Y bien deseada. Nomás… me late cómo me ve, cómo me habla. Es rete honesto conmigo, sin pendejadas.
—Te lo mereces a todo dar.
Elisa le puso las manos en las mejillas, calientes y suaves, y la acercó pa’ lamerle los labios antes de meterle la lengua hasta el fondo. Izzy gimió bajito.
—Órale, qué chido. Elisa, mejor paramos ya. Quiero hacer más que nomás besar.
—Va bueno, dijo Elisa—. Me siento cómoda contigo, neta.
Tomó la mano de Izzy y se la llevó al pecho, poniéndosela en la teta derecha, con el pezón ya endurecido por el roce. El calor de la palma de Izzy contrastaba con la piel fresca de Elisa.
—Me sorprendí un chingo cuando me tocaste aquí anoche, susurró.
—Perdón, carnala.
Izzy le hacía círculos en el pezón con el dedo, viéndolo ponerse más duro, como una piedrita.
—Debí darme cuenta de que querías que Jaime jugara con tus tetotas. Está obsesionado con ellas, al cabo.
—Mis pezones son rete sensibles. Jugar con ellos es la mejor forma de prenderme de una.
—Gracias por el tip, güey.
Izzy sonrió pícara y bajó la cabeza al pezón de Elisa. Sacó la lengua y lo lamió despacio, con el sonido chuposo húmedo.
—¿Está chido?
—mmm, murmuró Elisa, poniendo una mano en la cabeza de Izzy, enredando los dedos en su pelo revuelto.
—Métetelo a la boca, anda.
Izzy obedeció al tiro. Chupó el pezón hinchado con ganas, succionando fuerte. Elisa jadeó.
—Órale, siento tu lengua ahí adentro, cabrona.
Izzy dejó que el pezón se saliera con un pop sonoro. ¿Te está funcionando?
Elisa asintió, pasándole los dedos por el pelo, haciendo que Izzy gimiera de gusto. Volvió a chupárselo. Elisa arqueó la espalda, con la piel erizada por el fresco del ventilador.

—Estar con los dos juntitos anoche fue algo rete especial. Me ha hecho sentir un poco flexible contigo, dijo Elisa.
La mano de Izzy bajó hacia la panocha de Elisa. Ella la detuvo en seco.
—Ahí ya sería pasarse de lanza.
La movió a la otra teta, suave pero firme.
—Va pues, dijo Izzy.
Le pellizcó un pezón con los dedos mientras chupaba el otro, alternando el dolorcito placentero. ¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Izzy, con la voz entrecortada.
Elisa se retorcía bajo la atención en sus tetas, jadeando.
—Adelante. Suéltala.
Mientras lo decía, Elisa jaló la sábana pa’bajo, dejando ver su panocha depilada y húmeda, y empezó a tocarse con dedos lentos, el sonido chapoteante de su propia humedad rompiendo el silencio. Izzy se detuvo a ver cómo se masturbaba, hipnotizada.
—Eres recta. Pero te sientes un poco flexible conmigo, lo cual está chingón. Me da gusto jugar en tus términos. Pero hay algo que no me cuadra.
Elisa respiraba agitada, moviendo las caderas mientras metía un dedo adentro, con el olor almizclado de su excitación flotando en el aire.
—Me preguntas por qué te chupé la verga de los dedos mientras Jaime me comía la panocha.
—¡Sí, cabrón! Estuvo rete caliente. No me quejo. Pero ¿por qué vergas lo hiciste?
—Jaime me tenía al borde con la lengua en mi clítoris.
Gruñó mientras metía otro dedo, bombeando.
Izzy subió y empezó a besar a Elisa. Sus lenguas se enredaban salvajes, chupándose con hambre. Elisa se apartó un segundo.
—No salía de mi cabeza pensando “Dios, Jaime me está comiendo la panocha”. No podía correrme ni madres.
—Ay, pobrecita.
Izzy le besó el cuello, lamiendo la piel salada.
—Cuando vi tus dedos chorreando de tu panocha, algo hizo clic. Te probé y fingí que eras Jaime probándome a mí. Entré en su rollo. Y entonces pude correrme como loca.
—Qué chingona.
—Menos instinto, supongo, dijo Elisa, riendo entre jadeos.
Volvieron a besarse y Izzy metió una mano entre sus piernas propias. Yo ya estaba con la verga dura como piedra. Si me volteaba boca arriba, armaba carpa con la sábana. De lado, viéndolas, pasaba desapercibido.

—¿Te gustó mi sabor? —preguntó Izzy, con la voz salida ronca de pura necesidad.
—Tal vez un cachito.
—Chin… cómo quiero comerte la panocha.
—Lo sé, güey.
Izzy lamió y chupó el pezón de Elisa mientras se tocaba, con los dedos chapoteando en su propia humedad. Elisa gimió fuerte y se meneó sobre sus dedos. Luego lamió los de su mano libre y agarró un pezón de Izzy, pellizcándolo.
—¡Órale, Dios! —gimió Izzy.
—¿Te late?
—¡Óbvio, provocadora!
Quería pajearme un chorro, pero no quería que me cacharan. No quería interrumpir su desmadre. Ya no susurraban. Tenían que saber que estaba despierto. Pero seguí fingiendo, con la verga latiendo contra la sábana tibia.
—Estoy bien cerca, gimió Izzy.
—Yo también, carnala.
Elisa soltó la teta de Izzy y se meneó más rápido sobre sus dedos, con las caderas alzándose.
—Joder, sí. Me vengo.
Izzy se acostó boca arriba, levantó las piernas en el aire y se metió una mano en la panocha mientras se refregaba el clítoris con la otra, gimiendo alto.
—Tan cerca, susurró.
Elisa se quedó quieta, con el pecho subiendo y bajando rápido, gozando las réplicas de su orgasmo, la piel brillante de sudor.
—¿Ya vas a correrte?
—Lo intento con todo.
—¿Te echo la mano?
Elisa le besó el cuello, cerca de la oreja, con el aliento caliente.
—Oh, Dios, ahí, justo cerca de la oreja.
Elisa sacó la mano de entre sus piernas. Los dedos brillaban con su corrida pegajosa. Se los mostró a Izzy, que los miró fijo, babeando.
—Pruébame, dijo Elisa.
Metió los dedos en la boca de Izzy, que los chupó con ganas, gimiendo con la boca llena, el sabor ácido invadiéndole la lengua. Sus piernas cayeron al colchón mientras las caderas se le movían arriba y abajo solas. Al fin Elisa sacó los dedos.
—¿Te gustó?
—Claro que sí, dije yo, abriendo los ojos del todo.
Las dos voltearon a verme de golpe, con la boca abierta y los ojos como platos. Luego se echaron a reír a carcajadas, el sonido llenando el cuarto.

—Debimos despertarte hace rato, dijo Izzy, aún riendo.
—¿Te gustó vernos en el desmadre?
—Izzy, ¿porfa dejas de manosear a Elisa? —le puse cara de fingida bronca, sentándome un poco.
Izzy hizo puchero con los labios.
—Ella me invitó, güey. Quería besuquearse a gusto.
Elisa asintió, con las tetas moviéndose.
—Espero que no te moleste que jugáramos mientras roncabas. Quería unir lazos con tu chava, neta.
—Mientras las dos estén agusto, órale.
Elisa asintió. Izzy se trepó sobre ella y se acurrucó conmigo, pegando su cuerpo sudado al mío. Me miró fijo a los ojos y me plantó un beso caliente, con lengua. Gruñí de gusto al probar un leve sabor a la corrida de Elisa en su boca, salado y pegajoso.
—¿Estás vergudo?
—¿Qué pedo crees?
Metió la mano bajo la sábana.
—Tu verga está chorreando pre como loca.
Lamió el pre de su dedo, saboreándolo. Se volteó, agarró a Elisa del mentón.
—Voy a hacer desayuno. Elisa, tú encárgate de la situación de Jaime.
Le plantó un beso baboso, con saliva chorreando.
—¿Situación? —Elisa se quedó quieta, mirándola con cara de qué pedo.
—Sí, lo pusimos con la verga parada. Alguien tiene que arreglarlo.
—¿Cómo quieres que lo haga?
—Como se te antoje. Pero nada de cogida, eh.
Se bajó de la cama, se puso el tanguita y la playera de anoche, que olía a cerveza rancia y humo de cigarro.
—Diviértanse, cabrones.
Y se salió meneando las nalgas. Elisa se volteó y me miró la cara, con el pelo desgreñado cayéndole en los ojos.
—Hola, susurró, sonriendo.
—Buenos días. ¿Cómo andas?
Sonrió más ancho.
—¿Neta tienes que preguntar?
—Perdón si Izzy está siendo mucho. Todo el fin he tratado de frenarla, pero es bien… Izzy, ya sabes.
—No te disculpes. Es chida respetando mis límites, la neta.
—Más o menos.
—Me siento segura y cómoda con ella. Es divertido ver cómo se prende cuando le doy un poquito de lo que quiere. De todos modos, no es la primera morra con la que juego.
—¿Neta?
—¿Recuerdas a Kim?
—Tu roomie de segundo año.
Kim era una güerita tímida que apenas me toleraba cuando iba a la recámara de Elisa en la uni, con su cuarto lleno de posters de bandas indie y olor a incienso.
—¿Neta? Pero dijiste que eres recta.
—Lo soy. Casi casi. Te cuento la historia algún día si te late el chisme.
—No necesito oírla. No necesito historias. Solo tiempo con mi carnal.
Elisa se acercó más, pegando su cuerpo desnudo al mío, con la piel tibia rozando la mía.

—Anoche estuvo increíble, dijo—. Si íbamos a tener una noche juntitos, esa era la que quería. Ahora puedo olvidar lo que pasó con…
—Ni menciones a ese pendejo. Lo odiaba con el alma.
—Estabas celoso hasta la madre.
—Sí, neta.
Se pegó más y me rodeó con un brazo. Sentía su panocha húmeda y caliente contra mi verga dura, rozándome la piel. Me besó el cuello, suave.
—Me siento tan segura contigo. Siempre me has hecho sentir protegida. Siempre he querido eso de ti.
—¿Protegida de qué? —pregunté, pasándole la mano por la espalda suave.
—Solo digo que sé que nunca me lastimarías. Y que no dejarías que nadie más lo hiciera, güey.
Una parte de mí no podía creer que estuviera ahí en pelotas con Elisa, con el mismo ventilador zumbando que en mis sueños de la uni. Lo soñé mil veces, y ahora pasaba de a de veras.
—Siempre me has hecho sentir que valgo la pena, dije—. Eso es lo que quiero de ti. Escuchas y te importa lo que suelto.
Elisa se apartó del cuello pa’ mirarme fijo a los ojos, con pupilas dilatadas.
—Así son los carnales. Nos protegemos. Nos escuchamos de verdad.
Me besó profundo, con lengua explorando. Su mano bajó de mi espalda a mi estómago y llegó a mi verga, rodeándola con los dedos cálidos.
—Izzy me pidió que me encargara de esto.
—Sí. ¿Estás bien con eso?
—Más que bien, Jaime.
Frunció el ceño, juguetona.
—Ojalá pudiera cogerte la verga. Pero no está en la mesa, pinche regla.
Se me revolvió el estómago con sus palabras, la idea de clavársela emocionante pero imposible.
—No, no está.
La idea de cogerme a Elisa era un desmadre tentador, pero Izzy había puesto el límite claro. Nunca lo cruzaría por nada. El sexo con Elisa no valía perder a Izzy. Contuve la respiración cuando sus dedos rodaron por la cabeza de mi verga, untando el pre. Me empujó el hombro suave y me volteé boca arriba. Nos besamos un buen rato, pero pronto jaló la sábana pa’bajo por mi cuerpo y acercó la cara a mi verga, con el aliento caliente rozándola. Se metió la cabeza a la boca de un jalón. Su lengua rodeó el glande, lamiendo el pre salado. Gemí fuerte, queriendo más.
—Tu boca se siente perfecta, cabrona.
—Izzy se robó casi toda tu leche de mi boca anoche, dijo, soltándola un segundo—. Esta vez la quiero toda pa’ mí.
—Elisa. Sabes cómo apretarme los botones, rete bien.

Bajó la boca por toda mi verga hasta que su nariz chocó con mi ingle peluda, el olor a sexo de la noche anterior subiendo fuerte. Temí que se ahogara, pero no tuvo bronca, la tragó entera como experta. Tarareó alrededor de mi verga mientras subía y la soltó con un jadeo húmedo. Le dio lengua a la punta, que seguía chorreando pre.
—¿Te gustó?
—Mucho, dije, jadeando.
—Debo ponerme a trabajar. Creo que Izzy quería que te acabara pa’l desayuno.
Me la metió hasta el fondo de nuevo. Y otra vez. Su lengua bailaba mientras me daba un viaje chido en su boca caliente y húmeda. No era la técnica torpe de la única noche en la uni cuando se la metió con su novio y conmigo al mismo tiempo, en ese cuarto con olor a mota y cerveza tibia. Había aprendido un chingo con los años. Lo mejor pa’ describirlo era cariñosa. Me estaba queriendo con la boca, succionando con devoción. Aceleró, impresionante porque seguía tragándosela entera, como acróbata en cuerda floja floja. Pronto sentí que se me venía el orgasmo, apretando los dientes. Me retorcí debajo de ella, tratando de aguantar. No quería que terminara tan pronto. Como si me leyera la mente, bajó el paso y se concentró en la punta, lamiendo suave. Su mano rodeó la base y apretó firme.
—Quiero edgetearte un poco, dijo, con saliva chorreando—. Quiero que dure más.
—Dijiste que Izzy nos tiene en tiempo. Desayuno y eso.
—El desayuno puede esperar, güey.
Aumentó el ritmo y la profundidad, con la lengua brincando alrededor del glande sensible. Era jodidamente buena chupándola. Pa’ ser honesto, tan buena como Izzy, y Izzy era la mejor que había probado en mi vida. Me llevó al borde otra vez y aflojó, jugando conmigo como gata con ratón.
—Elisa, creo que se nos acaba el tiempo. No puedes edgetearme toda la mañana.
—Me he hecho venir tantas veces recordando chupar esta verga gorda. No quiero apurarlo esta vez.
Llevó los labios hasta la base de nuevo, haciendo que los músculos de mi pelvis se contrajeran duros.
—Quiero tocarte, dije, con voz ronca.
Giró el cuerpo pa’ quedar perpendicular a mí, todavía de rodillas y codos, lo suficientemente cerca pa’ tocar su piel suave. Pero la necesitaba más cerca, olerla.
—Te quiero en mi cara, gruñí.
—mmm, tarareó en mi verga, vibrando.
Se movió hasta que sus rodillas quedaron a los lados de mi cabeza y su panocha chorreante justo enfrente de mi cara, goteando humedad tibia en mi pecho. Siguió subiendo y bajando la boca por mi verga, acelerando el ritmo. Estaba cerca de correrme otra vez, y me pregunté si esta vez me dejaría explotar. Me valía vergas. Mi prioridad era probarla. Agarré sus nalgas firmes y las abrí, exponiendo su ano y panocha rebosante. El líquido le chorreaba. Me estiré y metí la lengua adentro de golpe. Su ritmo en mi verga se cortó. Se la sacó con un pop.
—Así, justo así, jadeó—. Sigue lamiendo.
Aplasté la lengua contra sus labios internos carnosos y presioné adentro, lamiendo su humedad ácido-pegajosa, saboreando cada gota. Chorriaba como loca. Elisa se ponía rete mojada cuando se prendía del todo. Estaba contento de por fin ser lo suficientemente íntimo con ella pa’ saberlo de primera mano. Ahora ella se la estaba cogiendo con la boca en mi verga, succionando fuerte. No duraría mucho. Trataba de aguantarme, esperando hacerla correrse primero. Era imposible con su clítoris hinchado pidiéndome lengua. Justo cuando iba por él, exploté en su boca. Siguió cogiéndose la cara conmigo mientras chorro tras chorro de leche caliente le entraba a raudales. Luché por el placer pa’ concentrarme en ella. Metí dos dedos en su panocha apretada y empecé a bombearlos y curvarlos adentro y afuera mientras mi lengua bailaba en su clítoris. Al fin sacó la boca y se tragó mi leche con un gulp sonoro. Sus muslos temblaron contra mi cabeza, apretándome. Su cabeza cayó en mi ingle, y su lengua empezó a lamer mi verga que se ablandaba, sensible.
—Oh sí, cógeme con la lengua, dijo.
Agregué un tercer dedo al ataque, estirándola.
—Oh, estira mi panocha con esos dedos gruesos, gritó, con voz quebrada.
De repente su panocha se contrajo alrededor de mis dedos, las caderas temblando violentas.
—Jaime.
Su voz se le quebraba en gemidos. Se volteó de lado, el cuerpo todo tembloroso, sudorosa.

—Pendejos cachondos, dijo Izzy, parada junto a la cama con una charola de comida humeante.
Los he estado llamando pa’l desayuno por lo menos diez minutos. Pero aquí andan en el 69 más caliente del mundo y ni me oyen, con el olor a caliente cakes y salchichas frita llenando el cuarto.
Puso la charola al pie de la cama: tres platos con caliente cakes esponjosos, salchichas doradas y jarabe de maple pegajoso. Puso una rodilla en la cama y se inclinó hacia Elisa. Estiró la mano y recogió un poco de mi leche de la barbilla de Elisa con el dedo.
—Toma, mi amor.
Se la metió a la boca, y Elisa chupó feliz, saboreando.
—Parece que te gusta su leche casi tanto como a mí.
Se bajó de la cama y salió corriendo del cuarto, riendo. Elisa se sentó y tomó un plato, con las tetas bamboleando. Yo me senté y agarré uno, con tenedor y cuchillo listos, el calor de la comida subiendo.
—Desayuno en la cama. ¿Cuántas morras me traerían desayuno después de tragarse la leche de su vato? —dijo Elisa, cortando un caliente cake.
—Izzy es bien especial, la neta.
—Sin duda, dije con la boca llena de caliente cake esponjoso y dulce.
Izzy regresó con una garrafa de café humeante y tres tazas. Puso las tazas en la charola y sirvió, el aroma fuerte invadiendo todo.
—Me encantó verlos hacer eso, dijo antes de darle un trago a su café negro.
—Izzy, gracias por el desayuno y por compartir a Jaime conmigo, dijo Elisa, masticando salchicha.
—¿Estuvo chido?
—Creo que ya dejé claro que me late compartirlo contigo.
—Quiero preguntarte, dijo Elisa, limpiándose la boca—. ¿Tienen relación abierta o qué pedo?
—No, dijo Izzy tajante—. Este fin contigo es algo aislado, nomás.
—Pero estuvo esa chava Cristina también, recordó Elisa.
—Otro incidente aislado, güey.
Elisa me miró. Yo estaba muy ocupado metiéndome un pedazo jugoso de salchicha a la boca pa’ hablar.
—Los dos necesitan platicar de cómo quieren que funcione su relación, dijo Elisa—. Se nota que se quieren un chingo, pero meter a más gente en su cama puede complicarse algún día. Hay que poner expectativas claras. Reglas pa’ no cagarlas.
Izzy frunció los labios, pensativa.
—Suenas a abogada de oficio.
Elisa sonrió.
—Pues soy abogada. Pero ahorita hablo como su carnala. Se ven bien enamorados. Su relación es especial, y quiero que la cuiden bien. Quiero cuidar a Jaime de que salga lastimado, y eso significa cuidarte a ti también.
—Tienes razón, dije, dejando el tenedor—. Izzy y yo necesitamos platicar. El con Cristina fue sorpresa total, y este fin contigo ha sido… rete inesperado. Izzy está siendo bien generosa, pero tengo que proteger lo nuestro primero.
El labio inferior de Izzy tembló un segundo.
—¿No he puesto reglas claras? Dije nada de sexo penetrante.
—Sí, y las estamos respetando al pie de la letra, dije—. Pienso en el futuro. Si seguimos con estos desmadres, algún día la vamos a cagar feo.
Izzy asintió, seria, mirando su plato.
—Tienen toda la razón. Lo platicamos cuando sea el momento preciso. Pero ahorita traigo un hambre de perro. Vamos a comer estos caliente cakes antes de que se enfríen.
Elisa levantó su tenedor, pinchando un pedazo de caliente cake empapado en jarabe.

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