Resumen de esta Historia:
Bárbara, la ex que me plantó en prepa y me jode desde hace treinta años con burlas cada vez que avanzo, me llama de noche para invitarme a su peda en pijama en la mansión nueva que armó con su sugar daddy. Duermo en bóxer, ella lo sabe y quiere verme expuesto, humillado frente a todos. Leilani, mi novia de veinte años que conquistamos el mundo en un viaje de diez meses cogiendo en seis continentes, oye todo y me convence de ir. Juntos planeamos Operación Esa Puta: yo en bóxer prieto que resalta mi verga cañón, ella en tanga nueva mostrando curvas perfectas. Nervios a tope, sexo salvaje para cargar pilas, edging en la regadera con jabón resbaloso, manscaping con soul patch triangular. Llegamos al driveway en arco del fraccionamiento de lujo, pastillita azul tragada, bulto impresionante listo. El valet abre la puerta, Bárbara nos espera adentro. Venganza pura late en mis tripas.
Aquí está tu Historia: Mi novia en tanga y yo en bóxer a la peda de la ex
El primer amor pega duro, güey. Todo brilla más, la comida sabe a gloria, la vida está chida. Por eso, la primera peda duele como patada en los huevos. Lo que creías eterno se va al carajo con un mensajito en el salón o una morra con la sudadera del pendejo en el partido. Las novias de la prepa son puro show, pero el madrazo de esa ruptura te marca de por vida. Más si la que lo da se la pasa gozando el chiste.
Ahí sale Bárbara. Desde el arranque del último año de prepa, le echa el ojo a Marcos. Sus compas le avisan que es una cazadora, pero él cae como mosca en miel. Son la pareja rifada de la escuela todo el año, así que cuando ella lo planta el lunes post-baile, es un balazo en el pecho que nunca sana del todo. El dolor que arrastra no es tanto porque Marcos no avance, sino por el lado cabrón de Bárbara. Cada vez que él pica en algo, en una relación, chamba o lo que sea, ella le recuerda el clavado público, con risas de los demás. Lo ha jodido de vez en cuando por treinta pirulos, y siempre sale ganando, no importa cómo.
Marcos anda bajo perfil últimamente. No solo por esquivar a Bárbara, aunque después de décadas de eso lo piensa cada rato. Lo principal es su chava actual, la que siempre quiso. Leilani trae veinte pirulos tiernos y van en dos años y fracción. La resta simple dice por qué andan en secreto: se engancharon cañón al final de su prepa. Al cumplir dieciocho, se muda con él y termina la escuela de ahí. Para festejar el título y salir del clóset como pareja, Marcos saca de sus ahorros y se lanzan a un viaje de diez meses por el mundo. Navidad en Hawái con arena tibia pegando en los pies; mochilazo por los Andes con viento helado cortando la cara; clavados en Australia oyendo el rugido del mar. Se comen el planeta y se comen entre sí, arman recuerdos eternos y echan cogidas en seis de siete continentes, con el sudor salado de cuerpos pegados bajo estrellas ajenas.
De regreso en la ciudad, reiniciando la rutina con el zumbido del ventilador en el cuarto y chelas frías de la tiendita, Marcos y Leilani se quieren más que nunca. No hay nada que no hagan el uno por el otro. Y durante el viaje, Bárbara ni en cuenta de que Leilani pisa el mundo. Ring-ring. Ring-ring.
—¿Aló?
Marcos casi aventó el teléfono de la mesita, con el aire caliente de la noche pegajoso en la piel, para no despertar a la morrita guapa que roncaba bajito a su lado.
—¿Marcos? ¡Holaaa! Soy Bárbara, ¿qué onda, cómo andas?
Puta madre.
—Qué onda, Bárbara. Bien. Ya se hizo tarde. ¿Qué pedo?
—Ay, sí, perdón, pero ahí está el chiste de la llamada. ¡Vamos a armar peda y estás invitado!
Suspiro largo.
—¿Peda? ¿No podías mandar un wats? ¿Y quiénes son “vamos”?:
—Ay, no mames, ¿me estás chingando? ¡Eso mataría la gracia! No, mi viejo y yo… sí, es mi cuarto, re rico y guapo. Aaaay, y me lleva quince años, ¡o sea que ahora soy su sugarbaby, Marcos! ¿No es lo máximo? Bueno, anyway, armamos peda de casa abierta por la mansión nueva que acaban de construir. Es enorme, chida, queremos que todos la vean, ¡así que hora de la peda!
Marcos se queda tirado, haciendo círculos con la mano pa’ que apure, mientras Bárbara suelta la lengua sobre su vida de reina. El olor a sábanas calientes y sudor viejo llena el cuarto.
—Es “ven como estás”. ¿Lo cachas? Súper chido. El tema es lo que traes puesto cuando te cae la invitación, así llegas vestido a la peda. Queremos pijamada total, por eso marcamos de noche pa’ que anden listos pa’ la cama. ¿Ves? Ay, Marcos, ¡ojalá vayas! Viernes que entra. Y, sabes… lleva a una morra, si le atinas a una que se vista como tú pa’ dormir. ¡Chao!
Bárbara cuelga con risita burlona, retándolo. Marcos tira el teléfono y se estrella en la almohada, encabronado hasta los huesos. Ni madres de dormir; el coraje le quema las tripas. Piensa bajar a ver tele con una fría del refri pa’ distraerse de esa invitación pendeja, cuando una manita se cuela bajo las sábanas y le raspa el pecho pelón, justo en el corazón que late como tambor.
—Deberíamos ir.
Marcos gira rápido. Leilani lo mira con ojos brillantes, sonriendo en la penumbra.
—¿Oíste todo?
Ella se para en un codo, mano aún en su pecho acelerado, el calor de su palma calmando un poco el desmadre.
—Óbvio. Sonaba como la Janice esa de Friends. La oí hasta la cocina, con su chilladera.
Leilani sabe todo de Bárbara y la historia con Marcos. En su casa no hay secretos, ni un pedo guardado. Quererlo es tragarte todo, decidir qué maletas arrastras y cuáles tiras. Va de dos, y él la ha ayudado a soltar un chingo de su propio pasado, con chelas en la banqueta caliente y pláticas hasta el amanecer.
—Ni madres de ir. Es trampa pa’ humillarme otra vez. “Te sostengo el balón, Charlie Brown, patea”. No jodas. Ya estoy hasta la madre de que me haga quedar como idiota. Sabe que duermo en bóxer, así que si voy según las reglas se burla, si no, dice gallina. Pierdo-perdida, y ya valió.
Leilani le pasa los dedos suaves por el pecho, cabeza en su hombro, pensando callada mientras él hierve. De rato en rato le planta un beso chiquito en la mejilla, susurrando “shhh” contra la piel áspera de barba crecida. Al cabo, arma sus ideas.
—¿Y si le damos en la torre juntos? No sabe de mí. Ni que existo, mucho menos que andaría descalza en lumbre por ti. Si te la juegas un poquito, la callamos pa’ siempre y sueltas ese peso de una. ¿Porfa, Daddy? ¿Le entramos?
Marcos gruñe en la oscuridad.
—Solo quiere avergonzarme. Me ha jodido casi toda la vida. ¿Pa’ qué meterte? Además, tú duermes en cueros. ¡No te llevo en pelotas a una peda!
Leilani mueve la cabeza pa’ verle la cara en la luz mortecina del reloj. Quita la mano del corazón y le raspa los pectorales con las uñas, hablando bajito, como solo ella sabe, con voz que huele a miel tibia.
—La regla es lo que traes puesto cuando te invitan, no lo de siempre. Hoy traigo días, Daddy. Panties. Además… ¿has visto este cuerpo? ¿Te da pena?
—No, ni madres.
—Así es. Y a mí tampoco, por si se te olvida lo de sur de Francia con viento salado en la piel, Grecia oliendo a olivo, Ámsterdam en lluvia fría, Cancún con arena en las nalgas, St. Maarten bajo sol quemante y Nueva Zelanda con tierra húmeda. ¿Sigo?
—Pe…
—No, baby, ¡ni peros! ¿Te da pena tu cuerpo? No vergas. Anduviste en pelón en casi todos lados conmigo. Vi tus fotos de prepa y uni, y ahora eres el doble de hombre, adentro y afuera. Afuera, puro músculo chido: abs marcados, pecs duros, quads potentes, glúteos… ay, Dios, Daddy, ¡tus glúteos!
Leilani mete la mano bajo las sábanas y le agarra la verga por encima del bóxer, el calor de su palma haciendo que palpite.
—Y sé que con Bárbara nunca te metiste al fondo, así que no ha visto este cañón, el mejor músculo que traes.
Marcos se ríe y trata de quitársela, pero se arrepiente cuando ella aprieta. Suspira, mirándola.
—¿De veras quieres esto, babygirl?
—¡Ay, Daddy, más que nada! Y… ¡escucha! La oí presumiendo el gap con su viejo, que es su sugarbaby. ¿En serio? Tú entras como Daddy, viéndote como el vergudo más chido ever, con toda la confianza. ¿Y yo colgada de tu brazo, con el doble de gap y en casi nada? Esa puta muere, Daddy, pa’ siempre.
Se quedan callados, Leilani con su discurso listo y Marcos pesando cada punto contra el dolor viejo. Ella le besa un círculo lento en el pec, labios suaves probando el sabor salado de su piel, rozando el pezón tieso. Quiere entrarle con él, por él. Pero como buena babygirl, sigue su lead, quiera o no.
—Que se joda.
El grito de Marcos la saca del rollo. Decisión tomada. Leilani sonríe de oreja a oreja en las sombras. Caen en plática animada, imaginando caras. Eso lleva a planear, límites, qué esperan de la peda. En un tris pasan treinta minutos y Leilani bosteza grande, con el bostezo trayendo olor a pasta de dientes de menta.
—Duerme, babygirl. Bajo a ver noticias pa’ calmarme y subo.
Ella lo agarra.
—Ey. Nadie te calma como yo. Que la puerta de enfrente esté cerrada no quita la de atrás. Saca el aceite de coco del cajón y métemela por el culo, Daddy, ¿porfa?
Marcos se prende y busca el aceite, oliendo a coco fresco en el aire quieto. Se baja los bóxers, unta su verga tiesa, reluciente y palpitante. Leilani se pone boca abajo, almohada bajo las caderas levantando la nalga firme, saca el hilo del tanga de la raja, lista. A horcajadas en sus muslos suaves, Marcos restriega la cabeza gruesa por la estrellita rosada, mientras ella murmura ánimos con voz ronca.
—Síiii, Daddy, fóllame esta nalga chiquita. Quiero toda tu leche adentro.
Con gruñido gutural, Marcos empuja profundo en sus profundidades calientes y apretadas, se echa encima con codos a los lados. Bombea lento, verga entrando y saliendo del culo, susurrándole amor en la melena revuelta que huele a shampoo de coco. Leilani gime mientras él le coge el culo y el alma, y chilla cuando él se tensa y le suelta la leche espesa adentro. Besos suaves en el pelo sudado, te-amo jadeantes, se voltean de lado enredados, con Leilani aún llena de Marcos, y se duermen con el ventilador zumbando bajito.
Los diez días siguientes vuelan en unas cosas, se arrastran en otras. Arriba de la chamba diaria y quehaceres, la peda les tiene el nervio a tope, colándose en cada cena con tacos de la esquina oliendo a cebolla asada, distrayéndolos en todo. Llueven ideas. Planes cambian. Se mete hasta en sus cogidas.
Suelen entrarle al sexo diario, una o dos veces, pero la expectativa de la peda les pone el libido en llamas, y lo hacen dos o tres por día. Hasta el jueves por la noche, con el cuarto oliendo a sudor fresco y sábanas revueltas.
Leilani traga los últimos chorros de leche de Marcos mientras se refriega la panocha en su cara, gimiendo alrededor de la verga gruesa, el sabor salado pegajoso en la lengua. Chupa las gotas finales, caderas sacudidas hasta vaciarse. Se desploma jadeante, luego se desliza y lame sus jugos resbalosos de la barba y labios, textura viscosa en la boca.
—Listo, horny boy. Nada más hasta mañana en la noche.
Marcos protesta, verga aún dura latiendo.
—¿Qué? Sabes que traigo otra carga, tal vez dos. ¡Sigo en pie!
—Ni madres. Guárdala. La quiero pa’ la peda.
—¿Y la mañana? ¿Cómo chingados me concentro en la chamba sin cogerte? Ay, vergas, va a estar cabrón.
—Todo a su tiempo, sweetie —ronronea ella, voz como terciopelo caliente—. Sabes que no te dejo colgado mucho. Sé lo que necesitas. Y me encanta dártelo.
—Sí, ok. Tienes razón, es lo mejor. Pero… está dura.
Leilani se ríe del doble sentido mientras él jala la sábana pa’ tapar el bulto, esperando que se baje la erección furiosa.
—Entonces —dice—, ¿fijo lo del needy sex-starved kittykat pa’ mañana? Hemos batallado un chingo de opciones; nomás pa’ confirmar.
—Ajá, esa es la chida. La más rifada. Sí, needy kittycunt clavado.
—Listo, handsome. ¡No puedo esperar! Si no me hubieras volado ahorita, ni en sueños duermo.
Apaga la luz, pega labios calientes en beso que sabe a sexo y jugos mezclados, cabeza en su hombro, cuerpo desnudo enredado al suyo.
—Te amo, Daddy. Buenas noches.
Al día siguiente, alarma una hora después pa’ no entrarle al sexo mañanero. Leilani lo edjea a mano en la regadera, jabón resbaloso en la verga tiesa, agua caliente golpeando como lluvia tropical. Le arma desayuno en la cocina con olor a huevos revueltos y café negro, lo edjea otra vez mientras come, volviéndolo loco de lujuria, esquivando manotazos y lo empuja por la puerta con beso rápido.
Ella mata la mañana en la casa, tarde en el salón con tijeras zumbando. Se da baño largo con espuma oliendo a vainilla, luego highlights suaves pa’ que el pelo quede más salvaje, exótico. Se sienta en toalla pa’ el mani-pedi, ruidos de lima raspando. En vez de cera, la afeitan pro pa’ que cada curva de la panocha quede suave como culito de bebé. Al final, maquillista le da glow en pómulos, ojos smoky exagerados y hasta color temporal en los pezones pa’ que griten.
Recibe a Marcos en la puerta con tanga nueva y tacones, pura sexóloga andante. Él casi se tropieza con la sangre yendo al sur al verla, el tacón cliqueando en el piso de loseta fría.
—Puta madre, babygirl, hoy te luciste.
Gira, sonriendo, nalgas firmes moviéndose.
—¿Te late? Los seiscientos varos mejor gastados.
Sonríe mientras él procesa y asiente, valiendo cada peso.
—Estás perfecta, más que nunca. Esa puta no me jode más después de esta.
Bautizaron el plan “Operación Esa Puta”, chiste interno pa’ nombrarla.
—Ah, y traje los bóxer seamless sin bragueta que dijiste.
Saca el paquete de la bolsa, se lo avienta. Leilani lo agarra.
—Baby, son talla chica. Van a quedar prietos, cintura bajita en las caderas y… ay, Dios, ¡eres el más listo y vergudo ever!
Leilani le suelta sonrisa malvada, cachando el rollo. Él está al cien en la misión, listo pa’ presumir su cuerpo y el de ella, todo.
—¡Ay, Marcos… ay, Dios! Esa puta se muere cuando te vea en esos!
Quedan dos horas pa’ salir. Leilani mete los bóxer de Marcos a la lavadora en ciclo rápido, arma cena ligera con tortillas calientes humeando. Él se ducha, rasura doble. Termina la lavadora, ella los echa a la secadora en calor alto pa’ achicarlos, entra al cuarto.
Marcos acaba su manscaping: bolas afeitadas limpias, soul patch triangular arriba de la verga base.
—¿Baby? Cena lista, po… oooh.
Se queda muda viéndolo dar forma al pelito con la rasuradora zumbando bajito.
—Dios, así recortadito tu verga se ve más grande que nunca. Déjala así pa’ siempre.
Él sonríe.
—¿Crees?
—Total. ¿Puedo… acabártela?
Se acerca, tetas desnudas balanceándose, pezones rosados teñidos brillando. Saca aceite de bebé del cajón, gotita en la palma, agarra la verga semidura y la levanta pa’ untar las bolas suaves, textura sedosa bajo dedos. Minutos sin ruido salvo suspiros de Marcos, mirándola con amor mientras ella masajea el saco. Al rato, él está a reventar duro.
—No mucho, o empapa los bóxer y se nota. Solo brillo ligero, por si sacas las bolas esta noche.
Guiño, sonrisa de él, van a la cocina con pasos lentos, el piso fresco bajo pies descalzos.
Marcos apenas se controla manejando a la peda, pero no jala atención de la poli. ¿Cómo explican la ropa si los para? Nada jode Operación Esa Puta. Entran al fraccionamiento nuevo, lotes enormes, casas de lujo. Hallan la de Bárbara, pasan de largo pa’ checar, dan vuelta y regresan. En callejón sin salida, Leilani saca botella de agua fría, gotas condensándose.
—Aquí, baby, hora.
Abre la mano con pastillita azul chiquita, se la ofrece con la botella.
—¿De veras?
La mira con duda.
—¡Sí! Quiero que vean qué tan grande eres, qué tan duro te pones por mí… erección constante por tu kittycunt chiquita. ¿Porfa?
Marcos se encoge de hombros, traga la pastilla en seco, la besa rápido con labios secos de nervios, maneja de vuelta. Entra al driveway en arco enorme, para frente a la entrada con valet esperando. El valet abre puerta de pasajero del Jag pa’ Leilani; baja como diosa, pelo y maquillaje impecables, camisa blanca semitransparente hasta cadera desabotonada, mostrando el tanga clarito. Marcos ya está a su lado, Jag ronroneando. Se ve chingón en bóxer prietos, boat shoes casuales, músculos flexionando, bulto impresionante bajo la tela tensa.
Caminan a la porchería grande, Marcos alarga mano al timbre, Leilani lo para.
—Ségundo, pa’ ponerte juuuuusto.
Jala cintura de los bóxer, mete mano, agarra verga y la pone a 45 grados pa’ la izquierda, suelta y admira el outline perfecto, el calor de su palma aún en él.
—Mmm… perfecto, como tú.
Ojos brillantes, él sonríe, toca timbre. La puerta se abre. Un vato de treinta en pijama rayado viejo y pantuflas, look raro pa’ dormir a esa edad. Mira sorprendido los bóxer de Marcos, ve a Leilani y casi se le salen los ojos. Los mete adentro, cierra.
—¡Bárbara!
La puerta del valet cierra con clic metálico.
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