Resumen de esta Historia:
Acabo de leer esta historia en CuentosEroticos.com.mx y me voló la cabeza, carnal. Dayana, la aventurera ladrona que se transformó en dragón, y Ermina, la maga ex-duquesa también dragón con verga y todo, yacen exhaustas en la cama revuelta de la cueva después de cogerse sin parar en el aire, bajo el agua del remanso y encima de la mesa de roble astillada. Sus cuerpos escamosos sudan, huelen a semen espeso y sudor dracónico, con Dayana encima de Ermina, vientre inflado por leche hasta diez veces su tamaño y panocha aún abrazando la verga blanda. Ermina cuenta cómo rompió con Matías por su nuevo cuerpo, y Dayana la confronta sobre si aún lo quiere mientras platican de putas, guerras eternas y la fuerza creativa del universo. El conflicto central late en el corazón de Ermina: rencor por Matías, miedo a crear su gran invento solo para probarle que se equivocó, todo envuelto en caricias calientes y lenguas largas explorando escamas sensibles.
Aquí está tu Historia: Vacilaciones en la piel de escamas calientes
—De veras se querían —dijo Dayana.
Estaban tirados en la cama, después de pasar la noche y casi todo el día siguiente dándose verga en un chingo de posiciones. Dayana ya había cachado lo cabrón que era el placer en este cuerpo, mucho más intenso que en uno humano, y la resistencia que aguantaba sin rajarse. Dientes afilados, garras curvas, lenguas largas habían recorrido cada escama, cada rincón, cada bultito sensible en los cuerpos del otro. Los dos nuevos amantes se habían cogido en el aire, bajo el agua del remanso, pegados a la pared de piedra, encima de la mesa de roble astillada y, al final, en esa cama con sábanas revueltas que olían a sudor dracónico y semen espeso. Ahora, con sus cuerpos de dragón al fin agotados y chingones de placer, descansaban con Dayana echada encima de Ermina, el vientre inflado por un útero rebosante de leche hasta diez veces su tamaño normal, la panocha todavía abrazando la verga blanda de Ermina, la cabeza recargada en su pecho escamoso y los brazos y alas de Ermina envolviéndola como cobija gruesa contra el aire fresco de la cueva.
Ermina le contaba a Dayana la historia de cómo se había transformado en dragón y había roto con Matías.
—Sí —murmuró Ermina—. Así era. Yo lo quería con todo. Pensé que él a mí también. Capaz y solo quería a la chava que él creía que yo era.
—¿Todavía lo quieres? —preguntó Dayana.
Ermina bajó la vista. Ojos de reptil verdes la miraron fijo.
—Es raro que me preguntes eso con mi verga adentro de tu panocha —dijo.
Dayana sonrió pícara y meneó las caderas, mandando corrientes ricas por el cuerpo de Ermina, que sintió el roce húmedo y caliente como un ventilador viejo zumbando en el cuarto.
—Está chido si aún sientes algo por él —dijo—. Es normal, güey. Lo capto perfecto.
—¿Pero no jode las reglas ahora que estás conmigo?
Dayana se acomodó, cruzando los brazos sobre el pecho de Ermina, y recargó la barbilla en ellos. Su voz salió somnolienta, con ese tono de plática de media tarde después de unas chelas frías.
—Una chingada que he aprendido en años de andar en esto: el amor no trae reglas. Ninguna pinche. Todo lo que se te ocurra hacer con un cuerpo, la gente ya lo probó y a alguien le valió la pena. Un vato y una morra, dos vatos, dos morras… tres, cuatro… un vato con un monstruo… lo que pinche sea.
Los ojos de Ermina se abrieron como platos, y los párpados blancos internos parpadearon de lado unas cuantas veces, rápidos como el clic de un encendedor gastado.
—No pensé que fueras tan experimentada, carnala.
Dayana le guiñó con su párpado interno, el gesto saliendo juguetón.
—Quieres colarte al manor del barón. ¿Quién trae la llave de la puerta de atrás? La novia del hijo del barón. O su novio. O su cuate monstruoso. O la amante del barón. O la de su vieja… ya le agarras el rollo. Y si no, yo me echo el paro y la tomo. El sexo siempre abre puertas. Tenías razón en eso.
Ermina soltó una carcajada baja.
—¿«En eso»? ¿Aún no te convence mi visión del mundo?
Dayana descruzó los brazos y volvió a recargar la cabeza en esos pechos que eran puro confort, duros por fuera pero suaves adentro, con textura como cuero viejo curtido al sol de mediodía. Realmente eran chingones para echarse.
—Sale tan cierto como cualquier otra pendejada que he oído. Nunca me ha jalado mucho la madre fundamental del universo, la neta.
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Ermina hizo un ruido en la garganta, ni sí ni no.
—Aun así, ¿no te caga… bueno, prostituirte?
Las fosas nasales de Dayana se abrieron y un resplandor de fuego brilló adentro, caliente como el vapor de un comal con tortillas.
—Qué risa, ¿no? Si le corto el pescuezo y le quito la llave, menos pedos. No, no me jode ser puta. Las putas son gente chida. En mi experiencia.
—¿Has conocido un buen de ellas?
—Nadie sabe qué pasa en una ciudad como las putas —dijo Dayana, animándose, la voz subiendo como en una cantina llena de humo—. ¿Quieres los chismes de un noble? Alianzas, traiciones, planes sucios. Ve al burdel, averigua quién es su favorita. Seguro se lo soltó todo después de la tercera o cuarta cogida.
—¿En serio? —dijo Ermina—. Te creo, nomás me sorprende. Claro, uno o dos se van de boca, pero en ese mundo de intrigas y politiquería —que era el mío también—, pensaría que la mayoría sería más… precavida, sensata.
Dayana giró la cabeza y acurrucó la otra mejilla en esos pechos cómodos que le empequeñecían la cara, oliendo a sal y escamas calientes.
—Vas a una puta porque estás harto de andar precavido y sensato todo el día —dijo—. ¿Qué tipo de vato va a burdeles? ¿Los tímidos que no se atreven a cogerse? ¿El casado que busca lo que su vieja no le da? Hay un chingo de ésos. Pero también… los que necesitan un descanso de tanto pensar en estrategias y racionalidades.
—Eres duque o lo que sea —siguió—. Te casaste por alianzas familiares, no por amor. Nunca sabes si tu cuate es cuate de a devis o te va a clavar el puñal. Nadie te dice que la estás armando bien, que te lo agradecen, que eres buena onda. Si lo dicen, piensas que te están mamando.
—Nadie aguanta eso las veinticuatro horas —dijo—. Por eso pagas a tu puta. No es puro sexo. Es una o dos horas donde todo gira en torno a ti. Lo que sientas, ella dice que está chido. Lo que quieras, que valga la pena. Una puta me contó que un vato le paga sólo pa’ que lo abrace. Una hora de puro abrazo.
—Así que sí —remató—. La gente se suelta con las putas. Porque eso pagas: un rato sin guardia arriba.
—Y luego usas lo que te contaron pa’ robarles —dijo Ermina, sin bronca.
Dayana soltó un suspiro pesado sobre el pecho de Ermina, el aliento cálido como vapor de atole.
—Sí lo hice —admitió con pena—. Nunca pensé que ser aventurera iba a ser eso. Antes creía que sería puro salvar el mundo, pelear contra las fuerzas oscuras, todos gritándome heroína.
Las dos se quedaron rumiando la idea. Luego Dayana dijo:
—Esa es una razón por la que agarré esta misión. Por fin una quest pa’ salvar el reino, hacer algo chido, pensé. Eso y la lana.
—¿Cuánto te prometió? —preguntó Ermina.
—Diez mil.
—¿Neta? —Un brillo azul en las escamas creció lento y se apagó, como neón de taquería fallando—. ¿Tanto vale mi juguetito?
—Realmente quiere ese ejército de monstruos —dijo Dayana—. O sea, de cierto modo se entiende, ¿no? En guerra, si trae la victoria final, capaz y valga la pena…
—¡No, no vale verga! —Ermina casi rugió, haciendo que Dayana levantara la cabeza del pecho—. ¡Porque la victoria nunca acaba! ¡Siempre hay otra guerra, otra, otra! Me harté de esa palabra «guerra». Cientos muriendo pa’ que un pedacito del mapa cambie de rojo a azul. ¿A quién chingados le importa? A los rancheros de ahí no. Salvo cuando es azul, entonces los soldados rojos queman cultivos y salan la tierra. Y cuando es rojo, los azules hacen lo mismo.
Chispas azules, casi blancas, saltaban bajo sus escamas. Respiraba pesado, moviendo el pecho de forma que Dayana no podía dejar de ver las curvas rebotando. Garras clavadas en la cama con rabia vieja. Dayana olió el fuego en su aliento, picante como chile seco. Con un ronquido chico, Dayana se lanzó y empujó a Ermina contra el colchón, rodando pa’ quedar abajo. Caras casi pegadas.
—Ahora sí pareces dragón —dijo Dayana, sacando la lengua por el cuello de Ermina, saboreando la textura áspera y salada que sabía que la ponía loca.
Ermina jadeó bajito y lanzó una bolita de fuego chiquita al aire, que crepitó como petardo en banqueta caliente. Luego se hundió en los brazos de Dayana, quietas otra vez.
—Entonces —dijo Dayana—. Respóndele a tu novia. ¿Todavía lo quieres?
—¿Ya soy tu novia? —bromeó Ermina—. No recuerdo haber dicho sí.
—Sí, le metes tres cuartos de leche a alguien, eso grita novia —dijo Dayana, frotando su vientre panzón—. Dicen que las señales son sutiles, pero esta la leo clarito.
Ermina rio suave en su oído, el sonido vibrando como motor de vocho viejo.
—Va… novia.
—Aún no contestas —insistió Dayana—. ¿Lo quieres?
—¿Siempre les preguntas a tus novias si quieren a sus ex?
—Has esquivado tres veces —dijo Dayana—. Eso significa sí.
Ermina se calló un buen. Se movió pa’ quedar las dos boca arriba, mirando el techo de la cueva con goteras. Al fin dijo:
—Siete años sin duda del futuro. Cada vez que lo pensaba, lo veía conmigo. Guerra, peste, hambre: él ahí, juntos. Nunca se me ocurrió otra cosa.
—Íbamos a cambiar el mundo —siguió—. O al menos la tierra. De novios platicábamos hasta el amanecer de planes pa’ el reino, cómo hacerlo chingón, de lo que era a lo que podía ser. Ver a nuestra gente próspera, feliz.
—Y años maravillosos —dijo Ermina—. Yo traía la visión, él la hacía real. Sentía que nací pa’ eso. Luego un día… se jodió. No sé bien por qué. Peleamos por el focalizador, pero no fue la primera bronca. Ni la peor.
—Tenía este cuerpo nuevo, y le gustaba. Lo amaba. Luego… ya no. Un frío se metió entre nosotros y creció, no importaba qué hiciéramos. Un día los dos supimos que se acabó.
—Creo… —Pausa larga—. No era feliz, y no le daba respuesta simple: haz esto, dame aquello. No era problema con fix. No se arregla con una acción.
—Ojalá… ojalá él hubiera… —Sacudió la cabeza—. Pero no, entonces no sería él. Ojalá las cosas fueran distintas.
—Así que sí —le dijo a Dayana—. Siento todo. Quiero correr a sus brazos, abrazarlo, besarlo, que vuelva como antes. Quiero arrancarle la garganta, despedazarlo por dejarme. Quiero hacerme bolita sola pa’ siempre. Quiero… un chingo de cosas.
Dayana la miró con ojos compasivos.
—Y desde entonces andas escondida aquí, rumiando y planeando. El dragón en su cueva con su tesoro. Pero no oro, conocimiento.
—Dime —continuó—: ¿Por qué no has creado esa cosa que dices que te urge? ¿Ni empezado? Han pasado seis meses.
—Necesitaba estar sola pa’ hacer lo mío —dijo Ermina—. Aquí tengo tiempo y espacio pa’ experimentar, dejar que la magia me llene hasta los huevos, visualizar lo que quiero crear, que los poderes me guíen sin pedos.
—Nop —dijo Dayana—. Ese no es el motivo.
Ermina puso los ojos en blanco y se paró en un codo.
—¿Vas a deslumbrarme con otro insight de mi cabeza? Supongo que dirás que tengo miedo de fallar. Mi confianza hecha mierda, necesito creer en mí otra vez.
—Nop —repitió Dayana—. Un intento más.
Ermina exhaló fuerte, como soplido en brasas.
—¿Miedo al éxito entonces? ¿A mi poder? ¿A cambiar el mundo pa’ siempre, la responsabilidad?
—Nop. ¿Te rindes? Me vas a odiar.
—Va. Dime. ¿Cuál es la razón real?
—Quieres demostrarle que se equivocó —dijo Dayana.
Ermina se dejó caer en la cama, cabeza golpeando la almohada con ruido sordo.
—Ay, vete a la chingada.
—¡Ja ja! ¡Lo sabía!
—Ese no es… no es el porqué…
—No creas nada si no es tan chingón, tan brillante, tan mundo-cambiador que él admita que tú tenías razón. Que se equivocó en dudar. En dejarte. Va a gritar, arrancarse el pelo, suplicarte que vuelvas. Y capaz y lo haces, arreglan todo. O te vas, y él pasa la vida en tormento, suspirando por la gran maga dragón Ermina.
Ermina suspiró. No podía negar la verdad.
—¿De veras soy tan… tan…?
—Sí, eres humana, mi amor —dijo Dayana—. Bueno, ya sabes.
Ermina se calló un buen. Dayana sintió que capaz se pasó. Le echó un brazo y una pierna encima, acurrucó la cabeza en el hueco del cuello y dijo:
—Cuéntame de la fuerza creativa.
—¿Pensé que no te jalaba la naturaleza de la realidad?
—No, pero me jalas tú —dijo Dayana—. Esto es importante pa’ ti. Quiero oírte.
Ermina la miró de reojo y sonrió.
—Dos fuerzas rigen el universo —empezó—. La creativa, y la destructiva.
—Bien y mal —murmuró Dayana.
—No —corrigió Ermina—. La destructiva no es mala. Es necesaria. No puedes crear sin destruir, como no inhalas sin exhalar. Pero la destructiva… nunca ha sido mi casa. Siempre soy forastera ahí. Mi lugar es la creación. Nací pa’ crear. Ahí me siento viva.
—Ese es tu sexo —citó Dayana.
—Exacto —dijo Ermina—. Creación y destrucción. Cooperación y competencia. Sexo y violencia.
Dayana se pegó más, acariciando el cuerpo de Ermina con ganas: garras suaves por esos pechos duros por fuera, blandos adentro, tamaño que aún la flipaba; las placas de hombros y brazos, ásperas como lija; la cintura que se metía cabrón; la verga imponente, suave y latiendo al ritmo del corazón, textura reconfortante como sábana tibia.
—Prefiero el sexo —dijo.
Ermina rio cálido y ladeó la cabeza pa’ amortiguar la coronilla de Dayana con la mejilla.
—Yo también —dijo soñadora.
Dayana empezó a besar y morderle el cuello, tentando cada escama con dientes, metiendo la lengua flexible entre ellas, saboreando el sudor salado y el calor que subía.
Ermina se recostó y dejó que su amante explorara, el aliento cortándose cuando Dayana daba en un punto sensible, como el sonido de uñas en pizarrón pero rico. Dayana pegó su frente al costado de Ermina, tetas aplastándose contra el pecho izquierdo, las tres juntas mandando ondas calientes por su cuerpo. El vientre inflado contra la cintura. Murmuró feliz y frotó caderas contra la cadera izquierda de Ermina. Su verga se masajeaba entre vientres, la panocha rozando escamas rugosas. Inhaló hondo, oliendo a piel dracónica y deseo, cosquilleos placenteros bajando; exhaló suspirando.
Ermina sonrió por el roce lento y decadente. Giró la cabeza pa’ mordisquear la coronilla de Dayana, su versión de beso sin labios. Movió su cuerpo pesado pa’ quedar de lado frente a ella, barbilla en la coronilla. Cada una con un brazo atrapado; el otro alrededor de la otra, más un ala encima, como doble abrazo. Ermina pasó dedos por la espina de Dayana, haciendo que se estremeciera.
—¿De verdad crees que soy tan simple? ¿Que actúo por soledad o rencor contra Matías? ¿Mis sueños de mundo mejor son pendejadas?
Dayana besó el hueco del cuello.
—Me voy de mi casa, amigos y vida pa’ estar contigo. Eso dice que pienso que eres bien chingona.
Se movió arriba pa’ mirarla a los ojos.
—Nadie hace nada por una sola razón. No me importa si es por fuerza cósmica o pa’ mostrarle a Matías qué pendejo fue. Haz lo que quieras.
—Tienes el cuerpo más poderoso del mundo, el que siempre quisiste —siguió—. Puedes torcer la realidad con la mente. ¿Por qué no actúas así? En vez de andar enseñándole a las cocineras a mamar vergas.
—Ermina —dijo, pausando pa’ pensarlo—. ¿Quién eres tú de verdad? ¿Sientes que eres la verdadera tú ahora?
—¿Quieres ver quién soy? —preguntó Ermina, brillo en el ojo—. Te lo muestro. Tú también verás a la verdadera tú.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Dayana.
—Te enseño a visitar el plano astral —dijo Ermina—. Cómo se ve el mundo desde los dioses. Verás mi alma… y la tuya.
Dayana miró sus ojos, seria. Dudó. Asintió.
—Va. Muéstrame.
—Bien —dijo Ermina—. Échate. Cierra los ojos. Enfócate en tu respiro.
Dayana obedeció. Entrar en meditación fue fácil esta vez. Su centro se desprendió sin bronca de los pensamientos, flotando en el espacio mental donde los veía charlando a un lado, no en medio. Flotó por su interior y halló la belleza del aliento. Se instaló apreciando cada detalle: aire entrando fresco, saliendo tibio; suavidad de la cama bajo el peso; lisura del cuerpo de Ermina pegado al costado, cálido como cobija en noche fría de DF; calor del aire quieto. Todo presente, pero lejano, como de otro.
—¿Lista pa’ conocer tu alma? —dijo Ermina, voz plana, hipnótica como plática de borrachos en banqueta.
Dayana asintió leve, «sí» mudo.
—Notas tus pensamientos. Notas tus emociones. Notas tu aliento.
—Sí.
—Date cuenta que estás notándote a ti misma.
Posibilidades se abrieron en la mente de Dayana, como laberinto de espejos girando. Aún no cachaba cómo, no encontraba los músculos mentales, pero sentía que se podía.
—Date cuenta que hay una parte de ti que te nota a ti misma.
Su centro ahora pesaba, con volumen, presionando la frente desde atrás. Lo sentía esférico, sereno en el centro mental, calmado mientras pensamientos y emociones armaban circo caótico alrededor.
—Date cuenta de la parte de ti que te está notando a ti misma.
El roce de las escamas de Ermina contra su costado se sentía más nítido en ese estado, áspero y reconfortante al mismo tiempo.
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