Resumen de esta Historia:
Mi novia Ámbar se hartó de la rutina en nuestro relajo de novios sin casarnos. Mentía sobre salidas tardías y “amigas”. La seguí hasta un bar de mala muerte con olor a cerveza rancia y cigarro viejo. Una noche, en nuestro vochito en el driveway, la vi con Pati, su amante flaca de pelo rojo oscuro. Bajo la luz del farol de la calle, Ámbar besó a Pati con hambre, le bajó la camisa y sobó sus tetitas A mientras Pati chupaba sus tetazas B sin sostén. Se quitaron la ropa mutuamente, crujiendo el vinilo del asiento. Sus gemidos roncos llenaron la noche mientras se metían mano entre las patas. Encabronado, me pajeé viendo todo, soltando mi leche contra la ventana. Ámbar confesó después, llorando. Intenté ajustarme, juntándonos los tres, pero Pati me rechazaba, sintiendo que rompía nuestra pareja sólida en la casa de ella con el ventilador zumbando flojo.
Aquí está tu Historia: Mi novia infiel se revolcó con su amante en el coche
En esos días jodidos al principio de nuestra relajo de novios sin casarnos, mi morra Ámbar se hartó de la misma rutina de siempre. No cachaba qué chingados quería, pero sí andaba con antojo de algo más cabrón. Sus mentiras de todos los días sobre cualquier pedo la ponían bien enmarañada, y ni de chiste quería desmenuzarlo. Yo tenía que adivinarlo sin broncas ni pláticas de esas que no llevan a nada. El calor del cuarto se sentía pesado esa noche, con el ventilador zumbando como loco contra el bochorno, mientras ella se volteaba de lado en la cama revuelta.
Se fue alejando poquito a poquito, y empezó con eso de “trabajar hasta tarde” más seguido, luego las salidas con las cuates a echar desmadre. Di con un anuncio personal que puso en el pinche “Rainbow Gazette”, buscando una chava con beneficios. Sabiendo sus jueguitos sexuales de cuando era joven y todo eso, le pregunté directo si andaba con otra por puro sexo o nomás compañía. Era como esos trucos de ventas que uso: asumir que ya está hecho el trato, o darle opciones pa’ que se aclare. Yo le entraba de lleno a hacerla feliz, hasta me chingaba pa’ que se corriera aunque no tuviera ni ganas, pero me soltó que quería las dos cosas. Al rato se quebró llorando y confesó que le hacía falta el toque de una mujer. No era solo más revolcadas; andaba priva de sexo con chavas. Ordenando sus mentiras y su desmadre de si era recta o joto, vi que pa’ ella no había término medio. O lo uno o lo otro, ser bi no entraba en su cabeza, pero no quería rajarme por nadie. Decía que me quería un chorro, que estaba enamorada, pero necesitaba más. El olor a su perfume barato se pegaba en las sábanas, mezclado con el sudor de la bronca.
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Su cabeza estaba cerrada a la opción tres, así que con un pedo en el pecho la eché de hueva pa’ que explorara su relajo, como su carnal más chido, no como su vato. Le llevé el coche hasta los contactos del Gazette y la cuidé de lejos pa’ que no le pasara nada, hasta que me mandó pa’ la casa. La consolé cuando esas citas salían de la chingada, menos de lo que pintaban. Verla ligar a esas morras, cortejarlas en cadena antes de decidir que los anuncios eran pura mierda, me partía el alma. Parecía más tranqui después de sus experimentos. Pero ni con todo mi esfuerzo de amigo y amante, se distanció otra vez. La seguí dos veces hasta “la casa de su compa del trabajo”, que era un bar de mala muerte con olor a cerveza rancia y cigarro viejo. Sus mentiras nos van a joder. Juró volver a las diez, pero a las 10:10 me marcó pa’ decir que se quedaría más, que tal vez hasta se plantaba a dormir y que no la esperara despierto. Oí clarito el ruido del bar de fondo, se lo eché en cara, y me dijo que andaba con su amiga y que nomás era la tele. Puras pendejadas.
Como a la una de la mañana, dos carros se pararon en la entrada. Todas las luces de la casa apagadas, pero yo seguía clavado en la tele, esperando con una cerveza tibia en la mano. Ámbar se quedó en nuestro vochito, en el driveway, y el otro se estacionó atrás. Una flaca bajó y se coló sigilosa en el nuestro pa’ sentarse al lado de Ámbar. Apagué la tele y las oí reírse bajito, cachando palabras sueltas. Con la luz del farol de la calle, vi a Ámbar estirar la mano, acariciar el pelo de Pati, luego bajarla a su mejilla. Pati buscó su cara y se fueron acercando despacito. Como en película lenta, vi a mi morra inclinar la cabeza y besar tímido a Pati en la boca. Un segundo de pausa, y ya se estaban comiendo enteras, con las quijadas moviéndose pa’ que las lenguas se chuparan a gusto. ¿Primera cita, ligue del bar o puro affair secreto? Mi Ámbar bien agresiva le bajó la camisa por el hombro a Pati y metió mano en su tetita chiquita. Aunque estaba encabronado, mi verga se paró dura viendo cómo le sobaba esa teta de mierda y le pellizcaba el pezón. Pati se despegó con un chillido agudo, que retumbó en el silencio de la noche, y se zambulló de nuevo jalándole la blusa de satén a Ámbar por la cabeza. Sin sostén, como siempre, me avivé pa’ ver sus tetazas B pelonas rebotando en las manos de Pati.
Parecía que mi “tímida” morra se olvidó de los vecinos que andaban con la luz prendida y podían cachar el show. Mientras Pati le retacaba los pezones a Ámbar, esta le desabotonó la camisa y se la quitó de un jalón. Sus tetitas A se movían esquivando sombras, con las manos de Ámbar encima. Ámbar le jalaba los pezones, y Pati se inclinó pa’ meterle casi toda la teta en la boca, chupando con hambre. Oí el ruido de la succión antes de darme cuenta de que mi verga pelona y mojada ya se escurría en mi mano. Siempre la que agarra, Ámbar metió mano entre las patas de Pati, con jeans bien oscuros. No veía la mano, pero sí el brazo girando como yo se lo hago normalmente. Pati gimió ronco y sus dos manos forcejearon con los pantalones de Ámbar. Se los quitaban mutuamente en nuestro carro, la textura del asiento de vinilo crujiendo bajo ellas. Un rato después, las dos soltaron un gemido largo. Levanté mi verga parada pa’ soltar mi leche, apuntando inútil hacia ellas pero contra la ventana en puro coraje. Ojalá hubieran visto mi vergón descargando. Sentía el gozo de sus panochas infieles, chorreando jugos con olor a deseo, dedos metidos y felices. Se me rompió el corazón limpiando la ventana y secándome una lágrima salada.
Se congelaron un segundo, como si oyeran algo. Me costó huevos no salir hecho una fiera a confrontar a las mentirosas. Me arrastré a la cama. Ámbar llegó oliendo a jabón fresco y se deslizó a mi lado, echándome el brazo encima. Le pregunté qué había hecho toda la noche. Volvió a mentir, con la voz pastosa por el desvelo. Varios días después, anduvimos de compras en un tianguis de liquidación, y Ámbar se topó con una cuate que trabajaba ahí. La caché al vuelo: era Pati. En la penumbra del driveway no vi que tenía pelo rojo oscuro bien brillante, ojos azules. Más flaca que Ámbar, pero chida. En la plática corta supe que tenía novio, pero ya no le entraba; andaba encabronada con él y metía a todos los vatos en el mismo saco. Se sentían sus espinas como alambre de púas.
Vi cómo Ámbar le tomaba la mano a escondidas varias veces. Me dolió el pecho. Esto pintaba pa’ que me rajara. Muchas noches solo y de secreto después, la encaré por todas sus salidas largas con “amigas”. Le dije que la vi con Pati en el driveway, haciéndole el amor clarito. Se quedó con la boca abierta, la cara blanca como papel, balbuceó pendejadas y al rato suspiró hondo rindiéndose. Con lágrimas de culpa, confesó que esa noche fue la primera con Pati, aunque la veía seguido desde entonces. ¡No mames, güey! Tranqui y sin broncas, le pedí honestidad total, hasta los detalles culeros de sus citas. En la semana que sigue, me la rifé pa’ juntarnos los tres. Aunque me iba ajustando a que mi morra era bi y nos quería a los dos, Pati apenas me pelaba y esquivaba cualquier roce, aunque fuera sin querer. Ámbar era más flexible conmigo. Pati actuaba como si yo les estorbara su tiempo y su amor, con el ventilador del cuarto de Pati zumbando flojo sobre la mesa de snacks.
Los tres anduvimos de compras una vez y paramos en un taller de tatuajes. Apenas en la puerta, Pati preguntó si le podían borrar un tat con el nombre de su ex. Cuando le dijeron que lo vieran pa’ cotizar, abrió sus jeans y se bajó los calzones pa’ mostrar el vello púbico con el tat bajito en la cadera. El artista se acercó bien, yo igual, y le palpó alrededor del viejo tat, luego dijo que sí se podía. Pati se subió la ropa. Le dije a Ámbar que me sorprendía que el pelo rojo bien lustroso de Pati fuera natural, porque juraba que era teñido. Mi morra se enojó por mi comentario. ¿Por qué vergas? No era pedo. ¿Le molestaba que invadiera su privacidad? ¿Cómo, si Pati lo enseñó en público, con el olor a tinta fresca flotando en el aire? Otra ocasión, los tres en un centro comercial al aire libre. Ámbar quiso entrar a una tienda que ni a Pati ni a mí nos latía. Pati me sorprendió quedándose callada conmigo, recargados en una baranda de madera astillosa, viendo pasar gente mientras esperábamos. Una güera bien buena, radiante en shorts diminutos y crop top apretado, se acercó por mi derecha. Se notaba de lejos entre la banda. Mi cabeza la siguió con su caminar sexy. Luego vi que Pati también la seguía. Nos reímos sin decir nada al cachar que los dos babeábamos por la misma chava caliente. Bajó un poco la tensión, con el sol quemando la banqueta.
Ámbar armó una plática en la casa de Pati una noche. Sacó unos totopos con salsa y hablamos más que en meses de salidas y cogidas. Las dos con blusas blancas de huarache, de hombro caído. Las tetas B de Ámbar se quedaban cubiertas hasta que se agachaba por las chelas. Como ya se habían visto en cueros y revolcadas, no me preocupé por su vergüenza. Hasta me latió ver su pezón alto y perfecto salirse de la blusa. Ni se molestó en taparlo. Las sub A de Pati se asomaban siempre, sin importar si se movía poquito, así que tuve vista fija de sus dos pezones tiesos. Me aguanté las ganas de soltar que sus pezoncitos eran casi iguales a los perfectos de Ámbar. Quería echarle flores, pero me callé. Ámbar me vio clavar la mirada en la camisa de Pati y no pipió. Mi verga se paró pensando en mamar cuatro pezones chidos. Al pararnos pa’ irnos, Pati agarró un plato y su blusa se cayó del pecho plano. Me vio cacharlo, miró abajo y vio sus pezones al aire, y se puso roja de coraje. Me atacó con: “¿Te gustó el pinche show?”. Luego le gritó a Ámbar: “¿Por qué no me dijiste nada?”.
Al fin le dije que sí me latió y le pregunté qué pensaba de los pezones de Ámbar en un par de palabras. Se quedó muda, sobre todo conmigo. Mirando el pecho de Ámbar, repitió: “bonitos, densos, lindos”. Yo le entré al billete. Tomados de la mano con Ámbar, solté: “Llevo años diciéndole que tiene pezones tiesos perfectos: densidad, forma, altura, sabor y aroma, todo de lujo”. Me aventé más: “Sé que se han visto pelonas y se han cogido, así que dame una palabra pa’ su panocha. Algún día quiero comparar la tuya con la de ella”. Soltó: “¡Como si eso fuera a pasar! Su panocha es hermosa”. Luego, pa’ joderme, agregó: “Me encanta cómo se siente, sabe, huele y lo chingona apretadita que está”. Ámbar sonrió chueca y apenada. Dije que estaba de acuerdo y que llevaba años rifándomela. “Tus comentarios valen pa’ cualquier panocha sana y limpia. Lo que yo le digo es que cuando está prendida, su vulva hinchada se pone como panocha perfecta de libro: labios de afuera abultados formando la cueva que abraza la estatua de la Virgen, su clítoris encapuchado como la cabeza inclinada; labios de adentro saliendo poquito, como brazos extendidos con túnica. Es una chulada clásica. Deberías haberlo notado”. Pati nos miró de uno a otro, clavó la vista en la entrepierna de Ámbar, cachó que yo aún la quería un chorro. Con ojos aguados, dijo que nos vio de la mano y vio nuestro cariño. Eso la hizo sentir de la chingada, como si estuviera rompiendo una pareja sólida. Se metió furiosa a la casa. Ámbar se quedó callada y yo le apreté la mano, sintiendo el calor áspero de su piel contra la baranda de madera.
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