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Confesión erótica : Dejé el convento por el plomero chaparro

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Resumen:

La hermana Graciela, alta y atlética, administra un convento con problemas en las tuberías de la sala de calderas. Don Jaime recomienda a Petey Burgos, un plomero chaparro y musculoso de metro cincuenta, experto en espacios angostos. Mientras Petey repara las cañerías con agilidad, Graciela y él comparten cafés y pláticas sobre sus pasados: ella exmilitar, él exmarinero. Un roce accidental despierta en Graciela sentimientos dormidos tras años de votos. Ambos confiesan su amor mutuo pese a las diferencias y circunstancias. Tras deliberar con sus hermanas, Graciela deja el convento, se casa con Petey en una ceremonia sencilla y consuman su pasión en su nuevo hogar, unidos por un lazo profundo.

Aquí está tu Historia: Dejé el convento por el plomero chaparro

La hermana Graciela Blanco andaba en la sala de calderas del convento, clavando la mirada en las tuberías jodidas que chorreaban óxido por todos lados. A su lado, Don Jaime Bravo, un mecenas de la parroquia de San Juan Bautista, medía los daños con una linterna en la mano. El vapor caliente subía del piso de cemento, pegajoso como sudor de borracho después de una peda. —Pos, hermana Graciela, esas cañerías rotas están bien altas y en un chorro angosto, güey. —¿Me estás diciendo que no se pueden arreglar, don Jaime? —Se pueden, hermana, pero hay que buscar a un carnal chiquito y flaco que se cole ahí arriba, corte las piezas chafas y las cambie por unas nuevas. Don Jaime sacó su celular pa’ tomar fotos y apuntar medidas, mientras el zumbido del ventilador viejo en la esquina movía el aire espeso. —Gracias por tomarte la molestia de checar esto, don Jaime. —Pa’ eso estamos, hermana Graciela.

La hermana Graciela Blanco medía casi dos metros, flaca pero bien puesta, con pelo negro cortito, ojos verdes que miraban con calidez y una sonrisa que invitaba a platicar. Casi nunca se ponía el hábito; andaba en jeans ajustados, blusa sencilla y tenis grises gastados. Lo único que la delataba como monja era el pin de su orden prendido en la blusa. Tenía cuarenta y cinco pirulos y se encargaba de la admin del convento. La superiora era la hermana Verónica. El olor a metal húmedo y aceite viejo llenaba el lugar, recordándole las mañanas de café en la cocina comunal. —De hecho, don Jaime, me sorprende que el obispo te haya contado de nuestro pedo. —¿No eres socio del astillero? —Cierto, hermana, pero conozco un chorro de gente en los oficios, desde plomeros hasta soldadores. Una sonrisa le cruzó la cara a don Jaime, y sus ojos color café brillaron bajo la luz amarillenta. Él era igual de alto que ella. Se caló de nuevo su gorra de béisbol, tapando el pelo rubio rapado. —Hermana Graciela, conozco al vato perfecto pa’ este jale, jeje. —¿Quién, don Jaime? —Petey Burgos, el “Chaparrito Petey”. Lleva tres años laburando conmigo. Es un flaco bien vergudo, mide como metro con cincuenta exactos. No te apures, ya tengo las medidas. El lunes mando a Petey con todo. Le voy a dar llave de la puerta de atrás pa’ la sala de calderas. —Órale, don Jaime. Con ganas de conocer a tu carnal.

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Llegó el lunes, y la hermana Graciela ya estaba con las pilas puestas por las reparaciones. Vio una camioneta vieja estacionarse atrás del edificio, con el sol pegando en la banqueta caliente que quemaba las plantas de los pies. Salió a recibir al trabajador. Se le escapó una sonrisa al ver bajar al hombre chiquito, con overol gris mugroso, botas negras de hule y un sombrero de cerdo gris que olía a sudor y gasolina. Él le devolvió la sonrisa, con dientes blancos relucientes. —Qué onda, soy Petey Burgos. Me mandó don Jaime. Petey se quitó el sombrero y le tendió la mano callosa. —Hermana Graciela Blanco, un gusto, señor Burgos. —Llámame Petey, hermana Graciela, todos mis cuates lo hacen. Ahí notó su cara de morrillo, pelo café cortito y ojos azules que miraban directo. —Va, Petey. Pásale pa’ que arranques. —Chido, hermana. Voy a tratar de no chingarte la rutina. Petey se dio la vuelta y empezó a jalar sus herramientas a la sala de calderas, el ruido metálico retumbando contra las paredes gruesas. Graciela vio lo musculoso que estaba, cómo se movía con agilidad de gato callejero. Sonrió y se fue a su , oliendo el café fresco que acababa de colar. Realmente es flaco y bien puesto, y guapo el cabrón, pensó, mientras el ventilador del cuarto giraba lento.

Un rato después, fue a ver cómo iba el avance. Quedó con la boca abierta. Petey ya había armado un andamio con tablas y tubos, subido arriba marcando dónde cortaría las cañerías viejas. Se volteó y la vio sonriendo desde abajo, con el sudor perlando su frente bajo la luz cruda. —¡Ey, hermana Graciela! ¡Ya bajo! Petey agitó la mano y bajó rapidísimo por la escalera, como si no pesara nada. —Jeje, ¡Petey, qué rápido eres, güey! ¡Ya armaste todo y ni es mediodía! —Acabas de perderte a don Jaime. Me echó la mano con el andamio y mañana trae las tuberías nuevas. Vamos a poner una temporal pa’ que no se queden sin agua mientras jalo. —Vaya, lo tienes bien planeado, Petey. —Sí, nomás que siempre salen madres. Iba a echarme un taco, ¿te animas, hermana Graciela? —Petey, déjame agarrar mi termo de café. Ya vuelvo. Se sentaron en una mesa improvisada con cajones, platicando de todo: de su vida, de anécdotas. Graciela se asombró al saber que Petey tenía treinta años; le parecía un morro por lo chaparro. Supo de su tiempo en la marina, cómo aprendió a soldar y ser maquinista en barcos oxidados. Petey se quedó pasmado al enterarse de que ella había estado en el ejército antes de entrarle a la orden. El aroma del café negro se mezclaba con el de los tacos de carnitas que Petey sacó de una hielera. —Hermana Graciela, qué chingón. No te ves como las monjas de hábito que me imagino, con velos y todo el pedo. —Jeje, a veces el hábito estorba pa’ jalar en el convento. —Ya caigo. Qué bueno que traes el pin, si no, te invitarían a salir un chorro, hermana. —Jeje, Petey, si no fuera monja, ¿me invitarías? —Claro, me laten las morras altas, pero todas piensan que soy muy chaparro, jeje. —Me la pasé chido platicando contigo, Petey. —Yo también, hermana Graciela.

Justo cuando Graciela se volteaba pa’ irse, tropezó con una herramienta tirada. Petey la cachó de la cintura, sus manos firmes contra la tela de su blusa. Sintió el calor de sus palmas, ásperas por el trabajo. De repente, un cosquilleo le subió por el cuerpo, como no le pasaba en veinte años; su panocha se mojó de golpe. —Cuidado, hermana Graciela, no vaya a ser que te lastimes. —Gracias, Petey. Terminó su jale de oficina y se metió a la capilla a rezar, el incienso dulce pegándosele a la ropa. Al día siguiente, se enredó en papeleo pa’ no pensar en eso. En la capilla la noche anterior había visto la cara de Petey al cerrar los ojos. Por la mañana, antes de vestirse, lo vio de nuevo en su mente. Al ponerse la blusa, el hormigueo empezó en el vientre, subió a sus chichis 36C, pezones duros como piedras. Su vagina chorreaba jugos. —¿Qué chingados me pasa?, dijo en voz alta, el espejo empañado por su aliento caliente. Revivió el toque en su cintura. ¡Nomás me ayudó a no caerme, pendeja! Se limpió con papel higiénico, se vistió rápido y salió. A media mañana, don Jaime llamó pa’ avisar que cortaría el agua. Graciela vio a la hermana Verónica al teléfono, con su hábito gris flotando. —Órale, don Jaime. El agua regresa en cuarenta y cinco minutos, qué bueno. —Hermana Graciela, ¿cómo van en la sala de calderas? —Bien, hermana Verónica. El trabajador, Petey Burgos, es un buen cuate, bien amable. —Según don Jaime, terminan en una semana si no hay broncas. La hermana Verónica sonrió, bajita con cara redonda, pelo gris y lentes gruesos; tenía sesenta y un años. —Qué padre. Nuestras oraciones se están contestando, hermana Verónica. Graciela caminó a su oficina, aliviada por poder echar café con Petey un rato más, el termo tibio en la mano.

A las once cuarenta y cinco, entró a la sala de calderas con su termo. Saludó con la mano a don Jaime que se piraba. Vio a Petey arriba del andamio, de espaldas, levantando una tubería gruesa; traía la máscara de soldador puesta. La antorcha prendió con un chispazo azul, el siseo llenando el aire cargado de metal fundido. Aun de lejos, Graciela veía cómo se le marcaban los músculos del brazo, venas saltadas. ¡Válgame, este changuito es bien fuerte!, pensó, el hormigueo regresando entre sus piernas. La antorcha se apagó. Petey se quitó la máscara, sudor goteando, y sonrió al verla. —¡Qué onda, hermana Graciela! Qué bueno que llegaste, ¡ya bajo! —Súbele, Petey, jeje. Bajó deslizándose por la escalera, oliendo a esfuerzo varonil. —¡Uff, necesito café, hermana! —¿Mañana pesada, Petey? —Sí, tuve que ajustar la tubería temporal, pero ya voy bien. Oye, ¿y si seguimos en contacto después de esto? —Me encantaría, Petey. Me la paso chido platicando contigo. —Yo igual. Dime, ¿tienes novia o qué? —No, salgo con cuates del jale a veces. ¿Por qué no novia? Cuento largo, pero básicamente las morras no quieren chaparros como yo. Ya ni salgo con nadie. Graciela notó tristeza en sus ojos cafés. —¿Estás chido, Petey? Te ves triste. —Sí, hermana Graciela. Sacó un papel y apuntó su número, el lápiz raspando áspero. —Ahí te va mi cel, pa’ que nos hablemos. —¡Gracias, Petey! Le tomó la mano y la apretó fuerte, sin soltarla; el calor de su piel la encendió, pero también sintió algo más profundo, como cariño de verdad. —Petey, te tengo que decir algo. —¿Qué pasa, hermana? ¿Estás bien? Se acercó y le agarró las dos manos. —Me enamoré de ti, Petey.

Los ojos de Petey se abrieron como platos, pero no se zafó. —Hermana Graciela, ¿cómo te enamoras de mí? ¡Eres monja! —Soy mujer, Petey. Verte jalar tan duro, tan chiquito, ¡Dios, qué guapo estás! —¿Y tus votos? —Estoy batallando, Petey. ¿Quieres que llame a don Jaime pa’ que mande a otro? —¡No, por favor quédate! Vio lágrimas en sus ojos. —¿Qué te pasa, Petey? Dime. —Dudé en darte mi número. Me encanta verte y platicar, aunque sea poquito tiempo. —A mí también, Petey. —Hermana Graciela, estás preciosa. Sus ojos suplicaban. —Me enamoré de ti el primer día que te vi. Sabía que era convento, que eras monja. —Petey, me llegaste. —Lo que decidas, lo respeto. No te presiono. Pero me ganaste desde el arranque. Lo abrazó fuerte. Sentimientos la invadían: votos, amor por Petey, todo revuelto. Se separaron ese día con mucho en qué pensar. Graciela rezó en la capilla por guía, el banco de madera dura contra sus rodillas. La hermana Verónica miró hacia allá y notó su turbación. Toda la semana, evitó la sala de calderas y a Petey. Le dolía el pecho. Lo extrañaba cañón. Al fin, pidió consejo a la hermana Verónica y las otras. Se sentó con Verónica, Patricia y Pamela. Les contó cómo empezó, cómo Petey siempre fue respetuoso. Petey andaba triste por no verla; lo entendía y metió hueva pa’ terminar rápido, el soldador chispeando noches enteras. —¿Lo amas, hermana Graciela?, preguntó Patricia. —Sí, amo a Petey. No es puro físico, es de corazón. Es fácil platicar con él, estar. Me sentía sola y encontré un amigo; luego se volvió más. Antes de que me cachara la caída. —¿Petey siente igual?, dijo Pamela. —Sí, lo confesó hasta que yo largué primero. —Tienes que decidir: votos o irte con él, sentenció Verónica. —Parece que él también batalla, agregó Patricia. —¿No amigos nomás?, propuso Pamela. —No, es muy fuerte. Hasta ofreció que otro terminara. Respeta si me quedo. —Le debes una respuesta clara, dijo Verónica. Fueron a la capilla a rezar, velas parpadeando.

El lunes por la mañana, el jale estaba listo. Petey tocó el timbre; la hermana Patricia lo dejó pasar, el eco retumbando en el pasillo fresco. —Tú eres Petey. Sonrió amable. —Sí, vengo a dejar la llave porque ya terminamos. —Pásale. de Verónica, vio a Pamela y sonrió. Las dos traían ropa normal, pin en el cuello. —Qué onda, solo vengo a devolver la llave, hermana Verónica. ¿Le das mis chidos a la hermana Graciela? Las tres sonrieron. Vieron llegar a Graciela por atrás, sonriendo. Notaron la diferencia de tamaños. Puso manos en hombros de Petey; él se espantó y volteó con ojos grandes. —¿Decirme chidos? ¿No te ibas a despedir en persona? —Pensé que estabas encabronada, hermana Graciela. —Ay, Petey, no, jeje. ¿Notas algo distinto en mí? Mira bien. Sonreía ante su cara de pendejo. Las monjas rieron bajito. Graciela se arrodilló, ojos verdes clavados en los cafés de él. —¿Dónde está tu pin? —Petey, ya no soy monja. Le tomó las manos. —Petey, ¿te quieres casar conmigo? —Sí, Graciela, sí. Te voy a hacer feliz. La besó, un calor le subió por el cuerpo. Retrocedió y sacó una cajita del overol. —Te dije que me ganaste el primer día, así que fui y compré esto. Le puso el anillo en el dedo, el metal frío contrastando con su piel caliente. —¡Ay, Petey! ¡Está chido! Después de una boda sencilla en la parroquia, con tacos y chelas frías pa’ todos, por fin estaban solos como marido y mujer en su cuartito rentado, ventilador zumbando contra el bochorno. —Aquí estamos, Graciela. ¿Estás bien? ¿Nerviosa? —Un poquito, Petey. Petey sonrió. —Tranquila, sin presión. —Ven, Petey. Le tomó la mano y lo llevó al cuarto, mirándolo desde arriba con ojos verdes y sonrisa pícara. Petey se sentó al borde de la cama, sábanas frescas oliendo a detergente. Ella se inclinó y susurró: —Ahora eres mío, Petey. —Sí, Graciela.

A Graciela le fascinó la mirada de Petey, como perrito fiel. Con manos suaves, lo desvistió despacio, desabrochando el overol que cayó con ruido sordo. Petey sintió su piel erizarse al aire tibio. Graciela se quitó los tacones, taconeando en el piso de loseta, y jaló su cuerpo desnudo contra ella. A él le encantó el roce sedoso de su vestido azul en la piel, cómo ella lo dominaba sin esfuerzo. —¡Petey, desde que te vi, te quería pa’ mí! Lo besó por todo el cuerpo, lengua saboreando el sudor salado de su cuello, pecho, abdomen. Petey sintió sus huevos en la mano de ella, apretando suave. —¡Oh, Graciela, tómame, porfa! —Te voy a tomar, pero con tiento, mi rey. Se quitó el vestido, sostén y calzones de un jalón, tela susurrando. Se irguió sobre él. Petey admiró su cuerpo largo, chichis firmes apuntando, panocha bien recortada reluciendo húmeda. Se subió encima, besándolo profundo, lengua enredada. Sintió su verga endurecerse, gruesa y venosa, al entrar en su vagina caliente y apretada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, el jugo chorreando por sus muslos. Él besó sus senos suaves, mamando pezones duros como caramelos. —¡Ohh, Petey, qué vergudo estás! Graciela gimió ronco, cabalgándolo fuerte, panocha tragándose su verga hasta los huevos. Petey la embistió desde abajo, manos en sus nalgas firmes, el sonido de carne contra carne llenando el cuarto junto al golpeteo de la lluvia suave en la ventana. Ella aceleró, gritando: —¡Córrete adentro, Petey, lléname de leche! Él explotó, semen caliente inundándola, chorros espesos golpeando su útero. Se quedaron abrazados, sudor pegajoso, respiraciones jadeantes calmándose bajo el ventilador que giraba lento sobre la cama.

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