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Fantasías Prohibidas : El novato femboi mama verga negra por primera vez

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Resumen:

Lacey trabaja en un antro de Atlanta donde atiende a clientes que dejan buenas propinas por servicios extras. Ella se ha adaptado rápido, luciendo ropa ajustada y un accesorio que limita su excitación, encontrando alivio solo en encuentros intensos. Un día nota a Alex, un chico flaco de su edad caminando por la misma calle, y lo invita a unirse al equipo. Alex prueba el trabajo, sirviendo mesas y recibiendo propinas por atenciones orales con clientes de piel oscura. Nervioso ante la intensidad del ambiente, mama por , pero el pánico lo hace huir. Lacey compensa al cliente mientras Alex regresa a casa frustrado, recordando juguetes en el cajón de su madre.

Aquí está tu Historia: El novato femboi mama verga negra por primera vez

Lacey ya se sentía en su elemento en el Femboi Hooters, ese antro en Atlanta donde los clientes negros grandes dejaban billetes a montones por un servicio extra. Habían pasado dos semanas desde que el señor Hale le había dado su primera lección dura, metiéndole verga negra hasta que el culito se le abrió como nunca. Ahora Lacey sacaba propinas gordas cada noche, y cada día se veía más como femboi total: shortinos naranjas bien metidos, crop top ajustado y esa jaula en la verga que no se quitaba ni pa’ dormir. Su único desahogo era una buena cogida con verga negra adentro, ordeñándole la próstata hasta que chorreaba semen en la jaulita. Nada de pajas solitarias; solo un hoyo para vergas monstruosas de negros.

Camina al trabajo con el abrigo abierto, dejando que el viento caliente de la tarde pegue en sus piernitas suaves y el culito marcado de la noche anterior. El asfalto de la banqueta quema bajo las sandalias baratas, y el olor a tacos de la esquina le abre el hambre. Ahí está otra vez ese chavo flaco, metro sesenta como él, carita de angelito con ojos grandes, caminando por la misma acera todos los días. Debe tener dieciocho, güey, perfecto pa’ los viejos del bar. Se miran fijo, como si ya supieran algo. En el antro, Lacey se lo cuenta todo a Charlie mientras limpian mesas, el ventilador zumbando en el techo y el humo de cigarro viejo flotando. —Güey, lo paso diario, parece listo pa’ jalar con nosotros, con culito chiquito y todo.

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—Órale, acércate y dile del pedo, siempre hay chance pa’ más chavos como tú, le suelta Charlie, sirviendo una chela fría que suda gotas en el mostrador de madera gastada—. A lo mejor anda buscando varo rápido. —O vergas negras pa’ llenarse, agrega Lacey riendo, sintiendo el roce áspero de la esponja en sus manos húmedas. Al día siguiente no espera: va a su primera mesa, hamburguesa jugosa humeando con olor a carne asada y cebolla frita. Dos meseros más chupan vergas gruesas en booths cercanos, el sonido chapoteante de saliva llenando el aire. El nuevo cliente, Jay, rapero de treinta con cadena gruesa, mastica sin mirarla. —Algo más, carnal, ¿o te ofrezco el menú completo? —pregunta Lacey con voz suave. Jay la ve de reojo, verga ya medio parada bajo los joggers. —Sí, haz como esas putitas, mi verga quiere una ya, pinche hoyo blanco.

Lacey se sienta a su lado en el booth de vinilo pegajoso, el calor del cuerpo grande de Jay subiendo como horno. Baja los joggers sin chistar, y ¡pum!, sale la verga negra más bestial que ha visto: catorce pulgadas gruesas, venas palpitando, cabeza morada como mora . Su manita tiembla al tocarla, apenas cierra alrededor del tronco caliente y salado de sudor fresco. La verga late fuerte, y la de Lacey duele en la jaula, queriendo crecer. —Con las dos manos, putita, gime Jay, terminando la hamburguesa con salsa chorreando. Lacey lame el precum espeso que brota, sabor salado dulce pegajoso en la lengua, mientras Jay la cachetea leve. —No lo desperdicies, lame todo, carajo. Empuja la cabeza enorme en su boca, estirándole las quijadas hasta doler, el olor a hombre puro invadiendo sus fosas nasales.

Jay termina de comer, se para imponente, metro ochenta contra el metro sesenta y ocho de Lacey, y la jala de la mano al cuarto privado. Pasan por Charlie, que la detiene un segundo, el pasillo oliendo a semen seco y desinfectante barato. —Lacey, ese Jay trae verga de serpiente, no mames, susurra. —Catorce pulgadas, ya vi, carnal, responde ella, shortinos naranjas crujiendo con cada paso. Dentro, llave echada, Jay se quita la playera mostrando músculos tatuados relucientes de sudor, agarra a Lacey y la besa rudo, lengua gruesa invadiendo como pistón. Le rompe el crop top y los shortinos de un jalón, jaula expuesta brillando bajo la luz amarilla del foco. —En cuatro en la cama, puta, ya sabes el pedo, ordena, verga apuntando al culito. Lacey arquea la espalda, el colchón hundido oliendo a sexo viejo. Jay empuja sin piedad, no como el señor Hale suave; esto es thug puro, estirando el anillo al límite con que dejan marcas rojas ardientes.

—Agarra mi verga, no te muevas, pinche hoyo, gruñe Jay, cacheteando las nalgas hasta que queman como chile. Lacey grita, lágrimas calientes rodando, —¡Duele, Jay, sácamela, me parte en dos! —Pero Jay no para, mete más, el culito cediendo despacio con sonido de succión húmeda. Charlie espía por la ventanita empañada, ve la mitad de la verga bestial hundida, el vientre de Lacey abultado como si saliera por la boca. Se va riendo bajito. Pronto los gritos viran a gemidos roncos, Jay agarra caderas y hunde las últimas pulgadas, bolas chocando contra piel magullada. Saca con pop de chupón, el “O” ancho guiñando aire caliente. —Vuélvela a meter, porfa, suplica Lacey, cadera meneándose sola. Jay la empala hasta el fondo, cama chirriando como vieja troca, pistoneando treinta minutos hasta que bombea semen espeso, caliente inundando tripas, tanto que Lacey siente el calor rebosar.

Aún dura, Jay la voltea pa’ culo a boca sucio, sabor terroso salado llenando la garganta de Lacey mientras chupa las catorce pulgadas. —Cabalga, puta, tu propina, avienta quinientos dólares y se sienta en la silla plástica dura. Lacey sube, baja lento sobre la cabeza que estira el “O” otra vez, Jay jalando caderas pa’ empalarla completa. —¡Es enorme, sácamela! —llora ella, pero él empuja arriba, nalgada retumbando en la habitación cerrada. Cabalga despacio al fin, rebotando con sudor chorreando por la espalda, verga monstruosa rozando próstata hasta que Lacey chorrea en su jaula. Otra corrida de Jay, semen goteando espeso por muslos. Beso final con lengua, más billetes, y Jay se va. Lacey queda hecha trizas, outfit roto, culito abierto chorreando leche pegajosa, oliendo a sexo crudo. Encuentra a Charlie. —Güey, mi culo no da pa’ más hoy, nos vemos mañana, ríe, sintiendo el semen escurrir tibio.

—Te avisé que era un monstruo, se burla Charlie, limpiando una mesa con trapo húmedo—. Oye, dile a ese chavo nuevo si quiere probar el jale. —Mañana lo busco, pero que no le toque Jay, lo manda al carajo de las vergas pa’ siempre, contesta Lacey, el ventilador zumbando sobre ellas. Al otro día, lo ve en la banqueta caliente, guiñando ojo. —Órale, carnal, te clavo todos los días por aquí, le suelta Lacey. —Sí, vengo por aire fresco, soy Alex, responde el chavo, voz finita, olor a jabón barato en su piel. Hablan del bar, extras, propinas. Alex pregunta por el outfit femboi, nervioso pero ojos brillantes. —Ven conmigo, güey, necesitas varo y encajas chido, pero ¿tienes dieciocho? —Sí, parezco morrillo pero ya la armé, ríe Alex. Caminan juntos, el sol pegando en sus nucas sudadas.

En el vestidor, Lacey le pasa crop top blanco con letras naranjas, shortinos chiquitos que se meten como hilo en el culo, calcetines blancos y la jaula. Charlie entra oliendo a colonia fuerte. —¡Qué culito fresco, es el que decías! Ponte todo, Alex, vas a la barra. —Pero ¿pa’ qué la jaulita? —pregunta Alex, viéndola de plástico rosa. Lacey se baja los shortinos, mostrando la suya reluciente. —Pa’ que no se te pare, carnal, todos la traemos. Alex se cambia, verga chiquita de cuatro pulgadas metida a presión, shortinos pegados marcando todo, tenis puestos. Con un toque de labial rojo queda femboi perfecto, piel suave oliendo a polvo del vestidor. Sirve booth uno: negro de cuarenta pidiendo chela helada que burbujea al abrir. Booth dos: viejo de cincuenta y siete con cola y bistec jugoso.

Mira alrededor: Dale cabalgando verga negra en un booth, besando a otro; tres negros con meseros en garganta profunda, gargantas glugluteando saliva espesa; Charlie jalado por un armario de futbolista. Lacey chupa una verga que chorrea en su boca. Alex siente el calor subirle al pecho, jaula apretando. El de booth uno mete veinte en su mano, saca nueve pulgadas gruesas palpitantes. —Toma el varo y mámamela, chavo. Alex duda, agarra el tronco caliente venoso, mama despacio, sabor salado dulce sorprendiéndolo. El negro gime, eyacula en su mano pegajosa, se va disculpándose. Alex lame la servilleta a escondidas, semen dulce como miel tibia. Booth dos avienta veinte, diez pulgadas negras. —Lo mismo que el otro, putito. Alex mama, gana cien. —Pa’ la privada, te cojo como abuelito, ofrece el viejo. —No, señor, no soy así, huye Alex, corazón latiendo fuerte.

Entra Calvin al booth uno, portero calvo con barba gris, metro noventa musculoso, oliendo a gym y sudor fresco. Peleador de jaula, verga de once pulgadas gruesa lista pa’ preñar. —Chela y culito, chavo, dice, haciendo sonrojar a Alex. La verga de Alex duele en la jaula al servir la cerveza fría goteando. Calvin avienta veinte, Alex forcejea los pantalones, jadea ante la carne negra palpitante. Mama arriba-abajo, lengua lamiendo venas saladas. —Buen chavo, tu estará orgullosa, gime Calvin. —No tengo papá, nomás jefa que no veo, murmura Alex con verga en boca. —Virgen total, ¿eh? Deja que tu carnal te abra, insiste Calvin. Alex ve el antro lleno: chavos blancos en todas, vergas negras por doquier, sonidos chapoteantes y gemidos roncos. Entra el pánico, suelta la verga y corre al taxi, jaula apretando dolorosa.

Lacey nota y va con Calvin. —Perdón por el morrillo, carnal, ¿te compenso yo? —Claro, a la privada, dame lo que él no dio. La habitación se llena de cojidas, cama chirriando bajo el peso. Alex llega a casa solo, mamá ida, cuarto oliendo a humedad y pizza fría en la mesa. La jaula aprieta su verga dura, frustración quemando. Recuerda el cajón de mamá, pilas falsas tapando dildos blancos chiquitos, el más grande de seis pulgadas, nada contra las bestias del bar. Los saca, textura plástica fría en sus manos temblorosas, oliendo a polvo viejo y silicona.

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