Resumen de esta Historia:
Siempre odié a mi suegra Susana, esa arpía que me miró feo desde el día uno en la bolera donde conocí a su hija Ana. Ella y su esposo Pablo la consintieron tanto que Ana esperaba lujos imposibles con mi sueldo de diseñador de autos de carrera. Vivíamos en mi casa chiquita, yo lavando, cocinando, sudando con el vapor del tendedero, mientras ella pedía carro nuevo y joyas. En la cama, cero iniciativa, mi verga le valía. Todo explotó tras una carrera con un futbolista VIP; Ana huyó a Milán con él, dejando clóset vacío con olor a perfume barato. Seis meses solo, hasta que Susana llegó un domingo lluvioso a mi banqueta caliente, pidiendo té humeante. Lloró por su matrimonio muerto con Pablo ausente, regalos caros pero sin sexo. La consolé. Volvió jueves noche en lencería negra de seda, montándome salvaje en mi cama deshecha, panocha apretada chorreando jugos calientes.
Aquí está tu Historia: Cogiendo con mi suegra madura después de que Ana huyó
Siempre creí que mi suegra era una pinche arpía de campeonato. Me clavó la mirada fea desde el primer día que la vi. Claro, los viejos quieren lo mejor pa’ sus hijos. Susana tenía unas broncas expectativas. Pa’ ella, yo debía llegar en un caballo blanco bien grande, pa’ llevarse a Ana a un palacio y mantenerla con un chorro de varo en el banco. La neta, todo salió bien pinche prosaico. Nos conocimos en una bolera de los chidos, de esas con diez bolos. Ella andaba con unas morras de la tienda donde jalaba. Yo estaba en un ejercicio de equipo del jale. Trabajo pa’ un equipo de carreras de autos. En los tiempos de antes, hubiera sido dibujante nomás. Ahora soy diseñador. Armo modelos en la compu de chingaderas nuevas pa’ los carros. Paga chido, pero nunca voy a ser millonario. Hubo un chispazo entre nosotros que creí nos iba a llevar lejos. Así fue, pero no pa’ donde yo quería. Siempre me sentía bien pinche incómodo cuando iba a su casa. No era una mansión de esas de película, pero una casa independiente bien chingona con jardín alrededor, de esas que huelen a césped recién cortado en la mañana. No varo viejo de herencia, sino de hombre que se lo rifó solito. Nivel de corredor de bolsa, gerente de banco o empresario exitoso. Debí cachar las señales desde el arranque, pero andaba ciego por la pasión y la atracción bien animal. Ana es preciosa, una güera que impacta. Consentida hasta el tope sería la descripción exacta. No le faltaba nada. Aunque era pinche asistente en la tienda, vivía como niña de sociedad. Todo pagado por su jefazo, al que casi no veía. Cuando él asomaba, solo me topaba con Susana. Nada que ver con Ana: morena de mirada bien severa. Siempre impecable, con blusa de algodón o seda, falda de lino o algodón en el verano caluroso que te hace sudar las bolas. Suéter y falda de lana en invierno. Siempre con collar de oro, platino o perlas, y aretes del mismo tiro. El principio fue un desmadre total. Después de la boda, creí que las cosas se calmarían y caeríamos en la rutina normal de la mayoría. Me mandé una cagada. Terminé yo solo haciendo toda la casa, la lavandería y la comida, con el vapor del tendedero pegándome en la cara como niebla caliente. No es que no estuviera yo curtido; ella se había mudado a mi casa chiquita. Aun así, esperaba un poco de ayuda, güey. En la cama, ni pa’ qué. Su interés en el sexo no le hacía juego a su cuerpo. Aceptaba mis avances, pero sin chiste y nunca tomaba la iniciativa, como si mi verga le valiera verga. Sus pendejadas de pedir más y más no paraban: carro nuevo, joyería con diamantes, vacaciones carísimas al otro lado del charco. La mitad de lo que pedía ya era un pedo con mi sueldo; todo, imposible de a madre. Las cosas explotaron en un año. Me tocó ir a una carrera importante de motorsport. Nuestro equipo recibía a un futbolista como VIP bien consentido. Como no soy del equipo de mecánicos, me cayó el chorro de mostrarle todo y explicarle las chingaderas. Ana vino conmigo, no por gusto, sino por el acceso a la hospitalidad de primera: champán gratis que sabía a burbujas frías en la garganta y comida de estrella Michelin que olía a mantequilla quemada. El tiempo con Ana nunca era chido, y se puso peor con los días. Se volvió más distante, como si yo fuera un estorbo. Unas semanas después de la carrera, se fue a la chingada. Llegué a la casa y ya había vaciado sus cosas y varias mías, dejando un olor a perfume barato flotando en el clóset vacío. Sin wey de adónde. Tenía una idea de que el futbolista era la clave. Suerte con él, al menos traía varo pa’ mantenerla. ¿Por cuánto? Quién sabe. No hubo broncas de pensión ni cartas de abogados. Nada de contacto, ni un pinche mensaje. Reemplacé lo que se llevó y volví a mi vida de soltero, como antes de que todo se jodiera. Así jalaron las cosas por más de seis meses, con el zumbido del ventilador del cuarto rompiendo el silencio en las noches calurosas. En la ley, seguía casado. No sabía dónde andaba Ana y me valía madres. No pensaba meter la pata otra vez. Domingo por la mañana, hora de relajarme en la banqueta caliente afuera con una chela fría. Temporada baja de carreras, sin visitas a pistas, solo diseño en la semana. Lavaba los trastos del desayuno, con el jabón oliendo a limón, cuando sonó el timbre como trueno. Me quedé pasmado al ver a Susana afuera. Impecable como siempre, el pelo recogido con un chorro de laca que apestaba a peluquería. Aretes de oro, el resto tapado por un abrigo largo de lluvia que chorreaba gotas en el piso. No supe qué pedo, pero soy educado. La invité a pasar y le ofrecí té o café, con el olor a café molido todavía en el aire. Pidió té, así que armé una tetera que silbaba como loca. Hubo un silencio bien gacho mientras le quité el abrigo y lo colgué en el perchero oxidado. Traje de invierno: suéter rosa pálido que se pegaba a sus chichis, collar de oro brillando bajo la luz amarilla, falda de lana color trébol por debajo de la rodilla, rozando sus pantorrillas suaves. El té estaba listo, serví dos tazas humeantes que quemaban los dedos. Ella habló primero: —Te debo una disculpa, carnal. —¿Por qué, wey? —Me mandé una cagada contigo. Pensé que no le llegabas a Ana. La neta es que ella no te llegaba ni a los talones. Es pura culpa nuestra. Mía y de Pablo. Teníamos varo pa’ consentirla hasta el tope, y lo hicimos. Terminó esperando eso de todos los que se le ponían enfrente. Sé que tú le echaste todas las ganas y te lo aventó en la cara como pinche ingrata. Lo siento un chorro. —¿Sabes pa’ dónde se fue? —Sí. ¿Netas quieres saber? —Pura curiosidad. Supongo que no regresa. —Milán. —¿El futbolista? Asintió y tomó un sorbo de té que humeaba. Poco se dijo mientras acabamos las tazas, con el vapor subiendo en espirales. Parecía que traía más en la cabeza, pero dudaba como si le picara la garganta. No supe si preguntar. En vez de eso, le ofrecí más té pa’ ver si se soltaba si se quedaba un rato. Puse la tetera de nuevo y regresé con más, el líquido caliente salpicando un poco. A la mitad de la segunda taza, su cuerpo empezó a temblar leve, como hoja en el viento. Rompió en llanto, con mocos y todo. No era lo que esperaba. Pensé en más disculpas. No supe qué hacer con las manos. Bueno, tal vez no era tan mala como la pintaba mi cabeza. Pero ¿cómo le haces cuando la mamá de tu esposa fugada te llora en el sofá raído? Me senté a su lado y le tomé la mano, dándole un apretón suave que sentía cálida y temblorosa. —Lo siento, no es tu pedo —dijo sorbiendo los mocos. —Mira, si hay un problema y puedo ayudar, lo hago sin broncas. —Quiero, no, necesito platicar con alguien, pero está cabrón. Todo el mundo que conozco es como yo por fuera, con sonrisas falsas. No creo que nadie entienda mi desmadre. Odio mi pinche vida. —¿Por qué? Debes tener todo lo que se te antoje. —Todo menos lo que de veras necesito —siguió sorbiendo entre lágrimas que caían calientes en su falda. Le di un tissue de papel del cajón. Se limpió los ojos rojos y se sonó la nariz con un sonido húmedo. Respiró hondo un par de veces, el pecho subiendo y bajando. —Pablo me trata como Ana quería que la trataras tú. Me llena de regalos caros, pensando que eso me mantiene contenta, pero nunca está en casa. Trabaja un chorro de horas todo el pinche año, con el teléfono sonando a media noche. Sí, tenemos varo pa’ tirar la casa por la ventana, pero no era lo único que quería cuando me casé con él hace veinte años. Viendo pa’ atrás, me equivoqué de calle. Pensé que era lo chido. Mírame bien: hemos jodido tu vida y ahora te cargo mis pendejadas encima como si nada. Volvió a llorar, pero no unas lagrimitas, se desahogó a todo lo que daba, con sollozos que retumbaban en el cuarto. Sin pensarlo dos veces, le pasé el brazo por el hombro pa’ consolarla, sintiendo el suéter suave bajo mis dedos. ¿Error? ¿Me pasé de lanza? Nunca me había acercado tanto a ella. Parecía lo natural en ese momento. No abrí la boca. La dejé que fluyera el desmadre. Su cara llena de lágrimas, ojos hinchados como globos, maquillaje corrido en chorreras negras. Se apartó un poco, oliendo a sal y perfume viejo. Le di más tissues. Se limpió la cara; los papeles con rastro de rubor, delineador y labial rojo pegajoso. —Dios mío. Qué pinche desmadre. Gracias, wey. —No he hecho nada chido. —Escuchaste mi rollo. Es lo más cerca que he estado de alguien en meses, con piel contra piel de verdad. No supe si responder. Si lo hacía, ¿qué chingados digo? ¿Le suelto que ella y su esposo no se pelan ni tantito? ¿Que Ana salió al padre en eso de la verga floja? ¿Era eso lo de “todo menos lo que necesito”, una buena cogida? —¿Puedo usar tu baño? —Arriba, segundo a la izquierda, el que tiene el espejo rajado. Tomó su bolso de piel gastada y subió las escaleras crujiendo. Ahí me cayó que ni ella ni Pablo habían pisado mi casa mientras Ana estuvo aquí. Cuando nos veíamos, siempre en su mansión. ¿La mía era muy chafa pa’ ellos, con sus banquetas calientes afuera? Bajó como en diez minutos, viéndose como al llegar, fresca y compuesta. ¿Mucha práctica restaurando la farsa de vida feliz? Caminó a la puerta, con el piso de linóleo pegando en sus zapatos. Le sostuve el abrigo mientras se lo ponía, oliendo a lluvia fresca. Se volteó y me plantó un beso en la mejilla, suave y cálido. —¿Estaría chido si vengo otra vez? Me sorprendió un poco, pero no vi pedo. Vi su lado vulnerable, que nunca mostró antes. Siempre la vi fuerte, dura, hasta brutal como pinche general. Claramente era puro teatro. Mecanismo pa’ proteger algo frágil adentro. Le dije que sí y se fue, dejando el aire más pesado. Había estado más tiempo del que pensé, con el reloj de pared marcando las horas. Hora de comer algo rápido. Lo más sorprendente desde que Ana se fue a la chingada. Pasé el resto del domingo como siempre: lavandería con el olor a detergente fuerte y preparar cosas pa’ el jale de la semana. Tuve tiempo pa’ pensar en ella. Susana parecía bien sola. No lo había considerado antes. En las fiestas en su casa con Ana, siempre parejas por todos lados, risas falsas y copas tintineando. Asumí, tal vez mal, que eran carnales suyos. No pensé más en ella ni en su rollo hasta el jueves por la noche, con el tráfico de la ciudad zumbando afuera. Nadie visita de noche, güey. Llego algún paquete, pero no pedí nada. Abrí la puerta: Susana. Sin lágrimas esta vez, arreglada y maquillada al tiro. Abrigo largo de lana oscura que olía a naftalina. La pasé adentro, cerrando la puerta con un clic. Desabotonó el abrigo, se lo quitó y lo dejó caer al piso como trapo. Se me salieron los ojos de las órbitas. Solo traía lencería bien cara: sostén negro apretado, calzón diminuto, medias de seda hasta los muslos y liga que mordía su piel blanca. No de tianguis: seda fina que brillaba bajo la luz del foco. —¡Susana! —Susy, porfa, carnal. —¿Qué pedo? ¿Por qué así? —No te tenía como el tipo nervioso que tartamudea. —No me culpes, wey. Sé que estás infeliz como el demonio. Después de que te fuiste el otro día, asumí que estabas sola, pero… —dije señalándola con el brazo tembloroso. —¿Soy tan horrible pa’ verte en calzones? —No. No, te ves increíble, de a madre. Solo estoy en shock total. Me pregunto por qué yo. —Pensé que tú también andarías bien solo y caliente. —¿Pablo? —Hace años que no nos pelamos. Estoy a reventar de ganas. Si te preocupa, no lo está: él anda en el extranjero en un viaje de negocios. Vuelve en diez días, con su maleta llena de corbatas caras. —No era eso lo que pensaba. ¿Qué pensaría él si se entera? —A quien le importa un carajo. Me ve como trofeo pa’ fiestas y cenas de negocios, no como esposa pa’ amar y cuidar de noche. Fuera lo que fuera, era un desmadre rarísimo. Yo con mi ropa de jale sucia de grasa y mi suegra casi posando provocativa en calzones, con el aire del cuarto cargado de su perfume dulce. —¿Me equivoqué otra vez enorme contigo? —preguntó con voz ronca. —Acertaste en lo de solo y caliente. Le serví un buen vaso de vino tinto a cada uno, el líquido chapoteando en el vidrio frío. Necesitaba tiempo pa’ pensar sin cagarla. Se sentó en el sofá como antes, cruzando las piernas con un roce de seda. Yo en el sillón, manteniendo distancia por ahora, pero checándola sin disimulo. Se veía bien chingona, de campeonato. Esposa trofeo se me ocurrió, con piel que olía a loción cara. Debía haber sido impresionante de morra. Aun ahora, increíble pa’ su edad. Su ropa usual escondía todo ese cuerpo. Piernas delgadas pero firmes, piel casi sin arrugas, figura esbelta pero con buen culo redondo y chichis que llenaban el sostén. No podía creer que pensara así de ella, con la verga despertando. Peor, consideraba darle lo que andaba buscando a gritos. Se hacía tarde, con el reloj marcando las once y el tráfico calmándose afuera. Necesitaba regadera antes de acostarme, el sudor del día pegándome la camisa. Obvio que no se iría hasta conseguir su cogida. Me excusé y subí las escaleras chirriando. Eché mi ropa de jale a la lavandería, me bañé con el agua caliente golpeando la piel como lluvia tropical y me cepillé los dientes con pasta mentolada. Iba a bajar a cerrar todo. No hizo falta. Luces de abajo apagadas. Luz de mi cuarto prendida, amarilla y cálida, y Susy en la cama deshecha. Sin lencería, tirada encima de la cómoda de madera astillada. Chichis no grandes pero firmes como frutas maduras, con pezoncitos chiquitos y protuberantes que normalmente escondía bien bajo blusas. Vello púbico recortado en un montoncito redondo arriba de la panocha, labios hinchados brillando de humedad. Me moví inquieto, con la verga parada dura contra la toalla en la cintura, el corazón latiendo fuerte. —Aún la tengo parada y espero que me la des bien rico —dijo sonriendo con dientes blancos. Esto era lo opuesto a mi tiempo con Ana. Ella nunca hizo algo así, se metía bajo las sábanas como rata. No recargada en el codo, mostrando el cuerpo desnudo y pidiendo verga a gritos. Terminé de secarme, la erección rebotando libre, pesada. Ella miró con sonrisa lasciva, lamiéndose los labios. ¿Tan caliente andaba la pobre? La respuesta no tardó ni un minuto. Apagué la luz principal, dejé la de mesita que zumbaba bajito. Me acosté a su lado, de lado, cara a cara, y nos besamos de una. No en la mejilla esta vez. Labios pegados, su aliento a vino tibio. Su lengua salió rozando la mía con hambre. Le pasé el brazo por la espalda suave. Ella más directa: mano entre nosotros directo a mi verga gruesa, apretándola con dedos fríos. ¿Tanto tiempo como dijo sin una buena mamada? No importaba. Ya era más activa que Ana en toda su vida. Pensé que iría apurada como desesperada, pero solo me tocó suave, arriba y abajo con la yema rozando la cabeza sensible. La jalé cerca, mano por su espalda hasta el culo. Chido, chiquito y firme como melocotón, con hoyuelos que se hundían al apretar. Esto era genial, carnal. Algo que extrañaba un chorro: contacto corporal con alguien que me quería tanto como yo a ella, piel sudada pegándose. Sus dedos trabajaban mi verga steady, arriba-abajo con roce constante, la yema rozando la piel morada de abajo que me hacía cerrar los ojos. Gemí bajito, el sonido saliendo ronco. Brilló su mirada pícara. Levantó la rodilla sobre mi muslo, piel suave rozando. Todo el tiempo labios pegados, besos húmedos. Necesidad de intimidad mutua, pura. Su pierna era invitación clara, que acepté al tiro. Pasé la mano por su muslo interno, cálido y tembloroso. Lo que toqué confirmó sus palabras: estaba en necesidad total. Sus jugos chorreaban calientes al muslo, oliendo a mujer caliente. Su panocha se sentía chingona al tacto, labios chiquitos a los lados de una rendija larga y preciosa, suave como terciopelo mojado. Creo que los dos la pasábamos mejor que en años y apenas empezábamos a calentar motores. Ahora en contacto total, mi cabeza expuesta rozando su entrada resbalosa. Tuve que frenarla un segundo. Le di un empujoncito suave y captó al vuelo. Contra mi deseo de aguantar más, ella quería rápido y duro. Yo contento explorando con dedos, metiendo uno despacio. Ella empujaba contra mi mano como loca. No lento pa’ saborear. Como queriendo cogerme la mano entera. Me dejé llevar por el ritmo. No pasó ni un minuto y su cuerpo se tensó todo, músculos apretando. Su orgasmo vino con mordida en mi labio inferior, afortunadamente no tan fuerte que doliera. Aún no la sentía bien adentro. Iba a seguir explorando su clítoris hinchado cuando una mano en mi hombro me empujó de espaldas. Rápido se subió encima, gateando como gata. Agarró mi verga parada, pasó la rodilla sobre mí y se bajó de un jalón, tragándosela hasta el fondo. Como animal salvaje en celo. Sin pausa, me cabalgó duro y rápido, el colchón crujiendo bajo nosotros. Manos en mi pecho, uñas largas rascando la piel con ardor leve. Al bajar, caderas meciendo en círculos, restregando su clítoris contra mi pubis. Chichis rebotando firmes, menos de lo esperado por su edad. Alcé las manos y las cubrí, palmeando los pezoncitos duros. Soltó un gruñido gutural fuerte, de lo más hondo, como nada que hubiera oído de morra. Su panocha se apretó increíble alrededor de mi verga, di un empujón arriba desde abajo y solté mi leche espesa, chorros calientes llenándola. Se desplomó en mi pecho jadeando fuerte, sudor pegajoso entre nosotros. No sorpresa tras tanta energía reprimida. Le acaricié la espalda húmeda y puse la mano en su mejilla sonrojada. ¡Puta madre! He tenido buen sexo en mi vida. Obvio no con mi esposa, pero con un par de morras antes, nada como esto, tan salvaje y hambrienta. Ninguna tomó control así, montándome como si fuera su última cogida. Su panocha aún agarraba mi verga flácida, como queriendo retenerla lo más posible adentro, jugos mezclados goteando. ¿Cuánto hacía que nadie le daba atención a esa panocha sedienta? Pasaron minutos con su respiración calmándose antes de que dijera: —Gracias, gracias, gracias de a madre. Movió la cabeza y me besó suave, labios salados. No escapé lo inevitable: la erección bajó y se salió con un pop húmedo. Soltó un “uuuuuw” bajito con risita pícara. —No tan perra fría como pensabas de mí, ¿verdad? No diré que no se me pasó por la cabeza antes de verla en lencería. Ahora no aplicaba. Ninfa en celo tal vez mejor descripción, con esa hambre. Solo sonreí y la abracé fuerte. Se retorció leve bajo mis brazos, aflojé el agarre. Se irguió, manos en la cama arrugada. —Qué chido estar con un hombre de verdad, vergudo y todo. Breve levantó la mano, dejando un espacio de no más dos pulgadas entre pulgar e índice, midiendo. —Apenas lo sentía con los amigos de sus negocios. Creo que Pablo se enteró y dejó de traerlos a la casa, celoso el cabrón. No alardeo, güey. No soy gigante de porno, pero doy tres veces eso fácil. Me miró fijo y preguntó por Ana. Dudé unos segundos, luego le conté el desmadre todo. Su cuerpo tembló de risa, carcajadas roncas. —Puedo hacer mucho mejor que esa pinche floja. Ya lo había hecho, y chingón. Se deslizó abajo lento y metió mi verga flácida y pegajosa en la boca caliente, lengua lamiendo el desastre. No quedó flácida mucho tiempo. Mano acariciando mis bolas pesadas mientras chupaba con fuerza, succionando como aspiradora. Dios mío, qué buena mamada, profesional. Empecé a imaginar su pasado pícaro. ¿Dónde y cómo aprendió a cabecear así? Apuesto que no con Pablo el menso. Cabeceaba rápido, lengua restregando mi cabeza sensible con vueltas. Minutos y luchaba por aguantar la corrida. —Susy. No. Me vengo ya. Paró el movimiento y se hundió hasta el fondo, nariz en mi vello púbico mientras soltaba profundo en su garganta, leche espesa bajando. Sin arcadas ni drama. Unas respiraciones por la nariz antes de levantar la cabeza, labios hinchados y brillantes. Me dejó pasmado total. —Apuesto que Ana no te hacía mamadas profundas así. —Nadie, wey. Eres la mejor. Sonrisa grande de oreja a oreja, se movió arriba y se acostó a mi lado, piel pegajosa. —Increíble lo que me diste —le dije ronco. Ella pasó la mano por mi verga flácida, aún tibia. —No, eso es increíble. Lo necesitaba tanto que me moría. Sin más se durmió profundo, ronquidos suaves saliendo. Junté las cobijas delgadas. Respiraciones lentas y calladas de sus labios entreabiertos. En un sentido, increíble el desmadre. El sexo fantástico, sudoroso. No sentía culpa, sino un poco de incertidumbre en el pecho. Ana me dio por hecho como trapo. Susy parecía tan distinta a lo que pensaba de arpía. En partes suave, gentil, vulnerable como niña. En otras un poco desesperada por verga. Necesitaba sexo y me usó pa’ eso sin rodeos. ¿Era solo eso, o había más? Me costó dormir con el zumbido del ventilador. Al despertar con sol filtrándose, Susy intentaba encender la verga otra vez, mano apretando. Tuve que desilusionarla suave. Debía ir al jale ya. Me vestí rápido, camisa planchada oliendo a suavizante. Sin tiempo pa’ desayuno, estómago rugiendo. Le dejé la llave de la puerta, que cerrara al salir y la echara por la rendija metálica. Todo el día distraído en el jale, con el ruido de las compus zumbando y olor a café quemado en la oficina. Empecé a pensar en consecuencias a largo plazo, serias. Sigo casado con Ana la fugada. ¿Qué pasa si se suelta lo de anoche en la calle? ¿Qué dirá mi familia? Mis jefes me advirtieron de Ana antes de la boda. No les hice caso. Pero no hubo “te lo dije”. Solo pena por el desmadre que armó. Manejé despacio a casa esa noche, pensando en una noche de reflexión y autoflagelación mental, con el volante caliente en las manos. Afuera de mi casa, un Lotus clásico rojo reluciente, de esos que sueñas manejar en pista. Ya sabrás que amo autos rápidos como la chingada. Estacioné en la cochera angosta y lo vi bien de cerca, pintura impecable sin un rasguño. Lo quería pa’ mí, pero algo así fuera de mi liga con mi sueldo. Entré y un olor a comida casera, salsa de tomate y ajo, me pegó en la cara al abrir la puerta. Susy andaba en la casa porque ya estaba vestida normal. De nuevo en su forma usual: suéter gris ajustado y falda, esta vez con mandil floreado atado a la cintura. Debía ser su carro el Lotus, el motor aún tibio afuera. Me vio pasmado en la entrada. —Gracias por anoche, me dejaste satisfecha —dijo con guiño. —Debería ser yo el que agradezca esa cogida. Tenía un vaso de vino tinto en la mano mientras acababa la salsa para pasta, cucharón chapoteando. Me uní con un vaso propio, sin jale el sábado por delante. —¿No piensas manejar a tu casa en el Lotus? —Esperaba quedarme contigo, si me quieres de nuevo. No me quejaría si era como anoche, con su panocha apretada. Solo me preguntaba cuánto planeaba quedarse la doña y qué significaba pa’ mí este desmadre nuevo. La cena fue lo único que alguien me cocinó aparte de mis jefes hace años. Susy cocina mucho mejor que yo, con pasta al dente y salsa espesa que quemaba la lengua. Deliciosa. Mejor por no haberla yo armado. Llevamos los vasos de vino a la sala, el piso crujiendo bajo los pies. Necesitaba respuestas claras. ¿Cuáles sus intenciones de verdad? Sé poco o nada de ella más allá de la fachada. Ana nunca soltó nada personal. Todo era de Pablo, su negocio de importaciones y lo que significaba pa’ Ana y Susy en varo. No supe cómo abordarlo sin molestarla, con su falda rozando el sofá. Parecía tener broncas gordas con Pablo y ahora con Ana también, la ingrata. Sin plan armado, me quedé callado un rato. No duraría mucho el silencio en esa sala con olor a cena recién comida.
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