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Cuento gay : Mi primera sodomía con otro hombre en casa

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Resumen de esta Historia:

Esperé un año entero tras la muerte de mi Lupe para soltar mi anuncio en el foro, jurándome que al fin me tiraría con otro vato y saciaría ese comezón clavado desde morrillo. Rick, viudo de sesenta y tantos en mi casita discreta con lote arbolado enfrente, busqué carnales para desmadres M-M: masajes mutuos, pajas recíprocas, juguetes. Dos no jalaron en cafés, pero Roberto, solterón simpático un poco más joven, cuajó perfecto. Lo invité a casa con bata nueva, nido de almohadas en la sala, chimenea de gas titilando naranja y aceite de bebé oliendo dulzón. Primero masajes aceitados, dedos en culos firmes, dildos chapoteando. Luego cabalgue su verga palpitante sin goma, sintiendo su leche caliente chorreándome adentro mientras yo explotaba. Al día siguiente lo cogí en cuatro en mi recámara, embistiendo duro hasta correr profundo. Ese conflicto entre mi lealtad a Lupe y este hambre carnal por verga ajena se abrió de golpe, dejando la caja de juguetes lista para más acción.

Aquí está tu Historia: El deseo que al fin se abrió con otro vato

Rick había esperado un año entero antes de soltar su anuncio en el foro. Un año desde que su vieja, Lupe, se nos fue demasiado pronto, y ya seis meses que se juró que iba a pasar a la acción: tirárselas con otro vato. Siempre había sido como un comezón que nunca se rascaba. El sexo con Lupe siempre estuvo chido. Padre, de verdad. Y ni de chiste le pegaba un cuerno. Pero esto era otra cosa, algo que traía clavado desde morrillo. En sus veinte, topó con una revista de porno marica y le pegó cañón. Cuando todavía eran VHS, rentó un par de cintas de eso pa’ verlas en fines de semana que Lupe no andaba en la casa, con el ventilador zumbando en el cuarto y el olor a cerveza fría del refri. Con internet ya ni se diga, siempre acababa chiflando porno . Le valía madres. El sexo con Lupe también le abrió la puerta pa’ indulgir ese lado. De chavo descubrió que pajearse con un dedo metido en el culo le daba un extra bien cabrón al jalar. Se quedaba pasmado sintiendo cómo su ano se contraía al ritmo de los chorreos, y por un rato eso era lo único en lo que pensaba antes de la paja. La que se hizo una con una vela clavada varios centímetros en el culo fue de la verga. Por eso compraba con tino los vibradores y dildos pa’ Lupe. A ella le encantaban, y un par de veces al año tenía la casa pa’ él solo el fin. Eso siempre acababa en una sesión de amor propio anal, con el sudor pegajoso en las sábanas y el eco del agua goteando en el baño. Su pinche secretito sucio. Lupe siempre andaba en la de mamadas, y él nunca se rajaba de besarla después de haberle pintado los labios y la lengua con su leche. Se lo pedía a cada rato. Con un dildo en la panocha se venía al instante que su verga le explotaba en la boca, el sabor salado mezclándose con el calor de su aliento. También le agarró tanto el gusto al anal que de vez en cuando lo pedía. Siempre gozaba un dedo mientras la cogía. Ya en sus cincuentas se soltó más. Primero pidiendo dos dedos. Luego queriendo puro juego anal algunas noches. Se corría con él manoseándole el culo, luego le suplicaba que le chorreara en la panocha. Una noche lo paró antes del jalar y soltó: —Necesito que me cojas el culo—. Se volvió rutina. A veces pasaban semanas con solo uno o dos dedos en el juego anal. Otras, lo repetían seguido, casi siempre con un dildo de por medio. Y había veces que a ella le gustaba un vibrador o plug en el culo mientras la vergueaba vaginal. Varias veces al año, se la mamaba hasta el final con un plug en el culo y dildo en la panocha, el sonido del vibrador retumbando contra la cabecera. No le faltaba lo erótico. Pero siempre faltaba lo carnal: la verga de otro vato. El olor a sudor macho, el sabor de la leche ajena. Y la verga de verdad metida en él, no un pedazo de hule. Ya viudo, se plantó. El anuncio salió directo: Vato, 60+, normalito pero presentable, busca otros carnales pa’ unos buenos revolcones. Masaje mutuo, paja recíproca, juguetes y lo que pinte. No ando en rollos, puro desmadre M-M de vez en cuando. Tomamos un café y checamos química. Conoció a dos que no jalaron. Sin bronca, nomás no cuajaron. No se preocupaba. En una ciudad de cien mil, los números decían que andaban como quince o veinte vatos de su edad en la misma. La tercera dio en el clavo. Un tipo simpático, unos años más joven, propuso un café. Un café se estiró a dos, con el vapor del café negro subiendo caliente y el ruido de los carros en la avenida. Roberto era solterón por decisión. De joven tuvo un par de amoríos largos. Eso mutó a un circulito de cuates con los que se tiraba de a poquito. Con los años se conformaba con paja porno y las seis o ocho veces al año que se enganchaba con un par de carnales. El anuncio de Rick le picó la curiosidad. Y a Rick, Roberto le intrigaba lo suficiente pa’ soltar: —¿Te late venir a mi casa mañana en la noche? A las nueve cae perfecto, con una chela fría del minisplit zumbando bajito. —Me cae que sí. ¿Llevo morral pa’ la noche? Rick no lo había calculado. Dijo que sí, luego agregó: —No se me hace raro si te pido que duermas en la recámara de visitas. No sé si estoy listo pa’ dormir con un vato, pero pa’ cogérmela con uno ya sí—. Lo recibió con una bata nueva, comprada pa’ la ocasión. Nada más. Lo llevó a la sala, donde armó un nido chido: almohadas grandes y suaves amontonadas contra el sofá, cobijas de la tiendita de segunda mano, la chimenea de gas titilando con su calorcito naranja. En la mesa de centro, una garrafa de aceite de bebé y otra de lubricante, oliendo dulzón y resbaloso. La caja de juguetes con vibradores y plugs debajo. Un DVD de dos horas de sexo sin condón listo en el player bajo la tele de 48 pulgadas. (Desde el principio dejó claro lo del sin goma. Solo quería un vato donde no hubiera opción de otra cosa). Roberto notó lo bien puesta que estaba la casa pa’ discreción en estos desmadres, con el lote arbolado al otro lado de la calle y sin con vista al driveway, el asfalto caliente aún de la tarde. A Rick le latió que usara “desmadre” pa’ esto. Perfecto. Rick tomó su chamarra y morral, y dijo: —Quédate aquí. Sácate los zapatos pero no te avientes a quitarte nada. Yo te voy a desvestir, carnal—. Roberto era, como él, bien promedio. Estatura normal, cara normal, algo canoso, algo pelón, unos kilitos de más. Pa’ sorpresa de Rick, casi sin vello en el cuerpo, salvo un parchejo bien podado en la base de su verga normalita. Que ya estaba parada como poste. Cuando le bajó los pantalones y esa pieza saltó libre, la miró un buen rato. La tocó con ternura, la piel tibia y venosa. Miró pa’rriba. —Es la primera verga ajena que agarro. Me late un chingo—. Se la metió a la boca. Probió el precum que ya asomaba en la cabeza, salado y fresco. Chupó la puntita, luego la lamió de las bolas al cabo. Volvió a mirar y sonrió. —Mejor no me suelto—. Le hizo señas pa’ que se echara en las almohadas. —¿Quieren vino? Tengo tinto o blanco—. Los dos jalaron blanco pa’ ir chupando. Rick apretó el control, y la tele se prendió con un vato recibiendo un chorro gordo en la lengua y la cara, el sonido de los gemidos graves llenando la sala. —¡Órale! Conozco ese DVD. Si es el mío, es mi mero mole. Hay escenas que te prenden cañón—. Roberto se recostó en el nido, Rick de rodillas al lado. Los dos en pelotas. —Entonces —preguntó Roberto suave—, ¿qué desmadre traes en mente pa’ esta noche? —Bueno, todavía no afino cómo quiero mi primer jalar con vato, así que va saliendo. Pero lo primero es echarte aceite por todo el cuerpo. Quiero manosear tu verga, tus huevos y tu culo. Y que tú me hagas lo mismo. Sentir tus manos en mi verga, tus dedos en mi culo. Quiero lamerte el culo—. Rick dio un trago al vino. Más precum salía de la verga de Roberto, brillando bajo la luz. —Necesito probar eso de nuevo —dijo, y cazó la gota con la lengua, tibia y pegajosa—. ¡Me encanta, güey!—. La bajó con otro sorbo de vino fresco. —También me late verte pajearte. Si te metes un juguete en el culo, quiero ver. Si quieres que te verguee con uno, pos órale. Te dejo verme cogerme con juguete, o tú me lo metes. Vamos bien despacio, nomás—. Roberto agarró la garrafa de aceite y echó un chorrito en su panza, el líquido frío extendiéndose. Rick cachó la onda y empezó a untarlo por todos lados, masajeando firme, la piel suave resbalando bajo sus palmas. Se tardó, pero llegó a la verga de Roberto y la sujetó duro. La pajeó. ¡La verga de otro carnal en su mano, gruesa y pulsante! Echó más aceite, lubricó los huevos, los acunó y sobó. Levantó una pierna de Roberto. —Puedes ir más abajo si te late—. Su dedo halló el ano arrugadito, lo masajeó suave, el calor subiendo. Roberto echó aceite en los dedos de Rick. —Mételo —dijo. Y lo hizo, despacio, sintiendo la contracción caliente. No era la primera vez que tocaba un culo. Pero este era de vato. Diferente, más firme, con un olor terroso y macho. Roberto soltó: —Órale, sí. Está chido—. Rick masajeó verga y culo. Estaba clavado en lo distinto que se sentía con un hombre, aunque no lo podía explicar. Roberto se dio la vuelta, levantó el culo. Rick le untó aceite en la espalda y nalgas, resbalosas y calientes. Roberto dijo —dos dedos— cuando se los pasó por el agujero. Rick obedeció. Roberto se mecía con las caricias, el sudor empezando a perlar. Después de varios minutos se apartó: —Ahora te toca a ti, carnal—. Rick jaló aire hondo cuando la mano de Roberto rodeó su verga. Primera vez que alguien ajeno a Lupe o él la tocaba. Casi se le sale el jalar ahí nomás y quitó la mano rápido. —Tranquilo —dijo ante la cara de susto de Roberto—. Casi me chorreo, y de plano no quiero todavía—. Roberto bajó su dedo chorreante al escroto de Rick, luego al ano. Masajeó, tanteó, metió. Rick asintió pa’ que fuera más adentro. Lo hizo, profundo, el calor envolviendo. —¿Ya decidiste cómo te vas a correr? ¿Cómo quieres tu primer jalar con vato? Rick meneó la cabeza. —Aún no. Todo me tienta un chingo—. —Pos pa’ que sepas, estoy puesto pa’ lo que sea. Manos pa’ hacernos correr. Juguetes. Si quieres chorrearme en la boca, me late. Si quieres cogerme, dale. O al revés—. Escucharlo lo prendió más, el cosquilleo subiendo por la verga. Rick se echó de espaldas, jaló las piernas pa’ darle fácil acceso a Roberto. El vato era experto en masaje anal, dedos girando adentro con maestría. Roberto dijo: —Vámonos con juguetes. Nos vemos cogernos mutuo. Me late un chorro. Apuesto que a ti también, con ese culo abierto y listo—. Un minuto después, los dos de lado, alineados pa’ verse meter y sacar dildos bien lubricados de sus culos, el sonido chapoteante del lube y el calor del cuarto envolviéndolos. Rick no creía lo encendido que estaba, el ano ardiendo de placer. No se atrevía a tocarse la verga, porque sabía que explotaba. Varias veces sacó el dildo pa’ pausar, el borde del clímax acechando. Ver a Roberto ahí, en carne y hueso haciendo lo mismo, gozando igual que él y no en una pantalla, le subía el morbo al cielo, con el resplandor de la chimenea bailando en sus pieles aceitadas. Una parte quería soltar el orgasmo, dejar que el placer lo tumbara y que Roberto lo viera chorrear leche. Sabía que al vato le gustaría, y luego vería a Roberto correrse, que le valía ver tipos jalársela. Pero le daba cosa: ¿se acababa el desmadre ahí? ¿Una vez jalados se moría la aventura? Tan prendido, no estaba seguro de pararse de nuevo. Juego de morros. No. Empujó el clímax pa’bajo y clavó el dildo otra vez. —¡Esto está de la chingada! —gritó. Lo hundió hasta el fondo—. Ya sé cómo quiero que me corras. Quiero que me cojas. Y que me chorreés adentro del culo. Quiero sentir tu leche caliente—. —¿Cómo lo quieres? ¿En cuatro? ¿De espaldas con las patas al aire? —No. A ti de espaldas—. —Órale, me late. Así te veo correrte. Te pajeo mientras me cabalgas—. Roberto rodó a su espalda, su cuerpo pálido brillando con aceite y sudor, el olor almizclado subiendo. No necesitaron la chimenea extra, pero su luz naranja parpadeante le daba un toque cabrón. Algo en la tele jaló la vista de Rick: una verga gruesa chorreando en un culo abierto, luego hundiéndose de nuevo, el sonido húmedo retumbando. —¡Puta madre, qué caliente! —dijeron los dos al tiempo. Rick lubricó generoso la verga de Roberto, sus huevos a punto de reventar, pesados y calientes. El antojo de sentir esa verga metida era insoportable, como hambre por un taco que nunca pruebas. Dos horas alimentando el deseo prohibido. Se sentó a horcajadas sobre Roberto, alcanzó atrás pa’ guiarlo. Su ano estaba flojo, bien lubricado. Pausó con la cabeza presionando la entrada, caliente a diferencia del hule frío. Esa era la pura hambre: carne humana adentro. —Me voy a correr bien rápido una vez que estés clavado —dijo Roberto, sonriendo pa’rriba. —¡Yo también creo, carnal! —dijo Rick, e hundiéndose suave en el eje palpitante—. ¡Órale, sí! ¡Eso es! ¡Lo que necesitaba!—. Se dejó caer hasta las bolas, el calor llenándolo. Se levantó hasta la cabeza, luego abajo de nuevo. Otro vato dentro, cogiendo, apareándose. —¡Córrete! ¡Quiero sentirte antes que yo! —siseó. Roberto embestía, clavando profundo su leche dentro de Rick, caliente y espesa. —¡Pájame! ¡Rápido! ¡Chingado!—. Rick se corrió al instante que la mano de Roberto lo agarró. Dos chorros gordos, luego dos más de crema chorreando por la mano resbalosa. Se movieron juntos un minuto más, hasta que la verga adentro se sintió incómoda. Se separaron. Rick sintió la leche de Roberto chorreando adentro, tibia y pegajosa. Le latió. —¡Guau! —dijo—. Acabo de ser cogido por un vato—. —¿Estuvo chido? —Puta madre, sí. Mejor que lo soñado. Me encantó. ¿Tú jalaste bien? —Siempre es cabrón tener un culo apretando tu verga al correrte. Siempre—. Lamio la leche de Rick de su palma, salada y espesa. —Tú también sabes rica, carnal—. Rick lo vio lamerse con ganas, luego se inclinó y lamió una gota que se quedó. —¡Sí que sí!—. Se besaron, lenguas mezclando sabores. Se quedaron echados un rato, esperando que la verga se parara, pero el desmadre los dejó fundidos. Cuando el sueño jaló, Rick llevó a Roberto a la recámara de visitas, con las sábanas frescas oliendo a suavizante. Él se fue a la suya. Pensó en dormir juntos, pero le dio cosa. Quizás después. Durmió como tronco, pero los sueños fueron puro desmadre erótico: vergas, culos, panochas, chingaderas, bocas y leche chorreando, con el zumbido del ventilador de fondo. Despertó tarde, pasadas las horas usuales. Roberto en la puerta, verga dura y reluciente, botella de lube en la mano. Rick ya estaba parado como fierro. Sin hablar, Roberto echó lube en su mano, lubricó su verga, el sonido chapoteante rompiendo el silencio. —Quiero cogerte otra vez. Si te late—. Echó más lube, puso un pie en la cama y se lubricó el culo. —Esta vez tú me cojes. Me late en cuatro—. Rick quitó las cobijas, hizo espacio. Roberto se puso boca abajo, levantó el culo, alcanzó atrás y abrió nalgas. Buen agujero pa’ cogida, rosado y listo. Rick se lubricó, presionó su verga. Estaba casi tan prendido como anoche. Este era otro hambre, otro deseo clavado desde siempre. Se deslizó adentro, el calor apretado envolviéndolo. Roberto jadeó, placer y dolor mezclados. Luego gimió. —¡Cógeme! ¡Duro, carnal!—. Rick no pedía más. Embestidas rápidas y fuertes. ¡Cogiéndole a un vato! ¡Glorioso, con el sudor goteando caliente! No aguantó. —¡Me corro! —gritó, dejando que el orgasmo lo tumbara. Clavó profundo mientras Roberto se pajeaba furioso. Sintió los espasmos del ano de Roberto al gemir en su clímax, apretando la verga. Bajando el jalar, se quedaron unidos, Rick hundido mientras Roberto masajeaba la verga que se ablandaba. Al fin se separaron, jadeando, el aire cargado de olor a sexo. —¡Órale, guau! —dijo Rick—. Eso estuvo de poca madre—. Roberto sonrió. —Sí, carnal. La noche pasada también jaló chido. Me late repetir algún día. Si tú estás puesto—. Rick se apoyó en un codo. —Podría ser, seguro. Esto ha estado bien chingón, bien chingón—. Se metieron a la ducha juntos, esperando que algo se levantara con el agua tibia cayendo, jabón resbaloso entre cuerpos. Pero estaban hartos. La firmeza no prendió. Desayuno ligero con café negro humeante, y hora de que Roberto se largara. En la puerta soltó: —¿Por qué no vienes a mi casa el miércoles? Te enseño lo bien que chupo verga. Y uno de los cuates con que me tiro un par de veces al año, apuesto que le late un . Sería un desmadre chido—. Rick lo vio irse en su vochito, y pensó: sí, la caja de juguetes debajo de la mesa podría ver más acción.

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