Resumen:
Gregorio frecuenta un local de placeres sin límites, pero busca algo más intenso e impredecible. Paga la membresía para acceder al Carrusel, un área privada con riesgos elevados que requiere firmar waivers extensos y documentos legales. Tras pasar estrictos controles de seguridad, lo vendan, atan y suben a una plataforma giratoria con música de feria. Desorientado, lo llevan a un cuarto donde un amo domina la escena. Experimenta estimulación intensa con un dispositivo que lo lleva al límite, alternando placer y negación. Luego, le ordenan penetrar a otro hombre hasta el clímax. Al despertar, regresa al mundo exterior, marcado por la experiencia única del Carrusel.
Aquí está tu Historia: La noche que subí al Carrusel gay y analicé a un cabrón
Gregorio entró al local. Ya había andado por las áreas públicas un chingo de veces. Ahí pagas y te dan lo que se te antoje: casi cualquier cosa que se te ocurra. Haces lo que chingados quieras, sin reglas ni madres. Antes, Gregorio elegía chavos jóvenes que se dejaran romper el culo. Le valía madre verlos chillar cuando les metía su verga gorda de veintitrés centímetros. O mejor, cuando gemían de puro gusto aunque los cogiera a lo bestia. Pero todo se puso predecible, demasiado chido y seguro. Esa noche quería algo cabrón, impredecible, que no viniera con garantía. Así que soltó la lana de la membresía pa’ entrar al área privada. Esa noche se iba a subir al Carrusel. El Carrusel era famoso porque te daba placer y dolor de a madres, impredecible y a veces hasta riesgoso. Gregorio era bien vergudo, seguro de que lo podía aguantar. Aun así, le dio cosa firmar un chorro de waivers por si lo mutilaban, lo dejaban lisiado, lo mandaban al hospital o hasta lo mataban en esa zona. También le pidieron testamento, poder notarial, directivas médicas, seguro de gastos médicos y de vida, todo bien notariado y registrado. Pensó que nomás querían cagarlo de miedo, con ese papelucho oliendo a tinta fresca y sudor de oficina. Lo llevaron hasta una puerta de acero bien gruesa. El carnal del staff metió el código en la cerradura electrónica; se oyó un clank metálico que retumbó en el pasillo vacío. La puerta se abrió y un guardia grandote, sentado en un escritorio, lo recibió con cara de pocos amigos. Le dijeron que fijara la mirada en un cacharro con luz azulada y que mostrara su identificación oficial con foto. Luego el guardia abrió otra puerta interior, también de puro acero, y le clavó serio: “Una vez que cruces, no hay marcha atrás. ¿De veras quieres entrar?”. Gregorio vio que lo grababan mientras soltaba: “Sí, estoy seguro”. El guardia sonrió de lado y dijo: “Pasa, que la pases chido”. Gregorio cruzó. La puerta se cerró con un golpe seco detrás de él. Era de acero macizo, sin perilla pa’ este lado; el eco del cierre le vibró en los huesos. Estaba en un pasillo con focos cada dos metros, pero igual se veía oscuro como boca de lobo, con olor a humedad y cloro. Empezó a caminar cuando, de repente, se abrieron puertas camufladas adelante y atrás. Carnales encapuchados de negro, con nomás los ojos y la boca al aire, lo agarraron de volada y lo arrastraron a un cuartito casi a oscuras, con lockers oxidados en la pared. Lo desvistieron en dos por tres, le amarraron las manos a la espalda con correas ásperas que le raspaban las muñecas. Su ropa y chingaderas las metieron en un locker que cerraron con llave; el clic sonó final. Le pusieron una venda negra en los ojos, que olía a sudor viejo. Lo jalaron a lo que parecía un salón grande. A lo lejos se oían gemidos roncos, llantos ahogados y gritos que cortaban el aire húmedo. Lo subieron a una plataforma y lo sentaron en un banco de respaldo alto, con madera que crujía bajo su peso. Gregorio soltó: “¿Qué pedo?”. Un vato se le acercó y le clavó amenazante: “Bienvenido al Carrusel”, y soltó una carcajada de loco que le erizó la piel. Sintió que la plataforma empezaba a girar despacio; sonó la música chillona de carrusel, con flautas y tambores que taladraban los oídos. Pensó: ¡Es un pinche carrusel de verdad, con ese olor a aceite de máquina y madera barnizada! Por varios minutos el carrusel siguió dando vueltas con esa música de feria que mareaba. Luego paró de golpe. Gregorio estaba todo desorientado, con la cabeza zumbando. Unos vatos lo agarraron de brazos y piernas, con manos callosas que le magullaban la carne, y lo llevaron a otro cuarto donde alguien gemía bajito, como quejumbroso. Le soltaron las manos de la espalda y se las amarraron a una cadena fría que tintineaba. Se las subieron por encima de la cabeza, estirándolo hasta que los hombros le dolían, y le abrieron las piernas con los tobillos clavados al piso de cemento áspero. No podía moverse ni madres. Alguien entró y dijo con voz grave, como de ultratumba: “Buenas noches, Gregorio”. Siguió: “Yo soy tu amo. Nomás vas a oír mi voz. Me obedeces sin chingar. Te premio si portas bien, te castigo si te pasas de verga. Si cachaste, di ‘Sí, amo'”. Gregorio dijo: “Sí, amo”. “Órale, bien”, contestó el amo. Le puso un aparato en la verga y lo prendió; se sentía húmedo y caliente como baba tibia, vibraba en los huevos con un zumbido grave y empezaba a pajearle la verga con succiones rítmicas. Estaba chingón. La velocidad de las pajas subió de a poquito, el calor subiendo por el tronco hasta el pecho. Después de unos minutos, Gregorio sintió que se iba a venir como loco. Entonces quitaron el chisme. Su verga quedó en plena erección, palpitando en el aire fresco del cuarto. El amo dijo: “Si te gustó, di ‘Gracias, amo'”. Gregorio soltó: “Gracias, amo”. El amo contestó: “Si quieres más, supliécame. Di ‘Por favor, amo'”. Gregorio dijo: “Por favor, amo”, con la voz ronca por la venda que le picaba la cara. Volvieron a ponerle el aparato en la verga y su leche le explotó adentro; el pinche chisme parecía chupársela toda, succionando cada chorro con un ruido húmedo que se oía clarito en el silencio. La verga se le bajó, flácida y sensible. Pero el aparato siguió ahí, vibrando suave, así que se le paró rápido de nuevo y lo quitaron con un pop pegajoso. Trajeron al lado a un vato que gemía bajito, con olor a sudor y lubricante, y lo pusieron doblado con el culo abierto justo sobre la verga de Gregorio; la piel del tipo estaba caliente, resbalosa. El amo dijo: “Gregorio, cógele a este cabrón tan duro como puedas. No se mueve hasta que te vengas adentro. Dale”. Gregorio apuntó su verga a la entrada del tipo, que se sentía apretada y húmeda, y se la clavó hasta el fondo de un madrazo. El hombre gimió fuerte, un sonido gutural que retumbó. Gregorio la sacó despacio y se la metió de golpe otra vez, sintiendo las paredes calientes apretándolo. El hombre gimió de nuevo, más agudo. Gregorio siguió cogiendo más duro que nunca, embestida tras embestida, el sudor chorreando por su espalda y goteando al piso con plop leves; el tipo gemía en cada clavada, el culo contrayéndose alrededor de su verga. Después de varios minutos eternos, Gregorio se vino adentro, chorro tras chorro de leche espesa que llenaba todo. Cuando se vació por completo, se desplomó, sostenido nomás por las correas y cadenas que le cortaban la circulación. Al irse flotando en el aire, oyó al amo decir: “Bien hecho, vergudo”. Cuando Gregorio despertó, ya no estaba atado ni vendado; la venda tirada olía a su propio sudor salado. Estaba de vuelta en el cuartito de los lockers, tirado en un banco de madera astillosa que le pinchaba la nalga. Un guardia abrió su locker con llave y dijo: “Vístete, carnal”. Cuando se puso la ropa, aún tibia de su cuerpo, el guardia soltó: “Sígueme”. Gregorio lo siguió por una puerta lateral y un pasillo angosto, con el suelo de linóleo pegajoso bajo las plantas de los pies. Al final, otro guardia checó su identificación bajo una luz fluorescente que parpadeaba y abrió una puerta de acero con un zumbido eléctrico. Dijo: “Esta noche viviste la magia del Carrusel. Cada vez sale diferente, como ruleta rusa. Esperamos que te haya gustado. Ahí te ves”. El guardia le hizo señas de que pasara. Gregorio cruzó la puerta y salió del edificio; el aire de la calle lo golpeó fresco, con olor a tacos de canasta y escape de micros. La puerta de acero se cerró detrás con un clang final. No tenía perilla. Esa noche Gregorio soñó con el ventilador del cuarto girando como el Carrusel.
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