Resumen:
Después de lamer la humedad de su intimidad, el protagonista se acerca a Carol, su vecina casada, quien le ordena masturbarse sobre sus senos. Él obedece, eyaculando sobre su pecho mientras ella lo guía con instrucciones directas. Luego, conversan sobre un arreglo de amigos con beneficios, sin compromisos emocionales, donde ambos comparten encuentros casuales y francos. Carol aclara que su esposo sabe de sus aventuras y las disfruta oyéndolas. El protagonista propone que ella intente meter su miembro y testículos en su boca, y ella accede, dejándolo hacer mientras él empuja hasta el fondo. Más tarde, ella se frota contra su verga hasta alcanzar el clímax, besándolo intensamente antes de despedirlo para una cena de parejas al día siguiente.
Aquí está tu Historia: Mi vecina casada me ordenó pajearme en sus tetas
Me lamí la humedad de su panocha de la mano. Ese olor fuerte, como a sudor y jugos sin lavar, me tenía bien clavado en el momento. El ventilador del techo zumbaba perezoso, moviendo el aire caliente de la tarde. Hasta que Carol soltó el grito desde la sala. “¡Órale, no tenemos todo el día, carnal! ¡Hay que platicar!” Caminé hacia ella con las bolas sueltas, la verga parada como poste, tan tiesa que dolía nomás de verla, pero ni de chiste la podía tocar. Al verme en ese plan, se quejó: “¡Puta madre, hijo, así no vas a cachar ni madres! ¡Ven pa’cá!” Se recargaba en el sofá viejo, con la pierna izquierda doblada bajo la derecha que le colgaba floja del borde. Me planté junto a su rodilla, como pendejo esperando órdenes. “Órale, acércate más, justo encima de mis chichis”. Me moví donde pedía, quedándome ahí parado con cara de idiota. Ella levantó la cara y me dijo: “No se va a hacer sola la paja, ¡agarra tu verga y échale toda la leche aquí!”. Se sobó un círculo en el pecho, sobre las tetas. Titubeé un ratito. Me animó: “No pasa nada, sujeta tu verga con la mano, ya sabes lo chingona que se siente, suave y firme al mismo tiempo, ¿verdad? Con la otra, agárrate el saco arriba de las bolas, jala la piel pa’trás, más recio, ¡así!”. Se inclinó y me escupió un buen gargajo en la verga, ordenando: “¡Ahora pajeátela, güey!” No le di ni tres jalones. El primer chorro le cayó en la teta izquierda, el resto se regó desde el cuello hasta los pezones, goteando espeso. Me fui de rodillas, le agarré la rodilla con una mano y le dejé caer la cabeza en la cintura, justo bajo una teta. El piso de loseta ardía contra mis rodillas, con ese calor pegajoso de mediodía. “Eso estuvo de lujo, respira hondo y siéntate conmigo, hay que hablar en serio”. Me acomodé a su lado en el sofá, viéndola cómo se untaba mi leche en la piel como si fuera crema. No era plática de regateo, me lo soltó clarito: quería una cosa de amigos con derechos, puro desmadre sin rollos emocionales de por medio. “Toma tu decisión ahorita mismo. Por tu cara de perdido, ni idea de qué es eso, ¿no? Te lo resumo fácil. Pensando en lo que acaban de hacer, ¿crees que fue por amor o por apego de esos cursis?” “Pos no, la neta no, ¡pero se sintió bien cabrón!” “¿Ya le estás agarrando la onda? Solo amo a mi Bill, lo demás con quien caiga es puro cotorreo que se siente de hueva.” “¿Y si Bill se aviva?” “Ay, qué chavo tan noble pero bien menso. No hago nada que mi viejo no sepa. Ya le conté lo del sábado, seguro antes de que se te bajara la verga cuando llegué a la casa.” “No le rajes por Bill. Mis escapaditas de cuando en cuando son lo que mantiene la flama entre él y yo. Nunca hemos planeado meter a un tercero de lleno, nomás le chifla oír mis aventuras. Lo único que quiero es que sepas que no soy de esas que te hacen sudar sangre pa’ que les metas la verga y termines casado por la panocha nomás.” Me lo dijo tan al grano, sin vueltas, como si pidiera una chela fría del refri. “Lo que busco de ti es sencillo: mientras sea seguro y cuadre, te dejo que te me arrimes, me jales los pants pa’l lado y trates de clavármela hasta el fondo, si de veras crees que puedes. Pero tú vas a recibir lo mismo de mí. Te cojo en el momento preciso, te aviento al suelo, te chupo la verga, saco mi leche, me subo el cierre y me largo si eso me basta. No te chingues ni te pongas gacho si te trato igual, ¿sale?” “Espero que seas franco y derecho conmigo en cualquier antojo o deseo sexual que tengamos. No tengo límites fijos en el sexo, pídeme lo que sea: sí, no o a ver qué pedo. Voy a esperar lo mismo de ti, así que cuida qué pides o qué haces, porque probablemente te lo voy a devolver, sobre todo si es algo nuevo, me guste o no, ¡y ya probé o pensé en casi todo!” “¿Y qué traes en mente ahorita?” La miré fijo a los ojos, bajé a sus tetas, después a su panocha con ese vello rubio revuelto, y sin pensarlo largué: “¡La neta quiero ver si mi verga y bolas caben en tu boca entera!” “¡Órale, qué rápido agarras la onda, carnal! ¿A qué esperas, ven pa’cá!” Se resbaló del sofá y se sentó en el piso de loseta, sin tocarme, clavándome la mirada desde abajo. “¿Qué pedo, es tu fantasía!”. Abrió la boca un cachito, esperando. Me acerqué y le metí la verga más allá de los labios. Pensé que me la iba a mamar de a de veras, pero era mi rollo, como dijo, y ella nomás ponía la boca abierta; el resto corría por mí. Sentía su lengua plana abajo de la verga, el golpeteo de su garganta tragando saliva espesa. Sus manos se clavaban en los pezones de cada teta, los retorcían duros, jalaban las chichis pa’bajo y pa’los lados; esa imagen sola casi me hace soltar todo. El olor a saliva y sudor subía fuerte, mezclado con mi propia leche seca en su piel. Solo se oían sus tragadas roncas, arcadas cuando me empujaba más adentro pa’ no dejar que se saliera la baba. Mis bolas chocaron contra su barbilla, un buen tramo de verga tenía que estar en su gargancha, el aire y la saliva salían burbujeando alrededor, inflándole las cachetes. Jalé pa’trás, me agaché, me agacé el saco y le metí una bola en los labios abiertos. Su lengua jugaba adentro y afuera, masajeando la verga y la bola con calor húmedo. La otra no quería entrar al lado de su hermana, así que la empujé entre la mejilla y la mandíbula floja. No veía clarito todo, pero tenía la boca bien abierta de par en par, saliva chorreando por las comisuras, mocos o baba o las dos cosas goteando de la nariz. Carol seguía tragando sin parar, lamiendo con la lengua mi verga o mis bolas; una la sacó con un chasquido. Estaba tan prendido, al borde del abismo, que el roce de su lengua con la garganta apretando la cabeza de mi verga me hizo reventar en minutos. Le agacé la nuca, empujé hasta donde cupo, sintiendo cada chorro de leche bajando por su garganta, el pulso caliente latiendo. Creo que se atragantó con la leche, la verga y toda la baba queriendo pasar al mismo tiempo. Me empujó la cara con las manos, escupiendo o tosiendo un desmadre líquido que le salpicó el cuello y las tetas. Por fin respiró hondo y me miró de abajo, escupiendo palabras con restos de leche y baba: “¡Puta madre, de dónde chingados sacaste esa fantasía? ¡Menos mal que no traes diez pulgadas, si no me revives con RCP!” Nomás la miré con cara de pendejo avergonzado. Carol no se limpió el relajo de mi leche en el cuerpo, se paró sin decir ni madres, me tomó la mano y me jaló a un cuarto. Me aventó de espaldas en la cama deshecha. Me recargué al centro, ella agarró dos almohadas, puso una detrás de mi cabeza; no me dijo que levantara las nalgas, sino que me agachó el saco de bolas y jaló pa’arriba. Créanme, si una mujer te sujeta las bolas así de firme, el cuerpo hace lo que sea. Me levantó las caderas, metió la almohada debajo y se sentó a cabalgatas sobre mis ingles. Sorpresas de la vida, no se empaló en mi verga medio parada. En su lugar, acomodó los labios de su panocha alrededor de la verga, nomás sentada encima, frotando. La sábana áspera raspaba mi espalda, con olor a sudor viejo del día anterior. Me tenía hipnotizado ver mi verga mientras meneaba las caderas, deslizando la panocha mojada de atrás pa’delante a lo largo del tronco. Su raja chorreante me cubría completo, bajando hasta la base y subiendo hasta que solo asomaba la rendija bajo su clítoris hinchado. “Mírame bien, ¡no soy nomás una panocha resbalando en tu verga!”. Fue orden pura. Hubiera visto un cuerpo de diosa si no fuera por toda la saliva, mocos y leche pegoteados en su piel, brillando bajo la luz del foco amarillento. Empezó a mover las caderas más recio, apretando sobre la verga sin dejarme entrar ni tantito. Carol no me estaba cogiendo, se estaba pajeando ella misma como cualquier vato, usándome de mano. Sus caderas iban más duro y veloz, se le notaba cerca, ojos achicados, manos amasando puños de carne de teta, apretando y jalando hasta que la chichi se abultaba entre los dedos, roja. Mi leche no salió disparada, fue un chorro continuo mientras se me tensaban las bolas adentro del saco. A ella ni le inmutó, su orgasmo le pegó de lleno: espalda arqueada, panocha aplastada contra mi verga, cuerpo desplomándose sobre mi pecho, caderas moliendo sin piedad contra mi entrepierna. Sus tetas babosas se restregaban pa’trás mientras las caderas empujaban pa’delante, el peso sudado aplastándome. Me clavó la boca en la mía, metiendo la lengua profunda o chupando la mía pa’la suya con sabor a mi propia leche. Duró lo que un rato eterno, pero fueron como uno o dos minutos de temblores. Al fin se calmó, se recargó en los codos y me preguntó: “¿Volviste a acabar? Me perdí en ese pedo, ¡se siente que sí por el relajo!” “Ya se hace tarde, vístete y lárgate, alguien va a preguntar dónde andas. Tus jefes van a armar una cenita de parejas en tu casa mañana, pórtate chido ahí, a lo mejor nos vemos un rato pa’ platicar.” Con eso se fue a su baño a limpiarse el desmadre. No me jaló pa’adentro, así que me vestí rápido y me pelé, pensando en la cenita de mañana con el ventilador zumbando atrás.
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