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Cuento de familia prohibido : Mi tía madura y su amiga me iniciaron en el rancho

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Resumen:

Nico, recién mayor de edad, llega al rancho de su tía Lidia tras problemas con su padrastro. La mujer, exitosa y de fuerte presencia, vive con lujos en su hacienda. Ahí conoce a Verónica, amiga cercana de su tía, igual de imponente. Ambas deciden corregir su actitud rebelde con una lección intensa. Lo desarman de ropa y dudas, usando juguetes y comandos firmes. Bajo su control, Nico cuenta orgasmos hasta la medianoche, sometido a toques, vibraciones y penetraciones que lo llevan al límite. El reloj marca el paso de la noche mientras ellas dominan cada momento, transformando su estancia en el rancho.

Aquí está tu Historia: Mi tía y su amiga me iniciaron en el rancho

Cuando Nico cumplió los dieciocho, se armó un desmadre cabrón con su padrastro. Acababa de salir de la prepa, y después de tanto chingarse estudiando, nomás quería tirarse a la hamaca unos días, puro relax con chelas frías y nada de pedos. Pero el viejo no la vio igual: le espetaba que ya era hora de que echara la mano en la casa, buscara un jale y empezara a soltar lana por la renta, que eso no era hotel de paso. Nico, en cambio, se la pasaba tirado en la cama todo el día y de noche clavado en la compu con sus videojuegos, con el ventilador zumbando en el techo y el olor a nachos rancios flotando en el aire. Al cabo de cuatro semanas, su ya no jalló más los gritos y lo mandó con su tía Lidia, la carnal mayor, pa’ que se quedara un rato allá en su rancho grande.

Todo el camino de tres horas, Nico anduvo de quejumbroso, pataleando como gu güey. Al llegar a la casa de la tía, con su jardín enorme y la banqueta caliente crujiendo bajo las llantas, su mamá lo bajó de un jalón con la maleta y le dijo a Lidia que ya estaba hasta la madre de su actitud, que necesitaba vacaciones de él y que su hermana se las arreglara pa’ ponerlo en cintura, porque nadie más podía con ese terco. Nico se puso como fiera, chillando que no se iba a quedar, pero Lidia lo miró con esa cara de “ni madres” que imponía respeto. Mientras su mamá se había casado joven y se chingó la vida criando familia con el padrastro y su hermana menor, la tía Lidia nunca se enganchó: prefirió armar su negocio de ropa fina, que le iba chingón, y ahora vivía en una casona con terreno de hacienda, piscina y todo el desmadre. En cuanto la mamá se peló en el carro, Lidia le ordenó a Nico que cargara su maleta hasta el cuarto de visitas, con el piso de loseta fresca bajo los pies, y lo dejó solo pa’ que se enfriara.

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Pero Nico no se chingó. Entró de volada a la recámara de su tía, oliendo a perfume caro y sábanas de algodón planchadas, y le soltó que ya era bien grande pa’ decidir por sí mismo y que se iba pa’ la verga. Lidia ni se alteró, sentada en el tocador poniéndose un collar de perlas que brillaban con la luz del atardecer. “Te quedas todo el verano”, le dijo sin voltear, con voz que no admitía réplica. Nico siempre le había tenido un respeto chido a su tía; no era pa’ menos, con su carrera exitosa y esa presencia que aplastaba. Andaba en sus cincuentas bien puestos, pelo cortito negro, medía como 1.80 sin los tacones altos que siempre se ponía, pesaba sus 80 kilos bien repartidos, con vestidos y trajes de que se le pegaban al cuerpo tetón y culón. Nico, flaco y bajito con su 1.68 y 65 kilos, parecía un chamaco al lado de ella. En la familia andaban chismes de que era bien machorra, pero él nunca les había hecho caso de morrillo. Tragó seco, con la garganta como lija. Nomás había empacado pa’ el fin de semana. “¿Nomás hasta el lunes, né?”, balbuceó, y la voz se le quebró. Ella sonrió en el espejo, lento, como si ya supiera el pedo completo. Se dio la vuelta, tacones retumbando en la madera pulida, y le agarró la barbilla con dedos manicureados. “Ya no eres morro”. La puerta se abrió de golpe. Una morra de pómulos duros, con vestido más entallado que el de Lidia, se recargó en el marco. “¿Ya arrancaron sin mí?”, ronroneó con voz ronca.

A Nico le dio un brinco el corazón. Ni sabía quién era ni qué chingados quería decir con eso. Como Lidia, esta tipa era alta y gruesa, con unas chichotas enormes que se le desbordaban del vestido negro tipo corsé, y un olor a canela picosa que le pegó en la cara. La mano de Lidia bajó de la barbilla al hueso de la clavícula, rozando el cuello de la camisa. “Conoce a Verónica”, dijo, fijándose en cómo se le movía el gañote. “Me va a echar la mano pa’… enderezarte”. Esa pausa en “enderezarte” le subió el calor al pescuezo. Verónica lo rodeó despacio, como gata en celo, perfume espeso envolviéndolo. “Ay, Lidia, mira cómo se pone colorado el güey”, se burló, jalándole la cintura del jeans con uñas largas. El roce en la cadera lo hizo saltar. Lidia chasqueó la lengua. “Sigue bien saltarín. Eso lo vamos a corregir”. Nico se quedó sin aire cuando Verónica le puso la mano en el hombro, pesada, caliente. Quiso hablar, pero la boca se le secó; nomás salió un gorgojeo. “No chilles, chamaco”, le ordenó Verónica firme. “Los morros se ven, pero no se oyen, ¿captas?”. Iba a cabecear cuando las manos de su tía le arrancaron los botones de la camisa de un jalón, tela rasgándose con sonido seco. La risa de Verónica lo bañó mientras la camisa se abría, su aliento caliente en la oreja, oliendo a chicle de menta. “Qué piel chula y suavecita”, musitó, trazando un dedo por el pecho liso. A Nico le temblaron las piernas; el aire traía olor a sábanas calientes y metal del labial de Lidia. “Mira”, mandó Lidia, chasqueando dedos hacia Verónica. El vestido de la otra se escurrió al piso en un movimiento suave, quedando en pelotas salvo un tanguita minúsculo y tacones de aguja. Nico quiso voltear, pero Verónica le atrapó la cara y lo obligó a ver. “Lección uno”, dijo Lidia poniéndose atrás. Sus manos en las caderas de él. “No quitas los ojos si no te decimos, ¿eh?”. Nico nomás asintió, cabeza hecha un desmadre, mientras checaba el cuerpo curvilíneo de Verónica, carne firme y sudorosa. Abajo, el reloj de pared dio las seis, campanadas graves retumbando en el cuarto. El muslo de Verónica rozó el suyo, piel tibia y áspera por el roce. La boca de Lidia le mordisqueó la oreja. “Ahora cuenta cuántas veces se corre ella antes de las doce”. Nico jadeó cuando las uñas de Lidia le rastrillaron el abdomen desnudo, dejando ronchas rojas.

“Ya está temblando el pobre”, notó Verónica, mano libre rozando el bulto en los jeans. “Pura fibra de conejo”. La risa de Lidia salió grave, dueña del pedo. Se pegó por atrás, blusa de seda fresca contra la espalda desnuda. “Y ni ha visto los juguetes”. Le mordió el lóbulo mientras Verónica le desabrochaba el jeans, zipper bajando lento. El gemido de Nico rebotó en el techo alto cuando la palma de Verónica lo cubrió por encima de los bóxers, presión firme que lo hizo brincar. Lidia le atrapó la mano antes de que se cubriera. “Ajá, ajá”, regañó, guiándola a la cintura de Verónica. El calor de esa piel le quemó los dedos. “¡Nomás tocas donde te digamos!”. Verónica apretó más, pulgar girando en la cabeza a través de la tela. Las caderas de Nico se movieron solas; ella sonrió pícara. “Chamaco bien caliente”, murmuró, bajándole los jeans por los muslos con calma de tortura. El zipper se atoro; Lidia jaló el resto de un golpe. Detrás, algo metálico chasqueó. Nico quiso ver, pero la rodilla de Lidia entre sus piernas lo clavó. “Ojos pa’l frente”, ordenó, subiendo algo frío y liso por el interior del muslo, cromo curvo brillando bajo la lámpara. Verónica se pegó, mordiéndole la quijada. “¿Ya has visto un anillo pa’ la verga, mi rey?”, dijo jalándole los bóxers. “¡Ajá!”, gritó Lidia. “Ya te dije, Verónica, que el chiquito le alcanza pa’ su verga menudita”. El reloj tic-tac sonaba más fuerte, como corazón latiendo. Nico sentía el pulso en donde Lidia lo apretaba, contando. “Seis horas pa’ la media noche”, dijo poniéndole el anillo con cuidado de doctora, acero grueso estrangulando su verga flácida aún. Verónica se rio hasta que él jadeó. “Tiempo de a madres pa’ que aprendas a rogar”. Sus rodillas flaquearon cuando las uñas de ella le rastrillaron los muslos, filosas y pausadas. Lidia lo jaló del pelo, echándole la cabeza al hombro. “Cuenta”, susurró, y la boca de Verónica se cerró en su pezón. Calor húmedo, dientes rozando. Su gemido se quebró. Metal chocó en sus muñecas: esposas, las cerró Lidia atrás como brazalete. La lengua de Verónica le lamió las costillas, sudor salado en la boca. “Sigue mudo”, provocó, chupando el hueco de la clavícula. “Eso lo cambiamos”. El frío de las esposas contra piel enrojecida lo hizo gemir. Lidia murmuró aprobación, cerrándolas con un clic. “Mejor”. Las manos de Verónica lo rodearon, resbalosas de aceite, agarrando con ganas. Nico jadeó cuando el anillo vibró de repente. Su verga se paró dura, hinchada, carne queriendo explotar en el aro chico. El pulgar de Verónica untó el precum por el tronco, lento. “Ay Lidia, este crece chingón pero no impresiona a la vista, y ya echa lechita”, dijo con risa espesa. Nico se ahogó cuando ella apretó una vez, nublándole la vista. La lengua de Lidia le recorrió la oreja. “Los niños buenos no se corren sin permiso”, advirtió jalándole el pelo. Perfume de canela lo golpeó mientras Verónica se arrodillaba, aliento caliente en los muslos. El primer lametón ancho sacó un ruido roto de su garganta. Jaloneó las esposas, metal mordiendo. Lidia rio bajo, apretando el anillo. “Cuenta pa’ nosotras”, mandó justo cuando Verónica lamió la cabeza hinchada y se la tragó entre labios rojos. El sollozo de Nico rebotó en las paredes. Sentía la garganta de ella ordeñándolo hondo, uñas de Lidia rasgando caderas. Tic-tac del reloj se volvió loco. Nueve. Dientes rozaron su verga; se arqueó, cadenas tintineando. Verónica se retiró con pop húmedo, sonriéndole desde abajo. “Ay”, ronroneó frotándose el labio. “Sí sabe contar”. Lidia apretó el pelo. “Prueba”. El anillo ardía ahora, presión en carne morada. Verónica trazó la lengua cruel, sin prisa. Nervios gritando. Lidia le obligó la vista. “Diez”, murmuró Verónica contra la piel antes de tragar entera. Vista blanca. Cadenas tensas. “Otra vez”, ordenó Lidia. Verónica obedeció, succionando obsceno. El reloj dio medias, pero Nico oía sangre rugiendo. Sal en la boca: lágrimas suyas. Palmada de Lidia en nalgas desnudas, dolor queriendo prender. Verónica gimió contra muslo, se levantó lamiéndose labios. Detrás, Lidia desabrochó cinturón con chasquido lento, cuero susurrando al salir.

Verónica le echó la cabeza atrás. “Nos vas a dar las gracias”, prometió cuando el cinturón mordió muslos, una, dos, rayas calientes. Olor a sudor suyo con gardenia de Lidia. Lo empujaron a la alfombra gruesa, rodillas golpeando fibras ásperas. Dedos de Verónica en pelo, boca contra su monte de seda. Cinturón en garganta, flojo por ahora. “Lección tres”, murmuró Lidia. “El placer se paga”. Verónica se restregó en labios. Reloj gimiendo a medianoche. Rodilla de Lidia abrió piernas. Metal chasqueó, pesado. Verónica jadeó. “Ay, trajiste los chidos”. A Nico se le hundió el estómago con algo frío en la raja de nalgas, empujando el agujero apretado. Vibración en próstata sacó sollozo. Risa de Lidia como miel espesa. “Ya llega la media noche, morro”. Cinturón apretó garganta. “Cuenta más chingo”. Dedos de Verónica jalaron pelo, boca en panocha oliendo a almizcle. Vibraciones subieron. Nico babeó en piel desnuda, tanguita apartada. Tacón de Lidia presionó espalda baja, arqueándolo. “Cuatro”, dijo viendo verga palpitando. Reloj a un minuto. Verónica jaló cabeza, mano en cadera de Lidia. Vista nadando. Algo grueso goteó en lengua: Lidia guiaba verga de Verónica a su boca. “Lección cuatro: traga todo”. Reloj dio doce. Juguete pulsó fuerte cuando Verónica se hundió. Grito ahogado por cinturón. Lidia contó espasmos. “Cinco”, dijo acariciando mejilla de Verónica mientras ella le cabalgaba la cara, cabeza atrapada en muslos fuertes. “Ves, te quité lo saltón”. Embates vicious, muslos apretando. Nico jadeaba aire mientras ella montaba lengua, corriéndose dos veces con sonido chido. Lidia atrapó baba, pintándola en pezón. “Otra”. Verónica se hundió. Nico probó jugos salados, sudor mezclado, vibrador retorciéndose adentro. Gemidos de ella subieron falsos hasta reales, uñas mordiendo muñeca de Lidia. Se corrió restregando. Nico se atragantó. Vibrador rugió. “Seis”, corrigió Lidia. Réplicas dejaron a Nico temblando, leche rayando estómago. Verónica cayó contra Lidia, sin fuelle. Dedos trazaron marcas en garganta. “Sigue parado”. Lidia tarareó, soltando correa. Juguete cayó zumbando entre rodillas. Risa de Verónica. “¿Siguiente?”. Lidia miró abajo. “Correa con consolador”. Sollozo de Nico cortado. Reloj tic-tac. Verónica arrodillada lamió ronchas. Nico tembló hipersensible. Mordida en muslo interior. “¿Primera cogida?”. Lidia, con guantes de látex chasqueando: “Culo virgen”. Sonrisa salvaje de Verónica. Untó correa de aceite brillante, sacó dildo negro con bolitas de cajón, lo encajó y se ajustó. Gañote de Nico subiendo. Lidia lo levantó a cama fácil, cabeza abajo, nalgas en alto. “Agáchate y chúpale la verga pa’ lubricarla, ¡no queremos romperte todavía!”. Empujaron labios a dildo duro. “¡Chúpala!”. Lamió cabeza, saliva chorreando. “Más, cúbrela toda”. Hizo lo que mandaban, cagado. “Mira al espejo”, dijo mientras Verónica guiaba punta a entrada, presionando. Estirón quemó lento. “Respira”. No pudo. Dildo invadió brutal, ruido crudo retumbando en cama con dosel. Verónica probó caderas. “Más apretado de lo que pensé”. Uñas de Lidia en hombros. “Bien”. Vista nadando, cresta raspando próstata. Ritmo de Verónica tartamudeó con mano de Lidia entre sus piernas. “Cógelo como gente”. Se hundió, cabecero golpeando pared. Muñecas tirando esposas. Cada embate cegador. Dientes de Lidia en hombro. “Ocho”, contó con paso castigador, bolitas pegando nalgas. Gemidos de Verónica, mano en muñeca de Lidia. “Me voy a—”. “Haz que se corra él primero”. Anguló hondo. Grito de Nico en jadeos. Reloj una. “Se acabó el tiempo”. Caderas tartamudeando. Nico hecho trizas. Aceite goteando muslos por Lidia. Dedos de Verónica metiendo exceso, circulando borde. “Sigue chingando”. Caderas brincaron. Lidia abrió rodillas. “Otra”. Dildo entró más fácil, quemando aún. Dedos pies curvados. Embates cortos brutales, cabecero chocando. Pellizco en pezón. “Nueve”. Vista túnel. Ritmo perdido. Palmada en culo. “Más recio”. Se hundió profundo, armazón gimiendo. Gritos mudos. Lidia jaló pelo de Verónica pa’ ver correa desapareciendo. “Cuenta”. Chasquido caderas. “Diez”. Nico se corrió sin manos, desmadre. Verónica gritó, rodillas cediendo. Lidia untó semen en estómago. “Buen morro”. Reloj dos. Desabrochó correa, pop obsceno. Verónica cayó al lado, chichotas subiendo. Dedos de Lidia en borde enrojecido, recogiendo resbaloso. “La próxima, el doble más gordo”. Gemido cortado. Risa ronca. “¿Aún aprieta?”. Dedos curvados. Nico convulsionó. “mmm”. Los lamió. “Eso también se arregla”. Cadenas tintinearon libres. Brazos plomo. Verónica rozó garganta. Sonrisa de Lidia peor. Alba colándose por cortinas. Reloj tic-tac. Dedos de Verónica entre muslos, pintando labios con desastre. “Traga”. Lengua lenta. Lidia abrochó correa gruesa con nudo perruno, aceitada. Nico jadeó. Pellizco pezón. “¿Otra ya?”. Risa, palmeo en juguete. Cabeza rozó entrada arruinada. Dientes en lóbulo. “Respira”. Estirón gritó garganta. Lidia hondo. “Once”. Nudo atorado. Sollozo. Espalda arqueada, piernas altas, base pegada piel. Muslos de Verónica cabalgando cara. “Otra”. Embates lentos, arrastre agonizante. Muslos temblando. Gemidos vibrando lengua. Paso aceleró, armazón chillando, cabecero pared. Vista blanca. Verónica gritó empapando barbilla. Lidia última hundida, nudo estirando. “Doce”, jadeó cayendo encima. El reloj de pared marcó el alba sangrando en día.

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