Resumen:
Una pareja se enamora de una casa antigua y embrujada, ignorando las advertencias de la agente inmobiliaria. La propiedad, con su encanto retro de los setenta y un aura misteriosa, los atrae desde el primer momento con zumbidos extraños y una energía palpable. Se mudan tras una fiesta intensa de bienvenida, donde el alcohol y la mota relajan las inhibiciones. Una noche de tormenta, sin electricidad, la intimidad se intensifica con velas parpadeantes. De pronto, el vientre de ella comienza a hincharse de forma inexplicable, como si la casa acelerara un embarazo imposible. Entre deseo y confusión, exploran cambios corporales que los llevan a un clímax erótico cargado de fantasías históricas sobre morras panzudas del pasado.
Aquí está tu Historia: Mi morra se preñó rápido en la casa embrujada
La agente inmobiliaria nos juró que ni madres compráramos esa casa vieja. Cuando entramos a verla, se plantó cerca de la puerta, en un charco de sol del mediodía que olía a polvo caliente y madera seca, mientras mi vieja y yo la recorríamos. Los trastes de la cocina eran de otra época, relucientes de mugre acumulada, como los que vi en una novela gringa de los setenta. El piso de linóleo naranja chillón se pelaba en las orillas. La alfombra de la sala apestaba a humedad rancia. Las escaleras chirriaban bajo los pies. La pintura descascarada seguro tenía plomo hasta en la brocha. Algunas ventanas se atascaban, sin pesos ni mallas contra las moscas. Pero nos jaló desde el primer paso. Nos jalaba con fuerza, como si la pinche casa nos quisiera pa’ ella solita.
—Oyes algo raro, ¿no? —me paré en seco, el aire espeso cargado de un zumbido bajo que vibraba en el pecho—. ¿Música o qué pedo? No era nota clara, pero algo flotaba, una onda que erizaba la piel. Mi morra se agachó a tocar el vinilo mugroso. —¡Puta madre, este piso está bien gacho! Me chifla. Güey, esta casa es nuestra, carnal. Naranja oxidado, café con dorado de los seventies, todo armando con la estufa de gas, un choncho enorme. Abrí el refri viejo, también café, y metí la cabeza; adentro olía a plástico limpio y frío que calaba hasta los huesos. —Jala, todavía enfría. —Las chingaderas de antes duraban chingo, ¿no? Nada que ver con la mierda desechable de hoy. Le planté un besito en la mejilla sudada. —¿Y pa’ qué vergas? —Pa’ nada, nomás. No le dije lo que de verdad sentía, que la casa como que me pedía que la besara, que me ponía la verga tiesa como fierro. Subiendo las escaleras crujientes, mi t-dick se paró en banda, tuve que parar en el descanso pa’ acomodarme los bóxers enredados. Ella andaba igual de caliente; arriba me dio una nalgada que retumbó, me acorraló en la esquina, restregándome sus chichis firmes contra el pecho y la panocha mojada contra mi paquete.
Une version dans la même veine est disponible notre version française pour les lecteurs francophones.
—Qué onda. —Qué onda. —Estaba pensando… —¿En qué, carnal? Me clavé en su boca un buen rato, lengua adentro, saboreando su saliva tibia. —Pensaba que la compramos, nos mudamos y nos cogemos en cada cuarto, en todas las posiciones que se nos antojen, güey. —Me laten tus ideas, tienes unas ideas bien chidas. Nos dimos la mano por el pasillo de arriba, pasando por un vitral art déco que nos salpicó de colores del arcoíris, luz tibia que calentaba la piel. El cuarto principal entraba mi cama king, su sillón pa’ leer con las patas en alto, los dos tocadores y las mesitas. Los cuartitos chiquitos pa’ visitas, pa’ sus manualidades, pa’ mi oficina, pa’ cuando mi hijo viniera con su jefa, y quién sabe, tal vez pa’ morrillos nuevos en unos años. Yo no iba a parir de nuevo, ni muerto; prefería reventar. Pero ella sí podía, con donante, jeringa, FIV o chavos del DIF. Debió pensarlo igual, porque se viró de golpe. —Quiero esta casa, amor. Quiero llenarla de niños chillando por todos lados. Bajamos por los rayos de sol y encontramos a la agente en el porche, chupando un cigarro con furia, el humo picante invadiendo el aire caliente de la banqueta.
—¿Qué tan prendidos están los vendedores? Porque queremos echar oferta hoy mismo. Se viró con la cara ceniza, pálida como muerta. —¿De verdad la quieren? Es de un siglo, va a tener pedos gordos. —Seguros al cien, dijo mi chava con voz firme—. Nos late cañón. Lo viejo es plus, como una cápsula del tiempo con olor a historia. La doña se encogió de hombros y apagó el cigarro con la punta de su tacón filoso. Mi morra me cachó checando el tobillo bronceado y me dio un golpecito en el pecho pa’ espabilarme, el calor de su palma traspasando la camisa. Al final la sacamos en ganga barata. La inspección no sacó nada grave, nomás el perito dijo que se había puesto mal del estómago por algo que comió, por eso el charco mojado atrás del lavabo. Cerramos el trato. Llegaron los de la mudanza, sudando bajo el sol de mediodía. Uno, un morro barbón más alto que poste de luz, se fue al camión por sus pastillas pa’ migraña; nunca le había pegado tan cabrón, ni con su piercing en la oreja. Tomé su lugar cargando el sofá pesado, olor a tela vieja, y terminamos el jale con cervezas frías que chiflaron al abrir.
Tiramos la fiesta de bienvenida y se nos fue de las manos. Todos en los treinta, con chambas serias, pruebas de droga random, algunos con familia llamando a las niñeras pa’ estirar la noche con promesas de lana extra. Tomamos chelas, tequilas y micheladas que sabían a gloria, pegando directo en la cabeza con un calor que subía del estómago. Terminamos tirados en la alfombra de la sala cuando una de las tortas sacó su cel y marcó al dealer olvidado; llegó con mota premium que nos puso en el high perfecto, mellow y felices como bobos, el humo dulce llenando el cuarto con ventilador zumbando lento. Nos desmayamos todos: mi chava y yo en la cama de arriba, los demás en futones, catres, sofá y montones de cobijas revueltas. A las cuatro de la mañana bajé tambaleándome por el pasillo oscuro, borracho hasta las chanclas, perdido en mi propia casa, abriendo puertas al azar pa’ encontrar el baño chiquito. Vi a una amiga hasta el fondo de la panocha de su vieja, lenguas chupando con slurps húmedos; otra había sacado su erección rara y le daba duro a su novio, que me guiñó con cara de placer baboso. Todos en lo mismo. Mis muslos ardían de tanto cogernos mi esposa, ya seis meses casados, y yo. Oriné por fin, chorro interminable, y supe que íbamos por más. Con correa no hay espera. Tuvimos suerte de verano, ella en vacaciones y yo en home office; meses después unos cuates nos contaron que su vasectomía y DIU fallaron esa noche y cayeron con el tercero y cuarto. ¡Ups, güey!
Mi morra se picó con la historia de la casa, más de siglo de antigüedad, bien vieja pa’ standards gringos, y averiguó que fue hogar pa’ morras embarazadas descarriadas de la Primera Guerra Mundial. —Sé que es bien opresor, sin anticonceptivos chidos, sexo no siempre de a muertas, algunas querían sus bebés, pero… ¿no está medio caliente? Todas panzudas juntas, con una directora estricta vigilándolas, panzas inflándose, pesando, tetas goteando leche mientras esperaban si sus galanes volvían de la guerra pa’ casarse en la iglesia. La jalé a mi regazo, sintiendo su culo firme contra mis muslos. —¡Jesús, las hormonas te pegan duro! —reí, oliendo su shampoo de coco—. Sería como un criadero de bebés aquí adentro. —¿Crees que se manoseaban entre ellas? —Obvio, güey. Me jaló el bigote y me alisó la barba con dedos suaves. —Cambian tan chingón, panzas abultadas, chichis reventando sostenes. Novios lejos. Nadie pelaba lo WLW de antes, así que se la rifaban. —¿Crees que hacían esto? Metí la mano por sus shorts, bajando por la panza tersa hasta su raja empapada, humedad tibia chorreando. Se rió bajito. —Seguro que sí. Me guio la mano con las suyas, masturbándose en mis dedos, el calor subiendo.
—La plenitud en las panzas… sangre extra a las chativas… no se aguantaban ni madres. Llevábamos rato en la casa, limpiando mugre, lijando madera que olía a sierra fresca, pintando paredes con olor a thinner, comprando muebles chidos en tianguis y ventas de garage con regateo. Luego azotó la noche de tormenta, se fue la luz temprano, tropezamos con luces de cel hasta encontrar las veladoras: las de huracán blancas, aromáticas de vainilla y una blasfema en frasco alto con dragón en vez de santo, llama parpadeando con humo dulce. Nos tiramos en el sofá a la luz temblorosa. —Qué onda. —Qué onda. Me desabotonó la camisa, uñas raspando piel. —Ya no se puede jalar, ¿cómo nos la vamos a pasar? —Carajo, dije, sacándole la tank de sus jorts recortados, tela áspera—. ¿Qué pedo hacemos? Me besó boca y barba, barba erizada. Metí manos por su cintura de seda sudada, le desabroché el bra por atrás; lo sacó por el cuello de la blusa como magia de morra, lo aventó y me empujó contra el sofá con fuerza. Le bajé el zipper de jeans, ella el mío, me jaló la playera pa’ atarme manos arriba y besó mi pecho peludo, panza hasta los bóxers, lengua dejando rastro húmedo. Alcé caderas pa’ que me los quitara, enterró cara en mi entrepierna; sus labios calientes, lengua lamiendo la t-dick, humming vibrando en la raíz, dedos profundos llamándome a venir. Cuando exploté, la cargué y subí escaleras crujientes.
Los dos nos poníamos en forma pa’ la boda. Ella más flaca de lo que me gustaba, yo con músculo serio de gym. La aventé a la cama fácil, me puse arnés y correa gruesa. Se puso en cuatro, pompa al aire, mirándome pícara; le agancé caderas mientras trueno retumbaba, cimientos vibrando, pelo de punta por electricidad estática. Le di más recio que nunca, gimiendo chingaderas y oraciones, éxtasis puro; sentía la correa honda en sus adentros calientes, agarre de carne en lo que me falta. Me costó ritmo con ella empotrándose, embestida tras embestida. Con relámpago cerca que blanqueó la noche, mi cuerpo se calentó y me vine profundo, cayendo exhausto. Dormí hasta que volvió del baño. —Amor, qué pedo raro. Es… como si te hubieras venido adentro de verdad. —¿Eh? —Digo que como si eyacularas. Eso me espabiló. Volvió a la cama, caminando como si le doliera el bajo vientre, la abracé fuerte. —¿Te lastimé? —No, estuvo de lujo. Mejor que nunca. Nomás me siento… rara, llena. Dormimos pegados mientras la tormenta se desquitaba con lluvia empapante golpeando el tejado. Desperté con luz ya prendida, ella en panty bikini frente al espejo del buró, girándose, piel brillando. —¿Por qué estás tan rica? —Falta de skill, dijo, mano en panza baja—. ¿Me veo hinchada? —No mucho. ¿Te sientes bien? —Supongo. Llena nomás.
—Tal vez te embaracé, bromeé ligero, y el aire se cargó. Juego viejo nuestro. —Tal vez estás hinchada de mis bebés. —Tal vez sí, aceptó, acurrucándose, piel tibia—. Mi útero se va a inflar, embarazada nueve meses enteros de tus morrillos. Me agarró la correa flácida. —Ya no me verás deseable a los nueve. —Ya veremos, güey. La volteé boca arriba rápido, me metí entre rodillas. Seguimos cogiendo, pero al terminar vi la hinchazón real: panza redonda notoria. Se abultó más tras un tentempié de tacos fríos, y otro poco en el sofá viendo pendejadas de Netflix, cobija áspera. Puse palma por curiosidad; se estremeció, calor irradiando. —¿Estás chido? No dolió, ¿verdad? —No. Hazlo otra vez, porfa. Le presioné la panza, masajeando firme, sintiendo presión adentro como globo tenso. Tembló entera, jadeó éxtasis puro. —Es tan raro. Como zona erógena nueva, cabrón. Manos en su panza, sobando círculos. —Ay, Dios, hazme, amor. No aguanto. Corrí arriba por la correa, bajé y me empujó al sofá, fuerte pa’ lo flaca—, se echó pierna encima. Me cabalgó salvaje, retaciendo, arqueando espalda, usándome pa’ su gusto; le sobé caderas, pompa y panza abultando bajo mi palma sudorosa.
Fuimos a la cama a la hora fija, y al amanecer vi sábanas tensas sobre el bulto de su panza. Mano encima, firme, llena hasta el vello púbico arriba del ombligo, piel estirada caliente. Abrió ojos. —¿Finges checar mi abdomen panzudo embarazado? —Sí, sobre eso… Le tomé mano y se la puse en panza baja. Jadeó, se sentó con esfuerzo, brincó al espejo: abultaba como melón español chiquito entre caderas. —Doctor hoy, amor, dije con boca seca. Asintió a regañadientes. —No me siento enferma. Si fuera grave, estaría peor. ¿Pasa tan rápido? —Soy profe de inglés, no doctora. Pero vamos a urgencias por si las moscas, mi cuerpo nunca hace estas chingaderas. Nos bañamos con agua tibia del tinaco, vestimos; le costó pants, usó yoga viejos de cuando estaba gordita y mi playera holgada. Pero mi cel sin barras ni wifi, el de ella igual, laptops muertas. Pendejadas. Íbamos en persona. No abrí puerta: sellada como muro. Saqué su bate de softbol del clóset, rebotó en ventana; luego hacha de caja machona, iba a romper pared si hacía falta. Ahí me paró, mano en bíceps, pupilas dilatadas de deseo puro. —Porfa no le hagas daño a la casa, amor. —¿Qué? —No le pegues. Creo que quiere que pase esto. Se pegó, bulto firme contra mi cadera. Hacha cayó flácida, la acorralé en pared, boca en la suya, beso salvaje.
Al anochecer su panza estaba redonda como a término, andar de embarazada con mano en lumbar, otra sosteniendo bulto protuberante, respirando corto con jadeos. Seguíamos cogiendo. Misionero imposible, la puse en almohadas, pompa al borde colchón, yo en calcetines y correa. Sostenía panza con manos. —Ay, Dios, no sé cómo joden las embarazadas de verdad, esto abruma con su peso. Me agaché a besar bulto tenso, piel salada. —Se acostumbran con meses, no días. —¿Así eras tú…? Ay, perdón, sé que no. La dejé pasar, besé pendiente de panza. —Estás tan redonda, no me harto. —¿Y si fueras una pícaro embarazada y yo tu galán de la guerra? —Me casarías en chinga. Jadeó con algo revolviéndose adentro fuerte. —¡Antes de parir! ¡Ay! ¡Hazlo otra vez! —Voy por el cura. Metí dedo en chativa empapada, jugos chorreando. —No paras hasta casarte. —No, dijo—. Seré buena, guardo tu bebé pa’ santo matrimonio. Agregué dedo, presionando g-spot mientras masajeaba panza baja; arqueó espalda, gimió, moviendo caderas pese al peso. Boca en clítoris chiquito, chupando duro, sabor salado. —Se siente rarísimo, gritó—. No veo nada, mi panza tapa todo. Paré pa’ respirar, cabeza sobre montaña de panza, guiñé; seguí. Sentí orgasmo cerca, paré en seco. —¡Cariño, qué chingados! —No te vienes. Manos en abdomen vivo. —Venirte arranca parto, no has casado a tu soldado.
—Te odio, eres malo. Rió. —Las malas se vienen. Las buenas son puras. —Vivo en casa de malas, ¿cómo crees que quedamos panzudas? Alineé correa, empujé en chativa ansiosa; enredó piernas en cintura, retaceó groundeando mientras le sobaba panza tensa, apretándose contra mis abs llena de vida imposible. Ritmo inestable, sentía cosas raras—, orgasmo cerca, paré saliendo de calor húmedo. —¡Ay mi Diiiooos! —aulló. Jadeé, correa latiendo. —Cásate conmigo, mala. Otra vez. Aunque esté jodido de granada. Pa’ que no sea bastardo. —Sí quiero, jadeó—. ¡Sí, sí! ¡Termíname, cabrón! Me hundí y acabé el jale, sudor goteando. Sus gritos de frustración me despertaron horas después. Rodada de lado, panza distendida llenando espacio entre nosotros, pesada casi reventando. —Ayúdame, porfa. —¿Qué necesitas? Se retorcía. —Necesito… Su mano a entrepierna, la mía halló raja húmeda, acariciando clítoris; caderas brincaron, aulló al meter dedo. —¿Chido? —reí temblando—. Casi temo que revientes. —Sí, jadeó—. Mi panza crece más. Necesito parir. Ay, Dios, parir ya. Relámpago afuera, panza brilló de adentro. Sentí presencia atrás, nadie. Masajeé panza tensa, útero desesperado; gimió suspirando bajo mis manos firmes, el ventilador zumbando lento sobre nosotros.
Descubre todas nuestras historias de fantasías prohibidas en nuestra biblioteca erótica gratuita. Encuentra citas adultas esta noche →