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Confesión erótica : Mi infidelidad empieza en la cantina con él

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Resumen:

Ella intercambia mensajes inocentes con él mientras sale a la cantina, ocultándolos de su novio por culpa. En el lugar abarrotado, se sienta en su regazo, sintiendo la cercanía y la tensión creciente entre ellos, con roces sutiles que avivan el deseo. Cambian de cantina, donde él la toca con disimulo en el vientre y el pecho, intensificando la excitación en medio del bullicio. Más tarde, la lleva a la calle, pero el grupo los interrumpe y ella regresa en taxi, frustrada. Semanas después, en una fiesta con carnitas, la noche avanza con miradas y juegos hasta que quedan solos en sofás para dormir. Ahí, un abrazo se transforma en besos apasionados y caricias que rompen su resistencia.

Aquí está tu Historia: Mi infidelidad empieza en la cantina con él

Pasaron unas semanas más hasta la otra noche de cantina, y en ese rato nomás se mandaron mensajitos. Todo bien amable, casi le da cosa a ella de lo soso, nada con doble sentido, aunque los escondió del novio con el estómago hecho nudo de pura culpa. El lugar estaba a reventar de gente, sudando bajo el ventilador que apenas movía el aire caliente, y su cabeza cachonda se alegró en secreto de ganar la batalla contra esa resistencia que ya se iba al carajo. Casi al tiro, se plantó en el regazo de él, el vergudo alto que la traía loca. Se pusieron a platicar entre ellos, ignorando al resto del grupo, rozándose de cerca, mirándose fijo a los ojos con ese jalón en la panocha que la hacía apretar las piernas. Sintió los labios de él a nada de los suyos, un tirón delicioso abajo que la mojó toda, y juraba que se habrían comido la boca a beso si no fuera por la pinche multitud. Estaba segura de que él notó el calor de su excitación chorreando en su regazo, y ella sintió clarito la punta de su verga tiesa contra el culo, solo una tela de por medio, empujando la ropa un poquito adentro con esa dureza que la volvía loca. Lo quería tanto que los segundos para que se alineara con su vagina en vez del hoyo más prieto se le hicieron eternos; ya lo quería metiendo verga adentro, como diera lugar, oliendo a cerveza fría y sudor fresco en el aire cargado.

La noche avanzó y changaron de cantina en cantina, sin un pedo de dudas ni moral de la chingada que se desinflaba rapidito. Al cruzar una puerta abarrotada, él se le pegó por atrás, una mano rodeándola para plantar la palma caliente en su vientre bajo, jalándola contra su cuerpo, los dedos rozando despacio, como al azar, pero a huevo, la carne de su monte de Venus. Ella soltó un gemido que se oyó entre el ruido de vasos chocando, mientras la humedad resbalosa le inundaba la panocha temblorosa, calando las panties hasta que se pegaron como segunda piel. Cerró las piernas para apretar el clítoris, la textura pegajosa entre los muslos la traía al borde. Por suerte, en el antro repleto nadie le puso atención. Un rato después, cuando el grupo vio una mesa que se desocupaba, él se estiró para tocarle el hombro y “se equivocó” con excusa chafa, acariciándole la teta en su lugar. Ella jadeó fuerte, el pezón se le paró duro contra el brasier, marcando un chichón obvio en la blusa negra casi transparente; los labios se le abrieron mojados por el subidón, y se miraron intensos. En vez de quitar la mano con disculpa rápida como otras veces, él le clavó la mirada hasta el fondo y subió la mano despacio para agarrarle el busto entero, apretándolo y masajeándolo con ganas, sabroso y sin prisas. Ella se sacudió un poco. Luego la mano se fue, y con sonrisa pendeja tomó la suya para jalarla entre la bronca de gente.

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Al rato de la noche, otra vez la tomó de la mano y la sacó del bullicio a la calle, donde el aire fresco de la banqueta caliente contrastaba con el bochorno de adentro; ella se dejó llevar tanto que ya se veía subiendo al vocho con él sin bronca, aunque él vivía para el lado contrario al de su novio. De repente, una voz la despertó: “¡Órale, carnal! Ya llegan los demás”. Los otros cuates, que vivían por ahí, se amontonaron para subirse al mismo carro. La decepción le aclaró la mente de golpe, y uno bien menso gritó su nombre señalando un taxi que pararon para ella. Después de los abrazos de ley, el último de él con una mano cayendo suave a cubrirle una nalga firme, sintiendo de nuevo esa verga dura ahora contra su vientre tenso, terminó en el taxi. Su sonrisa burlona al despedirse con la mano floja antes de subirse al vocho fue un puto tormento, y de regreso apenas evitó meter las manos en las panties para hacerse una paja pensando en su verga, el olor a tabaco y chela pegado en la ropa. Toda la semana su cabeza fue un desmadre total; él se quedó en silencio radio, nomás mensajitos secos de pura cortesía. Ya se acercaba el verano con su calor agobiante, y la siguiente salida cambió de bares a una fiesta en casa con carnitas y chelas. Debió oler el peligro a leguas, pero su cabeza la mandó al diablo el sentido común, o tal vez era lo que de verdad quería desde las tripas, y nomás su parte superficial no lo tragaba.

La casa era de una ex cuata del trabajo, a una hora en camión o taxi carísimo desde su depa en la colonia. Dudó cuando dijeron que la bronca armaría hasta tarde, sin camiones, y que los de lejos podían crashing en sofás o el cuarto de visitas en vez de gastar en taxi. En el chat del grupo vio al instante que él pedía espacio para dormir, y su vientre se le llenó de mariposas con navaja, un deseo apretado peleando con la lealtad al novio. Se lo platicó al carnal, y como en las otras salidas con los cuates del jale, él dijo que se quedaba para que ella la pasara chido. Se dijo que de veras lo había convencido de ir, que le caerían bien los amigos y la pasaría padre. Pero él contestó que ya los conocía de oídas, que estaba buena onda hacer algo por separado. Insistió, pero se plantó en que eso quería. Le dio un coraje rápido, casi segura de que no se quedaba solo por los videojuegos, eso lo hacían juntos en el depa igual, sino para ver pornografía sin que lo cachara. Su vida sexual andaba por los suelos en meses, salvo un rato chido cuando ella llegó prendida del trabajo en la tienda de ropa. Fuera de eso, escasa y casi siempre ella iniciaba la cogida. Bueno, si quería quedarse, que se fuera mucho a la verga. Ella la iba a pasar chido igual. Él no podía saber que eso quizás fue la gota que derramó el vaso esa noche, con el olor a carbón quemado flotando en el jardín.

La noche arrancó con un chorro de gente trayendo tortas y chelas frías del Oxxo; ella repartió miradas entre su objeto de deseo alto y los demás en la barbacoa, diciéndose que todo controlado, ¿no? Después de todo, apenas le había hablado. Él le atrapó la mirada un par de veces desde el otro lado del jardín, mientras platicaba con otros, sonrió pícara, y ella sintió el jalón en la panocha, labios abriéndose en un gemido callado mientras se obligaba a voltear con el que le hablaba del trabajo emocionado. La noche siguió con juegos de cartas, tragos de cuba libre y tacos asados; se distrajo chido, tanto que casi olvidó cómo iba a acabar la cosa. Ya iba bien peda, con la cabeza zumbando por el ron barato, cuando empezó a bajar la fiesta, y antes de que se diera cuenta, el último taxi se pelaba con los últimos invitados que no se quedaban, dejándola sola en el pasto de enfrente con su alto fantasy. No dijo nada, solo le tendió la mano y asintió a la puerta. Ella se armó de valor un segundo, le sacó la lengua burlona, ignoró su mano y pasó caminando hacia la casa, meneando las caderas extra. Él nomás sonrió mientras pasaba y le dio un manazo flojo al culo. Se zafó con más meneo, sintiendo una victoria chiquita, el sonido de risas lejanas aún en el aire fresco. Se sintió fuerte, como si la resistencia volviera y todo estaría bien. Sabía que él la seguía adentro, y pensó que recuperaba el control. Pero le había metido un meneo de a madre al caminar. ¿La chela nomás? Se movía suelta, no por él.

Entró a la sala y ahí nomás notó el fresco del ventilador del techo al sentarse en el sofá viejo. Él se sentó junto, mirándole la cara; ¿vio un dejo de duda en él por ? Charlaron de la fiesta, qué chido estuvo, quién se había puesto hasta el culo de chelas, qué tacos les cayeron mejor. Cuando pidió un abrazo, dudó un poco antes de aceptarlo. Claro, sus brazos se quedaron ahí, uno rodeándola, el calor de su piel tan padre contra la suya. Había sido un día de calor de verano bochornoso, pero la noche refrescó con brisa de jardín, y ella tanto se había divertido sudando en la barbacoa que no notó hasta entonces la piel de gallina en los brazos y el fresco mordiendo. Sabía que debía apartarse, pero no pudo; su agarre era firme, y su cuerpo respondía a la cercanía, músculos tensos contra su voluntad floja. Los pezones se le pusieron duros bajo la blusa negra de encaje, la tela rozándolos con el aire que dolía un poco. Se mojó de nuevo mientras la panocha se preparaba para lo que quería, tan cerca de voltear la cara a su pecho e inhalar su olor a sudor limpio y colonia barata, o besarlo ahí, o chuparle los pezoncitos chiquitos que se marcaban por la playera blanca delgada, justo a la altura de su cara. Un golpe de culpa le atravesó la cabeza cuando su resolución se quebraba.

En un último intento, se apartó diciendo que necesitaba mandar mensaje de buenas noches al novio. Le costó mirarle la cara al moverse, pero cuando lo hizo, él traía cara de coraje, mandíbula tensa, ojos entrecerrados, aunque al principio no dijo nada. Tecleó el mensaje con manos temblorosas, el pulgar resbaloso de sudor, y él la sorprendió quitándoselo rápido, no de jalón sino con coraje disfrazado de juego. Lo sostuvo lejos “en broma” y la vaciló, pero había filo real en la risa; estaba encabronado, con un toque de celos que no disimulaba. Intentaba recuperar control a la fuerza. Ella trató de quitárselo en vano; él era alto y más fuerte, sosteniéndola a brazo partido con la mano en su pecho. Esta vez el roce no la prendió, aunque los dedos le barrían las tetas y la clavícula por la blusa ajustada; en cambio, se enojó con ganas. Su cabeza vio chance para desquitarse y quemar el deseo culpable. Él se puso más juguetón con su enojo, hasta que su cara se suavizó y la dejó tomar el teléfono. Su coraje se fue cuando lo agarró, y ella no pudo sacudirse la idea de que con eso él sentía que la controlaba de nuevo. Su enojo siguió ardiendo, no fogata sino brasas que quemaron algo de la bruma lujuriosa mientras mandaba el mensaje. Aunque tarde, se desinfló al no contestar; seguro ya roncaba como tronco. Mientras, su cuate alto salió de la sala; lo oyó ir a la cocina donde los anfitriones y los pocos que quedaban platicaban bajito, el sonido de vasos chocando contra el fregadero.

La mayoría tomaba agua del garrafón para espantar la cruda que se venía. Agarró un vaso de la mesa para llenarlo, pero él se despegó de la pared y se le atravesó con sonrisa chueca, le quitó el vaso y le metió una botellita de agua mineral del refri. Ella lo miró alzando ceja, irritada por el gesto mandón, pero él siguió sonriendo fijo hasta que tuvo que voltear, cubriéndolo con un ojo en blanco mientras buscaba hueco en el círculo de gente, destapaba y daba un trago hondo, el agua fresca bajando por la garganta seca. No cachaba qué pedo con él. Sus deseos batallaban adentro, la culpa y el control tan fuertes minutos antes ahora revueltos por su calma reconquista. Sintió que todo era inevitable y se quedó callada mientras las emociones guerreaban, casi perdiéndose un chiste y tardando en responder con risa forzada. Eso fue la señal: el anfitrión dijo: “Bueno, si ya ni ella contesta, hora de dormir, ¿no?”. Todos murmuraron acuerdo, el grupo se desarmó agarrando mochilas y bolsas de ropa sucia, subiendo escaleras o yendo a cuartos. Ahí recordó que había aceptado un sofá en la sala, y descubrió que él sería el único más en el cuartito extra, solo dos sofás desvencijados. Tomó el más chico por ser bajita, para que él se estirara en el grande. Les dieron cobijas ásperas y cojines apachurrados. Pensó en ir al baño para ponerse pijama, pero él se paró en medio y se quitó la playera de un jalón; ella se quedó sin aire un segundo, el torso desnudo oliendo a noche de fiesta.

Alto y flaco fuerte, no de gimnasio inflado. Arqueó la espalda para quitársela y vio músculos delgados, líneas de abdomen marcado y pecho firme al estirarse en el fresco; aunque era show obvio para provocarla, se le pusieron de gallina los brazos. Por un segundo sintió otra victoria chiquita porque él también tenía fresco, pero su piel desnuda le hizo agua la boca al ver los pezones erectos, duros como piedritas; se pilló boquiabierta, quijada floja de pura necesidad. Él notó y sonrió pícara, quedándose en jeans en medio, músculos tensos casi flexeando bajo la luz tenue. Ella apartó la vista y murmuró que dormiría vestida porque se iba temprano en camión. Sintió las mejillas calientes de pena obvia, y él le dio otra sonrisa cómplice. Se aferró a la cobija, se acostó arreglando el cojín y dándole la espalda mientras lo oía acostarse en el sofá grande, el crujido de resortes rompiendo el silencio. Estuvo despierta un buen rato, mente a mil por hora, esperando convencerse de que dormía para irse a la verga. Suele soñar un chorro, pero esa noche fue inquieta, sueños punzantes y seguidos, el ventilador zumbando bajito de fondo. Al principio raros, versiones locas de la realidad con sus cuates, antes de que el deseo tomara el volante del subconsciente.

Arrodillada en una cama king size, desnuda a cuatro patas, manos atadas con una playera vieja a los postes que le estiraban los brazos, tetas colgando pesadas. Rodillas en el colchón pero tobillos amarrados para no soltar tensión, sintiendo la textura rugosa contra la piel. Mordió su labio con el calor rico de la penetración y salida por el culo, alguien cogiéndola despacio pero firme, empujones fuertes y suaves a propósito, como si la poseyera y tuviera toda la noche para darle y recibir placer puro. Gimió con la sensación, tembló con el sufrimiento exquisito de estirarse y vaciarse, su vagina ansiando el siguiente llenado y roce en las paredes mojadas, chorreando jugos calientes. El sueño cambió con algo rozándole la espalda; el pecho cálido de un vato haciéndose dominante mientras despertaba a medias, el olor a piel masculina invadiendo. Volteó a ver al que la cogía: primero cara de su novio en éxtasis, pero se difuminó en otra; su cara, y al abrir ojos despacio en la penumbra, la real bajando lento a su lado en el sofá. Se acurrucó suave por detrás, su calor por la blusa tan chido al acomodar su cuerpo grande, caderas contra las suyas, una mano colándose bajo su mejilla casi, la otra flotando en su cadera sobre el sexo. Sin tocar directo, pero el calor de la palma llegando a su panocha tras unos momentos, tibia como promesa. Sin querer, sus caderas se movieron un pelín hacia ese calor, ese roce sutil. Se miraron un segundo y él se congeló; ¿duda en sus ojos? Pero su voluntad, que colgaba de un hilo, se rompió de una. Volteó a mirarlo, boca húmeda entreabierta, y dio un cabeceo casi imperceptible. Él de inmediato le giró la cara con la mano y le tapó la boca con la suya; por fin se besaron hondo, lenguas enredadas con sabor a chela.

Su cerebro quedó en blanco de culpa o pensamientos, solo urgencia por él, el beso sabroso con saliva mezclada. La otra mano le agarró la cadera y la pegó más fuerte. Sintió su culo encajar suave en su entrepierna como si perteneciera ahí, y sus caderas empujando la erección obvia contra ella, la tela de los jeans áspera. Inundación de calor y humedad mantequillosa en su sexo, clítoris sensible contra las panties empapadas. Despacio empezó a menear el culo adelante atrás, de lado a lado sobre su paquete, sintiéndolo endurecerse más en los pantalones; el roce leve de encaje en su punto más sensible la hizo jadear, respiración profunda, párpados batiendo rápido. Por el tamaño que sentía a través de las telas gruesas, era al menos tan grande como imaginaba, y más que cualquiera con quien había estado, una verga gruesa que la estiraría. Metió manos bajo su blusa, por su panza lisa a sus tetas en brasier, arrugando la tela; el aire frío de noche la hizo temblar entera, piel erizada. Podría haber sido feo, pero su calor interno subía tanto que solo sumó al desmadre, mientras sus dedos hallaban el broche delantero del brasier y lo abrían de un jalón hábil, liberando las tetas con pezones duros al fresco del cuarto.

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