Resumen de esta Historia:
Despierto con Katy, mi morra rellenita y joven, pelona de lado en la cama de nuestra casa, sus chichis colgando suaves y paradas frente a mí. La dejo dormir, me tomo el café negro humeante con cigarro mañanero bajo el ventilador zumbante, todo en pelotas. Salgo a la tiendita de la esquina por huevos, tocino y más para el desayuno. Vuelvo y la encuentro en el patio trasero, echada en cueros sobre las sillas, su figura de reloj de arena brillando al sol, vello negro espeso en la panocha contra piel blanquita. Nos besamos salvajes, me chinga las bolas, bailamos por la casa, ella me mama profundo hasta que me vengo en su chichi. Subimos a la recámara, se trepa encima girando en mi verga hasta corrernos los dos jadeando. Armamos desayuno inglés en la cocina, follamos más en la ventana, el baño y el fregadero, siempre tocando sus curvas anchas, celebrando cómo se siente diosa en mi cuerpo. El conflicto late en su lágrima resbalando: me encanta cómo la trato, cómo la veo cañona pese a todo.
Aquí está tu Historia: Una mañana cogiendo con mi morra rellenita en casa
Ahí la tenía, la morra bien rellenita y joven, llamada Katy, tirada de lado en la cama, pelona frente a mí, clavándome la mirada. Sus chichis colgaban suaves, con las chichisotas paradas, la carne gordita acomodada una sobre la otra como debe ser. La cadera bien marcada mostraba todo el hueso y la carne en su mero punto. Pensé: “Qué chingón tener esta vista tan padre justo enfrente, ojalá no se acabe nunca esta suerte”. La dejé dormir tranquila, me clavé mi café negro humeante con el olor a tabaco fresco del cigarro mañanero, todo en pelotas bajo el ventilador que zumbaba perezoso en el cuarto. Me vestí con lo primero que pillé, shorts y camiseta, y salí caminando a la tiendita de la esquina, esa que parece Spar pero con letreros en español. Agarré huevos, tocino, pan de caja, cebolla y chiles para armar un desayuno de los de a deveras. Volví sudando por la banqueta caliente, subí las escaleras crujientes, pero Katy ya no estaba en la cama. Miré por la ventana empañada. Ahí andaba la respuesta: Katy echada en las sillas del patio trasero, en cueros, luciendo esa figura de reloj de arena que tanto me gustaba. Desde arriba, con el sol pegando en el vidrio, veía perfecto cómo sus caderas anchas y redondas subían hasta esos chichis pálidos y llenos, los pezones morenos duros haciendo contraste con la piel blanquita. El vello negro y espeso de su panocha destacaba como un bosque contra la nieve, y el aire mañanero traía olor a tierra mojada del jardín. En mi cabeza sonaba como Lou Reed: “Órale, qué pinche vista tan chida para empezar el día”. Me quité la ropa rápido, la tiré en el piso, y salí al patio con el piso de losas frías bajo los pies. “Buenos días, mi reina”, le dije. Me mandó un beso con la boca bien abierta y contestó: “Buenos días, güey”. Al acercarme, me chingó las bolas de golpe, clavándome las uñas en la verga que ya medio paraba. Me sorprendió, pero pensé: “Así me gusta, con su lado salvaje y todo”. “¿Dónde andabas, viejo astuto?”, preguntó jalándome más cerca. La tenía bien sujeta por la verga y le dije: “Fui a la tiendita por todo pa’l desayuno”. Me dio un besito chiquito en los labios, luego me mordió el de abajo con fuerza y soltó: “Gracias por el detalle, cabrón listo”. Le pasé la mano por el muslo carnoso, la miré con todo el cariño y contesté: “De nada, qué padre tenerte aquí viéndote todo el día”. Se carcajeó fuerte: “Viéndome es palabra muy tiesa, ¿no?”. Le hice una frambuesa en la panza suave, que sonó como pedo mojado, y la encaré con cara de jefe: “Puede ser, pero te ves más rica cuando te portas bien”. Metí las manos por su muslo grueso, rodeé las caderas anchas, crucé el abdomen blando. Sentí la piel tersa, el calor de cada rollito y curva que formaba su cuerpo serpenteante, con el viento fresco del patio erizándole la piel en gallina. Se estremeció bajo mi palma, retorciéndose un poco. La miré fijo: “Me quedaría aquí horas enteras chingándote las curvas con los ojos y las manos, morrita”. Kate se rió de nuevo: “Gracias por hacerme sentir bien mujer”. Yo también me reí: “No hay de otra, estás cañona”. Me apretó la mano fuerte, una lágrima le resbaló por la mejilla sudada: “Me encanta cómo me tratas”. Se paró de un brinco frente a mí y se avientó a un beso con lengua profunda, agarrándome la verga con fuerza mientras el sol calentaba nuestras pieles. Al soltarme, solo murmuró: “Gracias, carnal”. Terminamos el café tibio y el cigarro con ceniza volando, le chingue la nalgota redonda a gusto: “Vamos a armar el desayuno y a gozar la mañana”. La solté, se dio la vuelta meneando las caderas y susurró: “No se me ocurre nada más chido que estar así contigo”. Le pasé el brazo por la cintura, la giré de golpe 180 grados, metiendo la mano entre esa nalga dura y carnosa. “Por mis cuentas, esta jefa todavía no se corre esta mañana. ¿Le entramos?”. Katy me palpó la verga medio tiesa, clavó las uñas en el tronco y las deslizó abajo raspando. Me miró con ojos de hembra en celo: “Tú mandas, pero empecemos con una buena mamada, viejo”. Se hincó de rodillas en el piso áspero del patio, me jaló la verga rápido pa’ ponerla dura como palo, clavando uñas. Pasó a chupármela con todo: mamadas profundas, chupones fuertes, lengüetazos en el tronco. Cuando sentí la leche subiendo, apuntó mi verga a su chichi y se la untó con el dedo, tragándose cada gota mientras me clavaba la mirada pícara: “Está de lujo”. Regresamos adentro del brazo, bailando como en vals por la sala, con el piso de madera crujiendo. Le veía la cara de satisfacción pura, el meneo juguetón de esas caderas de reloj de arena. Pensé: “Hoy la vamos a pasar bomba”. Antes de llegar, la giré de golpe y le apreté el pezón derecho; se sorprendió pero sonrió grande. “¿Pa’ qué chingados fue eso, güey?”. Le di una nalgada sonora en esa carne firme y grité: “Pa’ que estés atenta. Ponte en la ventana y baila pa’ mí”. Saltó al sofá viejo, se sacudió toda, brincando con energía pura al ritmo que se le pegaba. Veía su cuerpo curvilíneo meneándose, la sonrisa abriendo el camino, con ese gozo nuevo por su propio cuerpo. El choque de esos chichis gordos sonaba como palmadas húmedas, música chida pa’ mis oídos. La panza suave ondulaba, soltando toda su curva que ahora se quería un chingo. El baile paró en seco cuando se bajó pensativa, me acarició la mejilla con dedos calientes: “Dijiste algo de correrme bien”. Seguí pensando: “Sí, y qué gusto complacerla con una buena cogida a esa figura que ahora se siente diosa”. La jalé de regreso, hundiéndole los dedos en la nalga firme, sintiendo la piel suave y la carne redonda apretada. Sonreí pillo: “A la recámara, ahora”. Me guiñó el ojo y soltó: “Sí, mi patrón”. Subimos las escaleras de dos en dos, yo tocándole bongó en las nalgas todo el camino, amplificando el meneo de caderas y el temblor de carne en sus curvas. Estaba pasmado, chupándome los ojos con esa mujer curvilínea suelta y libre. Katy se me trepó encima: “Dale, procedamos”. Asentí gozoso: “Órale, mi amor”. Le acuné los chichis con las manos redondas, ella ronroneó mientras los masajeaba suaves. Quité las manos del pecho, froté la curva de reloj de arena, bajé a la nalga y la apreté juguetón. Captó el mensaje, empezó a girar arriba y abajo en mi verga, presionando esa nalga gorda contra mis huevos. Me quedé quieto viendo su panza suave ondular, los chichis brincando al ritmo nuestro. Siguió girando, rascándome, arañándome la espalda hasta que me vine adentro, y se recargó jadeando, aplastándome el pecho con el suyo. Levantó la nalga, metí manos en cada una, sintiendo la carne suave presionada contra mí, tibia y pegajosa de sudor. La empujé arriba y abajo a su ritmo hasta que se corrió temblando. “¡Puta madre, qué chingón se sintió! Vamos a empezar el día bien cogidos, sonrojada y con pila pa’ todo. Nomás me hace falta un cigarro post-cogida”, suspiró entre jadeos. Le acaricié la cadera sudada: “Cigarro y relax, reina”. Vagamos en pelotas por la casa, yo atrás admirando el balanceo de caderas, cómo las curvas cortaban la piel hasta el hueso en esa figura ardiente. Pensé: “No me harto de ver cómo se moldea su cuerpo con esas formas redondas tan ricas”. Llegamos al patio, prendió su cigarro con el encendedor de bolsillo; de frente veía su cuerpo sudado y rojo bajo el sol mañanero, olor a humo y piel caliente. Parada con mano en cadera, la curva explotaba en reloj de arena puro. Pensé mirándola: “Es una hembra curvilínea y hambrienta que tengo pa’ mí pa’ complacerla a diario”. Apagamos los cigarros, le tomé la mano sudorosa: “Vamos por un desayuno inglés completo, con huevos, tocino y todo el desmadre”. Guiñó: “Esta morra trae hambre de a madre”. Me pellizcó la nalga juguetona y sonrió: “Chingado, me haces sentir la mera verga”. Puse la mano en su costado, toqué la piel suave de cadera: “Tú solita lo eres, estás de lujo en todo”. Le apreté la nalga firme, la pellizqué pa’ que me viera: “A la cocina, máquina de follar sinuosa”. Se rió a carcajadas: “Máquina de follar sinuosa? Qué poeta, carnal. Juguete sexual suena más yo”. Le sonreí: “La chava linda merece palabras lindas”. Se giró, me pegó su piel suave y chichis contra el cuerpo, me besó con pasión mientras una lágrima le caía: “Pendejo, me haces algo con cómo me ves”. Llegamos a la cocina con olor a aceite caliente de la estufa, revisé los gabinetes oxidados; saqué un delantal verde de carnicero y un mandil con flecos. Sonreí: “Este es pa’ ti, te va perfecto”, y se lo aventé. Kate se rió: “Apenas tapa la panocha. Si quieres que me lo ponga, póntelo tú primero”. Levanté las manos rindiéndome, presioné mi mano en su curva de reloj de arena, metiendo la verga medio dura entre esa nalga mullida y tibia. Até el mandil alrededor de su cintura pa’ que cayera chido en la curva. Le besé el cuello salado de sudor: “Te ves de lujo. Dámelo un ratito”. Le rasguñé la espalda suave con las uñas; se estremeció, brincó la nalga redonda. Obedeció, giró twerkeando la suculencia pa’ mí, con el mandil ondeando. Pensé: “Esas curvas en movimiento son poesía viva, desnuda o vestida con trapos”. Armamos el desayuno inglés: huevos fritos crujientes, tocino chisporroteando, pan tostado con mantequilla derretida. No le quitaba las manos de encima en el espacio chiquito de la cocina, rozándonos con pieles calientes. Presionaba contra su figura llena o deslizaba la mano por las curvas redondas, oliendo el tocino quemándose un poco. Terminó sus pendientes, se pegó a mi espalda aplastándome los chichis gordos y pezones duros, metió la mano en mi cadera y me empezó a pajear la verga. Disfruté el roce de uñas en el tronco semi-duro, presioné mi nalga contra su panza suave, la apreté entre muslos gruesos. Se sincronizó frotando más fuerte. Metí la mano en su panocha mojada, pero me la quitó de volada: “Concéntrate en la comida, cabrón”, dijo seria como jefa. Solo contesté: “Sí, mi reina”. Hay algo bien chido en una paja mientras cocinas; siguió jalando hasta que me vine por todos lados, se chupó los dedos con mi leche y me dio de probar: “Está de pelos”. Le chingué la nalga, la jalé atrás de mí y susurré: “Déjame acabar la jodida comida”. Me rasguñó la espalda con ganas: “Yo pongo la mesa, amargado”. Terminé de cocinar, serví los platos humeantes en la mesa de madera rayada; nos sentamos en pelotas frente a frente, con el ventilador del techo mandando aire fresco. Admiraba esos chichis suculentos y su cara sonrojada con sonrisa de reina. Comimos sin hablarnos mucho, hasta que Katy soltó: “La comida está de la chingada, viejo”. Le toqué la mano tibia: “Años de práctica, morrita”. Se rió: “Sí, maestro Yoda”. Metió el pie bajo la mesa en mis bolas, empezó el jueguito de pies frotando despacio. La comida se estiró mientras me ponía duro con eso, viendo su sonrisa feliz y risa suelta, sintiendo en el pecho que estaba en paz total. Acabé mi plato, me paré y le di un besito en la mejilla caliente: “Voy a limpiar este relajo”, dije quitando la mesa con platos grasosos. Lavaba a mano en el fregadero cuando sentí sus chichis grandes chocando en mi espalda, su mano agarrándome la verga tiesa. Me giró 180 grados, se pegó y me miró pícara: “Te quiero adentro ya”. Pregunté: “¿Recámara o aquí?”. Clavó uñas en la base del tronco y bolas: “La recámara, pendejo”. Me arrastró escaleras arriba; la seguí viendo su silueta de reloj de arena brincando con autoridad, nalgas meneando. Al entrar, le quité las manos: “Echa ese cuerpo curvilíneo en la cama”. Se puso en cuatro en las sábanas revueltas: “Lista pa’ tu verga, maestro”, dijo sonriendo con ojos brillantes. Pensé riendo por dentro: “Ahí estás, fiera de curvas”. Besé la nalga izquierda suave, le di un mordisco juguetón que dejó marca roja. “Alguien trae antojo de algo rico”. Le di tres nalgadas rítmicas, sonoras como tambores, y la encaré firme: “No algo nuevo, algo diferente. Siéntate en mi cara”. Me acosté, puse la cabeza bajo su nalga gorda. Obedeció, frotó la panocha juguetona en mi cara, oliendo a jugos frescos mientras esperaba. Empecé a comérsela: lengüetazos largos, chupones en el clítoris, besos suaves y mordidas leves en el muslo interno pa’ que brincara. La llevé despacio al gozo, recompensado con jugos chorreando en mi boca, goteando calientes mientras se corría temblando. Duró poco el clímax, me metí atrás y seguí jugando con dedos, teasing extra pa’ que se retorciera. Quedó en cosquillas, temblando de excitación. Escapó al fin, agarró mi verga erecta y me miró fijo: “Sólo cógeme, güey”. Acaricié sus caderas perfectas, vi sus ojos contentos: “Con puro gusto. Ponte pa’ la cogida”. Se puso en cuatro otra vez, le palpé la nalga izquierda redonda terminando en apretón. Pasé la mano por el chichi ample, caderas anchas, y metí la verga en esa panocha chorreante y tibia. Se acopló al ritmo mientras empujaba adentro y afuera, agarrándole las caderas doradas, viendo la nalga firme al presionarla. El vaivén la hizo gemir fuerte. Bombeé más recio, notando los chichis brincando salvajes. Su panocha se mojó más, chorreada, hasta el clímax. Se acostó jadeando, se giró a mí: “Has sido un vergudo esta mañana, viejo”. Me trepé encima, le até los brazos atrás, me presioné en su chichi delicioso y le di un beso con lengua honda. Dije: “Eso creo, mi amor. Últimamente traemos suerte”. Se rió: “Tal vez. Órale, vamos por un cigarro”. Salimos al patio en pelotas, fumamos con el sol pegando fuerte en su piel sonrojada, olor a humo y sudor. Estaba toda sonrisas, recargada en la pared áspera, brazo doblado levantando el chichi, nalga redonda pegada perfecta. La miré: “Vamos a limpiarnos y al mar”. Guiñó: “Órale, que siga el desmadre”. Entramos al baño chiquito, prendimos la regadera con agua tibia cayendo a chorros. Nos apretujamos en el espacio angosto, tomé jabón y esponja, lo enjaboné. Me pegué rodeándole el abdomen con el brazo, presionando mi cuerpo contra el suyo, nalga firme en mi verga. Besé su cuello mojado: “Levanta los brazos”. Obedeció. Enjaboné brazos tonificados, bíceps firmes bajo la esponja. Bajé a chichis suculentos, limpiando cada uno con pezones parados duros. Froté el abdomen suave, caderas redondas, cintura de reloj de arena. Dejé la esponja, solo con jabón masajeé la nalga firme, redonda y apretada. Bajé al muslo grueso, cuádriceps potentes. Subí acariciando curvas, beso en cuello y susurro: “Estás hermosa en todo, morra”. Le sacó lágrima, presionó chichis en mi torso, me besó frenética rascándome el pecho con arañazos rojos. Manos por su curvatura suculenta, besándonos locos bajo el agua caliente golpeando. Nos apretamos explorando cada centímetro resbaloso. Pausamos, le eché shampoo al pelo mojado, vi sus ojos confiados y sonrisa feliz. Enjuagué, puse acondicionador. Apagué la regadera: “Tres minutos pa’l acondicionador. ¿Alcanza pa’ comerte y hacerte correrte?”. Guiñó: “El tiempo apremia, viejo”. Me puse entre piernas, admiré el matorral bien podado. Comí panocha: lamiendo clítoris, chupando labios, besos profundos, la hice gemir en segundos, corriéndose con jugos espléndidos en mi lengua. Me jaló arriba: “Cógeme, haces el trabajo a tiempo como sicario”. Pensé: “Sicario de clítoris, qué chido”. Terminamos la limpieza, salimos valsando desnudos a la recámara, con las sábanas revueltas todavía oliendo a sexo.
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