Resumen de esta Historia:
Estaba tirada en la cama de Randy, con un libro grueso de Larry Niven prestado de Kevin, mientras él jugaba un shooter en línea en su compu. El ventilador zumbaba bajito, moviendo el aire tibio del cuarto. Randy me quitó el libro de las manos, en pelotas, con esa mirada caliente. Me volteó boca abajo sobre la playera verde oversize, separó mis piernas con la rodilla y me restregó su verga tiesa contra el culo. Me culeó recio, como poseído, hasta que los dos nos vinimos fuerte, sudor pegajoso y leche tibia adentro. Después, abrazados, confesó que verme leer medio tapada lo prendió cañón, y que le gustaba tenerme cerquita no solo por el sexo. Sentí un nudo en la garganta, lágrimas picando, porque nadie me había descrito así de rica. Hablamos de cuartos para el próximo año: Zoe y yo en Webster Hall, él en el Annex con individual. Pero el cierre del semestre me traía loca por las vacaciones en el ranchito, tres meses sin privacidad ni sexo, aunque Zoe me abrió los ojos a que quizás sí se pueda echar un polvo sin que se enteren.
Aquí está tu Historia: Cogiendo con mi amante casual antes de vacaciones
Se avecina el cierre del semestre y del año lectivo. Dana le dice adiós a un amante casual y se da cuenta de que lo que siente por otro va mucho más hondo de lo que jamás pensó.
Capítulo cincuenta y uno
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Tres noches después, Dana andaba tirada en la cama de Randy, con un libro grueso de cuentos de ciencia ficción entre las manos. Randy le daba vuelo a un shooter en línea desde su compu, con el ventilador del techo zumbando bajito y moviendo el aire tibio del cuarto. Le había pedido prestado el libro a Kevin en la noche de juegos del día anterior, con chelas frías y papas fritas regadas por todos lados. Esas historias traían décadas encima, pero Dana ni había oído de Larry Niven antes de pisar la uni, y la traían bien clavada. Era uno más de un buen montón de autores que había desenterrado en el último año, y le iba a tomar un chorro de tiempo ponerse al día con los que le caían bien.
El libro se le cayó de las manos. Dana alzó la vista, medio enojada por la interrupción que la sacó del cuento. Randy estaba ahí plantado frente a ella, con el libro en una mano, en pelotas y con esa mirada caliente que ya conocía de sobra. Echó un ojo a la puerta. Cerrada a cal y canto, sin que se diera cuenta. Lo miró de nuevo.
—Hora de echar un polvo, soltó él, dejando el libro en el escritorio polvoriento.
Ya se habían chingado una vez esa noche. Al parecer, Randy andaba listo pa’l segundo asalto. Dana le clavó los ojos, aunque no iba en serio. La neta, una buena cogida sonaba de poca madre justo ahora, con el sudor pegajoso en la piel por el calor del cuarto.
—¿Piensas que voy a abrir las piernas nomás porque tú lo mandas?
—Sí, dijo Randy, sin titubear.
Dana se carcajeó.
—¡Ya me conoces de a madre, güey!
Agarró el borde de la playera verde oversize que traía, lista pa’ quitársela. Pero Randy la jaló rápido, la volteó de panzazo boca abajo, le separó las piernas con la rodilla y se le echó encima. La tomó por sorpresa. Y la prendió en chinga. Le encantaba cuando se ponía bien mandón, demostrándole lo mucho que la quería adentro.
—No, le dijo al oído, con el aliento caliente rozándole la mejilla—. Déjatela puesta.
—Va, aceptó Dana, sonriendo pa’ adentro—. ¿Y eso pa’ qué?
Randy le restregó la verga tiesa contra el culo, la tela de la playera crujiendo seca bajo el roce.
—Te veías bien rica sentada así, medio tapada, gruñó—. Me dieron unas ganas cabronas de aventarte y cogerte tal cual.
Dana soltó un ronroneo de gusto, arqueó el cuello pa’ que le mordiera y le movió el culo pa’ atrás, contra él. El olor a sudor fresco y semen viejo de la primera ronda le llenaba la nariz.
—Me late un chingo esa idea.
Randy le chupó y mordió el cuello, le picó los lóbulos de las orejas. Dana se le erizó todo el cuerpo, como siempre con él. Los pezones se le pararon duros bajo la playera, la panocha se le empapó más. Todavía traía la leche de la cogida anterior adentro, tibia y resbalosa.
—Ay, carnal, Randy, susurró, volteando la cabeza pa’ que le comiera la boca.
Él se la dio, besándola con todo, lengua metida a fondo, dientes raspándole los labios. Dana se agarró de las sábanas revueltas, queriendo jalarlo pa’ pegarlo más, pero en esa posición no podía. Este sexo tan urgente le gustaba de a madre. Randy no paraba con los besos rudos, destrozándole la boca y la lengua. Metió una mano por la manga ancha de la playera y le amasó un pecho, jugándole al pezón tieso, mandándole chispazos por todo el cuerpo. Dana gimió adentro de su boca, meneando las caderas, deseándolo con todo. Él seguía besándola agresivo, bajando a ratos al cuello y orejas, sabiendo exacto qué la ponía caliente. La verga le palpitaba dura, resbalando entre sus nalgas. Sacó la mano de la playera pa’ meterla entre los cuerpos, con las yemas rozándole los labios de la panocha, hinchados y mojados.
Dana estaba empapada, ansiosa por su roce, queriéndolo ya adentro. Abrió más las piernas, giró las caderas pa’ darle mejor entrada.
—Cógeme, susurró ronca—. Métemela, Randy.
Las yemas se deslizaron por los labios jugosos, recogiendo el flujo y esparciéndolo. Dana jadeó al sentirlo, y ahogó un grito cuando los dedos se le clavaron. Él se la metió y sacó varias veces, sacándole sensaciones ricas que la hicieron gemir a todo lo que daba… y ruiditos chapoteantes que la ponían roja pero la excitaban más.
Randy sacó los dedos. Dana gruñó molesta, no del todo un gemido, y empujó las caderas pa’ arriba. Sintió la verga resbalar entre sus nalgas, los dedos guiándola a la entrada mientras él la acomodaba. La punta gorda separó su carne, luego el tronco grueso que ya conocía tan bien y tanto anhelaba. Un segundo después, la tenía enterrada hasta el fondo, con las manos apretándole los hombros, la boca clavada en el cuello entre su pelo revuelto.
—¡Aaaah, qué rico, pinche verga! —explotó él—. ¡Sí, así de chingón!
—Está de puta madre, respondió Dana, sintiéndose llena hasta reventar.
La estiraba al límite, esa sensación única de Randy. Había probado vergas más largas, pero ninguna tan verguda. Nadie la había cogido tantas veces como él, ni le había sacado tantos venidos.
Randy la culeó recio, caderas como pistones, manos clavadas en los hombros, su peso aplastándole el torso, el aliento jadeante en la oreja sudada. Parecía desesperado. Dana lo entendía perfecto. Ella andaba igual, tendida sin fuerzas debajo, ojos cerrados pa’ gozar cada embestida feroz de esa verga gruesa. Cada golpe le subía el calor. El amor lento de antes ya era historia. Ahora la culeaba como poseído, buscando un clímax rápido y brutal. Esa intensidad la contagió. Se quedó quieta bajo él, jadeando con cada choque de su cuerpo, feliz de que hiciera lo que se le antojara. ¿Pa’ qué no, si cada metida le avivaba el fuego? No sabía qué le picaba, pero el resultado era oro puro.
El placer trepó a un pico que duró una eternidad antes de que gritara y se viniera fuerte, mientras Randy se hundía hasta el tope una última vez, se ponía tieso, la verga latiendo y chorreado leche adentro, boca pegada a su mejilla, jadeando ronco, uñas hundiéndosele en la piel casi hasta doler. Dana se sacudió toda, gritando mientras el orgasmo la partía en dos, con el sudor frío secándose en la espalda.
Randy se volteó de lado, quitándole el peso. Ella se giró hacia él, se enredó en sus brazos, gozando la piel caliente pegada, los roces casuales de piernas y manos. Se quedaron así, en un silencio chido, dándose besos cortos y suaves.
—¿Qué te picó con eso? —preguntó Dana al rato.
Randy sonrió y le besó la nariz.
—Ya te dije: te vi en esa playera y me prendí cañón.
—¿Netas?
Asintió.
—Yo jugando, tú sentada leyendo, y… —buscó las palabras—. Hacemos esto un chorro, ¿sabes?
Dana asintió. Lo sabía de sobra. Pasaban un buen de tiempo en su cuarto. Varias noches a la semana, ya sea después de cenar en el comedor o trayendo tacos de la taquería de la esquina, con salsa picosa y cebolla crujiente. A veces uno o los dos estudiaban, otras ella jugaba en su laptop o leía mientras Randy se echaba sus partidas en línea con los cuates.
—Me late, dijo él, mirándola con sonrisa suave—. Me gusta tenerte cerquita.
Luego se puso un poco nervioso, como si hubiera soltado demasiado.
—Y no nomás porque seas una chingona en la cama.
—A mí también me late, dijo Dana, sintiéndose igual de expuesta.
Era la neta. Le caía bien pasar tiempo con Randy. Sonaba raro. No compartían libros ni pelis. A ella los deportes le valían madre, a él los juegos de rol. Cuando veían tele, uno de los dos andaba con el cel en la mano. Pero Dana se sentía a gusto con él. Y al parecer, viceversa.
—Bueno, siguió Randy—, te estuve viendo mientras jugaba, y te veías de poca madre.
Le tapó un pecho con la mano, la piel tibia bajo los dedos.
—Se te traslucía la forma de las tetas por la tela, tu silueta. Y se te asomaba un cachito el vello de la panocha entre las piernas.
—Pero me has visto en pelotas un millón de veces, dijo Dana—. ¿Y una playera grande te pone así?
—Lo sé, Randy se rio, se encogió de hombros—. ¿Qué te digo? Te veías tan de la verga en ese momento, ese cuerpo chido medio escondido bajo algodón delgado. De repente quise hacerte el amor con todo.
Dana metió la cara en su pecho, tapando el calor que le subía a las mejillas. Escucharlo llamarla chingona le hacía sentir que el pecho se le iba a reventar, con un nudo en la garganta que no la dejaba hablar. Sabía que había ganado músculo y curvas desde que entró a la escuela. Ya no era la flaca de la prepa, pero la mayoría del tiempo todavía se sentía así. Tener amantes no borraba los años de sentirse sola, invisible. O peor: poco atractiva.
Lo abrazó más fuerte, cara escondida, lágrimas picándole los ojos, encontrando alivio en ese apretón mutuo. Sabía que la veía rica; la había levantado la primera vez que se cruzaron, con ella entregada. Eran amantes fijos desde entonces. Pero oírlo describirla así le taladró la imagen que tenía de sí misma, haciendo que los cambios en su cuerpo se sintieran reales de golpe. Saber cómo la veía de verdad la dejó cruda, emocionalmente en carne viva.
Randy la envolvió con los brazos, le devolvió el abrazo callado, mejilla pegada a su cabeza. Si notó las respiraciones cortas al borde del llanto, no abrió la boca, solo la apretó más. Y eso la hizo quererlo todavía un poco más.
Dana se aferró hasta que la tormenta pasó. Respiración calmada, ojos secos, aflojó. Él la soltó, se separaron pa’ mirarse de frente.
—¿Ya estás bien? —preguntó Randy.
Dana sorbió por la nariz.
—Sí.
Miró la playera verde arrugada. La pellizcó con los dedos.
—Tal vez debería comprar lencería, dijo, alzando la vista—. ¿Te late?
—Creo que sí, dijo Randy, tocando la tela áspera—. ¿Algo… que uses nomás pa’ mí?
El nudo volvió, lágrimas nublándole la vista. Lo jaló pa’ cerca, asintiendo cabezona. Él la abrazó recio.
—A mí también me late, murmuró ella, voz quebrada.
—Chido, dijo Randy bajito—. Me da curiosidad ver qué escoges.
Dana se acurrucó contra él en silencio, emociones revueltas, pensamientos dando vueltas. Sentía que había pasado algo grande, pero no estaba pa’ analizarlo ahora. O no estaba lista. Ya expresaba mejor lo que sentía, pero los viejos hábitos de guardárselo todo seguían costando trabajo romperlos.
—Oye, dijo Randy después de un rato—, ¿ya tú y Zoe agarraron cuarto pa’l próximo año?
Dana tomó el cambio de tema como salvavidas, contenta de pensar en otra cosa. Al fin había caído la lotería de viviendas. Como primerizas, les daban alojamiento garantizado en el campus. Pero no alcanzaba pa’ todos, así que usaban lotería: cuarteros primero, luego terceros, segundos al final. Un buen número le daba a un segundo piso un cuarto en campus. Uno chafa te mandaba al Annex, edificios a dos millas, al cabo de una ruta de camión exclusiva. O te quedabas sin nada y buscabas depa.
Los morrillos podían inscribirse en grupo pa’ cuartos compartidos, usando el mejor número. Dana y Zoe ya habían decidido seguir juntas, contando con dobles disponibles cuando tocara a Zoe. El número de Dana era alto; el de Zoe, un poco mejor.
—Agarramos uno juntas en campus, dijo Dana, sonriendo. Se había sentido aliviada de seguir con Zoe, y más de no buscar depa.
—¡Qué padre! —dijo Randy—. ¿Dónde?
—Webster Hall. Edificio viejo, sin aire central, así que vamos a necesitar un minisplit de ventana. Y ya no hay baños semiprivados.
—Podría ser peor.
—Y en el tercer piso, agregó Dana—. Hay elevador, pero dicen que es lentísimo. Creo que subiremos escaleras un buen.
—Podría ser peor, repitió Randy riendo.
—Ah, dijo Dana, cuando le cayó el veinte—. ¿Y tú?
—Annex el próximo año.
—Lo siento, dijo Dana. No se imaginaba lo mamón de ir y venir en camión diario, o hasta en coche propio.
—Es viejo también, sin aire, dijo Randy—. Pero planta baja, eso salva.
Le hizo una cara pícara.
—Por otro lado, cuarto individual. Ya no hay que batear con roommates cuando vengas de visita.
—Suena chido. Espera, ¿individual? ¿Y Bobby?
—Él también individual en el Annex, pero otro edificio.
Randy sonrió.
—No nos moríamos por seguir de roommates como tú y Zoe. No es mala onda, pero ¿pa’ qué no agarrar individual si cae?
—Ah. Tiene sentido.
No lo había pensado. Y no lo quería. Le gustaba compartir con Zoe.
—Les va a caer bien a Bobby y Zoe, supongo.
Se callaron de nuevo, contentos de estar tirados en brazos del otro. Los pensamientos de Dana seguían revueltos. La respiración de Randy se puso lenta, profunda, hasta dormirse. Dana lo siguió sin darse cuenta, con el ventilador zumbando encima.
Las últimas tres semanas de clases se fueron volando. Dana le metió fichas a las materias, entrenó tres días a la semana en el gym con olor a goma quemada y cloro, pasó par de noches con su grupo de juegos, y la mayoría de las veladas con Randy en su cuarto o el de ella, o los viernes con James cuando Randy andaba con June.
Y se preocupaba. No por exámenes. Confiaba en su chiste pa’ estudiar y sacar buenas. En la prepa siempre jalaba bien sin esmerarse, pero nunca aprendió a estudiar de verdad. Sus primeras califs en la uni la dejaron pasmada. Las lecciones de Zoe habían sido clave. Odiaba imaginar sus notas sin eso.
No. Lo que la traía loca eran las vacaciones de verano. Muchas veces pensó en quedarse en la ciudad. Pero no era realista. Aunque hallara jale y depa, casi todo el sueldo se iría en renta y comida. Vivir en casa y trabajar con su jefazo le dejaba ahorrar casi todo pa’l próximo semestre.
Quería a su familia. Pero tres meses en su ranchito chico sonaba a puro martirio después de la uni. Días sin privacidad en casa ni en la calle. Domingos en misa con el olor a incienso y bancos duros. Entre semana en la florería de su papá, como siempre a medio tiempo en la prepa. No era pesado: atendía el mostrador, cobraba, surtía anaqueles con el polvo flotando. Pero su viejo laburaba atrás arreglando flores, siempre presente. La ponía nerviosa, sintiéndose vigilada aunque fuera paranoia suya.
Y los clientes. Todos preguntando por familia, amigos, escuela; ellos sabían todo de ella, ella a muchos ni los pelaba. Su papá era platicador y querido en el pueblo. Dana, callada y solitaria, aguantaba las preguntas con sonrisa chueca. Seguro lloverían curiosos sobre su año en la uni. A veces soñaba con soltarles todo de sus cogidas, imaginando las caras de impacto. Pura fantasía. Su vida sexual sería secreto de Estado. No quería ser el chisme del pueblo, con miradas de reproche.
Afuera de casa, el ranchito era un vidrio. Nada se quedaba callado. Tres meses sin sexo. Aunque hubiera un vato que le latiera, no se atrevería.
—Eso no es del todo cierto, ¿o sí? —soltó Zoe una noche, mientras Dana se quejaba.
—¿Qué?
Estaban en sus escritorios, laptops y libros abiertos, pero el estudio se había vuelto cotorreo con el ruido de la calle subiendo por la ventana.
—Cogiste con Mike, ¿verdad? —dijo Zoe.
Dana pensó un segundo.
—Sí, admitió.
—¿Dos veces?
—Bueno, sí. Pero estuvo bien chafa.
Zoe giró en su silla pa’ mirarla fijo.
—Estás pasando de largo el pedo. Cogiste en ese ranchito de acuario, y nadie se avivó, ¿verdad?
Dana captó el punto, pero no estaba pa’ aceptarlo.
—No que yo sepa.
¿Mike se lo habría chismeado a alguien? No creía. Él no perdía tanto como ella, pero no quería que sus jefazos supieran. ¿A sus cuates? Ojalá no. Si lo hizo, ¿lo habrían regado?
Zoe sonrió pícara.
—Entonces no es imposible echar un polvo allá, ¿no?
—No… no sé.
La sonrisa se suavizó.
—Pues es algo en qué darle vueltas, dijo Zoe, volviendo a su laptop—. No va a ser tan culero como piensas.
Dana regresó a sus libros, pero no veía ni madres. Pensamientos llenos de opciones que Zoe acababa de abrirle. Nunca se le ocurrió que perder la virginidad con Mike probaba que podía chingarse en casa sin que se enteraran. Lo había tachado de mala experiencia, sobre todo después de probar sexo chingón, y no le dio más vueltas.
Tal vez sí se podía este verano. Zoe lo hacía en su cuarto con el Está bien de sus papás. Sus hermanos mayores igual. Dana recordaba chido la visita de Navidad a casa de Zoe, compartiendo cama con ella y Bobby, sábanas calientes y pláticas hasta la madrugada. Y la de Kevin también. Claro, allá no pintaba igual. Su jefa sabía que andaba activa sexualmente. No le gustaba, pero lo aceptaba. Su viejo seguro también; se lo habría contado ella. Pero jamás la dejarían meter vatos a casa.
Haría falta buscar otros lados. Y taparlo todo de todos.
Dana resopló, ganándose una mirada rápida de Zoe. Claro, asumiendo que hallara un vato que le latiera y que le latiera ella. Los de la prepa no se le tiraron encima. Seguro acabaría desgastando sus vibradores todo el verano, con pilas caras del Oxxo.
Aun así, Zoe tenía razón. No iba a ser tan negro como temía.
Las clases terminaron el viernes primero de mayo. Los exámenes arrancaron el lunes, repartidos en semana y media. Ella pasó ese viernes en la noche con James, como de costumbre, ya que Randy andaba con June, en la cama de él con el colchón hundido en el centro.
El viernes primero de mayo, las clases terminaron de golpe, con el sol pegando en las banquetas calientes del campus.
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