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Relato erótico : Mi polvo anal en la trastienda de la zapatería

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Resumen de esta Historia:

Yo, Fito, salgo volando de la un viernes de diciembre, con prisas por la tienda de mascotas para Alli, mi güeya sin etiquetas que adoro en secreto. Bobby de ventas me frena y me manda a Plaza Middleton a checar la laptop de Manda, la dueña de la zapatería con tetas como trofeos y fetiche por pies. Entro oliendo a tacos de la fonda , finjo arreglar el pedo de la máquina en su trastienda polvorienta, y de repente sus ubres rebotan libres mientras me empuja a la silla. Me mama la verga con sorbos roncos, exige que se la meta en el culo, y la penetro duro contra el calor sudoroso hasta correrme adentro. Luego rajarme de su cita para la posada me deja con culpa, persiguiendo un pez dorado en la bahía para Alli mientras ella me pesca medio atado con botas. El conflicto me carcome: cogí como animal con una extraña, pero mi corazón late solo por Alli, sin compromisos formales que nos atan.

Aquí está tu Historia: Mi polvo anal en la trastienda de la zapatería

Aquí ando, castañeteando los dientes en el asiento del copiloto mientras rodamos por la carretera federal, con el aire caliente a reventar y lo único que me da vueltas en la cabeza es ese pinche pez de colores en mi entrepierna. El olor a humedad del Chesapeake todavía me pega en la nariz, mezclado con el plástico de la bolsita que lo trae flotando.

—¿Y cómo chingados terminaste ahí, nomás con tus botas y todo atadito? —me suelta ella.

Pura curiosidad en su tono, ni coraje ni reclamo, nada de lo que una novia corriente te aventaría si te pesca en pleno diciembre, adentro de un bote, en cueros menos las botas. Pero Alli no es novia corriente. Técnicamente ni novia es. Solo güeyas que se quieren un chingo, pero sin etiquetas.

—Técnicamente no estaba bien atado, nomás a medias. Y es un chorro de historia, le digo.

Se me cuela un poco de enojo. Ni siquiera me ha preguntado por el pez. Y era pa’ ella, me costó un huevo cazarlo.

—Ajá. ¿Y qué hacías en medio de la bahía, a medias atado y puro con botas?

—Ya te estás cagando de risa. No te lo suelto. ¿Ni del pez quieres saber?

—Pensé que ustedes dos traían lo suyo, con lo que lo traes en tu… —señala mi regazo, con una sonrisita pendeja.

—Es pa’ ti, le digo, alzándolo.

No hay madre que te deje quedar bien cuando has tenido un pez en una bolsita de plástico encima de la verga. No importa el pedo que te hayas aventado pa’ agarrarlo. Ella me clava la mirada. El ventilador del carro zumbaba bajito, revolviendo el aire tibio.

—Échame la historia completa.

Todo arrancó el viernes. Salía echando leches de la oficina. El servicio al cliente en diciembre es un desmadre total. Lo peor es enero, cuando ya les cayó su regalo navideño y te avientan puro reclamo. Las de “se me descompuso” las trago, carnal. Si tu laptop no prende, pos claro que te encabronas. Capaz y checaba que estuviera enchufada primero, pero ni modo, no eres técnico. Esas las banco. Las que me hartan son las de “es del color chueco”, “¿por qué no me jala el pinche juego?”, “esto es pura mierda”. Órale, no te cambio el color por teléfono. A veces sí es el software. Y si es mierda, no juegues y tírala, no me llames a quejarme de que huele a cloaca. La mierda es mierda; no la vuelves rosas con servicio al cliente, eso le toca a ventas, que te la vende como joya.

Iba con puras prisas pa’ la tienda de mascotas y me topo con Bobby. Bobby es de ventas. Ese cabrón te vende mierda y te hace creer que son claveles frescos, te cobra extra por las espinas y te sientes agasajado. Es chido en su jale, punto.

—Oye, Fito. ¿Me echas la mano? —me pide.

¡No mames! ¡Ya estoy en la puerta! Pasan de las cuatro y media, ya estoy libre, no gano nada diciendo sí, ¿pa’ qué chingados? ¡Nooo!

—Capaz. Iba pa’ la de mascotas…

—¡Órale! Tengo un cliente cerca del Plaza Middleton. Su laptop se cuelga cada rato y sé que no eres técnico, pero si le das unos clics, jalas cables y le dices que le cae una nueva antes de Navidad, me la pelas. Hay una de mascotas en el plaza, te queda al tiro.

—No sé, ni estoy seguro…

—¿Te dije que está bien buena la morra?

Pa’ que quede claro, Alli y yo traemos un trato. No es trato formal, más bien un acuerdo chido. Como no “salimos”, los dos podemos ver a quien se nos antoje. En la teoría pinta perfecto porque ninguno pesca a nadie más pa’ salir. En la práctica nomás andamos cazando al amor de nuestra vida, y mientras, nos cogemos y fingimos que no somos novios. Funciona, ¿no?

—Va. Pero nomás clics y le digo que le cae la nueva.

—Antes de Navidad, insiste.

—Antes de Navidad, repito, aguantándome las ganas de voltear los ojos.

La Plaza Middleton no es mall de esos grandes. Es un tiro de centros comerciales, un poquito más choncho. Como plaza de burdel light, no pa’ llevar a la , pero tampoco puro striptease.

La clienta, Manda, tenía una tienda de zapatos ahí. Pensé: entro, le doy clics, le echo un ojo a las chichotas sin que cache, y de volada pa’ la de mascotas por algo chingón pa’ Alli, pa’ llegar y ponerle listón en la cena. Caminé por la plaza, el piso de losas calientes bajo las botas, oliendo a tacos de la fonda de al lado.

De chinga veo a Manda. Era pera al revés: tetas enormes, cintura chiquita. Imagínate a una Dolly Parton con el pelo más platinado y cadera más angosta. Lo segundo que noté después de las ubres fue que estaba sentada probándose zapatos ella misma. Capaz no era la clienta.

Entro a la tienda.

—Ey, guapo. Ya voy contigo, nomás que termine con el señor Galán aquí, me dice, moviendo los deditos con las medias pa’l vato.

Me quedo viendo cómo le hace la vida cuadritos al pobre carnal, mandándolo por zapato tras zapato pa’ probárselos. Era chistoso, y su escote generoso no estaba nada gacho. Termina de joderlo, el vato le compra dos pares de piel pa’ vestir, y se acerca al mostrador con pasitos de tacón que retumban.

—Técnica de ventas curiosa, le suelto cuando llega.

Se ríe a carcajadas.

—A los vatos les late y a mí también. Tengo un fetiche con los pies, lo confieso. Y tener estas no me hace daño, se agarra las chichotas y las sacude pa’ los lados—. Me mantiene en el negocio. Pero esta laptop de la chingada no ayuda en nada. Bobby dijo que venías a checarla.

—No soy técnico, pero le echo ojo. Bobby dice que te cae una nueva pa’ Navidad.

—Pura pendejada, no me sirve. La temporada gorda es antes de Navidad.

Me lleva a su cuartito del fondo, con la laptop humeando. El aire olía a polvo de zapatos y perfume barato.

—¿Qué pedo le pasa? —pregunto.

—Se apaga sola. Estoy en medio de un pedo y ¡pum!, se va. Me tiene hasta la madre.

—Hmm… Capaz es hardware, cable suelto o se calienta de más; a lo mejor se arregla fácil. Déjame abrirla.

—Cariño, a un buen de vatos les gustaría eso, pero por uno lindo como tú, pospásale, me guiña.

Me descoloca. Luego caigo que la estaba viendo en las tetas cuando lo dije. Me pongo rojo como tomate y ella se caga de risa.

—Dale, guapo. Tú eres el de las laptops. Yo voy al frente. Ya casi cerramos.

—¿Cerramos? —checo el reloj—. No mames, no es tan tarde.

—Las tiendas de aquí no se quedan hasta el último. Después de las seis no hay ni madres. No te preocupes, no te voy a encerrar.

—No es eso. Quería llegar a la de mascotas antes de que cerrara, digo.

—Ah. Mejor regresa mañana. No querrás apurarte en algo importante.

Puta madre. Tenía razón. Quería que fuera algo especial pa’ Alli, pa’ que sonriera cada vez que me recordara. Éramos más que cuates, cuates con derechos plenos, los mejores.

Bueno. Al menos le arreglo la laptop. Ganaría puntos con Bobby, con el jale, y Manda Tetazas se pondría tan contenta que me daría un abrazote. Ajá, claro.

Abro la laptop. Caigo en dos pedos: no sé un carajo de hardware nomás viéndolo, y no traigo refacciones aunque supiera. La cierro, la prendo. Jala. Me volteo y ahí está Manda, agachada recogiendo cajas. Su culo, que le faltaba pa’ igualar las tetas, estaba empacadito y se veía de lujo. Me pesca mirándolo y sonríe de oreja a oreja, el sonido de las cajas raspando el piso.

—Eeeh, no, nada aún. La abrí y chequé adentro.

—¿Cómo se veía cuando la abriste? —pregunta, abriendo un poco las piernas.

—Eeeh, chida. No vi nada raro, pero pintaba bien. Ahora checo el sistema, el arranque. No la de abrir… —me enredo todo.

Su sonrisa crece. Se endereza y se pira. Sacudo la cabeza, vuelvo a la laptop. Jala bien, como era de esperarse. Le doy clics, finjo que sé, corro escaneo de virus y checo herramientas. Siento su calor atrás, se recarga en mí, su piel tibia contra mi espalda.

—¿Todavía nada, eh?

—No. Vas a esperar la nueva.

—¿Y esto qué? —se inclina pa’ señalar el ícono del antivirus.

Me volteo directo a su escote. Dejo de fingir, nomás miro. Ese valle de carne apretada en bra, subiendo y bajando con su respiro. Capaz babeé.

—Se ven aún mejor sueltas.

La miro fijo. Algo en mis ojos la convence: se quita la blusa de un jalón, cierra la puerta. Me paro, me empuja a la silla.

—Quítamelos, pone el pie en el asiento, entre mis piernas.

Traía tacón de tiras. Me tardé en quitárselo, la correa áspera en los dedos.

—Y el otro.

Este sale rápido. Le doy masaje. No soy de pies, pero los tenía chidos, suaves, sin olor a sudor.

—¿También te laten mis pies, lapto-man? ¿O nomás quieres llegar aquí? —se desabrocha el bra, las tetas rebotan libres.

Las agarro, una por mano. Como trofeos calientes, su peso llenándome las palmas. Acerco la boca, lamo pezones hasta que se paran duros, chupo hondo. Sus manos en mi pelo, gemidos roncos: le late, son su punto débil. Planeaba darles guerra toda la noche.

Pero no. Me empuja, se arrodilla, me baja los pantalones. Quedan en charco a mis pies mientras me mama la verga. Una mano en mis huevos, la otra pajeándome al ritmo de su boca, sorbiendo fuerte. La chupada era de otro mundo, ya quería echarle leche en la garganta. Me la niega. Se para, se sube el vestido.

—¡Cógeme ya!

El cerebro de vato no es el más vivo con la verga tiesa; menos en plena cogida. Normal no me lo dice dos veces, pero…

—¡Ya, méteme esa verga gruesa en el culo!

Me paro, la penetro de un golpe. Agarro caderas, entierro todo. Su aliento sale siseando, empuja pa’ atrás pidiendo más. Muevo caderas, choque de cuerpos chapoteando sudor, gemidos mezclados. Polvo rápido, pa’ puro gozo. O eso creí.

Le corro adentro, le froto el clítoris pa’ que se venga ella también. Quedo en la silla, en calzones, gozando el bajón con una casi extraña, el aire espeso con olor a sexo y polvo.

—¿Entonces nos vemos aquí antes de la fiesta?

—¿Qué?

—La posada de la empresa. Necesito cita. Pintas buen vato. Y ya nos cogimos.

—No puedo.

¿Hay forma fina de rajarte de una cita? “Tengo novia” no jala, aunque no sea exacto; mi corazón estaba con Alli. Lo que me hace quedar peor. “No te quiero pa’ salir”? Sí pa’ cogerte, no pa’ público. Nunca se lo sueltes a una morra. “No eres tú, soy yo”. ¿Jalaba?

—No eres tú, nomás no estoy disponible.

Se cruza de brazos bajo las tetas. Pintaba feo, aunque las hacía ver brutales.

—¿Un raincheck?

¡Sí! Pospón y ojalá no llegue. Genial.

—Ni madres. No quiero salir, quiero cita pa’ la posada.

¿Qué? ¿No pa’ salir pero sí pa’ cojerme en tu oficina? Pinche loca.

—No soy de esos, lo siento, me paro—. Te cae la laptop nueva, suerte con la cita. Me largo. Mierda, la plaza ya cerró.

Me sigue a la tienda, luces apagadas, rejas abajo.

—Síp. Sal por atrás.

Salgo al estacionamiento a las escondidas. Juraría que oí la puerta azotarse. No fue, pero se sintió. Me da un poco de culpa no ir con ella. El pedo del cabezote: solo piensa en meter. Pero si voy a una posada aburrida con desconocidos, que sea con Alli. Sé que gozo su compañía, y aunque no me coja, la llevo a casa feliz.

Me despierto a las nueve el sábado. Me late dormir hasta tarde. Me quedo tirado, vuelvo a roncar. A las diez, baño, desayuno; rutina normal. Hoy agarro la mascota perfecta pa’ Alli. Sabía: un perrito. A todas les laten. Lindos, abrazables, lamedores. Justo como quería que me viera. Gatitos plan B. Cena esa noche, momento chido pa’ dárselo. Nuestra cena de “feliz casi aniversario”, sin hacerla gorda porque no somos oficiales. Perrito no es gordo. Compromiso medio, no anillo. Joyería sí era heavy; dulces y flores light. Mascota en medio.

Me siento en la laptop pa’ mail y salgo. Dos horas después, pasa la una. Sin bronca. Tortas rápidas, salto a mascotas, tele pa’l juego. Llego a su casa a las seis. Nunca digas que sales; la gente se ofende.

Me suena el cel tres veces en la torta. Mi jefa, justo. Me recuerda que hace un año Alli y yo tuvimos “nuestra primera cita”. No es exacto, pero eso le dije. Es fan de fechas, le cae bien Ally. No le sueltas que Alli escogió el día porque ahí sentimos más que cogidas casuales, sin exclusividad porque chupamos en noviazgos, no estamos listos, y si es lo nuestro, pasa solo, como en pelis aunque odiemos Hollywood. Muy largo pa’ teléfono, traería preguntas que nos harían sonrojar.

Torta lista pa’l previo del juego. En medio tiempo ya sé la tienda: no vuelvo a Plaza Middleton. Deep Valley Mall está cerca de mi casa, con súper mascotas y perritos chidos. Entro post-juego, agarro y pa’ casa de Alli temprano. Ojalá Cal State se ponga vergas y meta goles.

¡Victoria en extra pa’ Cal State! ¡Chido! Pero pasadas las cinco. No llego a mascotas. ¡La chingada! Se me olvidó que sin perrito no traigo nada. No llego con las manos pelonas. Imagino: Hola, amor. ¿Hoy? Sí, especial… no tanto… eeeh… ¿neta? Ok… ¿qué le digo a la jefa? Tenía que mover el culo. Sacó, gorro, llaves, carro.

Lo chido de diciembre: todo tiene regalos. Lo chafa: navideños. Necesitaba San Valentín, flores. Paro en el Oxxo grande, ramo y pa’ casa de Alli. La banqueta ardía bajo el sol de la tarde.

Seis en punto, toco con flores. Alli es morena de campeonato. Sesgada, sí. 1.73, atlética sin ser maroma, curvas firmes. Pelo negro rizado a hombros, labios jugosos pa’ besar. No de silicona, sinceros, de los que besas a tu jefa o te maman la verga hasta el fondo.

Abre con esa sonrisa que me saca la pendeja. Parezco morro con química nueva cuando los cuates juegan fut y videojuegos. Fui ese morro; quería la química, pero la sonrisa media falsa en fotos quería el zap-’em. No ayuda.

—Pasa, agarra flores, va a cocina.

Le miro el culo. Firme, rebotón. La sonrisa cavernícola: quiero, agarro, cojo.

—Deja de pelar mi culo y pon la mesa, dice Alli.

Sabía que me latía. Pongo mesa, me siento, la veo en cocina, el vapor de la comida subiendo caliente.

—¿Qué tal las flores?

—Chidas. ¿Del Oxxo?

¡Caca! Debí traer el perrito. Pendejo.

—Sí.

—Tienen buena variedad. He visto unas bien padre ahí.

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