Resumen de esta Historia:
Entré al Teatro Imperial, ese cascarón de los cincuenta con ladrillo fresco y asientos vacíos, respondiendo un anuncio del periódico. Me llamo Coby McConnell, mesera de mariscos soñando con actuar, y ahí encontré a Silas Crowe, el director británico, con su asistente Natalia Pérez y, de sorpresa, a Dawn Evans, la estrella de teatro que llena taquillas. Audicioné como Erin Jaimeson, la segunda prota en “La Rosa que Mintió”, clavando una escena de ruptura que les gustó. Diez días después, Silas me llamó para ensayos intensos, dejé mi jale y me sumergí en el guion. Dawn interpretaba a Heather Haslam, mi rival en escena, y entre besos ensayados en el escenario de madera rayada, con olor a pintura vieja y humedad, surgió un calor real que borró líneas entre ficción y deseo. El conflicto me carcomía: ¿profesionalismo o antojo puro por esa presencia que me erizaba la piel?
Aquí está tu Historia: Ensayo que termina en cogida con la actriz famosa
Coby entró al Teatro Imperial. Lo armaron en los cincuenta pa’ funciones locales chiquitas, conciertos y shows de comedia. La madera vieja ya la habían cambiado por ladrillo y concreto. Los asientos estaban solos, nomás en la quinta fila se veían dos personas. Ella contestó un anuncio en el periódico, pero no se imaginaba tanta bola en un pueblo tan chico. Avanzó por el pasillo central hacia el escenario cuando una morra a su derecha le clavó la voz. —¿Cómo te llamas? —Eeeh, Coby McConnell, dijo ella, toda tímida. La tipa apuntó su nombre en una libretota y Coby vio la lista larguísima que ya traía. Estaba bien buena, con pelo rojo largo y ondulado, ojos verdes que brillaban como focos. Vestía pantalón negro de traje con blusa verde prieta que no tapaba sus chichotas firmes. Le pasó un formulario con lo básico: nombre, dirección, teléfono y esas madres. También un guion de cinco hojitas; Coby juraba que era pedacito de algo más grande. Se juntó con el resto de los actores en el escenario de madera rayada, con cortinas rojas llenas de polvo a los lados. El olor a madera húmeda y pintura vieja le pegó en la nariz de golpe. Coby no era actriz de renombre; había salido en dos comerciales que nadie recordaba y un anuncio en papel. Iba a pruebas, pero el jale escaseaba y las llamadas de vuelta, ni madres. Pa’ comer, trabajaba de mesera full time en un restaurante de mariscos tipo Red Lobster. Le caía chido que el teatro estuviera a dos pasos de su depa. Medía como metro sesenta, pelo café largo hasta la media espalda, ojos cafés que volteaban cabezas en la calle. Siempre soñaba con que un cazatalentos entrara al restaurante, la viera sirviendo chelas frías y la fichara pa’ lo grande. —Órale, todos, gritó el director—. Soy Silas Crowe, el mero mero, y esta es mi asistente, Natalia Pérez. Tenemos un chorro que checar, así que arranquen con unas líneas. No importa si es rol de hombre o mujer, nomás muéstrennos cómo leen y cómo mueven el culo. Natalia empezó a llamar de su libreta, y los demás se sentaron en las sillas rojas acolchadas regadas por el teatro, pa’ ver y quizás agarrar tips. Coby se clavó en su guion. No traía nervios de más, más bien emoción pura. Desde morra amaba actuar y soñaba con pegarla en grande. Se imaginaba en la tele, un tráiler de peli con voz en off diciendo “protagonizada por Coby McConnell” o “Coby McConnell en…”. Quería ver su foto en carteles de la banqueta caliente frente a los cines y en paradas de camión. Si este teatro era su chance, pues ni modo, a darle. —Lo siento, llego tarde, ya sé, ya sé, soltó una voz mientras una figura bajaba por el pasillo, con el eco rebotando en las paredes vacías. Cuando se vio clarita, todos jadearon y empezaron a murmurar como locos. A Coby se le cayó la quijada al piso al reconocerla: Dawn Evans, la mejor actriz de teatro que ha parido la tierra. Aunque no supieras ni madres de teatro, la conocías de oídas. Su pelo rubio sucio y rizado le caía a los hombros; no era alta, como metro cincuenta y nueve, pero traía una presencia que llenaba el lugar. Su cara estaba en todos los carteles y anuncios de producciones grandes. Los que andaban en teatro la querían en sus obras; con ella, era taquilla segura. No nomás era guapísima, sino que lo hacía todo: actuar, cantar, dirigir. Se sentó con Silas y Natalia en la quinta fila, platicando bajito y revisando papeles que Coby supuso eran el guion completo. Seguro andaba echando la mano pa’ dirigir. Coby siguió repasando, echando ojo de vez en cuando a las audiciones en el escenario. Mientras leía una y otra vez, se imaginaba pasos y gestos pa’ clavar el rol, el que fuera. Vio a varios que nomás leían como robots, sin meterle acting de verdad. Al fin llamaron su nombre. Saltó de la silla toda emocionada, subió al escenario con sonrisa de oreja a oreja. Sabía que sonreír le subía puntos, y vaya que traía una sonrisa que iluminaba el foco polvoriento. La pusieron con un cuate llamado Daniel, y la escena era que su personaje lo mandaba a volar. Daniel subió donde Coby ya esperaba, nerviosilla pero metida en el personaje, con el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. —¿Me llamaste, mi amor? —arrancó Daniel. —Sí, Carson, tenemos que platicar. Leyeron como cinco minutos y llegó el cierre de la escena. —Se acabó, Carson, dijo Coby con voz que temblaba de a de veras, hundida al cien en el mood. —¿De veras, mi reina? —siguió Daniel—. ¿Esto se supone que me espante? Volverás, siempre lo haces. ¿Qué onda? ¿La quinta vez que me sales con “se acabó”? —No, esta vez sí. Hay otro, ya me largué. Luego salía por la derecha y caminó fuera del escenario, sintiendo la madera áspera bajo las suelas. —Volverás conmigo, Erin. Un día serás mi esposa, bramó Daniel, con voz que retumbó en el teatro vacío. Coby bajó convencida de que la había armado bien y vio que Dawn, Silas y Natalia cuchicheaban después. El sudor frío en su nuca se secó de puro alivio. —Gracias, llamó Silas con su acento británico bien marcado—. Siguiente. —Carolina Aguirre y Tim Carreño, dijo Natalia. Coby bajó volando del escenario, le dio el guion a Natalia y se fue por el pasillo hasta la salida con sonrisa de triunfo. Pensó que lo había bordado, pero tenía que ir a chambear y esperar la llamada. En el turno anduvo eufórica, sonriendo a todos, sirviendo platos de camarones con el ventilador zumbando arriba. Les contó a sus compas del restaurante sobre la audición y que vio a Dawn Evans en vivo. Pasaron diez días en blanco. Empezó a rayarse de que no la habían elegido. Entonces sonó su cel, contestó tragándose la emoción. —Hola. —¿Coby McConnell? —Aquí estoy, dijo, con el pulso acelerado. —Coby, Silas Crowe al habla. La voz grave y ronca del tipo le llenó el oído como trueno lejano. —Me preguntaba si sigues en la jugada pa’ “La Rosa que Mintió”. —¡Sí! —casi chilló, se calmó con un respiro—. Sí, claro que sí. —Órale, ensayos en tres semanas. Te mando el guion completo por mail. Te cae Erin Jaimeson, segunda prota. Calendario prieto, tienes que clavar el texto rápido. Ensayaremos todo el día. No puedes andar con otro jale. ¿Sigue en pie? Coby pausó, con el corazón repicando como tamborazo en los oídos, el teléfono sudado en la mano. Era un riesgo cabrón, pero ya la habían elegido. —Sí, claro que sí. —Perfecto, nueve de la mañana, tres semanas exactas. —Mil gracias. Colgó y se puso a bailar por su depa chiquito, con el piso de linóleo crujiendo bajo sus pies. Esa noche en el trabajo, le dio dos semanas de aviso a su jefe de que se lanzaba. No le cayó en gracia; era buena mesera, pero al ver su alegría, le deseó suerte y le pidió boletos, que ella prometió sin chistar. Los días se fueron volando entre chamba, estudio, práctica y más estudio; andaba con los pies ligeros como si flotara. La noche antes de ensayos durmió como tronco y amaneció fresca, con el guion en la cabeza. Algo la picaba: una escena de beso con otra morra. No le jodía, pero le re picaba la curiosidad de quién sería la otra; si estaba buena, más fácil; si parecía camionera de quinta, pues ni modo. Al final decidió que haría lo que tocara; era actriz, carajo. Llegó al teatro con ansias y emoción revueltas. Entró; Silas y Natalia platicaban en la quinta fila, pasándose papeles, pero Dawn ni sus luces. Se unió rápido al grupo en el escenario. Justo entonces Dawn salió del lado derecho y se le acercó directo a Coby, con la mano extendida. El aire traía olor a café recién hecho del backstage. —Dawn Evans, un gusto. Yo soy Heather Haslam, tu rival en la obra. —¿Sabes quién soy? —preguntó Coby, dándole la mano. —Óbvio, vi tu audición y le dije a Silas que te quería de Erin. Tu nombre es Coby… Coby… Coby… —McConnell, completó ella. —Exacto, McConnell. Coby sintió un calientazo que se le esparció por todo el cuerpo, algo que no le pasaba en un buen. Al chocar palmas, un chispazo le subió por el brazo como corriente. Los ojos de Dawn eran cafés oscuros, profundos. Sus labios se curvaron en sonrisa, mostrando dientes blanquísimos, perfectos. El perfume de Dawn, jazmín mezclado con sándalo, le pegó en la nariz y le robó el aliento. Sus manos se quedaron pegadas un segundo de más. Coby notó el arco fino de sus cejas, cómo enmarcaban los ojos, la curva de los pómulos, los labios carnosos. Tragó saliva con la garganta seca, los dedos cosquillosos. El día siguió con Silas y Natalia llamando escenas al azar. Coby hizo varias de apoyo, sudando bajo las luces calientes. —Órale, escena dieciséis, Heather y Erin. No quiero ver el beso, nomás acérquense, déjenme verlas juntitas, ordenó Silas. Coby y Dawn corrieron la escena y pararon en el beso, con labios a centímetros, el calor entre la estrella y la novata subiendo como vapor. Dawn, con tacones de tres pulgadas, le sacaba un centímetro a Coby cara a cara. Puso la mano en su mejilla y se acercó más, luego cortó. Vio algo chueco; ajustó la postura de Coby, con la mano en la lumbar pa’ enderezarla, el pecho saliéndose solo, y con el dedo le levantó la barbilla. Coby quiso respirar normal, no temblar, pero el toque le mandó ondas por la espalda, con piel erizada. —Corte, bien, gritó Silas, rompiendo el trance—. Todos al backstage, mídanse pa’ los trajes con la costurera y mañana temprano. Las siguientes tres semanas se esfumaron pa’ Coby; andaba feliz, gozando el jale. Ensayar ocho horas diarias, a veces más, era pesado como llevar costal de piedras, pero valdría la pena. Hoy era el primer ensayo con vestuario completo y la primera cogida de labios de verdad con Dawn. El estreno a una semana. Coby amaba los trajes; la costurera los había cosido que se sentían suaves contra la piel, como seda barata pero chida. Llegó la hora bajo el foco más brillante, que zumbaba como mosca gorda. Coby se acercó a Dawn en el escenario. Sus cuerpos casi se pegaban; habían repasado esa escena mil veces, pero esta noche pintaba diferente, con electricidad en el aire espeso. Coby ya no podía ignorar el antojo que bullía bajo lo profesional. Con su última línea y un respiro hondo, se inclinó, cerró los ojos y pegó los labios a los de Dawn. Eran suaves, mullidos; el roce le mandó un jolte de deseo por todo el cuerpo. Dawn contestó al tiro; sus brazos rodearon la cintura de Coby, jalándola cerca, y el beso se volvió profundo, con hambre. La cabeza de Coby era un desmadre de sensaciones. El sabor dulce del brillo labial de las dos, la piel tersa de Dawn, el calor de su cuerpo pegado al suyo, con el corazón latiéndole en los pechos. El beso se estiró, pero Silas lo cortó. —Maravilloso, impresionante, de a madre. Su voz ronca lo decía en serio. El trance se rompió. Dawn, pro como siempre, sabía que el beso iba más allá del guion. Miró a Silas aplaudiendo como loco y a Natalia jugando con su pelo rojo, con cara de calentura pura. Dawn quiso sacarse el beso de la cabeza el resto del día, pero ni madres. Era lesbiana tapada; había besado un chingo de vatos en escenario, pero como no le jalaban, no le movían nada. Esta era la primera vez con una morra en escena. Hizo lo posible por verse pro; su cuerpo pedía otro round, pero tenía que fingir experiencia. El ensayo terminó y todos se quitaban los trajes, volviendo a su ropa de calle, saliendo de a uno con el olor a sudor y tela fresca en el aire. De camino a casa, Coby se dio cuenta de que dejó su bolso en el backstage. Regresó corriendo; por suerte, el teatro seguía abierto, con la banqueta aún caliente del sol. Entró al auditorio oscuro y el foco del escenario la paró en seco. En la mesa de utilería, Natalia yacía de espaldas, blusa abierta, chichotas pesadas en bra negro transparente, subiendo y bajando con cada respiro. Entrecerrando los ojos, Coby vio a alguien encorvado sobre la mesa, con la cabeza entre las piernas de Natalia. Era Dawn, lamiéndole la panocha con ganas. —Uuunnnggg, gimió Natalia, el sonido rebotando en el teatro vacío, apenas más fuerte que el chapoteo húmedo de la lengua de Dawn en su raja. Coby se escabulló por atrás, en las sombras. Tuvo suerte de traer tenis que no rechinaban. Llegó al backstage sin que la cacharan, agarró su bolso y salió por la puerta trasera. Caminando a casa, no paraba de repasar la escena, con el pulso acelerado y la piel erizada. Mil preguntas le reventaban la cabeza. ¿Cuánto tiempo andaban en eso? ¿Era de una sola? ¿Dawn se cogía a todas? ¿Y Natalia, también le entraba a las morras? Sin respuestas. Luego recordó la suavidad de los labios de Dawn y se imaginó esa boca en su propia panocha; el solo pensamiento le prendió chispas bajito, con humedad creciendo en las calzones. Corrió a su depa pa’ calmar el hambre, con las nalgas apretadas. Al día siguiente, Coby se preguntaba si repetirían lo que vio. Dawn se le acercó sonriente, con el pelo revuelto. —Coby, ¿te late ir a mi hotel esta noche a repasar líneas, pa’ pulir nuestras escenas al mil? —Sí, claro, estaba que no cabía de emoción. Repasar en privado con la reina del teatro. —Chido. Hotel Gran Legado, cuarto 614. ¿Siete en punto? —Ahí estaré, dijo feliz, con mariposas en el estómago. De vuelta del ensayo, Coby se metió a la regadera, se puso bra y calzones negros, jeans azul gastados y playera negra sencilla. Paró a cenar tacos en un puesto de su calle, con el olor a cebolla asada pegado en la ropa, antes de tomar taxi al hotel. Subió a la 614 y tocó nerviosa, con el pasillo alfombrado amortiguando sus pasos. Dawn abrió en bata rosa transparente de tres cuartos, con ribete de piel falsa mullida, en pelotas debajo. —¡Coby! —canturreó—. Entra. Coby pasó y cerró. La recámara andaba en luz tenue, nomás las lámparas de nochecita junto a la cama king size. Dawn se sentaba en el edredón en posición de indio, relajada, con las hojas del guion abiertas en la cama revuelta. Coby se quedó cerca de la puerta, apretando su copia del guion, el aire fresco del ventilador del techo rozándole la piel. —No te veas tan nerviosa, mi reina, dijo Dawn con sonrisa caliente—. Son puras líneas. Sin escenario, sin público. Nomás tú y yo. Coby soltó risa nerviosa. —Sí, pero eres Dawn Evans. Te vi en carteles desde morra. —Hoy soy tu compa de escena. Siéntate, palmeó el lado de la cama junto a ella, con las sábanas frías al tacto. Coby cruzó la habitación y se sentó en el borde, tiesa como palo. Dawn abrió una página. —Página sesenta y ocho. Aquí nuestras personajes bajan la guardia. Como nosotras ahorita, ¿no? Coby jadeó bajito y levantó la vista. Encontró los ojos de Dawn, intensos pero suaves, y asintió lento. —Órale, probemos, dijo Coby, queriendo sonar pro. Siguieron leyendo y la pasaron chido. Coby se soltó con el tiempo, riendo en las pausas. Luego llegó el beso. Dawn tomó el guion de Coby y lo aventó a un lado. —Espera, qué… —Shhh, la calló Dawn—. El beso tiene que verse real, no necesita texto. Dawn se inclinó y sus bocas chocaron en el beso del guion. Pero se sintió de a madre real pa’ las dos. El calor subió despacio, como fuego lento en estufa de gas. Cada repetición más prendida, cada roce más largo. Las páginas cayeron al piso, olvidadas. Dawn metió la mano, dedos rozando la mejilla de Coby. Al besarse, Coby probó el brillo de cereza dulce de Dawn, pegajoso en la lengua. Nomás la tela separaba el deseo del toque piel con piel. Dawn cortó el beso y se montó a horcajadas sobre Coby, dejando que la bata se resbalara por su espalda, mostrando su cuerpo desnudo, curvas firmes bajo la luz amarilla. Las chichotas de Dawn, llenas y pesadas, cayeron en las manos de Coby, que rozó los pezones duros con los pulgares, haciendo jadear a la mayor. La verga de Coby ya no, su panocha palpitaba obvia. Dawn levantó la playera de Coby hasta el bra. La miró con hambre y apretó sus chichis a través de la tela. Le quitó la playera del todo, desabrochó el bra y se lo sacó, dejando sus senos al aire frente a Dawn, con pezones tiesos por el aire fresco. Con sonrisa pícara, Dawn desabrochó jeans y calzones de un jalón, los aventó al piso alfombrado. Se lamió los labios al ver la tira recortada de vello café sobre la panocha invitadora de Coby, labios hinchados y húmedos. Sus dedos trazaron curvas de los senos de Coby, uñas rodeando la areola hasta que el pezón se paró pidiendo verga. La cama se volvió mar de sábanas blancas arrugadas, crujiendo con cada movimiento, prometiendo cogida caliente. Dawn y Coby se acostaron juntitas. Manos ajenas recorrieron cuerpos, explorando curvas suaves y calientes. La mano de Dawn se coló entre los muslos de Coby, hallando el calor resbaloso, la panocha chorreando jugos. Su toque arrancó ligero, tentativo, pero se volvió cabrón audaz con cada jadeo de los labios abiertos de Coby. La recámara se calentó, el aire espeso con olor a panocha excitada, sudor y perfume mezclado, alimentando la calentura. —Sabía que querías esto; por eso estás aquí, ¿verdad? —le dijo Dawn a Coby, con voz ronca. —Yo… solo… quería… practicar… líneas, tartamudeó Coby, sabiendo que era pura pendejada. —Estamos practicando, rió Dawn bajito—. Nomás expandiendo la escena del beso, mi amor. —Ay, Dios… —fue lo único que salió cuando la boca de Dawn cubrió la suya otra vez. Lenguas se enredaron, chupándose con hambre. —mmm, gimió Coby en la boca de Dawn, su cuerpo entregado, borrando la raya entre pro y cogida personal. Dawn empezó a bajar por el cuerpo de Coby. Su pelo, suave como seda, cosquilleó los pezones mientras la lengua lamía el estómago tonificado, dejando saliva tibia. Llegó al premio, la panocha apretada, cálida y empapada de Coby. Dawn sopló aire fresco sobre la raja abierta. —Ahhhhhh, coó Coby, retorciéndose, las sábanas frías pegándose a su espalda sudada. Dawn se inclinó, separó los labios con índice y medio, y metió la lengua hondo en la humedad, lamiendo las paredes internas, probando el sabor salado y dulce de la panocha. Coby ya no pensó en ensayo; se entregó a Dawn por completo. Sus dedos se enredaron en el pelo de Dawn, jalando suave.
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