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Relato erótico : Cuidando niños con mi carnala para un trío

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Resumen de esta Historia:

Llego a la casa de Víctor y Jennifer en la colonia calurosa de Monterrey, sudando del camión, para cubrir su salida del miércoles mientras cuido a sus niños. Ami, mi carnala de toda la vida, tres días menor que yo y a dos cuadras, llega a ayudar con la niñería, sin sospechar mi plan. Hace días le conté mentiras sobre mi fin de semana con Víctor, ocultando a Jennifer y el club Joy’s, pero ahora la imagino en pelotas obedeciéndome mientras ellos nos miran. El conflicto me carcome: ¿le confieso mis desmadres con vergas y panochas, o la ato a mi juego sumiso como en su frat con Bruno? Planeamos la noche con pelis calientes prohibidas, mi panocha palpitando por su lengua en mi rajita empapada, el olor a sudor y deseo pegado en el aire caliente. Todo cambia cuando me trepo al otomano crujiente sobre su cara.

Aquí está tu Historia: Cuidando niños con mi carnala para un

—¿Alguna vez le has comido la panocha a una chava? —No. —Ya no vas a poder decir eso, güey. Le sonreí con picardía. Me paré justo atrás de ella. Sus ojos me clavaban desde abajo, brillando de anticipación. Me trepé al otomano ese viejo que cruje bajo las rodillas, con ellas a los lados de su cabeza. Abajo soltó un jadeo chiquito, como si el aire se le escapara. Iba a decir algo, pero ya me estaba bajando sobre su cara, tapándole la boca con mi rajita empapada. El olor a sudor y deseo me pegó de golpe, caliente y espeso. Miré pa’lante, su cuerpo pelón extendido debajo como un banquete. Sentí su lengua chusgando mi raja, lamiendo el jugo que chorreaba. La lengua de mi carnala de toda la vida, dándome un gustito que me erizaba la piel. Hace cuatro días, ni loca me lo hubiera creído. Ahora, ni con tanques me sacan de aquí. Ahí cambió todo entre nosotras… Órale, me estoy yendo de más. Mejor rebobinemos como cuarenta y ocho horas pa’ atrás, hasta la tarde del lunes, con el sol pegando en las banquetas calientes de la colonia. Llegué a la casa hecha un desastre, sudando por el camión que tardó un chingo. La semana se me venía encima: citas con vatos y un chorro de pendejadas que en el calendario marqué como “pendejadas”, pero todos sabemos qué pedo. Sonreí nomás de pensarlo. Hora de checar con Ami. Le iba a contar lo justo, nada de soltar el chisme completo. Me ceñí a lo de Víctor, sin mencionar a Jennifer ni el club ese de locos. Nomás un fin de semana chingón con mi carnalazo. —Oye, carnala, la info que me diste caló perfecto. Mi jefazo ya traga que su angelito se la pasó en una resi de uni, echando beer pong en una peda de primerizos. Hasta le platiqué del restorán ese chistoso, qué padre estuvo todo. El juego valió, pero muy lentito pa’ mí. Hice cuates, pero nada serio. Me la pasé… —Qué chido, güey, yo le platiqué lo mismo a mis jefes. Estábamos tan hasta la madre que nos echamos a la cama temprano el sábado. —Gracias por el paro. —De nada. Pero me la cobro. —Órale, lo que digas, es tuyo. —Voy a pensarlo. Va a ser grande. —El cielo es el límite, carnala. Ami es mi compa de toda la vida. Nuestros jefes son cuates de la prepa, se conocen de años. Ella es tres días menor que yo, crecimos pegadas como chicle. Nuestras casas están a dos cuadras, caminando se pasa en un suspiro. De hecho, ella vive más cerca de Víctor y Jennifer que yo, nomás cruza la avenida. Nos la pasábamos juntitas todo el día, en la calle jugando o en el cuarto con ventilador al tiro porque el calor de Monterrey no perdona. Quería saber cómo le fue su fin. Ella se moría por mis chismes. Sabía que andaba con Víctor, le contaba casi todo. Le había soltado lo de los videos porno de Víctor y Jennifer que encontré, pero no cuántos junté ni que grabé unos pa’ él, ni que me cacharon en las cámaras de seguridad del antro. Me contó que Víctor le mandó un texto pa’ que cubriera, diciendo que me iba a quedar a dormir y que les dijera a mis jefes que yo cuidaría a los Wasserman. Estaba bien prendida con eso. Me preguntó cómo me fue. Le platiqué del fin, sin detalles locos. Dije que Joy’s era un spa de lujo, con masajes que te dejan como nueva, pero no solté lo de la segunda visita. Conté que Víctor me trató como reina, describí la pieza del hotel con sábanas frescas oliendo a limpio, despertar en sus brazos fuertes. Nos la pasamos de lujo todo el fin, cogiendo sin parar como conejos en celo. De nuevo, nomás Víctor y yo. Sí mencioné el juguetito y que lo usé en el club nocturno, con la música retumbando en el pecho. No estaba lista pa’ largar todo el desmadre. Ami se puso bien envidiosa, el tono de su voz se notaba en el teléfono. Perdió la virginidad con un vato del que anduvo loca un año, un año mayor que nosotras. Salieron en vacaciones de verano. Por alguna razón, ella andaba con todo pa’ quitársela. Él venía de la uni, planeó el pedo un mes entero. Ella escogió outfit y lencería fina, obvio él no sabía nada. Cumplió dieciocho una semana antes, pensó en hotel chido con flores. Terminó en la parte de atrás de su minivan, en un colchón inflable que olía a pies rancios. Él le decía “la máquina del amor” a esa troca. Se enamoró cañón, pero el wey era un pendejo de campeonato. Una semana después lo cachó con otra en la “máquina”, mientras se daban vuelo. Se acercó de puntitas, le quitó las llaves del switch. Desde un rincón, activó la alarma una y otra vez, el pitido agudo rompiendo la noche. Él buscaba como loco por todos lados, sin hallarlas. Al final, la gente llamó a la poli por el desmadre. Llegaron rapidísimo, los dos en pelotas tratando de salvar la cogida hasta el golpeteo en la ventana. Ami todavía guarda las llaves como trofeo. Pasa por su casa y las activa de vez en cuando, solo pa’ joder. Lo peor, dijo mientras lo recordaba con risa amarga, fue que la cogida estuvo de la chingada. Él apuró todo como desesperado, se aventó su leche antes de que ella sintiera algo. Luego se puso todo machín, creyéndose el rey. Desde ahí, se volvió una fiera. Su lema es “la vida es corta, hay que gozarla a full”. Empezó a visitar unis pa’ “decidir” a cuál ir, aunque ya tenía la suya clavada, sin decirle a sus jefes. Se fue a ver a una cuata nuestra a una uni a una hora de aquí, en camión con el sol quemando el vidrio. Tuvo un fin sexual de locos: una noche con el vato que las dos conocíamos de la prepa, otra con su roomie flaco pero vergudo, y la tarde antes de regresar, con el del pasillo que la miró fijo en el comedor. Al menos uno sabía qué pedo, la hizo venirse tres veces seguidas. Se extendió con detalles jugosos, el sonido de sus respiros en el teléfono me puso la panocha en fuego. También se echó un rapidín con un vato en el cine del centro, en la última fila con el olor a palomitas quemadas flotando. Me dejó con la boca abierta con todos sus cuentos. Me sentí pinche por no soltar mis desmadres del fin. Estaba nerviosa por lo que pensaría de mí con una chava, y con varios vatos al mismo tiempo. Temía que me juzgara como puta barata. La pinché por más detalles del viaje pa’ distraerla, el ventilador del cuarto zumbando bajito mientras platicábamos. Me contó de una peda en la frat de su cuata. Jugaron cartas con dos chavas más y cinco vatos, todos sudados por el calor del sótano. El juego tenía rangos: el que ganaba era el mero mero, el perdedor el pendejo del grupo. Los de arriba mandaban a los de abajo a jalar chelas frías del refri y hacer pendejadas. Ella y otra chava perdían seguido, una siempre era la pendeja. Al final quedaron en panties, con las tetas rebotando. Los vatos las hicieron besarse con lengua y quitarse todo. Una vez le mamó la verga al ganador, se corrió en sus chichis grandes, el semen caliente chorreando. Hicieron que otra chava se lo lamiera todo, el sabor salado pegado en la boca. Estaba bien prendida contándolo. Interesante enterarme. Cuando se acabó el juego, las reglas decían que ella, por ser la de menor rango más tiempo, tenía que hacer lo que el ganador dijera toda la noche. No le cayó mal, porque era un junior guapo, Bruno, con brazos de gimnasio. La hizo bailar en panties mientras la peda seguía, la música ranchera retumbando en las paredes. Se prendió un chorro casi en pelotas frente a un montón de universitarios oliendo a cerveza. Después, la llevó a un cuarto donde un chingo de gente se daba vuelo, gemidos y carne chocando. La hizo chupar vergas a un par de vatos, gruesas y palpitantes. Dijo que el subidón de que le ordenaran era cabrón. Bueno saberlo: le prende que la manden y andar desnuda frente a todos. Nunca lo había notado en Ami, pero encajaba perfecto. Al final, la cogió en perrito frente a todos, con unos mirando fijo. Otro vato cogía a la otra chava del juego justo al lado, hombro con hombro, sudando. Se apretaron las chichis mutuamente, piel suave y caliente. Hasta se besaron con lengua. “Karla, de verdad me vine besando a esa chava, su boca sabía a tequila”. Me voló la cabeza, el corazón latiéndome en los oídos. “Otro frat boy se hizo la paja y nos aventó su leche encima a las dos, caliente y pegajosa. La otra lamió un poco, estuvo de lujo. Bruno me ordenó desfilar por la casa con el semen en la cara, goteando por la barbilla. Me sentí tan sucia, pero cabrón”. Pensé en mí cubierta de leche en Joy’s el domingo por la tarde, el olor almizclado pegado a la piel. “Luego me llevó a su cuarto. Me dijo ‘putita sucia’. Pasé la noche obedeciéndole todo, su voz ronca mandándome”. —¿Te ordenó como a su esclava? —Me hice la escandalizada, pero la panocha me palpitaba. —¿Qué más te hizo? —Pregunté fingiendo shock. —Me hizo jugarme la panocha con los dedos y mamársela hasta el fondo. Se corrió encima de mí, leche espesa en el estómago. Corrí desnuda, chorreando, a traer chelas del refri, pasando por una docena de vatos que me veían. Me mandó un chorro de locuras. Estuvo cabrón que me controlara así. Luego me hizo masturbarme frente a sus roomies, con ellos mirando. Me cogió mientras les chupaba la verga a los dos. Se corrieron encima de mí. No sé cuántas veces me vine ese fin, el colchón pegajoso debajo”. Ser mandada la ponía como fiera. Le gustaba actuar la . Mi mente voló. Recordé el fin y todas las pendejadas. Me mojé cañón, el jugo empapando las panties. Imaginé a Ami haciendo todo lo que yo: Víctor cogiéndome a mí, Sven a ella, besándola y manoseándole las tetas mientras las vergas entraban y salían con fuerza. —¿Karla, estás ahí? ¿En qué piensas, güey? Salí del viaje. —Chingado, perdón, ¿qué decías? —¿Te quedaste dormida? —No, distraída con una pendejada, perdón. Suena a que la pasaste de lujo, bien sexy. —Puta madre, sí. Bruno es el sexto vato que cojo en seis semanas. No puedo esperar al siguiente que me haga gozar. Ni sé los nombres de los que les hice la . Soy una puta sin freno. Cinco vergas en seis semanas, calculé rápido. Puta sucia total. Pensé en todas las vergas que me cogieron en dos días y medio, gruesas y largas empujando. En las docenas de panochas que comí, saboreando el jugo salado. No podía contar los orgasmos, uno tras otro. ¿Qué pensaría de mi modo puta desbocada? Estaba nerviosa. ¿Le cuento todo? Mis dedos picaban por frotar mis labios chorreantes, resbalosos. Recordé la promesa a Jennifer de no tocarme. Concéntrate, Karla. “Oye, ¿estás ahí?” —Ajá, sí. —¿Qué te distrae tanto? Piensas en tu Víctor, ¿verdad? —Eeeh, sí. Nomás en él. Y los demás que me han tenido entre las piernas. Y lo que quiero hacerte a ti, carnala. —Decía que vayamos en dos semanas. Ya no eres virgen, podemos divertirnos en la frat. Seguro nos dejan quedarnos hasta el desmadre. O te llevo a Joy’s, al Playground, y te atienden de a de veras, con manos expertas. Yo te controlo todo. —Vemos fechas. Suena chido. —Tengo el número de Bruno. Es guapo, vergudo. Tienen peda de San Patricio. Había un chorro de vatos mayores sexy pa’ ti. A lo mejor uno te lleva al prom. —Seguro está en su agenda. Son universitarios, ya pasaron de eso. Y lo tengo entre Dylan y Jake. —Ooh, me late Jake. Fuerte, sexy, le haría lo que sea. Dylan es chido, pero muy cerca de una cuata y muy manso pa’ ti. Lástima que Víctor no pueda llevarte. —Sí, estaría chingón de a madre. Imaginé a Víctor y Jennifer llevándome al prom con el outfit de anoche, ajustado y provocador. Todos mirándonos, bocas abiertas. Sonreí. Estaría cabrón. Todos verían cómo me echan en la mesa y me hacen lo que quieran, vergas y lenguas por todos lados. —Puta, a este paso, a lo mejor te llevo yo. —Ahora sí suena chido. Agarramos dos solteros y les hacemos lo que queramos. Hasta los cambiamos a la mitad. Dios, esta plática me prende cañón, la panocha me arde. —A mí también, se me moja todo. —Ooooh. Sabía que te estabas jugando la rajita. Esa es la distracción. —Me cachaste. Pienso en que Víctor me torture con su cel por control remoto, vibrando adentro. —Qué chingón. Te vuelve loca a distancia. Controla tus orgasmos. Bien loco, güey. —Lo es. Sobre todo cuando no podemos estar juntos, con el calor del día pegando. —Sí, esa esposa culera estorba siempre. —No es culera, espeté rápido—. Es bien chida, en realidad, agregué a la defensiva, el teléfono sudado en la mano. —Wow, bien sensible. Solo quise decir que cuando no está, puedes estar con él sin pedos. —Sí. Pero no es culera. Hacemos yoga juntas, me trata como de la familia. Porque ya lo soy, pinche. —Pero le coges al marido a sus espaldas. Menuda familia esa. No te imaginas. Ahora le cojo al marido frente a ella. De hecho, a veces ella me coge con sus juguetes. —Es complicado. Me cae bien Jennifer, de verdad. —Sí, y ella a ti, hasta que sepa que eres la putita de su marido. Entonces le caí mejor, con lengua y todo. —Órale, me voy. A ver si Víctor juega conmigo a distancia. —Qué envidia. Va, juntémonos. ¿Mañana? —Tengo cita con Dylan. —Ooooh. ¿Lo vas a coger? —No. —¿De veras? No te creo. —Pues no creo. A lo mejor sí. —Qué envidia. Tu segunda verga, días después de la primera. Reí bajito, el sonido ahogado. —Aún no es mi segunda verga, carnala. —Pronto lo será. ¿Miércoles? —Tengo que cuidar a los Wasserman. —Solo dime que cojes con Víctor ese día. —No, de verdad. Jennifer y él tienen un pedo el miércoles. Salgo temprano de la prepa pa’ recoger a los niños. Se van casi toda la noche, cena y cine. —Pues paso a verte. Les pregunto si les cae si voy a ayudar con la niñería. Mi mente destelló como flash. Imaginé a Ami en pelotas, sudada. Jennifer, Víctor y yo haciéndole lo que quisiéramos, vergas y dedos en todas partes. —Órale, idea chida. Sé que no les molesta. Buscaban a alguien pa’ cuando no pueda yo. Sonreí, imaginando a Jennifer asintiendo con guiño. —Te presento a los niños. —Va, chido. Miércoles en la tarde. —Planea quedarte hasta tarde, querrán conocerte. Cuando se duerman los niños, vemos una peli. —Una de sus pelis calientes. —NO, dije rápido, recordando a Víctor advirtiéndome que no se las mostrara a nadie, el tono serio en su voz. —Órale, relájate. Era broma, güey. —Perdón. Nadie debe saber de esas. —Lo sé. No soy nadie. Tus secretos están chidos conmigo. Va, miércoles. Es cita. Colgó. Oh, es más que cita, pensé con la piel erizada. Nunca la había visto tan sumisa. La idea de mandarla me prendía un chorro, el corazón latiendo fuerte. El miércoles es mi chance de hacerte mi putita sucia, obediente. Empecé a planear mi jugada, sentada en la cama con el ventilador zumbando. Fui por el teléfono pa’ llamar a Jennifer. Me detuve. Los sorprendo. Seguro les cae bien el regalo. Armé todos los detalles en la cabeza. Sería sencillo: inventaría cómo hacerla comprometerse a obedecerme, paso a paso. Mi mano fue a mi panocha adolorida, resbalosa aún. La quité rápido. Maldita promesa a Jennifer. Pensé: ¿se enteraría? Claro que no. Yo lo sabría, y eso bastaba. Se lo prometí cañón. Tenía que cumplir. Sacudí la cabeza, frustrada. Agarré pluma y papel del escritorio y planeé la noche del miércoles, letra menuda. Imaginé las caras de Jennifer y Víctor cuando les diera mi sorpresa, ojos brillantes. Estaba tirada en la cama cuando vibró el cel, el zumbido rompiendo el silencio del cuarto. Un texto. V: J quiere saber si estás siendo buena, sin tocarte. K: Un angelito puro. V: Buena chica. Noche. Soñaremos contigo, mojados. K: Los veo a los dos en mis sueños, cogiéndome. Me dolía todo el cuerpo al meterme a la cama, músculos agarrotados. Soñé con tomar a Ami, su lengua en mi rajita. Martes, de regreso a la prepa con el sol quemando el pavimento, el remolino del fin me rebotaba en la cabeza mientras pasaba clases, el dronando aburrido. No podía concentrarme en un carajo. Cada rato, algo me recordaba el desmadre. En tutoría, una chava platicaba de un tratamiento de spa increíble, manos aceitosas. Pensé en Mai y Joy pasándome las manos por todo el cuerpo, textura resbalosa y cálida. En la comida, mi cuata Julie nos contaba que perdió la virginidad en el sofá de los jefes de un vato, tela áspera en la espalda. Me aguanté la risa imaginando la suite de cinco estrellas, sábanas de satén suaves mientras Víctor tomaba la mía por . Hablaba de lo grande que era su verga, gruesa. Apreté las piernas recordando la enorme de Sven empujando adentro, estirándome. Otra de porras platicaba de ir a la frat de su novio de uni. Se reía de cogérsela con él, su roomie y la novia en el mismo cuarto, camas crujiendo. Todos shocked por el sexo con público, risas nerviosas. Pensé en la audiencia mientras varios vatos me hacían lo que querían, flashes de celulares. Obvio, no podía decir ni madres. En estudio, hablaron de una tal Steph. Una chava oyó que se cogió a dos vatos ese fin. “Qué puta”, soltó una con desprecio. Pensé en Sven y los cuatro que me cogieron el domingo en el spa, vergas alternando. Y los de esa noche en el club. Si ella es puta, ¿qué soy yo? A cada vato que veía, imaginaba el tamaño de su verga, bultos en los pantalones. Vi a Sebastián entre primera y segunda hora, pasillo lleno de ruido. Le dije que decidiera qué noche me sacaba a cenar, tacos al pastor quizás. Quedó pasmado, mencionó a Paige. Le dije que no se preocupara, nomás que viera qué noche de la próxima semana le caía bien. Entre segunda y tercera, Jake me dijo que movía nuestra cita al sábado. Algo de necesitar el fin libre. Me dijo que no fuera de vestido. Que empezaba como cita de tarde, taquizas y cine, y duraba lo que yo quisiera, hasta la madrugada. Vi a Dylan en tercera, nervioso sudando. Dijo que llegaba a mi casa a las 5:30, puntual. Estaba tierno, voz suave. En cuarta, platicamos largo con Paige en el patio, viento caliente. Le dije que me gustaba Sebastián. Que saldríamos la próxima semana. Se enojó cañón, cara roja. Le dije que es buen vato. Si ya acabó con ella, que lo deje avanzar. Íbamos y veníamos, argumentos volando. Le expliqué que esperaba estuviera bien y me dijera. En la comida, supe que Sebastián y Paige volvían. Supongo que mi discursito la inspiró. Menos de treinta minutos. Me pregunto qué le prometió, ¿mamada o qué? Me dijo que no saldría con él. Le dije que me alegraba por ella. No interferiría. Seguía enojada. Me mandó a chingar y morir. ¡Pendeja! Órale, su pedo, que lo resuelva. Pa’ gym, nos cambiamos en el vestidor, olor a desodorante y sudor mezclado. Al último, recordé no mostrar mis vellos en forma de conejito, recortados con cuidado. Eso correría por la prepa más rápido que fotos en pelotas virales. Por último, desarrollé un nuevo gusto por los cuerpos de chavas. Nunca me importó cambiarme pa’ gym o porras, vestidores llenos de risas. De repente, notaba lo calientes que estaban mis compañeras, curvas firmes, tetas rebotando. Hacía lista mental de las que quería invitar al Playground, pieles suaves. Sabía que no pasaría, pero una chava puede soñar con orgías. También anotaba quién parecía sumisa, ojos bajos, o dominante, mandona. Planeaba mi peda de prepa total, con vergas y panochas. Pa’ rematar, estaba bien cachonda, la panocha latiendo. Me colaría al baño a arreglarme, pero prometí a Jennifer no tocar. Usé kleenex pa’ no manchar las panties, áspero contra la piel. Apenas llegué al final del día. Mi última hora era mate, pizarrón chillando. Vi que el profe Wilson se parecía un chorro a Four de Joy’s, músculos marcados bajo la camisa. Podría ser su carnal. Estaba igual de en forma, voz grave. Lo miré toda la clase pensando en lo que Four nos hizo a Jennifer, Alice y a mí, verga dura entrando. Después de clase, le pregunté si tenía un hijo en la uni. Se rió fuerte y dijo que no, que sus niños iban en primaria todavía. Me fui a la casa, el camión traqueteando. Me bañé un buen rato, agua caliente relajando los músculos. Me vestí pa’ mi cita con Dylan, lencería fina debajo. Pa’ mi cita con Dylan, un poco de contexto pa’ que se entienda. Lo conozco desde tercero de primaria, el salón olía a crayones. Creo que hemos tenido al menos una clase juntos cada año, compartiendo cuadernos. Es genio total, va pa’ ingeniero de cohetes, ya lo aceptaron en una uni en Florida con beca gruesa. También juega beis, y aunque no les vamos tanto a los Diablos, hemos ido a juegos en el estadio, gritando con chelas frías en mano. Y actuó conmigo en unas obras de teatro del otoño pasado, reflectores calientes. No era cita de conocernos de cero. Dylan y yo nos sabemos bien, pláticas eternas. Pa’ mí, era ver si podíamos pasar de cuates a algo más carnal. De ahí la cita de martes, casual pero con chance. Dylan me recogió en casa puntual a las 5:30, el sol bajando naranja. Estaba lista, pero mi jefazo insistió en platicar con él quince minutos largos, haciéndose el rudo en la sala con el ventilador al mínimo. Le gusta decirles que me traigan antes del toque de queda, aunque tengo dieciocho y no hay reglas estrictas. Oí mientras le decía a Dylan que se porte bien y sea caballero, voz grave. Me pregunté qué diría si fuera Víctor el que tocara la puerta. Me reí sola imaginando a mi papá sermoneando a Víctor, brazos cruzados. Me reí más pensando qué haría si Jennifer viniera por mí a una cita, con su sonrisa pícara. Bajé las escaleras mientras platicaban de sus planes post-prepa, el vestido ondeando. Llevaba uno de los menos formales que Julie me escogió, tela ligera contra la piel. Debajo, un set de lencería provocadora por si las dudas, encaje rozando. Los ojos de Dylan se iluminaron al verme bajar, brillando de deseo. Buen augurio, el aire cargado de promesa.

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