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Cuento BDSM : Me masturbé pensando en el beso con mi compa Elli

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Resumen de esta Historia:

Me desperté con la cruda pegándome duro en la cabeza después de la peda en la casa de los carnales. Haley, yo misma, tiré al colchón revuelto en mi pieza angosta, con el ventilador zumbando como mosca atrapada. Intenté curarme con ibuprofeno del cajoncito polvoso en la cocina, agua clorada raspando la garganta reseca. Nada calmaba las imágenes de anoche: Elli, mi compa de toda la vida, me había plantado un beso con lengua hasta el fondo en el cuarto del colchón inflable arriba, con posters de fútbol en las paredes. Sus pechos duritos aplastados contra los míos, manos subiendo por mi espalda, jalando la blusa, erizándome la piel con el aire fresco del pedestal. Nos interrumpieron borrachos, fingí plática pendeja y me piré temblando a casa. Ahora, viendo morras besándose en Netflix, mi mano bajó sola a la panocha mojada, frotando el clítoris hinchado mientras sexting con Elli incendiaba todo: “Ven y cógeme, carnala”. Imaginé sus labios carnosos chupándome, clítoris restregándose, hasta corrernos juntas por mensajes.

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Haley se quedó tirada en su colchón, con la cabeza dándole vueltas a lo de anoche. La peda en la casa de los carnales, las chelas que se jalaron sin parar, el camión que las trajo de regreso a la colonia. Intentaba no pensar en eso, pero las imágenes le pegaban duro. Se paró de un jalón. Nada que ver. Caminó por el pasillo angosto hasta la cocina, con el piso de loseta fría bajo los pies descalzos. Abrió el cajoncito de arriba del lavadero, rebuscó entre las bolsas de sal y el chile en polvo, y ahí estaba la caja de ibuprofeno, toda blanca y polvosa. Sacó dos tabletas, las puso en la palma sudada. Agarró un vaso de los verdes que su le había regalado, lo llenó con agua del tinaco que sabía un poco a cloro, se las tragó de un golpe. El agua helada le bajó raspando la garganta reseca, aliviando el ardor de la cruda. Dejó el vaso en el escurridor oxidado, dio media vuelta y regresó al cuarto, donde el ventilador viejo zumbaba como mosca atrapada.

La puerta chirrió al abrirse, Haley entró a ciegas y la cerró de un empujón con la nalga. Encendió el foco chafa, pero la pieza seguía medio oscura, solo alumbrada por el cel de la tele de 32 que su compa le había rifado. Decía “HDMI 1” en la esquina, con letras blancas parpadeantes. Se aventó al colchón revuelto, estiró el brazo por el control remoto de la mesita, lo prendió y le dio al Netflix. Pasó y pasó títulos: narcos, comedias gringas que ya se sabía de memoria, series de miedo que no le jalaban. De repente, una con dos morras bien puestas le hizo stop. Leyó el pedacito de la sinopsis, con las tetas de una rebotando en la portada, y le dio play. Veinte minutos después, todavía sin poder pegar el ojo, con el olor a fritanga de la cena de anoche pegado en las sábanas, empezó a ver de a de veras. Las chavas en la pantalla se daban un beso lento, con las lenguas saliendo y todo. Eso le prendió el foco en la cabeza. No podía dejar de acordarse de Elli, su compa de toda la vida, la que le había metido la lengua hasta el fondo horas antes.

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La fiesta había estado bien gacha al principio, pura plática pendeja y chelas calientes en vasos rojos. Pero arriba, en el cuarto del fondo con el colchón inflable y posters de fútbol, todo cambió. Elli se había tirado en la cama, con las piernas abiertas, y le dijo a Haley que se echara con ella. Se pegaron más, riéndose de tonterías. De pronto, Elli soltó que ya había cortado con su viejo, que no quería otro vato mamón. Haley la miró fijo, con el corazón latiéndole en los oídos por el ruido de la peda abajo. Antes de que abriera la boca, Elli se le fue encima y le plantó un beso que sabía a tequila y chicle de fresa. Las lenguas se enredaron, explorando cada rincón húmedo, como si no hubiera mañana. Se pegaron tanto que Haley sintió los pechos de Elli aplastados contra los suyos, duritos bajo la blusa. Gemían bajito, con la saliva mezclándose, el aliento caliente oliendo a cerveza. Las manos de Elli subieron por la espalda de Haley, le jalaron la blusa hasta la cintura. El aire del cuarto, fresco por el ventilador de pedestal, le erizó la piel del estómago. Cuando Elli le metió la mano adentro, rozándole los costados suaves, Haley se derritió. Esos labios carnosos, suaves como mango maduro, le chupaban el cuello con sabor dulce. Sus dedos, finitos y cálidos, le subieron el brasier, dejando los pezones al aire. Estaban tan parados que dolían, marcas chuecas en el relleno grueso del sostén barato.

En la tele, una de las morras tenía la cara hundida en la panocha de la otra, lamiendo con hambre. Haley se imaginó a Elli bajándole los panties, besándole el cuello hasta llegarle al pecho. Justo ahí los habían interrumpido: la puerta se abrió de golpe, con risas de borrachos del otro lado. Saltaron como resorte, fingiendo que nomás platicaban. Las chavas que entraron no cacharon nada, pero Haley, con la cara roja y la blusa toda chueca, se bajó al baño a plancharse la ropa, oliendo a perfume barato y sudor. Les dijo a todas que se piraba a su casa, con las piernas temblando. Ahora, viendo cómo la de la tele le comía la verga a la amiga, lengua plana lamiendo el clítoris, chupando jugos—, Haley dejó que su mano bajara sola a los calzones. Se los corrió un poco, rozó la raja lisa y mojada. El calor húmedo de su panocha la prendió más, pensando en la de Elli. ¿Se la depilaría toda, o nomás un triangulito chulo arriba? Los dedos le llegaron al clítoris, ya hinchado y resbaloso por los jugos. Hizo círculos lentos, apretando el botoncito duro. Gemía bajito, con la boca seca. Imaginaba la lengua de Elli lamiéndole ahí, chupando fuerte, mientras sus dedos le subían por el ombligo hasta las tetas, pellizcándole los pezones tiesos. Los labios de su compa envolviendo el clítoris, succionando como si fuera un dulce.

Haley arqueó la espalda. Meneaba las caderas contra la mano, con los pensamientos sucios dominándola por completo. El cel sonó de repente, vibrando en la mesita con un zumbido agudo. Miró la pantalla: Elli. El corazón le brincó en el pecho. Siguió frotándose el clítoris mientras leía: “Te quiero, güey”. No lo podía creer. En el calor del momento, con la panocha chorreando, le contestó: “Ven y cógeme, carnala”. Ahora metió los dedos en V, deslizándolos de arriba abajo, atrapando el clítoris en medio. Lo pellizcó suave, sintiendo cómo palpitaba. El cel vibró otra vez. “Quiero cogerte tanto, chava, no mames”. Haley casi se corre ahí mismo, con las piernas apretadas. “Órale, cógeme ya”, le mandó. Otro pitido. “Espero que estés bien mojada, yo sí lo estoy hasta el madre, no dejo de tocarme pensando en tu panocha contra la mía, resbalosas y calientes”. El olor a su propia humedad subía fuerte, almizclado, mezclándose con el del ventilador trayendo aire de la calle.

Aceleró los círculos en el clítoris, frotando más rápido. Nunca se había metido en un sexting así, pero estaba que ardía, imaginando las panochas frotándose, clítoris contra clítoris, jugos mezclados. Le texteó: “Yo tampoco paro, mis dedos están en mi clítoris ahorita, bebé, métetela”. No era su estilo, pero con Elli era diferente; la deseaba con todo. El cel pitó. “Siento tu clítoris restregándose en el mío, qué chingón, estoy empapada por ti, güey”. Haley gimió fuerte, con la voz ronca. “Órale bebé, cógeme más rápido, te siento adentro, ¡chinga mi panocha!”. Tiró la cabeza pa’trás, meneando las caderas como loca, viendo en su mente a Elli encima, su cintura chiquita entre sus muslos abiertos, empujando el clítoris contra el suyo mientras thrustaban fuerte. Gimió más alto, pellizcó el botoncito con saña, lamiéndose los labios secos. El orgasmo se armaba, tenso como resorte. El cel vibró. “Estoy a nada de correrme toda en tu panocha, ¡no pares, chava!”.

El clímax le pegó cerca. Las piernas le temblaban, los dedos de los pies se le doblaban contra las sábanas ásperas. Agarró la cobija con la otra mano, sudada y arrugada. Sentía el cuerpo de Elli pegado al suyo, pechos rozándose, panochas frotando con calor pegajoso. Nunca había gozado tanto sola. El cel se prendió; lo tomó volando y leyó: “¡Órale chingada, voy a squirt toda en tu panocha, bébela!”. Haley levantó las caderas del colchón, frotó el clítoris entre los dedos, pellizcándolo con fuerza. Lo sintió hincharse más, endurecerse mientras gritaba bajito. Ya no aguantaba. Le mandó: “¡Chingada bebé, me estoy corriendo por ti, toda tuya!”. Al soltar el botón, arqueó la espalda hasta que dolió y el orgasmo la reventó, jugos salpicando las sábanas tibias. El cel vibró en medio del tembleque; leyó el mensaje final de Elli: “Órale chava, me estoy corriendo bien chingón ahorita”. Haley jadeó, con el cuerpo flojo, mirando el ventilador girando lento arriba.

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