Resumen:
En una cena familiar tensa, Aris, la elfa capturada, enfrenta preguntas sobre su pasado bélico y aclara malentendidos sobre las tácticas élficas. Poco después, Urragn la invita a una escapada a una cabaña remota en las montañas, lejos de las rutinas y las intrigas del clan. Aunque embarazada, Aris acepta, sintiendo una mezcla de desconfianza y curiosidad. Parten a caballo con perros pastores, sorteando un incidente con una niña asustada que retrasa la salida. Durante el trayecto otoñal por bosques coloridos, conversan sobre familias rotas y demonios personales, cruzando ríos y deteniéndose ante un santuario. Al llegar a la cabaña en lo alto de una colina, el paisaje ofrece vistas amplias al valle envuelto en niebla.
Aquí está tu Historia: Vacaciones en la cabaña con mi esposa elfa
Todos andaban en sus mejores galas, tiesos como postes, listos pa despedir al rey y su gente al otro día. El hijo de Urragn y su mujer, o la de Urragn, quién sabe, se quedaron atrás. Así el chamaco podía echarle ojo al nuevo bebé y a Aris. El güey tenía apenas diecinueve tacos, cuerpo atlético y cara de fresco, y se la creía demasiado. Al cabo, era el heredero de los títulos y las tierras del jarl. Había andado en la corte del rey con el puesto de “Maestro de Establos”. Cuando Aris preguntó, se avivó que eso de caballos no tenía mucho que ver con animales de verdad. El hijo batalló pa explicar su jale, pero igual se pavoneaba orgulloso. El olor a estofado de res flotaba en el comedor grande, con ese tufo grasoso que se pegaba a la ropa, mientras la leña crepitaba en la chimenea de piedra. En la cena de la noche siguiente, con el vapor de las tazas de atole subiendo caliente, el hijo le clavó la mirada a Aris. —¿Te cayeron en Katkasád, verdad, güey? —Cerca de Katkasád, respondió ella, picando un trozo de carne con el cuchillo dentado. —¿Cómo chingados la regaste tanto pa que te agarraran? —dijo el hijo, recargándose en la silla de madera crujiente, entrelazando los dedos detrás de la nuca. La mujer del hijo, una morrita llamada Chavita, lo veía como si fuera el mero mero. Soltó una carcajada chillona. Urragn le corrigió el pedo a su vato. —Gahi, si te hubieras metido al ejército como yo quería, sabrías más de la vida. Sabrías que los enemigos chidos no necesitan compas pendejos pa ganar batallas. —El rey me dice lo contrario, rebatió Gahi, con la boca llena de pan de maíz. —El rey tampoco ha pisado un campo de guerra, zanjó Urragn, sirviéndose más pulque de la jarra de barro. —Es una pregunta válida, intervino Aris, sintiendo el calor del brasero en las piernas—. Y lo he rumiado mil veces. Nuestro error fue parar en el pueblo de Yergavi rumbo al norte. Fuimos demasiado obvios, como pendejos con letrero. Por eso las tropas de Urragn supieron que veníamos y nos cayeron encima. —¿Tú la capturaste? —le preguntó Gahi a su jefazo—. ¿Y no te guarda coraje? Urragn soltó una risa ronca. —Creo que me guarda un chingo de coraje. Pero se guarda más a sí misma pa no reventar. Con el tiempo se me acostumbra, como buena hembra. Aris sintió la cara ardiendo, como si le hubieran echado chile en las mejillas. Urragn tenía razón, pero no tenía por qué soltarla enfrente de su chamaco. La textura áspera del mantel de lino rozaba sus dedos inquietos bajo la mesa larga. —Pues me da gusto que hayas venido al lado del bien y dejado el del mal, dijo lady Chavita, dándole una palmadita babosa en la mano a Aris—. Todo lo que los elfos han hecho en nuestros pueblos de la frontera… Quemando casas de adobe, colapsando minas de carbón, envenenando pozos con mierda química. La morrita negó con la cabeza, haciendo tintinear sus aretes de plata. —El ejército élfico no envenena pozos, aclaró Aris—. Nosotros… —¿Los restringimos químicamente por un rato? —dijo Urragn en élfico, con una sonrisa de pendejo—. He interceptado un buen de sus cartas. Necesitan un código más chingón. Lady Yamash, sentada al otro lado de Urragn, se carcajeó con voz grave. —El químico se degrada en unos años, explicó Aris. —No es cierto, repuso Yamash, chupando un hueso—. Pero ya no importa, porque ahora estás de nuestro lado, ¿verdad? Urragn miró a Aris con una sonrisa rara, casi burlona, como si supiera un chiste que nadie más cachaba. El sonido de los platos chocando y el vapor espeso del guiso llenaban el aire cargado. —Lo está. Ha demostrado que es de fiar, se ha acomodado chido en nuestros salones, en su cuarto. Robando chucherías del kit de la partera. He oído que los elfos coleccionan cosas brillantes, como cuervos pendejos. Aris se removió en la silla, sintiendo la madera dura clavándose en sus nalgas. Chavita se intrigó con el detalle. —Pensé que eso era de los enanos, dijo. —¿La partera? ¿No meten esas herramientas en las panochas de las mujeres todo el pinche día? ¿Por qué chingados querrías robar una de esas? —soltó Gahi, con la boca sucia de salsa. Chavita se rio a carcajadas. Vrish se estiró sobre dos personas pa cachetear a su hijo en la cabeza con un sonoro chasquido. Urragn se tapó la cara con las manos callosas. Aris agradeció que alguien rompiera la tensión, con el corazón latiéndole en los oídos. Estaba claro por qué Urragn había sacado el tema del instrumento enfrente de todos: sospechaba que lo había guardado por una razón perversa, y la vergüenza pública impedía guardarlo en secreto sin que todos se enteraran. —Lo olvidé y planeaba devolvérselo, dijo Aris, bajando la vista al plato rayado. —Si tú lo dices. Si te da pena hablar de tus hábitos de acaparar metal brillante como rata, dijo Urragn. Por suerte, dejó el tema ahí. Pero de ese momento en adelante, casi todos fueron un poquito más amables con Aris en las cenas. No se sentía parte de la familia todavía, pero la gente le hablaba con curiosidad tibia en vez de sospecha fría, y las miradas ya no quemaban como carbones.
Una mañana de otoño, con el viento fresco trayendo olor a tierra húmeda y hojas secas, Aris desherbaba el jardín, su jale del día, con las manos embarradas de lodo negro—. Se acercó Urragn, vestido más recio que de costumbre: botas altas de cuero gastado y un manto de lana gruesa contra el aire helado. Llevaba un puñal en el cinto y una bolsa de piel simple colgada del hombro. El sol tibio calentaba la banqueta de piedra del camino. —¿A dónde vas? —le preguntó ella, enderezándose con la espalda adolorida. —Depende de cómo respondas a mi propuesta. Tal vez al pueblo por la tarde por unas cheves frías. Tal vez a las montañas, a una cabaña de caza solitaria. —¿De vacaciones? —dijo ella, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. —¿Quieres venir? —preguntó él directo. Aris quiso reírse, pensando que era pedo. Si era broma y no se reía, sería grosera como la chingada. Pero reírse si no lo era sería peor. Como no respondió al tiro, él aclaró que iba en serio, con voz firme. —No leí tu diario, Aris. Pero el capitán sí lo hizo, completo. —Entonces admites que lo tomaste, dijo ella, con tono oscuro como noche sin luna. —El rey lo quería como evidencia. Seguro entiendes eso, ¿no? Aris entendía, pero igual le hervía la sangre. Él siguió, sin titubear. —El capitán dijo que tu diario probaba que eras de fiar, que no habías arrancado páginas pa escribir en secreto con los tuyos. Aunque supongo que, si tuvieras secretos graves de verdad, ni los escribirías pa que los cacharan. —Todos están obsesionados con si soy de fiar o no, dijo Aris, clavando la azada en la tierra blanda—. ¿No estoy aquí, trabajando como mula? Si quisiera matarte, Urragn, ya lo habría hecho con este pinche rastrillo. —Supongo. Pero la confianza se gana con tiempo y hechos, no con palabras, dijo Urragn. Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz se suavizó como pulque viejo. —El capitán también me dijo que tu diario era una de las cosas más solitarias y tristes que había leído en su puta vida. Sabía que te costaba adaptarte, pero no me di cuenta de cuánto te pegaba. —Me estoy adaptando bien, mintió ella, agachándose de nuevo pa buscar malezas bajo las hojas anchas de las zanahorias, con el olor terroso subiendo fuerte. —No hay por qué mentir, Aris, ni por qué avergonzarte de sentir, dijo él. —Ven conmigo a la cabaña, Aris. Solo nosotros. Ella suspiró hondo, sintiendo el peso del bebé en la panza. —Urragn, ya estoy embarazada de tu verga. ¿Pa qué tanto privacidad en el monte? —Pa platicar sin pedos, dijo él—. Pa relajarnos lejos del ruido de los chiquillos, las tareas del día a día, las intrigas familiares que no paran. Nunca tuvimos una luna de miel como Dios manda, con privacidad y sin testigos. Sé que probablemente no te interesan esas cosas románticas, pero parece que nada te prende. Creo que piensas que no las mereces, como si fueras menos. —Suena a pendejadas espirituales que oíste de un Lector de Estrellas en el mercado. —Habla con el Lector de Estrellas sobre mis matrimonios fallidos. Pa eso está el viejo. Él sugirió que te lleve a la cabaña pa que desconectes. A Aris empezaba a gustarle la rutina: tareas pesadas por la mañana, cena con el clan, cuidar niños chillones y después la cama dura. Era predecible, no dejaba espacio pa que su mente divagara a lugares oscuros. Claro, no la disfrutaba de verdad, pero la aceptaba y se sentía segura en esa mierda repetitiva. Había trabajado duro estos meses pa apagar sus emociones como vela, y Urragn le pedía que las encendiera otra vez con fuego. Pero la verdad era que una parte de Aris sí quería ir, romper el ciclo con algo nuevo. El guardia del día, un soldado flaco que no conocía, estaba cerca con brazos cruzados, escuchando la plática entre marido y mujer sin meterse; era embarazoso que la siguieran como a criminal, incluso después de supuestamente probarse leal, y solitario porque ni era compañía de verdad. Aris estaba sola, sí; el capitán tenía razón sobre su diario lleno de quejas. —Está bien, le dijo a Urragn, apenas creyendo lo que salía de su boca reseca—. Déjame ir a mi cuarto a empacar algo rápido. —¡Ya está listo todo! —dijo Urragn con una sonrisa ancha—. Ropa abrigadora pa el frío, cobijas gruesas, provisiones de sobra pa una semana, hasta tus libros polvorientos. No te va a faltar nada, te lo juro. Urragn hablaba como si fuera un gesto romántico de novela barata. Pero ella sabía que el motivo real era no darle tiempo de prepararse un plan cabrón. Sería más difícil matarlo si no sabía que se iba hasta el último segundo, sin armas escondidas. En la cama de Aris había un traje nuevo pa el viaje. Lo más chido era un manto burdeos con capucha forrada de piel de conejo suave como nalga de bebé. Urragn esperó afuera de su puerta mientras se cambiaba rápido, y le sonrió cuando salió con la capucha puesta, oliendo a jabón de lavanda del cuarto. La llevó a los establos a paso veloz, donde los caballos ya estaban ensillados con riendas de cuero grueso. El teniente Rintag tenía las riendas en las manos callosas. Así que esa era su tarea de la mañana, el cabrón. Aris era buena jinete, pero nunca había montado un caballo tan grande y musculoso, con crines espesas que olían a heno fresco. Pero vio que los animales tenían temple firme y estaban bien entrenados, sin nervios de pendejos. Los perros también esperaban ansiosos: dos pastores orcos, criados pa cuidar ovejas en las colinas, esponjosos como osos, enormes y de hocico caído y baboso. Urragn los quería casi tanto como a sus hijos, y Aris no se sorprendió de que los llevara al viaje. —¿De verdad aceptó la elfa? —le dijo Rintag a Urragn, rascándose la barba—. ¿Le prometiste oro a su peso en verga? —Le prometí que ya no tendría que verte todos los días, pinche sombra, dijo Urragn. Rintag se rio con carcajada gutural. —Qué grosero, jefe, dijo. Urragn llamó a Aris al lado de uno de los caballos y le dio su propia mano grande pa que subiera al estribo alto. —El tuyo se llama Piebald, el mío Deep-Sea, le dijo a Aris—. Son crías del semental que monté en batallas por años, hasta que una flecha de tu gente lo mató de un tiro en el pecho. Si te late Piebald, te la quedas pa ti sola. —¿Es seguro montar embarazada? —preguntó ella, sintiendo el lomo ancho del animal bajo sus muslos. Estaba altísima, como en un dragón de cuento. Urragn se rio ronco. —Piebald es mansa y no se espanta ni con trueno ni con cohetes. Nada la altera, es de fiar. Aris sabía que ningún caballo era imposible de espantar, y que era mala idea pensarlo como tonta. Se inclinó pa acariciar el cuello bicolor de Piebald, con pelaje áspero y cálido al tacto. La yegua bajó la cabeza perezosa a comer pasto verde, sin inmutarse. Aris sintió que se llevarían bien, pero no estaba lista pa adoptarla aún, no sin probarla en serio.
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Estaban por partir, con el sol calentando las piedras del patio. El guardia de la muralla iba a abrir la puerta de roble pesado cuando un grito agudo vino de la casa grande, como chillido de marrano. Uno de los niños se había soltado. Corría hacia los caballos con lágrimas chorreando por las mejillas sucias, sus piecitos gordos y descalzos yendo lo más rápido posible sobre la tierra apisonada. La niñera la perseguía desesperada, con el delantal volando. Antes de que alguien la detuviera, la niña estaba bajo las patas emplumadas de los caballos, con el polvo levantándose. —¡No te vayas, papá! ¡No te vayas, pinche viejo! A Piebald no le gustó ni madres. La yegua se movió nerviosa, casi tumbando a la niña con un resoplido caliente. El guardia de la puerta reaccionó primero, corrió como rayo, la agarró del suelo por la camiseta raída y la sacó de las pezuñas afiladas. Urragn se enojó al bajar de Deep-Sea de un salto. Le gritó a la cuidadora, que Aris vio era una de las hijas adolescentes, flaca y con trenzas deshechas. —¡Tienes un solo jale, Hala, y es mantener vivos a los chiquillos! ¡No falles, carajo! La chamaca le quitó la niña al soldado y le contestó con coraje. —¡Eres muy tacaño pa contratar a una institutriz de verdad y son demasiados mocosos pa vigilar sola! ¡Es inevitable que uno se suelte, güey! —¡Un solo jale! —repitió Urragn, rojo como tomate. Se calmó ahora que el pánico pasó, con el corazón todavía latiéndole fuerte. Le quitó la niña a la cuidadora de un jalón. —No corras hacia un caballo, te patea y te hace un hoyo en la cabeza como a sandía. Lo vi una vez con un niño de mi pueblo, explotó como melón maduro. ¡No corras hacia un caballo! Y no te escapes de Hala cuando te cuida, ¿me oíste? Pero la niña no entendía la regañada. Lloraba a todo pulmón, con mocos colgando. —No vayas otra vez a la guerra. Prometiste que no por un rato, mentiroso. —Solo voy a la cabaña unos días, mi reina, dijo él suave. La sostuvo a distancia de brazos y le quitó un mechón de pelo sudado de la cara. —Mientes como siempre, dijo la niña, sorbiendo. —El sol se va a poner y salir tres veces, y vuelvo entero. Tú cuentas los días en tu manita. —La última vez dijiste que volvías en primavera y no llegaste hasta el verano, con el brazo colgando. —Pero llegué, ¿no? Vivo y con regalos. La niña se enojó más. Agarró la ropa de su papá con esa fuerza de tenaza que solo tienen los niños pequeños, gritando de verdad como sirena. La adolescente forcejeó pa quitársela, sudando. —Perdón, padre. No la pierdo de vista otra vez, lo juro. —Sé que puedo confiar en ti, Hala, dijo Urragn, dándole una palmada en el hombro huesudo—. Pero igual necesitamos contratar ayuda extra pronto. —Protestó la chica, cargando a la niña chillona que pataleaba como endemoniada. La niña seguía berreando mientras se la llevaban de vuelta a la casa grande. Aris se sintió muy incómoda, como si todos la miraran juzgando. Urragn volvió a montar de un brinco y se fueron al fin, con los cascos retumbando en el camino empedrado. —Hace un año volví del frente con el brazo en cabestrillo, dijo Urragn mientras bajaban por el sendero angosto—. Fue herida leve, escalando una montaña resbalosa, no en combate de balas. Pero ella no lo olvidó, y ahora se asusta cada vez que salgo de estas murallas grises. Aris no contestó de inmediato, rumiando las palabras. —¿Desapruebas cómo crío a mis hijos, verdad? Dilo claro, dijo Urragn. —Tal vez no le des detalles sangrientos de cómo un caballo mata a alguien, hablando con una tan chiquita e impresionable. Y contrata a una institutriz de una vez. Tu hija debería estudiar letras y números, no andar detrás de bebés que no parió ella misma. Urragn resopló, escupiendo al suelo. —Quizá tenga que recortar tabaco a mis soldados pa pagar una decente, dijo—. No estoy de acuerdo, Aris. Creo que serás buena madre, con instinto natural. —No lo seré, ni de chiste, con mi sangre elfa. Por eso contrátala pronto, antes de que nazca este. El caballo grande hizo que Aris se sintiera como noble por primera vez, erguida alta sobre todo, sobre todo al pasar a otros viajeros en el camino polvoriento, que se apartaban con respeto. Urragn comentó que los caballos y perros de raza fina los delatarían como de clase alta, pese a la ropa simple de lana. Pero no le daban miedo los bandidos ladrones. Explicó que había mandado soldados adelante pa limpiar el camino de amenazas con machete y plomo. El otoño era hermoso de este lado de las montañas, con el aire fresco oliendo a hojas podridas y humo lejano. En los cuentos infantiles que oía de morrita, el país orco salía seco y pelón, sin un maldito verde. Pero los bosques de roble y arce alrededor eran un mar de rojos intensos, dorados brillantes y cafés terrosos, crujiendo bajo los cascos. Pensó con tristeza en la casa en el árbol donde creció, alta en las ramas, y cómo los orcos la talaron con hachas romas, pero eso ya era pasado enterrado.
Aris no había tenido tiempo de empacar mucho, pero agarró una cosa de su cuarto antes de salir. No sabía qué pensaba al tomarla, pero lo hizo sin dudar. Su frasco de aceite de Tagash estaba en un bolsillo interno, presionando contra su cadera con cada trote. Aris no era pendeja ni nueva en esto. Había un motivo cabrón pa que Urragn la llevara a una cabañita remota en el monte, y no era solo platicar de la vida como decía el muy mentiroso. Se preguntó si él iniciaría algo con su verga dura, y qué haría si lo rechazaba en seco. Lo raro era que no quería rechazarlo de plano; la idea le revolvía la panocha con anticipación. La parte racional de su cerebro le decía que se hubiera quedado en casa, con la rutina segura. No podía ponerle un segundo bebé en la panza. Sería puro placer carnal, con su pene grueso abriéndole las piernas. El placer trae cercanía falsa, que era el plan maquiavélico de Urragn. La cercanía trae apego pegajoso, y el apego nubla el juicio como niebla matutina. Pararon en un claro con sol filtrado entre árboles altos pa comer pan duro, carne seca salada que crujía al morder y un poco de vino tinto de barrica. Urragn trajo vino bueno, no el pisado de cualquier changarro; tenía sabor profundo y complejo, con un toque de fruta silvestre que Aris no conocía, calentando la garganta como fuego lento. Quiso otra copa pa ahogar pensamientos, pero se contuvo pa no perder la cabeza y decir estupideces. Luego se metieron por el bosque espeso, fuera del camino principal lleno de baches. Aris se sospechó que Urragn tomaba una ruta retorcida a propósito, pa despistar. El sol estaba atrás un rato, luego al lado entre ramas, luego enfrente y atrás otra vez, jugando con las sombras. No entendía por qué alargaba el viaje si los caballos y perros se cansarían con el trote constante, sudando espuma blanca. Él le platicaba mientras cabalgaban por el bosque otoñal, con hojas cayendo suaves como lluvia. Escogía temas aburridos y sin riesgo, pa romper el hielo despacio. —Mi mamá salía al bosque a juntar hongos silvestres. Ganaba algo de lana así, vendiéndolos en el mercado. Hay un tipo que se cosecha esta temporada, gordo y carnoso. Me gustaría entrenar a los perros pa olerlos y traerlos. Pero creo que son tóxicos pa elfos delicados. Ojalá pudieras probarlos sin reventar. Los cocinaba con patitas de cerdo en caldo espeso, y estaba de lujo, te juro que te morías. —¿Por qué huiste de tu familia, entonces? —preguntó Aris, inclinándose pa esquivar una rama baja. —Es larga la historia, llena de mierda. —Dijiste que el punto de esta aventura era platicar sin filtro, Urragn. No de todo, pero estaría chido saber por qué no puedo conocer a mis suegros, si existieran. Urragn dudó, apretando las riendas. —Soy tu esposa, Urragn. Si le cuentas a alguien tus pedos, me lo cuentas a mí primero, ¿o qué? Urragn cedió al fin, con voz baja. —Mi padre era un orco cruel como el demonio. Sobre todo con mi mamá, a la que le sacó dientes a golpes. Supongo que no fue culpa de ella del todo. Pero hubo un chorro de cosas que sí fueron su culpa, pendejadas graves. A mí me perdonó los errores, pero fue cruel con mis hermanas menores. No se lo perdono ni en sueños. A mi mamá tampoco, porque vio cómo mis hermanas se comían su crueldad día tras día y les decía que se lo merecían por putas. A veces pienso que debí quedarme pa protegerlas, o volver con soldados pa sacarlos, pero… Tú tuviste familia, ¿no? Aunque la tuya fuera mejor y sin golpes, sabes que esas cosas no son tan simples como en las rancherías. —¿Era borracho empedernido? —Sobrio todo el día, todos los días, como monje. Su padre era borracho perdido, y decidió no serlo pa no repetir historia. —Pues, ¿por qué no regresas ahora? Tienes dinero a montones. Tienes soldados leales. Podrías meterlo a la cárcel podrida, o traer a tu mamá y hermanas a Fud Faragna pa que vivan bien. —Porque nunca me perdonarían por irme como rata, y mis esposas e hijos sufrirían el coraje familiar. Es mejor que los olvide y me olviden pa siempre, sin dramas. —Mi mamá está muerta hace años. Haría lo que fuera por volver con ella un día más. Tal vez busques a la tuya antes de que sea tarde. —Ya es bastante difícil hacer la paz entre dos naciones en guerra. No necesito otro proyecto de paz familiar en mi carga pesada. Aris no entendía del todo esa mierda complicada. Pero Urragn parecía haberlo rumiado mil noches, y decidió no insistir pa no amargar el viaje. El viento otoñal azotaba las hojas con un silbido constante. —Mis hijos no saben nada de esto. Ni una palabra a ellos. Ni a tu hijo cuando crezca y pregunte. Por favor, guárdate el chisme, dijo él serio. Aris asintió, sintiendo el frasco de aceite contra su piel sudada. —Acabo de confirmar todo lo horrible que piensas de mi gente. Ojalá pudiera decirte que somos mejores que eso, pero no, somos igual de cabrones. No hablemos más de eso, cambia el tema. Cruzaron un río shallow que Urragn llamó “Dakinbra”, con agua fría salpicando las patas de los caballos. Llenó las cantimploras de cuero con gorgoteo y dejó que los animales bebieran a gusto, chapoteando. Aris notó otros sitios al acercarse a la cabaña: un pozo de piedra viejo cubierto de musgo verde, y algo como un altar o santuario improvisado. Urragn paró frente al santuario pa barrer hojas otoñales secas de la estatua del dios, un animal como lobo con colmillos tallados. Luego le plantó un beso ruidoso en los pies de piedra fría. —Kadinog, viejo amigo, dijo Urragn. Sacó el medallón que traía al cuello, de oro bruñido, y se lo mostró a Aris colgando. —Cuando junte más oro de las minas, mando construirle un templo chingón en el pueblo de Faragna, con campanas y todo. El sol casi se ponía, tiñendo el cielo de naranja quemado, cuando llegaron por fin a la cabaña en lo alto de una colina grande, con vista amplia y alta al valle abajo lleno de niebla y las montañas moradas más allá. Tenía paredes de troncos gruesos y tejado de pizarra gris que seguro costó caro traer del sur.
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