Resumen:
Un hombre viaja desde el Reino Unido a Clearwater, Florida, invitado por Charlita, hija de Hazel, una mujer con quien chateaba en línea. Llega el 29 de diciembre y pasa dos días intensos con Charlita en su casa: cenas románticas, paseos por la playa y momentos de intimidad profunda que fortalecen su conexión. Charlita le muestra atenciones especiales, desde masajes bajo la mesa hasta exploraciones físicas variadas, culminando en una despedida apasionada antes de recoger a Hazel en el aeropuerto. Al llegar a casa de Hazel para Nochevieja, la sorpresa revela la dinámica familiar, con Hazel reclamando su compañía para la noche, mientras comparten vino y expectativas.
Aquí está tu Historia: Me cogí a la hija en Florida antes de ver a su mamá
Órale, antes de que existiera toda esa onda de la inteligencia artificial con fotos chafas y pagar por platicar con morras inventadas, uno podía meterse a un chat y echar plática con hembras de a de veras, hasta quedar en persona y todo sin soltar un quinto. Di con un sitio pa’ charlar con mujeres de todos rumbos. Me clavó una viuda de Nueva Escocia, la chiva nos la llevamos de pelos, hasta que la cosa se puso bien caliente, pues sí, un chorro.
La hija se avivó de mí, me buscó y me invitó a caerle de sorpresa por Año Nuevo, pero en Florida. Ahí pa’dentro los gringos del norte, los snowbirds. Cada invierno, un chingo de canadienses se avientan pa’l sur, a Florida, California y otros estados calientes pa’ huir del pinche frío. Unos traen su casa allá, la rentan a turistas en verano, o nomás agarran algo pa’ rentar.
La nueva contacto se llamaba Hazel, andaba en sus cuarenta y tantos, se casó chavita y enviudó igual de pronto, hace un año, pero ya andaba lista pa’ volver a la jugada. Nos mandamos fotos, ¡y qué bárbara!, una hembra de impacto, cuerpo de infarto, patas largas, melena rubia hasta la cintura. Me contó que ya había salido en un par de citas, cenas y teatro, pero nada le prendió el ojo. Echamos plática chida un rato, pero el día que me avisé con “con amor, abrazos y besos”, la cosa dio un brinco. Me contestó con un “¡claro que sí, quiero achucharte y probar tus besos pa’ antojarme!”. De ahí pa’ adelante, nos echamos unas pendejadas calientes, de cómo nos íbamos a quitar la ropa, dónde nos íbamos a comer a besos, cómo nos íbamos a chingar y después echarnos a dormir juntitos. Un par de veces los dos nos hicimos la paja pensando en lo sucio que nos decíamos, hasta que nos corrimos.
Resulta que ella se sentía más rica con tacones altos, liga y calzones provocativos, justo mi rollo. Me dijo que se iba a aventar pa’ Clearwater, Florida, por el invierno. Se quedó mula unos días, pero en cuanto se instaló, me cayó con fotos en su camisón de seda, bien chiquito, sin espalda y apenas tapando las chichis, con las tetas marcadas clarito. En la segunda se levantó el vestido pa’ enseñarme sus panties abiertas y su panocha depilada, preciosa, con el olor a hembra que me imaginaba saliendo de la pantalla.
Con la diferencia de cinco horas, la marqué unas veces pa’ desearle buenas noches, y de paso platicar un chorro de cómo nos íbamos a dormir abrazados y cómo ella me iba a despertar con una buena mamada al otro día. En una llamada soltó lo de su comida de Navidad con familia y cuates de Canadá. “¿Qué vas a echarte?”, le pregunté. Siempre se avienta un Merlot. Nunca lo había probado, salí a comprar una botella y ahora siempre lo pido, gracias a Hazel. De hecho, mis chelas favoritas suelen ser las de mis ex. Le dije que iba a brindar por ella con Merlot a las doce del día allá en Florida, cinco de la tarde pa’ mí en el Reino Unido. Pa’ mi sorpresa, me escribió otra: Carlota, o Charlita, la hija de Hazel, también en Clearwater volando desde Canadá. Me dijo que su jefa no paraba de hablar de mí. Charlita me pidió si podía ir pa’ sorprenderla en Nochevieja y quedarme unos días.
No tenía ni madres de planes, más que una noche ruidosa en el bar de la esquina y tal vez suerte de besar a alguna borracha, con chance remoto de chingarla. ¿Por qué no? Chequé vuelos a Tampa, pintaba chido: un vuelo de diez horas saliendo el 29 de diciembre, pa’ aclimatarme un par de días y regresar una semana después. Charlita dijo que sí, que me iba a quedar en su casa, aunque adivinaba que una vez que conociera a Hazel, me iba a mudar con ella. Todo clavado y listo. Vuelo de las doce y media desde London Gatwick.
29 de diciembre. El vuelo estuvo de lujo, me subieron a business: comida de primera, chelas gratis, un chorro de espacio pa’ las patas y cama plana. La azafata me despertó un par de veces con más cervezas frías, sudadas por el hielo, y botanas crujientes. Llegamos a Tampa veinte minutos antes. Bajé, pasé migración con las pláticas de siempre. Di la dirección de Charlita como contacto. Viajar en business hace que tu maleta salga primero, y ahí estaba la mía esperándome, con el mango todavía tibio del avión. Salí por “nada que declarar” al salón de llegadas. Localizar a Charlita fue fácil entre la banda: se parecía a su mamá, pero más alta, sonrisa de oreja a oreja, labios pintados de rojo, vestido bien pegado al cuerpo, ¡qué curvas!, escote generoso, tacones y liga; le vi el encaje cuando corrió hacia mí, con el clic-clac de los zapatos en el piso lustrado. Me pregunté si su mamá le habría platicado mis gustos. Me achuchó fuerte, me plantó un beso en la boca, su aliento a menta fresca. Su cuerpo se sentía firme y suave al apretarnos. Caminamos a todo dar a su carro y nos fuimos por la freeway a Clearwater, con el aire acondicionado soplando frío contra el bochorno de afuera. En menos de treinta minutos entramos a su cochera. Casa grande, balcón en el primer piso con vista al mar, oliendo a sal y crema bronceadora.
Charlita me llevó arriba a mi cuarto, ¡más grande que mi depa en Londres!, con baño enorme, azulejos fríos al tacto. “Si quieres refrescarte, baja por un trago”, dijo con guiño. Saqué cosas de la maleta, colgué mi traje pa’ Nochevieja pa’ que no se arrugara. Me lavé la cara, me afeité con la espuma cremosa y bajé. Charlita esperaba con una botella de Merlot y dos copas, el corcho recién sacado oliendo a uva madura. ¡Su mamá había platicado! “Pensé que si te late, salgamos a cenar”, propuso. De unas vacaciones en Estados Unidos aprendí que pa’ quitarte el jetlag hay que meterte al horario local de una; eran las seis pm allá, once pm en mi casa. “Sale, ¿pero y tu marido?”, pregunté. Me contó que la empresa del marido tiene oficinas en Canadá y EU, él se pasa a la de Tampa cuando van, pero surgió un pedo técnico en la casa y tuvo que irse; ella lo dejó en el aeropuerto esa tarde y esperó el tiempo que tardé en llegar. “Vuelve a tiempo pa’ la cena de Año Nuevo en casa de mamá”.
Manejamos corto a un restaurante chido de mariscos frescos, el olor a limón y ajo flotando en el aire. Ambiente romántico: redes de pesca y pedazos de barco en las paredes, luces tenues, mesas en cubículos con vela parpadeando en cada una. Pedimos vino y un platillo del menú larguísimo. Acabábamos de empezar a comer cuando sentí su pie rozando el mío bajo la mesa de madera pulida, subiendo a mi tobillo y pantorrilla, la piel suave contra mi calcetín. ¡Uff, eso me prendió la verga al tiro! Su mano en la mesa, la apreté un poco pa’ decirle “no pares”. Vi que se desabotonó un par de botones de la blusa, buen escote con el sudor brillando. Su pie subió más, lo alcancé, lo acaricié con los dedos y lo metí en mi entrepierna pa’ que frotara mi verga que se ponía dura como palo. Sonrisa enorme, me mandó un beso volado. Postre y café, pie de lima Key de verdad, ácido y dulce en la lengua. Charlita se fue al baño, volvió besándome la cabeza y metiéndome algo en la mano: “Ya no los voy a necesitar esta noche”, susurró con voz ronca. En mi mano, su tanga húmeda brillaba con la luz de la vela, tibia y pegajosa.
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¡Pa’ la casa! Apenas entramos, me jaló y me dio un beso francés largo y profundo, lenguas enredadas con sabor a vino tinto. Mi mano en su teta, sintiendo el pezón endurecerse bajo la tela. La suya acariciando mi verga tiesa por encima del pantalón. “¡Llévame a la cama, ya, cabrón!”, gritó con los ojos brillando. Antes de llegar arriba se quitó la blusa, cayó al suelo con un ruido sordo; el bra la siguió, mostrando sus chichis firmes y llenas, pesadas en mis manos. Le desabroché el cinturón, la falda se bajó deslizándose por sus ligas. Ahí estaba, en pelotas salvo las ligas de encaje negro. Caímos en la cama besándonos sin parar, ella arriba, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Se sentó a horcajadas: “Ey, sácate todo, güey”. Desabotonó mi camisa, aflojó cinturón y cremallera con dedos ansiosos. Quitamos la camisa, pantalón, bóxer y calcetines de un jalón. Mi verga saltó libre, palpitando. Me empujó y se arrodilló entre mis piernas, la acarició, la jaló fuerte, besó la cabeza hinchada y se la metió a la boca, chupando de arriba abajo, a veces hondo hasta la garganta, a veces solo la puntita con la lengua girando. Jugaba con mis huevos, apretando suave, el sudor de su frente goteando en mi piel.
“¡Ey, aquí arriba me siento solo!”, grité riendo. Sin soltarla, se giró hasta ponerme su panocha lisa en la cara, el olor almizclado invadiendo mis narices. Mi lengua halló su clítoris hinchado, lo lamí y chupé fuerte; a ratos metía la lengua en su chocho, jugo caliente y dulce chorreando. Pronto tembló y gimió con un orgasmo que la sacudió entera. Seguí lamiendo hasta que vinieron más duros, gritando y retaciéndose. Tuvo tres o cuatro, yo me vine bombeando semen espeso en su garganta, ella tragando todo. Nos tapamos con las sábanas frescas, acurrucados con piernas y brazos enredados, besos suaves hasta quedarnos dormidos, el ventilador del techo zumbando bajito. Luego sentí su cabeza en mi hombro, sollozando bajito, las lágrimas calientes en mi piel. “¿Qué pasa, Charlita?”. Entre sollozos: “Amo a mi marido, pero nunca me ha chingado así, nunca me ha hecho venir tan cabrón, gracias”. La besé suave en la frente. Se dio la vuelta en cucharita, su culo redondo contra mi verga. Nos dormimos, pero pronto su mano bajó, la acarició hasta ponerla dura y la metió en su panocha por atrás, resbalosa. Mecimos suave; mi mano en su clítoris, nos vinimos otra vez, el semen chorreando tibio. Dormimos con sonrisas enormes. Fin de un día largo, pero de a madre.
30 de diciembre. Desperté despacio. El sol entraba por la ventana, calentando las sábanas. Mi reloj: nueve y cuarenta y cinco. Dormí como tronco tras el viaje, las chelas, la cena y el sexo fantástico con Charlita. No estaba en la cama. Abrió la puerta con un negligé largo, el sol de atrás lo hacía transparente: nada debajo, su silueta perfecta. Traía charola con croissants calientes, crujientes al morder, y café humeante. Se metió a la cama, beso grande con lengua y desayunamos: no solo comida y café, sino besos, caricias y amor en misionero. Piel con piel, besándonos, sintiéndonos, lento luego rápido con embestidas profundas que hacían rechinar la cama; a veces sacaba la verga pa’ que la jalara y la metiera más hondo, su panocha apretándome. Duró una eternidad hasta que nos vinimos juntos, llenándola de leche caliente. Desenredamos brazos y piernas aún besándonos, sudados y pegajosos.
Charlita llenó la tina, cabe los dos: nos limpiamos mutuamente con jabón espumoso, besos y toqueteos bajo el agua tibia. Salimos, nos secamos con toallas grandes y esponjosas, aguantando las ganas de cogernos en el piso del baño, resbaloso. Día caluroso y soleado, nos vestimos: ella en leggings blancos bien pegados, top ajustado con chamarra ligera, todo marcando su figura y ese culo prieto. Caminamos a la playa tomados de la mano, sonrisas grandes, parando a besarnos sin importar quién viera, la arena caliente quemando las plantas de los pies. Café chiquito cerca del mar, buena comida incluyendo “Nova Scotia Bennies”, huevos royale pa’ canadienses, con salsa holandesa cremosa. Café caliente, almuerzo ideal. Paseamos por la orilla, el agua salada lamiendo nuestros tobillos, encontramos bar con mesas al sol. Nos sentamos con un par de copas de vino frío, condensando gotas. Charlita pegada, tomándome la mano o recargada en mi pierna. Mi mano fija en su muslo firme. “¡Vamos a la casa, te quiero contar algo!”, dijo con sonrisa pícara y guiño, su aliento a café.
Regresamos tomados de la mano o con su brazo en el mío, a veces cintura con cintura, apretados y besándonos en la banqueta caliente. En cuanto llegamos, insistió en ir al cuarto; no tuve que jalarla. “Sácate todo y échate, ¡mira y escucha!”. Obedecí, desnudo en la cama con verga parada, palpitando. Se quitó el top, pezones firmes y rosados. Bajó leggings y tanga blanca de un tirón. De espaldas se agachó, mostrando el culo perfecto: “Mira, traía este plug todo el tiempo que anduvimos fuera”, dijo sacándolo con un pop húmedo. Se puso en perrito: “Ya está bien abierto, hay lubricante en la mesita, úntalo bien ahí y en tu verga, ¡y córrete en mi culo!”.
Me unté lubricante frío y resbaloso en la verga y su ano, me arrodillé atrás, metí dedos pa’ guiarme, ella ayudó con la mano. La verga entró despacio, subiendo lento, centímetro a centímetro. Apretaba y soltaba pa’ marcar ritmo, estaba apretadísima, se sentía de la verga, como guante caliente. Sus gemidos subieron, respiraba rápido, yo gruñía embistiendo con las nalgas chocando. De pronto gritó fuerte, seguro oyeron los vecinos con las ventanas abiertas, se sacudió en éxtasis y yo exploté bombeando adentro; algo se salió chorreando. Colapsó de panzita con yo aún dentro, el sudor pegándonos. Nos quedamos así recuperando aliento hasta que mi verga se ablandó y salió, dejando un creampie anal goteando semen blanco. Charlita habló primero, jadeando: “Solo falta una cosa. Cenemos, llega en un rato, y de postre un titty chingada”. Nos limpiamos con toallitas húmedas, bajamos en batas esponjosas, abrimos Merlot y nos acurrucamos en el sofá de cuero suave platicando, besando y bebiendo, el vino tibio en la garganta.
Llegó la comida china, comimos dándonos de a poquito con los palillos, lamiendo salsa dulce y picante de la cara, labios pegajosos. Terminamos el vino, recogimos los envases plásticos. De vuelta al sofá. “¿Y el postre?”, preguntó arrodillándose, quitándose la bata con un movimiento fluido. Me abrió la mía, besó y acarició mi verga, la envolvió con sus chichis grandes, frotando duro arriba y abajo; pezones duros rozando mi piel, respiraciones pesadas. Grité y le eché el semen en las tetas, caliente y espeso; lo esparció con las manos, yo ayudé en los pezones y los besé, sabor salado rico mezclado con su sudor. “Limpios y a la cama”, dijo besándome profundo. Baño compartido con vino espumoso burbujeando en las copas. Frescos nos metimos a la cama acurrucados, besos suaves que se pusieron intensos, manos en mi verga y su clítoris mojado. Me subí encima, metí en su panocha empapada, hicimos el amor suave, lento, meciéndonos profundo, no era un polvo rápido, era chingarnos de a de veras. Nos acercamos al orgasmo y lo aguantamos pa’ que durara, sudando bajo el ventilador. Charlita arqueó la espalda, entró más hondo y nos vinimos largos, temblando y gimiendo bajito. Quedamos unidos besándonos suave. Nos acurrucamos y dormimos. Se pegó más: “¿Es la última vez? Su avión llega después de las once”. “¿Mañana temprano otra?”, propuse con la voz ronca. Beso largo y dormimos, su pelo rubio tickling mi nariz.
Sentí movimiento: Charlita me mamaba firme, succionando con labios carnosos, acariciando huevos. Salió de las sábanas revueltas, se subió y me cabalgó como vaquera loca, subiendo y bajando con las nalgas aplastando mis muslos, el slap-slap resonando. Me vine adentro, llenándola otra vez. Se hacía tarde, checó llegadas en el teléfono: treinta minutos antes. Baño rápido con agua fría pa’ despertar, nos vestimos a la carrera y al aeropuerto, el tráfico zumbando. Su avión aterrizó, traía solo equipaje de mano, salió rápido por la puerta de cristal. Charlita lo besó breve, nada como a mí, un piquito seco. “Hola Juan, qué gusto, Hazel habla mucho de ti. Perdón no estar antes, espero Charlita te haya cuidado”. “Gracias, sí me han cuidado bien”, dije con sonrisa.
Pasé la tarde en mi cuarto, bajo perfil, sobre todo oyendo voces altas abajo desde la cocina, platos chocando. Claramente no andaban bien. Parecía que se arreglaron, me llamó por café humeante. Platicamos de mi jale, vida, vacaciones, sentados en sillas de mimbre. Hora de arreglarnos pa’ la noche. Se quedaban en casa de Hazel, empacaron bolsita. Yo también, con mi carry-on. Vestidos elegantes: Charlita con vestido mostrando encaje de ligas y escote profundo. Camino corto a casa de Hazel, la banqueta ardiendo bajo el sol poniente. Me quedé atrás pa’ la sorpresa. Charlita tocó el timbre, Hazel abrió: abrazos y besos pa’ hija y yerno, olor a perfume floral. “Mamá, una sorpresita”, dijo Charlita jalándome: “Convencí a Juan de venirte a ver”. Hazel tardó un segundo, chilló como chava, me abrazó y besó en la boca, su cuerpo igualito al de Charlita, suave y curvilíneo. No soltó mi mano, cálida y sudorosa. Copas servidas de Merlot frío. Charlita: “¿Preparo el cuarto de huéspedes pa’ Juan?”. Respuesta firme de Hazel: “¡No hace falta! ¡Este vergudo duerme conmigo esta noche!”. La botella de Merlot quedó sobre la mesa, lista pa’ más brindis.
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