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Fantasía erótica : Me masturbé a mi novio en el avión antes de que me cogiera en el baño

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Resumen:

Durante un vuelo largo hacia Europa, un hombre decide masturbar a su novio bajo la cobija del avión para ayudarlo a relajarse. La situación los lleva a buscar privacidad en el baño, donde el encuentro se vuelve más intenso. El olor a viaje, la cercanía y las ganas acumuladas marcan el momento, que termina con una orden clara sobre lo que debe guardar hasta el aterrizaje.

Deslizo la mano por el pecho de Diego. El algodón elástico de su playera se mueve bajo mi palma con cada respiración cansada. Pobre Diego. Le cuesta un chingo dormir en los aviones porque su cuerpo no está hecho para tanto encierro. Sus hombros anchos golpean la ventanilla y las piernas largas quedan torcidas en ángulos que no dan descanso, las rodillas rozando sin parar el asiento de enfrente. Mi hombre lleva siete horas intentando dormir en este vuelo largo y no lo consigue. Yo he dormido a ratos, usando su brazo como almohada, y cada vez que despierto sigue despierto. Lo miro mientras cierra los ojos sin lograr quedarse quieto. Las luces están bajas y el asiento de al lado está vacío. Tal vez pueda ayudarlo. Siento un cosquilleo en el pecho por lo que estoy por hacer. Bajo la mano despacio, meto los dedos bajo la cobija del avión y busco a tientas la cintura gruesa del pants. Separo el elástico con cuidado, luego hago lo mismo con los bóxers hasta tocar piel. Diego nota el movimiento. Su cuerpo se tensa un poco, alerta. Levanto la vista y él no abre los ojos, finge dormir para que nadie note lo que hago. Sigo bajando. Conozco su cuerpo de memoria, así que no necesito ver. Imagino cada curva mientras mi mano encuentra la verga y la agarra con todo su peso. Diego siempre está medio duro, sobre todo cuando estoy cerca. Envuelvo los dedos alrededor y empiezo a masturbarlo muy despacio. Suelta un suspiro casi sin sonido. La verga crece bajo mis dedos, la piel se estira. Bajo la mirada para comprobar que todo quede oculto y veo que él ha levantado las rodillas para que la cobija quede un poco levantada. Mi mano se mueve sin mover la tela. Sonrío contra su axila, que huele a viaje largo. Vamos en el último tramo de varios vuelos hacia Europa para una boda. Llevamos más de veinticuatro horas en el aire y Diego no se ha bañado. Su olor es fuerte y me prende de inmediato. Me dan ganas de enterrar la cara en ese vello, pero sigo jalando la verga, que ya está completamente dura. La piel se corre sobre la cabeza gruesa y él suelta gemidos bajitos cada vez que pasa. Lo trabajo con calma, apretando y soltando, hasta que su respiración se pone pesada y sé que está por venirse. Antes de que pase, se inclina y besa mi sien. Parece un beso de buenas noches, pero me susurra al oído: “Te necesito adentro ahora mismo”. Se me corta la respiración. Lo miro y sus ojos están llenos de ganas. Le doy un pequeño asentimiento y saco la mano de su pants. Le tomo la cara y él lame el líquido que brilla en mis nudillos. Me acerco y le doy la instrucción: “Espera dos minutos y toca tres veces”. Me desabrocho el cinturón y salgo al pasillo. Siento su mirada en la espalda mientras camino al baño. Me meto, cierro la puerta y espero. El espacio es estrecho, pero servirá. Tres golpes suaves. Abro y Diego se mete de un empujón. Cierro la puerta de nuevo. Me agarra de los hombros y me besa con fuerza, la lengua urgente. Lo rodeo con los brazos y me aprieto contra él. Me separo un segundo, le subo la manga de la playera, levanto su brazo y entierro la cara en la axila. Huelo hondo. Mi verga se mueve sola dentro del pants. Saco la lengua y pruebo ese sabor a viaje. Él gime mientras le lamo el vello suave. Me gusta ese vello. No es duro, es suave como el de su culo, pero hay mucho. De pronto agarra mi cabeza con fuerza y me da la vuelta. Me empuja contra la pared, me baja los pants de un tirón y hunde la cara entre mis nalgas. Su lengua entra directo. Suelto un jadeo cuando separa mis cachetes con las manos grandes. Me gusta saber que estoy sudado después de tantas horas y que él lo lame todo. Se pone de pie, escupe en la mano, se unta la verga y la apoya contra mi raja. “Diego…”, susurro. Se inclina sobre mí, me agarra del pelo y me lame la cara desde la barbilla hasta la frente. Luego me habla al oído: “Vas a pasar el resto del vuelo con mi leche adentro”. Un calor me sube por el pecho. “Sí, por favor”. Apoya la punta en mi entrada. “Cuando te dé toda mi leche, no vas a dejar que se salga ni una gota. La vas a guardar bien adentro hasta que aterricemos”. Dejo de respirar un segundo. Su tono es seco, como si diera órdenes. Me prende. “Entendido”, digo. Giro un poco la cabeza y le hablo al oído: “Ahora cógeme”. Hay un instante de silencio total. Luego todo se mueve. Diego suelta un gruñido ahogado y me clava la verga de un solo golpe. Yo suelto un gruñido también, mitad placer, mitad ardor. No se detiene. Empieza a embestir sin piedad, golpeando contra la pared del baño diminuto. Apoyo las manos en el lavabo para empujar el culo hacia atrás y que tenga mejor ángulo. Él aprueba con otro gruñido. “Así, aprieta bien”. Mientras me coge, mi verga se pone dura y pide atención. Diego escupe en la mano y me la agarra, masturbándome al mismo ritmo que me folla. “Tu culo es perfecto”, jadea contra mi oreja. “Tan apretado y tan tuyo”. Sus embestidas se vuelven más profundas y más salvajes. Es lo mismo de siempre y nunca me canso. Cada vez lo deseo más. Siento el cosquilleo en la pelvis que anuncia que me voy a venir. “Ya casi”, susurro. “Aguanta”, me dice, y sigue dándome duro. Aprieto la punta de mi verga para retrasar el orgasmo. Le paso la mano por el pelo, sé que eso lo ayuda. “Ven adentro”, le pido con la voz entrecortada. “Lléname hasta el fondo. Hazme tuyo”. Él resopla por la nariz. “Por favor, rómpeme y échame toda tu leche”. Su verga me abre sin descanso. “Dilo”, ordena en voz baja. Sonrío. “Mi amor… mi niño”. Me tira del pelo y me coge más fuerte. “¡Dilo!”, exige. Cedo. “Mi Diego”. Él suelta un gemido largo y se clava hasta el fondo. Siento la leche salir a borbotones, caliente, llenándome. Eso me empuja al límite y me corro también, disparando contra la pared y el lavabo. Él sigue bombeando hasta vaciarse por completo. Nos quedamos quietos, respirando al mismo ritmo. Saca la verga despacio. Yo aprieto para no derramar nada. Me doy la vuelta y lo beso. Me rodea la cintura y me acerca más. “Te amo”. “Yo también te amo”. Al final nos separamos y vemos el desastre que dejamos. Hay mucho que limpiar.

El impulso en el aire

El olor a sudor de Diego me llena la nariz mientras sigo con la mano en su verga, apretando justo donde sé que le gusta. Pienso en cuántas horas llevamos volando desde Guadalajara, con escalas en Houston y Madrid, y cómo su cuerpo grande no cabe en estos asientos de mierda. Mi mente divaga a la boda en Europa, pero el calor de su polla creciendo en mi puño me trae de vuelta. Siento el calor húmedo bajo la cobija, el roce de su piel contra mis dedos, el leve olor a hombre cansado que me pone la verga dura dentro de mis propios pants. No quiero que se corra todavía. Quiero guardarlo para el baño, para sentirlo adentro de verdad. Diego muerde el labio, sus ojos siguen cerrados pero su pecho sube y baja más rápido. Aumento el ritmo un poco, rozando la cabeza con el pulgar, y él suelta un quejido bajito que solo yo escucho. El avión zumba constante, las luces tenues, y yo sigo jalando despacio, saboreando cada segundo de control. Cuando noto que está al borde, paro. Le susurro que espere y me voy al baño, el corazón latiendo fuerte en el pecho. El pasillo está oscuro, nadie nos ve. Cierro la puerta y cuento los segundos, imaginando cómo se va a meter de golpe, cómo su verga gruesa va a abrirme después de tanto tiempo sin coger de verdad.

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Dentro del baño estrecho

Cuando abre la puerta y se mete, el espacio se vuelve más chico todavía. Nos apretamos contra la pared fría, sus manos grandes me agarran las nalgas y me separan. Su lengua lame directo mi ano sudado, el sabor a viaje largo y a piel caliente me hace gemir contra el lavabo. Siento su verga dura rozando mi pierna mientras me lame con hambre, chupando y metiendo la lengua más adentro. Me gusta que sepa que estoy sucio, que no me he bañado en horas, y que aun así me devora el culo como si fuera su comida favorita. Me da la vuelta de nuevo, escupe en su mano y se unta la verga. La punta caliente empuja mi entrada. Me ordena que guarde toda su leche hasta aterrizar y yo asiento, la respiración entrecortada. Cuando me dice que ahora fóllame, el silencio dura un segundo y luego su verga me clava hasta el fondo de un solo golpe. El ardor y el placer se mezclan, sus embestidas golpean mi próstata una y otra vez. Me masturba al mismo ritmo, su mano mojada con saliva y mi propia humedad. Le pido que me llene, que me rompa, y cuando grito “Mi Diego” él se corre a borbotones, la leche caliente inundándome por dentro. Yo exploto contra la pared, mi corrida salpica el lavabo mientras él sigue bombeando hasta vaciarse. Nos quedamos pegados, jadeando, el olor a sexo y sudor llenando el baño diminuto. Al final limpiamos lo que podemos, pero sé que voy a volar el resto del trayecto con su semen guardado bien adentro, tal como me ordenó.

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