Resumen:
Sofía llevaba varios días sin poder dormir por el ruido constante de la ciudad y su propia ansiedad. Una noche, tras recibir una caja misteriosa en la puerta de su departamento, encontró una almohada con una nota que prometía descanso si se usaba con la mente en paz. Al probarla, su último pensamiento antes de dormir fue una fantasía de dominio que transformó su experiencia onírica en algo intenso y descontrolado. Al despertar, descubrió que su cuerpo había respondido de forma física mientras dormía, dejando la cama empapada y un olor a sexo en el aire. La almohada quedó en el suelo, pero su efecto quedó grabado en su memoria.
El cabello negro como el carbón se movía de lado a lado sobre la almohada hundida y llena de bultos. Era señal clara del desasosiego de la mujer agotada. Los sonidos apagados, aunque todavía audibles, de una ciudad bulliciosa no cesaban en plena noche y se sumaban a las muchas razones que tenía para voltearse con violencia y gritar contra el colchón. Por quinta vez esa noche, y ya iban cuatro días seguidos, Sofía simplemente no podía dormir.
Con los ojos nublados, pero con esa lucidez molesta que marca el insomnio real, vio el número 3 brillando en el reloj despertador. Lanzó un gruñido ronco y derrotado, revolvió las sábanas y se bajó de la cama. La madera fría le rozó los pies. Se estremeció, pero caminó hasta la cocina para servirse un vaso de agua.
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Casi lo derrama cuando un golpe seco en la puerta resonó por todo el depa casi vacío. Sofía se quedó quieta, con el corazón acelerado. ¿Quién podía necesitarla a esas horas? ¿Un ladrón? Si lo era, ¿por qué tocaría? En momentos así, cuando la ansiedad subía de cero a mil, deseaba tener un ojo mágico en vez de solo una cadena. Los depas baratos traen seguridad barata, así que agarró un cuchillo y se acercó a la puerta.
Después de la primera serie de golpes, el otro lado quedó en silencio. Eso le aumentó todavía más la ansiedad. ¿Pensarían que no había nadie porque no contestaba? Pasaron cinco minutos enteros mirando la manija, esperando un intento de entrada, hasta que Sofía abrió despacio, con la cadena puesta. Las luces del pasillo zumbaban con fluorescencia y parpadeaban a intervalos regulares pese a las quejas constantes al casero, siempre borracho. Olía a limpio artificial, como si alguien hubiera pasado el trapeador hacía poco. No había sombras fuera de lo normal y nadie se movía ni hacía ruido.
La Caja Misteriosa
Estaba a punto de cerrar cuando vio el paquete. Una caja pequeña, sin marcas ni etiquetas, yacía en el umbral. La miró fijamente, como si pudiera analizarla solo con la vista, pero no encontró ningún rasgo identificable. Era cartón liso, sellado con cinta transparente en tramos limpios y lo bastante delgada para meterla sin quitar la cadena. Contra su mejor juicio, casi noventa y seis horas sin dormir afectan a cualquiera, se agachó y la empujó hacia adentro. Ninguna mano salió a atraparla, pero aun así se sobresaltó, esperando haber caído en una trampa.
El pasillo siguió vacío mientras cerraba y echaba la llave. La caja tenía el tamaño de una laptop, pero pesaba menos que una pluma. Ni siquiera de cerca tenía rayones ni señales. Sofía pensó por un segundo que tal vez había metido una bomba a su casa y sintió un placer macabro al imaginar que una explosión que acabara con todo podría ser hasta un alivio. No estaba suicida, así que cortó la cinta con cuidado, metiendo la hoja del cuchillo por las juntas del cartón.
Dentro había una almohada. Sorprendentemente firme y rellena a pesar de lo ligera que era, venía envuelta en una funda protectora delgada que quitó de inmediato. Al verla sin nada, notó que estaba decorada de forma extraña. Parecía hecha de un material sedoso y tornasolado, como una tarjeta holográfica, que mostraba siluetas de personas rodeadas de círculos llenos de símbolos que cambiaban de curvas suaves a líneas duras sin orden aparente. La superficie era de mucha mejor calidad que cualquier funda normal, y Sofía sospechó que esa capa solo servía para protegerla durante el envío.
Junto a la almohada había una nota escrita a mano. No estaba dirigida a nadie ni firmada, pero el mensaje estaba fresco y la tinta aún se corría un poco al tocarla. Decía: “Todos merecen descansar. Apoya la cabeza en esta almohada sin funda y la última emoción que sientas antes de dormir guiará el resto de tu noche. No te angusties, descansa con paz en el corazón y la mente, y recuperarás el equivalente a toda una vida. Lo mismo aplica para cualquier otra sensación; si no puedes controlar bien tu estado mental, no uses este objeto. La desesperación puede llevar al desastre. Duerme con responsabilidad.”
Sofía no supo qué pensar. Si era una broma, era la más rara que había visto. Si era una alucinación o un sueño lúcido que le recordaba que volviera a la cama, era preocupante, pero igual era buena idea. No veía cómo podía ser peligroso, a menos que la almohada estuviera rellena de algo tóxico, y aun así le parecía una forma muy complicada de matarla. Se dio cuenta de que se había quedado ida y regresó a la cama. Cambió la almohada vieja por la nueva y dejó la anterior en el piso helado. Apenas apoyó la cabeza, casi gimió. Era tan cómoda que valía cualquier riesgo. Sus pensamientos se volvieron exagerados y recordó que debía concentrarse en algo positivo o relajado, pero le costaba fijar la mente. La ansiedad seguía reciente y el salto a la calma total era demasiado grande. Poco a poco sus ideas se fueron quedando a medio camino mientras el sueño la vencía.
Ese golpe. Imaginó que alguien intentaba entrar. Habría sido aterrador y no dudaba que habría gritado y tratado de apuñalarlo. Pero, ya en la cama y con control total de sus pensamientos, el escenario cambió. ¿Y si lograba entrar? Un intruso que la dominara en su estado de agotamiento. No tendría forma de quitárselo de encima. ¿Gritar? No si una mano fuerte le apretara la garganta, cortándole el aire y tirándola al suelo. Un cuerpo caliente encima del suyo, ella sin poder hacer nada… Las piernas de Sofía se movieron juntas mientras la secuencia avanzaba y un gemido más bajo la acompañó hasta perder el conocimiento.
Manos que Dominan
La superficie de la almohada cambió. Y empezó a soñar. Sofía abrió los ojos de golpe y miró hacia el reloj de la mesa. Estaba más alerta que en días. Por eso supo que algo andaba muy mal. El reloj ya no estaba. En realidad, ya no estaba nada. Estaba de pie en un vacío negro absoluto. Ni siquiera estaba segura de estar de pie, porque podía mover las piernas y sentía que avanzaba, pero no había sensación alguna bajo los pies ni en ninguna parte del cuerpo. Respiraba agitada, pero solo escuchaba los latidos de su corazón. ¿Dónde estaba? Recordaba haber despertado, haber recibido la almohada extraña y haber vuelto a la cama, pero nada más. ¿Había algo entre medio? ¿Estaba soñando? La nota que venía con la almohada le vino a la mente. Ya no parecía tan tonta. ¿Cuál había sido su último pensamiento? Intentaba ser feliz, pero salía de… Una mano le acarició la mejilla. Se apartó, pero la mano no se movió y siguió trazando su mandíbula con el pulgar. Otra mano apareció en la nuca y le rascó el cabello con suavidad. Dos más se posaron en su cintura, sujetándola con intimidad, y luego tres más se superpusieron sobre la que le sostenía la barbilla. Le jalaron la cabeza hacia atrás cuando alguien le agarró el cabello con fuerza. Otro brazo la rodeó por la cintura y la atrajo contra algo cálido e inmóvil como una pared. Sintió labios, dos, tres, cuatro, cinco pares de labios contra los suyos, cada uno besándola con distinto ritmo e intensidad, lenguas que intentaban bailar con la suya pero la abrumaban hasta dejarla inmóvil. Sofía forcejeó en pánico, pero cuatro pares más de manos le sujetaron las muñecas y los codos, inmovilizándolos a la espalda. Otra mano le apretó la garganta, cortándole el aire y estrellándola contra una pared, un pecho, el suelo, un mostrador; su mente registró todas esas sensaciones conocidas. Quiso gritar, pero seis manos más, de tamaños distintos y todas igual de firmes, la sujetaron por el cuello y la mantuvieron abajo, arriba o de lado. La dirección ya no importaba en ese vacío, ni el espacio mismo. No tuvo tiempo de respirar. La ropa se le rompió en pedazos. Sintió otro temblor mientras forcejeaba por soltarse, pero el dolor y el placer la golpearon al mismo tiempo. Su trasero, su entrepierna, su pecho, su estómago y su cara ardían por una docena de impactos distintos, contrastados con besos suaves y cosquillosos que bajaban por los costados de su estómago, su cuello, el interior de los muslos, la coronilla y la parte baja de la espalda. Gimió por dentro cuando varias bocas cayeron sobre sus pezones, la suavidad de los labios contra la carne creando una disonancia brutal con los dientes que raspaban y apretaban. Uñas le recorrieron la espalda y el pecho, dedos se metieron en su boca y otros exploraron su sexo en círculos que la distraían por completo. Sofía solía tardar en llegar al orgasmo. A veces era rápido, pero casi siempre necesitaba calentamiento. Esa noche el récord se rompió en un instante. Cada nervio de su cuerpo recibía algún tipo de estimulación intensa. Su cuerpo se arqueó en espasmos mientras un cubo de hielo fantasma le recorría el escote, congelando la zona que acababa de ser cubierta con cera caliente. Un golpe seco en su clítoris empapado coincidió con lenguas que se movían en direcciones imposibles. El zumbido de un vibrador silencioso presionó su sexo expuesto, que intentaba procesar penetraciones simultáneas que no interferían entre sí. Su garganta, sellada como estaba, se expandía mientras daba felaciones intensas a tantos como cupieran. En minutos Sofía desapareció. Lo que quedó, sostenido por manos y brazos que la volteaban y la estrangulaban por turnos, era un muñeco de trapo que solo respiraba cuando se lo permitían y que solo sabía correrse. Ver más vergas aparecieron de la nada, gruesas y palpitantes, restregándose contra sus nalgas y su panocha mojada. Una se metió de golpe en su coño mientras otra le abría el culo con dedos gruesos y lubricados. “Cógeme más fuerte, cabrón”, gritó por dentro aunque no podía hablar. Manos la sujetaban por las caderas y la embestían sin piedad, el sonido de carne contra carne llenaba el vacío. Otras vergas le golpeaban la cara, dejándole rastros de precum en los labios. Chupó una, luego otra, mamando con desesperación mientras le metían tres dedos en la panocha y le lamían el clítoris con lenguas expertas. El olor a sudor y sexo le llenó las fosas nasales. Sintió cómo una verga enorme la penetraba hasta el fondo, estirándola, mientras otra le metía la punta en el ano y empujaba despacio. El calor, la fricción, las embestidas simultáneas la volvieron loca. “Más, métemela toda”, suplicó en silencio. Lenguas lamían sus pezones hinchados, dientes mordían con fuerza justa, manos le apretaban las tetas hasta dejar marcas. Dedos le follaban la boca, obligándola a chuparlos como si fueran vergas. Cada embestida la hacía gemir, jadear, arquearse. Corrió una vez, dos, tres, el orgasmo la sacudía sin piedad mientras le llenaban el coño y el culo de leche caliente. El semen le chorreaba por los muslos, empapando todo. Más manos la voltearon, la cogieron de cuatro, le abrieron las nalgas y le metieron dos vergas al mismo tiempo en la panocha, estirándola hasta el límite. Gritó de placer cuando le dieron en el punto exacto, el clímax la inundó, le corrió leche por todas partes, el cuerpo convulsionando entre tantas manos que la sostenían, la follaban, la usaban sin descanso. El éxtasis la atravesó una y otra vez, cada corrida más intensa que la anterior, hasta que su mente se fundió en puro placer.
Era imposible saber cuánto tiempo duró. Sofía no sintió cansancio. Su cuerpo permaneció intacto y en reposo; su mente se había ido mucho antes.
Sofía abrió los ojos y soltó un quejido. La luz entraba por la ventana e iluminaba el reloj que marcaba más de la una de la tarde. Se sentía descansada y exhausta al mismo tiempo, como si hubiera corrido un maratón, aunque el cuerpo no le dolía en ninguna parte. Se incorporó y oyó un sonido húmedo que no le gustó. Apartó las sábanas. Toda la cama, desde el edredón hasta el colchón, estaba empapada. El olor a sexo llenó el aire de inmediato. Sofía se estremeció y miró con recelo la almohada nueva. La arrojó al piso junto con la vieja. El destierro no duró mucho.