Resumen:
Mateo, técnico de telecomunicaciones, llega a una casa aislada en zona rural cerca de Guadalajara para reparar el servicio de internet. La mujer madura que atiende la puerta le ofrece limonada y, poco después, lo invita a comer. Durante la comida ella deja ver su interés y ambos terminan en el dormitorio, donde mantienen un encuentro intenso. Al terminar el trabajo, Mateo regresa varias veces a la misma casa cada vez que pasa por la zona.
Trabajé en telecomunicaciones por varios años y por eso conocí gente interesante en los pueblos. En ese tiempo andaba en zona rural cerca de Guadalajara, donde crecí, así que conocía todos los caminos de terracería y a casi todos los vecinos. Un día me tocó una orden de reparación en un tramo de medio kilómetro donde solo había una casa. Era camino de grava que levantaba mucho polvo cuando llegué frente a la vieja casa blanca de campo. Me bajé del carro y caminé hacia la puerta. Iba a tocar cuando apareció una cara sonriente detrás de la mosquitera. Traía lentes oscuros, así que la mujer madura no notó que le repasaba las curvas con la mirada. Tenía el pelo rojo hasta los hombros, senos grandes y pezones duros que marcaban la playera ajustada. No estaba gorda, solo tenía cuerpo curvy y a mí siempre me han gustado así, con esas nalgas que se movían al caminar.
Me presenté como Mateo y le pregunté lo de siempre sobre la línea de internet. Me dejó pasar sin problema. La casa estaba impecable, con muebles de madera y olor a limpio. Después de tomar sus datos salimos al exterior. Hice las pruebas en el punto de conexión y le expliqué que arreglaría el cable y luego actualizaría la caja en la pared de la casa. Le dije que tardaría un rato y que si tenía cosas que hacer podía seguir con lo suyo porque no necesitaría entrar de nuevo. Ella contestó que tenía pendientes afuera y que estaría por ahí toda la tarde, moviendo las caderas mientras hablaba.
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Me tomó dos horas reparar el cable. Cuando regresé, ella estaba en el jardín arreglando las flores. Sudaba y la playera estaba casi transparente por el calor. Se le veían claros los pezones rosados y las aureolas grandes. Gracias a los lentes oscuros pude mirarle los senos sin que se diera cuenta, imaginando ya cómo se sentirían en mis manos. Se mostró muy amable y me ofreció limonada fría. Me senté en el porche a la sombra y disfruté la vista mientras bebía, notando cómo se le marcaba el monte de vello bajo la tela mojada. Charlamos un rato sobre el pueblo y ella me contó que vivía sola desde hacía años. Le avisé que me faltaba como una hora de trabajo en el costado de la casa. Ella se levantó y dijo que se iba a bañar por si necesitaba algo, y señaló hacia el baño con una sonrisa que me dejó pensando.
La oportunidad se presenta
Ya estaba seguro de que me estaba dando la oportunidad de verla mejor. Me puse a trabajar en el cableado del costado, pero la mente no me dejaba concentrar del todo. Pasados quince minutos salió hacia donde yo estaba con una bata corta de satín blanco, todavía mojada y goteando por los hombros. Dijo que tenía hambre y que nos prepararía de comer. Intenté negarme, pero insistió con esa voz suave que me ponía la verga dura. Media hora después me llamó para entrar. Me senté en la mesa pequeña de la cocina. Ella me sirvió el plato y otro vaso de limonada, inclinándose para que viera el escote. Se sentó frente a mí. La bata se abrió un poco y alcancé a ver parte de su escote profundo. Cuando se acomodó se le notó el parche rojo de vello arriba de la panocha. Esa mujer madura me tenía la verga dura y claramente le gustaba la situación, porque cruzó las piernas despacio y me sonrió de lado.
Empecé a seguirle el juego. Le pedí sal y pimienta. Se levantó, se inclinó lo suficiente para mostrarme los senos caídos y se alejó moviendo el culo. Aproveché para ajustar la verga dentro del pantalón para que se notara el bulto grande. Regresó y me entregó la sal inclinándose de nuevo, rozando mi brazo con los pezones duros. Me quedé mirando esos senos sin levantar la vista hacia sus ojos. Al darse la vuelta y sentarse, el seno derecho quedó fuera de la bata y no intentó taparlo. Me miró y señaló el bulto en mi pantalón. “Se ve que estás disfrutando la vista”, dijo con voz ronca. Entonces dejó caer la bata a la silla y se quedó completamente desnuda, con las tetas pesadas y la panocha ya brillando de humedad.
El deseo desatado
Esos senos grandes y caídos quedaron a la vista y mi verga palpitaba contra el pantalón. Me propuso que me pusiera más cómodo. Pensé “qué chingados está pasando” y empecé a levantarme. Ella se levantó de golpe, me agarró por el cuello y me besó profundo, metiendo la lengua sin parar. Su lengua exploraba mi boca mientras me bajaba el cinturón y el pantalón de un tirón. Me agarró la verga con las dos manos y gimió fuerte al sentir lo dura que estaba. Me soltó el beso y me dijo que me quitara todo porque necesitaba que la cogiera y bien duro, que ya no aguantaba más. La seguí al cuarto mientras me quitaba la ropa y las botas, viendo cómo se acostaba en la cama con las piernas abiertas, pellizcándose los pezones y masajeándose los senos con fuerza.
La brisa de la ventana se sentía fresca contra mi piel caliente. La cama estaba más alta que la mía, así que me subí y me acosté a su lado. Ella se volteó y me metió la verga completa a la boca. Era experta, chupando con fuerza y moviendo la lengua por todo el tronco. Me miró a los ojos y se tragó los veinte centímetros hasta el fondo sin arcadas, tragando saliva. Le agarré los senos colgantes y le apreté los pezones. Me pidió que los pellizcara más fuerte porque le encantaba el dolor que le bajaba hasta la panocha mojada. Le hice caso y los dejé rojos, hinchados, mientras ella seguía mamando mi verga con ganas.
Se subió a besarme y su panocha quedó flotando sobre mi verga dura. Le chupé los pezones enrojecidos y ella gemía fuerte, pidiendo que chupara más duro y que los mordiera. Metí una mano y toqué su monte de vello. No era espeso y la raja estaba limpia; el vello terminaba justo arriba del clítoris hinchado y duro. Su panocha chorreaba sin que yo la hubiera tocado todavía, con hilos de humedad cayendo sobre mi verga. Le ordené que se acostara boca arriba. Me coloqué entre sus piernas abiertas y por fin vi esa raja rosada que chorreaba hasta el culo. Me puse a lamerle y chuparle los labios hinchados. Ella empezó a gritar, agarrándome el pelo. Le levanté las piernas hasta casi tocarle la cabeza y le pasé la lengua por el ano. Gritó “¡Ay, carajo!” y dijo que nadie le había hecho eso antes, que le estaba volviendo loca.
Aún no había tocado su clítoris hinchado. Cuando lo chupé soltó un grito y me pidió que se lo chupara hasta que se viniera. Lo succioné con fuerza y ella repetía “¡Ay, chingada!” una y otra vez, moviendo las caderas contra mi cara. Le metí dos dedos y empecé a moverlos rápido, sintiendo cómo se contraía. Echó un chorrito pequeño en mi boca, mojándome la barba. Rogó por mi verga y que la cogiera ya, que no aguantaba más sin sentirla adentro. No iba a negarle eso a esa mujer tan caliente, con las piernas temblando.
Alineé la cabeza de mi verga y se la metí de un solo golpe hasta el fondo, oyendo el sonido de carne contra carne. Rugió y gimió mientras le daba duro y profundo, embistiéndola sin parar. Me bajé de la cama, la jalé hasta el borde, le puse las piernas sobre mis hombros y seguí cogiéndola así, viendo cómo sus tetas rebotaban. Gritaba que era la verga más grande que había tenido y que nunca se había sentido tan llena, que le estaba rompiendo la panocha. Llevábamos como media hora cuando sentí que ya no aguantaba. Le pregunté dónde quería la leche y solo repetía que me la echara adentro, que la llenara toda. Le solté una buena carga bien profundo, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi verga mientras me corría.
Nos quedamos un rato acostados recuperando el aliento, con el sudor pegajoso entre los dos. Me levanté, me vestí y terminé el trabajo afuera. Ella siguió desnuda en la sala, con el semen bajándole por las piernas y goteando en el piso. Cuando terminé, me asomé por la mosquitera. Estaba recostada en el sillón, metiéndose los dedos en la panocha llena de leche y me preguntó si me importaba volver a parar a comer. Contestó que esperaría el almuerzo cada vez que pasara por ahí. Y sí, ese se volvió un lugar frecuente para comer. Mi jefa me preguntó por qué paraba tanto ahí a la hora de la comida. Le dije que me ofrecían comida casera cuando andaba por la zona. No mentí, solo no le conté qué era lo que me estaba comiendo.