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Fantasía erótica : Me dieron una idea para la próxima cita con los vecinos

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Resumen:

Carlos y Sofía decidieron tomarse un tiempo para reflexionar sobre su experiencia con Diego y Valeria. Durante la cena, Carlos propuso volver a verse con los vecinos para explorar algo nuevo sin buscar una relación más profunda. Ambos coincidieron en que solo querían probar una experiencia diferente, pero se preocupaban por dejar a su hija Lupita al cuidado de alguien más. Valeria visitó a Sofía y les transmitió la idea de Diego de organizar una carne asada para conocer mejor a la mamá de Diego. Esa misma noche, la pareja se encontró en la regadera y la cercanía física reavivó su deseo por la próxima cita.

Carlos y Sofía platicaron del fin de semana durante un par de días y decidieron tomarse un tiempo para pensar en todo lo que había pasado y en lo que podría pasar después. Sin decirlo, acordaron una pausa sexual mientras cada quien reflexionaba sobre lo que estos cambios significaban para su relación, no solo como pareja, sino también como padres. Carlos sentía un nudo en el estómago cada vez que recordaba cómo Sofía había gemido con Jack metiéndole la verga, y Sofía no dejaba de imaginar a Valeria chupándole las tetas a su marido mientras ella observaba.

Como Sofía seguía de licencia por maternidad, Carlos se puso a trabajar horas extra para compensar que la incapacidad temporal solo cubría el sesenta por ciento de su sueldo. El arreglo les dio algo de espacio y les permitió pensar con claridad. Cada noche Carlos llegaba cansado a la casa en la colonia Roma, olía el aroma a leche materna en el cuarto de Lupita y sentía que el deseo reprimido le apretaba los huevos.

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La idea en la cena

Después de casi dos semanas sin tocar el tema de volver a verse con Diego y Valeria, Carlos lo mencionó durante la cena de un martes cualquiera. El aire olía a hamburguesa de pavo quemada un poco y la televisión de fondo daba un partido de fútbol americano universitario que nadie veía.

—Creo que podemos hacerlo.

Sofía terminó de masticar su hamburguesa de pavo antes de contestar. Sus pezones se marcaban bajo la camiseta vieja porque Lupita acababa de mamar y el sostén estaba en la recámara. El recuerdo de la última cogida con los vecinos la tenía mojada sin que su marido lo supiera todavía.

—Qué bueno que lo aclaramos. Ahora dime de qué estás hablando.

Carlos se dio cuenta de que solo había estado pensando en voz alta. Se imaginó a Sofía a cuatro patas mientras Diego le embestía el culo y él mismo le metía los dedos a Valeria. La verga se le puso dura debajo de la mesa.

—Perdón. Llevo días dándole vueltas a lo de Diego y Valeria, a la idea de una cita… digamos, de otro tipo. He analizado todos los ángulos y creo que no es tan mala idea.

Sofía dejó la hamburguesa y bebió un poco de agua. El líquido frío le bajó por la garganta mientras pensaba en chupar la polla gruesa de Diego otra vez.

—¿Qué piensas exactamente?

—Que no estamos buscando ampliar nuestra relación con ellos. Solo queremos probar algo nuevo en la cama, como juguetes diferentes. Podemos intentarlo una vez y ver qué pasa. Sofía sintió un calor subirle por las piernas al imaginar a Valeria lamiéndole el coño mientras Carlos observaba.

—Exacto. Si no nos gusta, nos retiramos y ya. Diego y Valeria parecen gente sensata; entenderían.

Carlos respiró aliviado. Su verga palpitaba contra el pantalón al pensar en meterla en la panocha apretada de Valeria.

—Ellos ya han hecho esto antes y tienen un matrimonio sólido. Y ya los conocemos y nos caen bien. Solo estaríamos estirando un poco la relación.

Sofía asintió. Se pasó la lengua por los labios recordando el sabor de la leche de Diego cuando se corrió en su boca la última vez.

—Totalmente. No buscamos amor nuevo ni convertirnos en una pareja de cuatro. Solo queremos probar juguetes nuevos.

Carlos inclinó la cabeza. El olor a sudor de su propia camisa le recordó lo caliente que había estado la última cogida compartida.

—¿No serían cuatro personas un cuarteto?

Sofía le lanzó una rebanada de pepino. El pepino aterrizó en su camisa y rodó hasta el suelo. Ambos rieron bajito para no despertar a Lupita.

—Cállate, tonto. ¿Estás seguro de que te parece bien? Ni siquiera sabemos cómo conseguir una noche libre.

—He pensado mucho en eso. Ya fantaseábamos con algo así y siempre nos excitaba. El problema es la logística. No me gusta la idea de dejar a Lupita con alguien más de treinta segundos. Sofía bajó la mirada hacia sus manos. Los dedos le temblaban un poco al imaginar cómo Valeria le chuparía los pezones mientras Diego le abría las nalgas.

—Lo sé. Valeria dijo que su mamá o la de Diego podrían quedarse con ella, pero no la conocemos y dos bebés serían mucho para una señora mayor, aunque haya sido .

Carlos contestó con la boca llena. Las migajas de pan cayeron sobre la mesa mientras hablaba.

—Les escribo mañana y pregunto más.

Sofía soltó una risa. Se levantó y empezó a recoger los platos, moviendo las caderas de forma que Carlos no pudo dejar de mirar su culo.

—Traga primero. No queremos que piensen que somos salvajes.

Carlos tragó y sonrió. Se ajustó la verga disimuladamente debajo de la mesa.

—Puedo escribir mientras como. Les mando un mensaje en el trabajo y veo qué dicen. Ahora come, Lupita parece tener hambre y yo sigo sin poder alimentarla.

Sofía terminó su hamburguesa, recogió los platos y habló con la boca llena. El jugo de la carne le corrió por la barbilla y Carlos tuvo ganas de lamerlo.

—Flojo.

A media mañana del miércoles, Carlos caminaba por la buscando las palabras exactas para no sonar raro. El aire acondicionado le helaba el sudor de la espalda mientras tecleaba el mensaje.

—Hola Diego, soy Carlos. Sofía y yo estuvimos hablando de la idea de la cita doble y queremos saber cómo podría funcionar. Nos gustaría intentarlo, pero no nos sentimos cómodos dejando a Lupita con alguien que no conocemos.

Media hora después llegó la respuesta. Carlos sintió que el corazón le golpeaba fuerte en el pecho al leerla.

—Qué casualidad que escribas hoy. Valeria me preguntó esta mañana si había sabido de ti. Es una lástima que no tengan familia cerca. Puedo preguntarle a mi mamá si le gustaría quedarse con Lupita y Brenda algún fin de semana.

—No quiero sonar grosero, pero no conocemos a tu mamá. Ya nos costó trabajo dejar a Lupita con ustedes una noche, y los conocemos. Seguro tu mamá es buena gente, pero no es lo mismo.

—No es grosero, se entiende. Creo que tengo una idea. Déjame hablar con Valeria y te aviso. Ahora estoy hasta el cuello de trabajo. Cuídate.

—Que te vaya bien.

Carlos siguió con su día y olvidó el tema hasta que Sofía le mandó un mensaje diciendo que tenían que hablar en la cena y que comprara pizza. Llamó al lugar de siempre en Insurgentes y recogió la orden. El calor del cartón le quemó las manos mientras subía las escaleras.

Al entrar a la casa casi se le cae la caja. Sofía estaba inclinada en la sala, piernas rectas y cadera flexionada, el trasero apuntando hacia la puerta. Los pantalones de yoga se transparentaban un poco por la tensión y se le marcaba la raja del culo. Cuando se incorporó, Carlos vio el sostén deportivo que apenas contenía sus senos hinchados de leche.

—Ni siquiera te oí llegar. Lleva eso a la cocina, yo ya casi termino.

—Me siento estafado. Sabías que estabas haciendo yoga y nunca imaginé que se vería así de bien. Pasó de largo, sonriendo a Lupita que rebotaba en su silla. Sofía había colocado a la bebé para que lo viera todo. El olor a talco y a coño excitado de Sofía flotaba en el aire.

—Qué lindo, pero no es por eso. Empecé tarde porque Valeria estuvo aquí esta tarde.

Desde la cocina Carlos contestó con la voz ronca:

—¿Ah sí? Justo hoy le escribí a Diego.

—Lo sé. La llamó al mediodía y ella me preguntó si podía pasar.

—¿Todo bien? Traté de no ser grosero cuando le dije que no confiábamos en su mamá. Sofía entró cargando a Lupita. El bebé olía a leche y a jabón.

—Lo sé. Se puso muy seria y casi llora.

Carlos se volteó alarmado hasta que vio la sonrisa de Sofía. El susto le bajó directo a la verga y la sintió palpitar.

—Muy graciosa.

—Suerte que traigo a esta angelita o te habría atacado. ¿Qué dijo en realidad?

—Que entendía perfectamente y que tenían una idea para que nos sintiéramos más tranquilos. Están muy entusiasmados y quieren que funcione. Solo necesitan saber si estamos cómodos con que la mamá de Diego cuide a Lupita.

Mientras servía la pizza, Carlos preguntó con la boca seca:

—¿Por qué tanta prisa?

—Llevan tiempo sin invitar a nadie desde que nació Brenda, pero antes les gustaba mucho. También mencionó lo del coche y que le había impresionado lo que tú ofrecías. Carlos se cubrió la cara. El recuerdo de haberle ofrecido su verga a Valeria en el asiento trasero le dio vergüenza y excitación al mismo tiempo.

—Nunca voy a superar eso.

—Probablemente no. Aunque ella dijo que no fue del todo malo y que le pareció tierno que te preocuparas más por mí que por que te vieran desnudo. Carlos volvió a la comida. El queso caliente se le pegó al paladar mientras masticaba.

—¿De qué más hablaron?

—Diego sugirió hacer una carne asada. El clima va a empeorar y es una buena excusa para juntarnos. Y así conoces a su mamá sin que parezca una entrevista. Y Brenda ya se acostumbró un poco a Lupita; hoy hasta quiso ayudarme a darle de comer.

En ese momento Lupita empezó a quejarse. El llanto le cortó la respiración a Carlos.

—Hablando de comer… llévala a la recámara, yo termino aquí.

Sofía se acomodó en la silla, sacó un pecho y dejó que Lupita se prendiera. El pezón oscuro se hinchó entre los labios del bebé. Carlos recogió su plato y se fue a preparar todo para la noche. El sonido de la succión le provocó una erección instantánea.

Cuando regresó, Lupita dormía con el pecho de Sofía todavía afuera. Le quitó a la bebé con cuidado y pellizcó el pezón de paso. La gota de leche que salió le mojó el dedo.

—Oye, cuidado, susurró Sofía—. Todavía no ha eructado.

Carlos cargó a su hija, le cambió el pañal, le puso la piyama nueva y logró un eructo decente antes de acostarla. El monitor indicaba que dormía profundamente. Cerró la puerta y apagó las luces de la casa. El pasillo quedó en penumbras y el olor a sexo empezaba a flotar.

Encuentro en la regadera

En el baño sonaba la regadera. Se quitó la ropa y entró justo cuando Sofía enjabonaba los brazos. El vapor caliente le golpeó la cara y le humedeció la verga que ya estaba tiesa.

—¿Te ayudo con la espalda?

—Siempre. Me alegra que no tardaras. ¿Lupita se durmió bien?

—Sí. Monitores listos. Ahora déjame limpiar mi postre. La enjabonó despacio, de los hombros hasta las piernas, y después la enjuagó con la regadera. El agua corría por sus tetas y le chorreaba por el coño. Cuando terminó, Sofía se arrodilló y lo metió casi entero en la boca de un solo movimiento. La lengua caliente le rodeó la verga y el calor húmedo lo hizo gemir.

Carlos tuvo que apoyarse en la pared. El azulejo frío contrastaba con el calor de la boca de su mujer.

—Carajo… avísame la próxima vez.

Sofía sacó la cabeza y sonrió. La saliva le brillaba en los labios y en la barbilla.

—¿Dónde estaría la gracia? No te vayas a caer. Volvió a tomarlo con las dos manos y empezó a moverlas en direcciones opuestas mientras su lengua daba vueltas en la punta. Carlos cerró los ojos y dejó que el agua cayera sobre ellos. El sonido de la carne mojada contra la lengua de Sofía llenaba el baño. Ella chupaba con fuerza, mamando la verga como si quisiera sacarle toda la leche. Los huevos de Carlos se apretaron contra su cuerpo y sintió que la corrida subía imparable. Sofía metió un dedo en su propio coño mientras seguía chupando, gimiendo alrededor de la verga. El orgasmo lo sacudió entero: eyaculó en chorros espesos dentro de la boca de Sofía, quien tragó cada gota sin soltarla. El semen le bajó por la barbilla y se mezcló con el agua de la regadera. Sofía se corrió al mismo tiempo, contrayendo las nalgas y mojando el piso del baño con su propia corrida. Ambos jadearon bajo el chorro caliente, exhaustos y saciados, sabiendo que la siguiente cita con Diego y Valeria sería inevitable.

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