Resumen:
Un grupo de parejas de la Ciudad de México decide transformar sus encuentros habituales en una serie de sesiones de bukkake. Las esposas acuerdan turnarse para recibir las cargas de semen de todos los maridos mientras permanecen sin limpiarse entre rondas. La primera en hacerlo es Brenda, quien se prepara en su departamento de la Roma y recibe las primeras descargas frente a los demás. Tras un descanso, los participantes regresan para completar las diez cargas previstas. La siguiente semana le corresponderá a Sofía ser el centro de atención.
Seguimos juntándonos con nuestros amigos como siempre. Aparte de algún guiño cuando salía un chiste de sexo o la tensión que a veces se sentía en el aire, nada había cambiado. Los faciales y las cogidas nunca se mencionaron en grupo, aunque estoy seguro de que las otras parejas hablaban de eso igual que Sofía y yo a solas. Parece que aunque el grupo nunca tocaba el tema, eso no significaba que las chicas no hablaran de ello cuando estaban solas. Cada vez que nos veíamos en la colonia Roma o en alguna casa de Polanco, el recuerdo de las vergas disparando leche sobre las caras de las morras flotaba en el ambiente sin que nadie lo nombrara. Yo pensaba en cómo Sofía se había limpiado la cara después de aquella noche, oliendo a semen seco mientras manejábamos de regreso a Iztapalapa.
Una noche, después de que Sofía y las chicas pasaron el rato juntas en un depa de la Roma, ella lo sacó a colación ya en la cama. “Oye, nosotras estábamos platicando de la noche que todas recibimos faciales”, dijo, y de repente tuve toda su atención. “¿Lo volverías a hacer?” “¡Claro! Me pareció una chingonada. ¡Ahí estaré sin pedos!” le contesté con ganas. “¡Qué bueno! Yo también. Pero queremos que sea un poco distinto, nos gustó pero queremos cambiar algo”, me explicó. “¿Has escuchado de bukkake?” Me quedé callado y solo sonreí. Entonces me contó lo que las chicas habían planeado para la siguiente vez. Y para las cuatro semanas después. Cada una quería turnarse para ser el centro de un bukkake mientras los maridos les echaban la leche en la cara. La idea era que cada chica cogiera y chupara a su marido hasta que estuviera a punto de venirse. Cuando ya no aguantaran, la elegida de esa semana se arrodillaba en medio de la sala y dejaba que todos le acabaran en la cara. Igual que la fiesta anterior, nos quedaríamos desnudos y seguiríamos conviviendo, pero ella no podría limpiarse. Cuando los hombres volvieran a tener ganas, habría segunda ronda y la chica recibiría diez cargas en total. No habría contacto entre parejas distintas, cada quien con su pareja, pero una sola chica quedaría cubierta de semen. Esa misma noche todas hablaron con sus maridos para saber quiénes estaban dentro. Mientras platicábamos, el celular de Sofía vibró dos veces, pero lo ignoramos para seguir hablando. En cuanto acepté, ella agarró el teléfono y les escribió a las demás. Al tomarlo vio que los mensajes eran de Karla y Lupita diciendo que sus maridos ya habían dicho que sí. Diez minutos después ya tenía respuesta de todas y el plan estaba en marcha.
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El plan en marcha
El siguiente viernes íbamos a empezar las cinco semanas seguidas en las que nos reuniríamos para cubrir a una esposa. Las chicas ya habían decidido el orden con dados: primero Brenda, luego Sofía, Karla, Daniela y Lupita al final. Dentro de una semana Brenda estaría de rodillas frente a todos nosotros recibiendo semen en la cara. Y dos semanas después le tocaría a mi esposa hacer lo mismo, dejarse cubrir y llevar la leche puesta hasta la siguiente reunión. Sofía me contó que las morras habían discutido los detalles mientras tomaban chelas en un antro de Insurgentes, riéndose de cómo se verían con la cara empapada y sin poder limpiarse.
La semana avanzó despacio. Cada rato libre mi cabeza se iba a la idea de correrme encima de Brenda. El viernes por fin llegó. A media tarde recibí un mensaje de Brenda al grupo con una foto de ella de rodillas, la verga de Mateo flotando sobre su cara sonriente cubierta de semen. El texto decía: “¡No veo la hora de que me pongan nueve cargas más!” En minutos el teléfono no paró de vibrar con las respuestas de todos. Ella también estaba emocionada. Yo me la imaginé oliendo a semen fresco, con las tetas subiendo y bajando mientras esperaba más leche.
Esa noche llegamos a casa de Brenda y Mateo a las seis. Mateo nos recibió y nos indicó que pasáramos a la sala. Al voltear la esquina vimos a Brenda desnuda, arrodillada, subiendo y bajando despacio sobre un dildo rosa brillante. Todos nos quedamos viendo cómo se cogía a sí misma. La sonrisa de Brenda se volvió una mueca de placer, cerró los ojos y llevó una mano a sus tetas y la otra a la panocha. Sofía se arrodilló frente a mí, me bajó el pantalón y me dijo: “Mírala. No le quites los ojos de encima”. Me metió la verga en la boca. Los demás hicieron lo mismo. Vi a Brenda moverse sobre el dildo, una mano en el clítoris y la otra pellizcando sus pezones. Estaba a punto de correrme cuando Brenda abrió los ojos y me miró directo. Se metió dos dedos al lado del dildo, los sacó chorreando y se los llevó a la boca. No aguanté más. Saqué la verga de la boca de Sofía y caminé hacia Brenda diciendo que me iba a venir. Sofía me siguió, se puso detrás de mí y empezó a masturbarme hacia la cara de su amiga. Le eché chorro tras chorro: frente, ojo, boca. Sofía dirigió los últimos directo a la nariz, dejando un grueso charco. Luis y Andrés se acercaron después y también le llenaron la cara. Javier llegó corriendo y se unió. Para entonces Brenda ya casi no se le veía la piel bajo tanta leche. Sofía sacó el celular y tomó fotos. Brenda sonrió y posó. Luego volteó hacia Mateo, con la cara completamente embarrada, y le dijo: “¡Cógete!” Se levantó, él se acostó y ella se montó de inmediato, rebotando y tocándose. Los glóbulos de semen le caían sobre las tetas y sobre él. No tardó en venirse gritando. Sofía grabó todo.
En cuanto terminó, Mateo la bajó y se puso de pie. Se corrió antes de apuntar bien, una carga le pasó por encima del hombro y la siguiente le dio en el pecho. Luego le llenó la cara mientras Sofía seguía tomando fotos. Brenda se dejó caer sobre sus talones, suspirando satisfecha. Era hora del descanso. “No te limpies nada, nena”, le dijo Mateo con guiño. “No pienso quitarme ni una gota hasta que se vayan todos”, contestó ella. Nos separamos. Unos fueron a la cocina por comida y bebida. Veinte minutos después Brenda ya quería la segunda ronda.
La segunda carga
Entró a la sala, puso el celular a grabar, se puso a cuatro patas y se metió el dildo por atrás. Karla y Luis fueron los primeros. Karla se colocó frente a ella, cara con cara. Luis la penetró por detrás. Andrés se acostó al lado de Brenda y Lupita se montó sobre él. Yo me senté en el sillón y Sofía se subió de frente, cabalgándome mientras veía todo. Daniela y Javier se sentaron a nuestro lado. Daniela tomó la mano de Sofía. Mateo se colocó detrás de Brenda y ella sacó el dildo. Sofía pidió usarlo. Brenda se lo pasó. Sofía lo miró a los ojos a Luis, lo acarició un par de veces y luego se lo metió a la boca, chupando despacio las jugos de Karla. Después se lo introdujo a su panocha, encima de mi verga, y empezó a moverse con los dos dentro. El calor de la panocha de Sofía apretaba mi verga mientras el dildo se frotaba contra mí, oliendo a jugos de otra morra.
Andrés y Javier ya no aguantaron. Se levantaron y se pararon frente a Brenda, que abrió la boca mientras Mateo la cogía por atrás. Le llenaron la cara de nuevo. Ella mostró la boca llena, hizo gárgaras, tragó y abrió para que viéramos que se había acabado todo. Yo, Mateo y Luis ya no pudimos más. Rodeamos a Brenda. Ella se arrodilló rápido, boca abierta, pidiendo: “¡Échenme su leche! ¡Cúbranme toda la cara! ¡Hagan de mí su puta de semen!” Nos corrimos los tres al mismo tiempo, empapándole la cara con las tres últimas cargas de la noche. Ella se estremeció y tuvo otro orgasmo mientras le caían los chorros. Cuando terminamos se quedó quieta, ojos cerrados pegados por la leche espesa. La sala quedó en silencio, solo se escuchaba la respiración agitada de todos. Miré a Sofía en el sillón, piernas abiertas, el dildo todavía dentro, recuperándose. Tomé fotos de ella y luego del resto de las chicas. Después me acerqué a Brenda y le saqué varias tomas más. Era una completa puta de bukkake, tal como había querido. Y esto apenas empezaba. La semana siguiente le tocaba a mi esposa. No veía la hora.