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Cuento gay : Entregué el correo y le mamé la verga en su cocina

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Resumen de esta Historia:

El día fresco me calaba los huesos mientras paraba la camioneta en Calle Nogal número 3221 con una carta certificada para don Enrique Salazar. Toqué la puerta. Él abrió envuelto en una toalla blanca, me invitó a pasar del viento helado al calor del pasillo y sacó su licencia de una cómoda. Firmó sobre la barra de granito de la cocina; la toalla se resbaló, dejando al aire su verga monstruosa, gorda y venosa, colgando seis pulgadas floja con olor a jabón fresco. Me sonrojé, pero mi bulto tieso me delató. Me sobó por encima del pantalón, plantó mi mano en su erección de nueve pulgadas palpitantes y me empujó de rodillas. Lamí el glande morado, chupé con hambre el precum dulce mientras el ventilador zumbaba. Me cogió la boca con lubricante mentolado hasta soltarle chorros calientes de lefa en la garganta. Luego me pajeé para él; se arrodilló y me mamó hasta vaciarme. Salí tambaleando, con su invitación quemándome la mente.

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El día andaba fresco, con nubes grises tapando el sol, y el viento me calaba hasta los huesos. Una entreguita más antes de la comida y ya me calentaba en la camioneta con el radio prendido. Paré enfrente de la casa en Calle Nogal número 3221, agarré la carta certificada del asiento del copiloto; no caen muchas de esas, pero ya traía listo el show pa’ que me mostraran licencia y firma. Bajé de un brinco, el pavimento húmedo crujía bajo mis tenis, y caminé por la entradita; el buzón colgaba chueco al lado del techo del coche, así que me fui derechito a la puerta principal. Toqué tres veces fuerte, con los nudillos doliéndome del frío. Iba por el segundo round cuando se abrió apenas una rendija. Ahí estaba un vato de pelo plateado, barba podada al ras, envuelto nomás en una toalla blanca alrededor de la cintura. Le solté el rollo: traía correo registrado pa’ don Enrique Salazar, necesitaba su licencia pa’ que firmara. En lugar del pedo habitual, nomás cabeceó: “Órale, no hay bronca”. Me hizo señas pa’ pasar adentro, porque afuera seguía el viento helado zumbando entre las ramas. Dudé un segundo; la regla es no meterse a las casas, pero el calor del pasillo me jalaba, y él insistió con una palmada en el aire. Caminó hasta un cajón de la cómoda, sacó su cartera de piel gastada y regresó. La chequé rápido, vi la foto, le pasé el recibo. Pa’ ser un tipo grandote, estaba en forma: músculos duros, piel morena del sol. Se agachó sobre la barra de granito de la cocina pa’ firmar, y de repente la toalla se le resbaló al piso con un ruido sordo. Quedó al aire su verga monstruosa, gorda, colgando como seis pulgadas floja. Me quedé pasmado, los ojos clavados en esa cosa venosa; el olor a jabón fresco me pegó en la cara mientras firmaba.

Terminó de garabatear y se viró pa’ mí con el papel en la mano, sonriendo de lado. “¿Te late lo que ves, carnal?”. Me puse rojo como tomate, balbuceé un “nel” mentiroso. Bajó la mirada a mi pantalón de trabajo, donde ya se marcaba el bulto tieso. “Tu verga grita lo contrario, güey”. Miré pa’bajo: ahí estaba, dura como fierro, palpitando contra la tela áspera. De chinga, me la sobó por encima, el calor de su palma traspasando el jeans, y brincó mi cuerpo entero. Agarró mi mano sudada y la plantó en su verga, que ya se ponía erecta, midiendo fácil nueve pulgadas gruesas, venas latiendo como cables. “Se siente chingona, ¿verdad?”. Sin pensarlo, empecé a pajearla despacio, la piel suave deslizándose sobre el tronco firme; el ventilador del techo zumbaba bajito, moviendo el aire tibio del cuarto. “Está de poca madre, ¿no?”. Asentí como idiota, la boca seca. Su mano grande se coló detrás de mi cuello, hummeda de sudor, y me empujó de rodillas al piso de loseta fría. “Lame la cabeza, échale ganas”. Saqué la lengua, la pasé alrededor del glande morado, saboreando el salado inicial. “Así, buen pedo”, gruñó ronco. Empezó a botar precum dulce, como miel tibia, y lo lamí todo, chupando con hambre. Agarró el tronco con puño firme y ordenó: “Abre la boca, cabrón”. Obedecí, y metió despacio esa grosura entre mis labios estirados, el olor almizclado subiéndome por la nariz. Moví la cabeza arriba y abajo, como si fuera una paleta de las ferias, caliente y pegajosa; lo oía gemir grave, vibrando en su pecho peludo mientras le mamaba el cuerpo entero.

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Mi verga me latía adentro del pantalón, a punto de reventar, mientras le chupaba ese tronco que no me cabía todo, pero le metí ganas porque el calor me quemaba las tripas. De repente, se la sacó de la boca con un pop húmedo y dijo: “Quédate ahí quieto, no he acabado contigo”. Me quedé de rodillas, jadeando, el piso fresco contra las rodillas raspadas. Se metió a un cuartito lateral y volvió con un tubo de lubricante verde, como pasta dental de farmacia. Lo exprimió en los dedos, untándose la verga de arriba abajo hasta que brillaba babosa bajo la luz amarilla de la cocina; luego me metió esos dedos en la boca, cubriéndome la lengua con el sabor mentolado, fresco como chicle. Agarró su verga con una mano, la otra en mi cabeza, y la clavó de nuevo entre mis labios. Empezó a moverla de lado a lado, despacio al principio, empujando más profundo en mi garganta; pa’ mi sorpresa, no me dio náusea, nomás el glande golpeando suave. Me sujetó la cabeza y el cuello con las dos manotas callosas, y arrancó a cogerme la boca como si fuera panocha. Respiraba agitado, gruñendo con cada embestida, metiéndola más hondo, más rápido; sentía sus huevos sueltos, pesados y arrugados, rebotando en mi barbilla sin afeitar. La verga palpitaba furiosa adentro, y supe que estaba cerca. Apreté los labios alrededor del tronco caliente, listo pa’ la leche espesa. De golpe, me jaló hasta la base y me soltó un chorro enorme de lefa caliente, directo a la garganta, salada y abundante; me tuvo clavado mientras seguía empujando, vaciándome la boca con cada espasmo. Al fin me soltó, se sacó con un chorro final en mi barbilla, y soltó un gemido largo, satisfecho. “Órale, carnal, vas a aprender chingón”.

Yo ardía en fuego, la verga a punto de explotar, y él lo notó en mi cara sudada. “Saca esa verga y pajeátela pa’ mí, échale ganas”. No resistí, desabroché el cinto, bajé el zíper y saqué mi verga tiesa, roja, palpitando al aire con olor a sudor del día. “Así, pajeátela rico pa’ mí”. Nunca me la había pajeado pa’ otro vato, mucho menos le había mamado la verga así de salvaje, pero no paré; cerré los ojos, la mano volando sobre el tronco sensible. Antes de darme cuenta, algo caliente y húmedo me envolvió: abrí los ojos y ahí estaba él de rodillas, mamándome la verga con boca experta, la lengua girando alrededor del glande. El sonido de succión mojada llenaba el cuarto, mezclado con mi jadeo ronco; en minutos, le boté el chorro más cabrón de mi vida, leche espesa saliendo a chorros mientras me drenaba hasta la última gota. No paró hasta dejarme seco, lamiendo despacio el residuo. Me subí el pantalón rápido, la tela pegajosa contra la piel sensible, y me fui a la puerta tambaleando. “Te espero de regreso después del jale, tienes más pa’ aprender, güey”. Asentí como bobo y salí al fresco de la banqueta, el viento secándome la cara mojada. Subí a la camioneta, el motor rugiendo al prender, respirando como si hubiera corrido un maratón por lo que acababa de pasar en esa cocina.

Todo el día lo tuve en la cabeza, la verga poniéndose dura cada rato contra el volante gastado, mientras repartía paquetes bajo el sol que al fin salió, calentando el asfalto hasta que olía a llanta quemada. No paraba de recordar el sabor mentolado en la lengua, el peso de sus huevos en la barbilla, la lefa caliente bajando a chorros. Al salir del jale, con las manos oliendo a papel y sudor, corrí a mi vochito viejo, prendí el motor que tose como abuelo, y me lancé pa’ su casa en Calle Nogal. Pero eso ya es pa’ otra plática, carnal. La barra de granito de la cocina todavía me ardía en la memoria.

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