Resumen de esta Historia:
Pasaron tres días sin pedido de café de Pedro, el agente del Pentágono, y me preocupé de verdad. Mandó mensaje: “Quiero a mi morra caliente con un café bien calientito”. Me reuní con Yuri en el sótano húmedo y frío de un edificio abandonado, donde me felicitó por hackear su sitio y me dio un chip rastreador y tips para avanzar. Orgullosa de mi origen en ranchito minero, drogué su café con S7, lo dejé inconsciente tras cogerme brutalmente en su depa, instalé el programa en su compu y cambié su teléfono. Al amanecer, le di paja de pies con mis plantas sudorosas hasta que se corrió en mis deditos y lamió su propia leche. Iván confirmó el éxito. Conflicto: gozaba su verga mientras traicionaba por Rusia, soñando con medalla de Héroe de la Federación.
Aquí está tu Historia: Me cogí al agente del Pentágono con paja de pies
Pasaron tres días sin que me cayera un pedido de café. Ya me andaba preocupando de a de veras. Pensé que a lo mejor se arrepentía de todo. Pero el mensaje llegó clarito: “Quiero a mi morra caliente con un café bien calientito”. ¿”Mi morra”? Ja, el güey se había caído gacho por mí. Ahora sí podía acercarme un chorro más. Él iba a ser mi canal directo pa’ todos los secretos del enemigo, y ni en cuenta se iba a dar.
Le mandé un mensaje a Iván y le platiqué lo que pintaba. Me contestó al tiro, que necesitaba verme de una vez. Alguien de la central quería platicar conmigo. Iván me pasó la ubicación y me largué pa’llá sin broncas. Nos vimos en el sótano de un edificio chueco, todo abandonado. Hacía un frío que calaba hasta los huesos, con un olor a humedad rancia que te pegaba en la nariz. El tipo se presentó como Yuri, de la central. Dijo que la info que había sacado era lo más chido que cualquier agente había juntado en años. Acceder al sitio del Pentágono era más de lo que hubieran soñado despierto.
Yuri me dio tips pa’ pasar de la página de enfrente y me animó a que le entrara otra vez. También me clavó un celular con una chip nueva. Me pasó otro disco zip y me dijo que lo descargara en la máquina de Pedro. Venía con un programita que rastreaba todo: teclas, clics, y lo mandaba por Wi-Fi a la central sin que se enteraran. Al final, Yuri me dio un abrazote de esos que te parten las costillas y me soltó que cuando regresara a Rusia, el mero Presidente me iba a colgar la medalla más alta en el pecho: Héroe de la Federación. Yo había hecho lo que nadie en décadas. Me deseó suerte y me mandé cambiar.
Mi cabeza daba mil vueltas con el ruido de autos lejanos filtrándose por las grietas del sótano. Me sentía bien orgullosa, carnal. Yo, que crecí en un ranchito minero de la sierra, pobre como las ratas, con el destino de romperme la espalda en la mina hasta que el polvo tóxico me matara. Ahí estaba yo, en lo más hondo del territorio enemigo, sacando los secretos más guardados. Pronto me iban a dar el honor más cabrón de mi tierra. Cómo había cambiado todo, güey.
Agarré un café de la tiendita de la esquina, bien negro y humeante con ese vapor que te quema la cara, lo mezclé con la S7 que Iván me había refilado, y me fui al depa de Pedro. Llegué a la puerta y apenas levanté el puño pa’ tocar. La puerta se abrió de un madrazo antes de que diera en ella. Pedro me jaló adentro como si nada, me pegó a la pared y me clavó un beso de lengua profunda. Sus manos ya andaban quitándome la blusa y el brasier. El carnal traía una sola idea en la mollera. Pero yo no andaba ahí pa’ puro sexo; traía misión.
Lo empujé suave y le eché carrilla: solo era la morra del café. ¿Quería su cafecito? Pedro se lo arrebató de la mano, se lo avientó de un trago hasta el fondo y lo aventó al piso con un ruido de vidrio rompiéndose contra las losetas. Me miró serio, con los ojos clavados, y me dijo que no solo le iba a dar propina, sino todo el tronco. Yo hice un ronroneo como de morrita escandalizada. Pedro me cargó al hombro como si fuera un costal y me llevó a su cuarto, donde el ventilador del techo zumbaba perezoso contra el calor pegajoso. Me aventó a la cama y me arrancó la falda y las calzas de un jalón. Se bajó los pantalones, soltando su verga dura y gruesa, con las venas marcadas. Me dio una mirada bien oscura, luego se trepó sobre mi cuerpo chiquito.
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Puso la punta de la verga en los labios de mi panocha y la restregó de arriba pa’bajo, con la piel caliente rozando mi humedad. Luego se la clavó sin broncas, hasta el fondo. Sus huevos me azotaban el culo con cada empujón, un sonido húmedo y rítmico que llenaba el cuarto. Yo chorreaba como si me hubieran abierto la llave de paso adentro. Cerré los ojos. Aunque traía misión, Pedro era un vergudo de primera y de veras gozaba tenerlo metido hasta el tope. Pedro me agarró el cuello con fuerza, se inclinó y me besó con la lengua invadiendo. Apretó tanto que pensé que me iba a dejar sin aire. Mi cuerpo se llenó de un miedo chiquito y una adrenalina que me hacía latir el corazón como tamborazo.
Peter acercó la boca a mi oreja, con su aliento caliente oliendo a café y tabaco, y me preguntó si me gustaba ser su esclava sexual. Le susurré que sí, con la voz ronca. Ese soplido fue la mecha. En un parpadeo, la cama brincaba del piso. Los resortes del colchón chillaban como si los machacaran en un lagarto. Ahí supe que yo nomás era pa’l viaje. Pedro mandaba al cien y me iba a coger hasta que él dijera “ya”. Enrosqué mis piernas en su cintura y lo dejé llevarme a su ritmo. Su verga gruesa me calzaba perfecto en la panocha; la vena gorda de arriba me rozaba el clítoris de una forma que me hizo venirme en minutos, con el cuerpo temblando y un calor que se esparcía desde el estómago.
Mi orgasmo lo prendió más. Me preguntó si quería correrme otra vez. Asentí y me mordí el labio inferior. Pedro me empaló contra el colchón con una fuerza que ningún otro carnal me había metido. Después de lo que parecieron horas de cogida brutal, su cuerpo se puso tieso como tabla y empezó a bombear su leche directo a mi útero. Chorros calientes y espesos llenaron mi panocha empapada, con el olor almizclado subiendo del colchón sudado. El sudor le chorreaba del pecho mientras me agarraba la barbilla y me besaba profundo, con la lengua saboreando mi boca. De repente, se aflojó todo y cayó encima de mí, pesado como plomo. La S7 ya había hecho su chamba.
Me arrastré de debajo de Pedro, con el cuerpo pegajoso de sudor y semen resbalando por mis muslos, y me puse a trabajar al tiro. Agarré su teléfono y cambié la chip por la que Yuri me dio. Luego abrí su compu, me conecté a la red y descargué todo el disco zip que traía el programita rastreador. Después entré al sitio del Pentágono e intenté avanzar. Pura bronca. Cada página pedía verificación o clave. Me la pasé horas jugando con eso y no pasé ni madres. Tendría que pedirle más tips a Yuri. Cuando terminé con la máquina, el sol empezaba a colarse por las persianas, tiñendo el cuarto de un naranja sucio. Pedro se movió un poco. Guardé la compu y me metí a la cama con él, como si nada.
Otra vez traía verga matutina, tiesa y palpitante contra mi pierna. Enrosqué mi manita chiquita en esa verga dura y la acaricié despacio, sintiendo la textura venosa bajo la piel caliente. Los ojos de Pedro se abrieron de golpe y se le dibujó una sonrisa pendeja. Me jaló hacia él y dijo que quería cogerme de nuevo, ya mero. Le dije que no podía, que me tocaba turno temprano en el jale. Me senté en la cama, giré el cuerpo y le puse los pies en la cara. A Pedro le encantó; su verga se puso más dura, apuntando al techo. Apoyé las plantas en su barbilla y boca, y enrosqué mis deditos en su nariz. Respiró hondo, oliendo el sudor salado de mis pies, y soltó un gemido grave. Ah, un footboy de hueso colorado. Irana me había platicado de ese pedo en el entrenamiento, con lujo de detalle.
Le dije que chupara mis dedos, con voz mandona. Pedro me agarró los tobillos y empezó a besar mis pies, lamiendo la piel áspera de las plantas. Mientras le pajee su verga dura, él me chupaba los deditos uno por uno, con la lengua caliente colándose entre ellos. Sus huevos se pusieron como piedras duras. Los acuné con la mano libre y le pregunté si quería venirse en mis dedos. Pedro gimió y dijo que sí, rogando. Le advertí que si lo hacía, tendría que limpiar su propio desmadre con la lengua. Pedro empujó mis pies hacia su verga y me suplicó que lo hiciera correrse. Le pajeé un rato más, sintiendo cómo palpitaba, hasta que roció su leche espesa en mis deditos y plantas, con chorros calientes salpicando la piel.
Mientras Pedro se corría, soltó un gruñido bajo que vibró contra mis plantas. Vi cómo su verga glaseaba mis dedos y el arco de los pies con esa leche pegajosa y blanca. Cuando terminó, deslicé mis pies de vuelta a su cara y le apunté los dedos con cara seria: “Limpia tu desmadre, carnal”. Pedro obedeció sin chistar ni una. Su lengua se colaba entre mis dedos, chupando cada gota de su propia leche con un sonido de succión húmeda. Terminó lamiendo los restos de las plantas, tragando todo hasta dejarlas relucientes. Cuando acabó, salté de la cama. Me vestí rápido, lo besé en la boca con sabor a semen y café, y me largué por la puerta.
Más tarde ese día, Iván me mandó mensaje pa’ decirme que la misión de infectar su teléfono y la compu había sido un éxito rotundo. Sonreí sola en la banqueta caliente, con el sol quemando el asfalto. Mi entrenamiento había valido cada gota de sudor. Estaba sacando los secretos pa’ mantener a salvo a la Madre Patria, mientras me daban servicio de panocha con la verga increíble de Pedro. Lo único mejor que eso sería colarse a los secretos más profundos del Pentágono. Nomás tenía que echarle más ganas. El ventilador del cuarto de Pedro todavía zumbaba en mi cabeza.
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