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Historia de MILF : Me prende que el papá de mi novio me mire las piernas

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Resumen:

La narradora nota las miradas intensas del padre de su novio, Etán, hacia sus piernas durante visitas a su casa. Al principio lo sorprende, pero pronto comienza a provocarlo con movimientos calculados, como estirar las piernas o agacharse de forma sugerente. La tensión crece en momentos cotidianos, como ver televisión o ayudar en la cocina, mientras mantiene una relación íntima con Etán. Un incidente casi los descubre en el sofá, dejando sus prendas íntimas a la vista. La atracción prohibida se intensifica cuando quedan solos, y él confronta sus provocaciones directamente, revelando el juego mutuo que ha estado en marcha por semanas.

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La que caché a Marcos viéndome de esa forma me dejó pasmada. Estaba tirada en el sillón con Etán, echándonos una película de esas de balazos bien gachas, cuando su jefazo cruzó la sala rumbo a la cocina. No dijo nada fuera de lo normal, nomás preguntó si quería un refresco o algo, pero el modo en que me clavó la mirada al hablarlo no pegaba con su voz calmada. Sus ojos bajaron por mis piernas antes de fingir que checaba la tele, como si no pasara nada. Pero una morra sabe cuándo un carnal la está midiendo de arriba abajo. Es como un pinche radar que se activa con la forma en que te recorren o con un comentario cualquiera. Puro instinto de chava.

Después de eso, yo empecé a ponerle ojo a él también. A cómo se le inflaban los brazos al cargar las bolsas del súper, cómo se quitaba la camisola sudada cuando llegaba del jale, o la santa paciencia que le echaba cuando Etán lo sacaba de sus casillas con sus berrinches. No era como mi carnal, que es un desmadre impredecible y bien gritón. Marcos se movía con una seguridad bien clavada, como si supiera exacto cada paso que daba sin titubear. Y yo me moría por saber cómo se sentiría esa firmeza cuando se trataba de entrarle a una chava de verdad, con todo y lo que trae. Unos días después lo pillé otra vez recorriéndome con la vista, y no hice como tonta. Estiré las piernas en el sillón pa’ que mis shorts se subieran un cachito más, dejando que la tela rozara la piel caliente del verano. Se quedó un ratote ahí parado, como checando el partido en la tele, antes de rajar. Me dejó con un nudo en las tripas, sabiendo que me había estado comiendo con los ojos. Me repetí que no era na’, pero ya andaba calculando tiempos: pasar por la cocina cuando él andaba ahí, o agacharme de la cintura pa’ atrás en vez de por las rodillas al jalar algo del refri. Cada vez que sus ojos me barrían, se me prendía un calor chingón en el estómago, como si el ventilador del cuarto no jalara pa’ enfriarme. Nunca se pasó de lanza, ni me rozó ni me dijo nada sucio, y por eso mismo su control me traía de a madres.

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Llegó el momento en que no podía sacármelo de la cabeza ni con Etán encima. Cerraba los ojos y lo veía parado atrás de mí, mirándome en silencio mientras el olor a carne asada del comedor se colaba por la puerta. Me sentía bien culera por eso, pero no le entraba al quite ignorando lo que me calentaba tanto. Etán y yo nos echábamos otra de sus películas de superhéroes, o no se enteraba de que me valían madres o le sudaba, y ya lo había distraído lo suficiente pa’ que estuviéramos comiéndonos la boca en el sillón. Se inclinó sobre mí, con la mano en mi muslo y metida ya adentro del vestido corto. Sus dedos rozando mi piel tibia me volvían loca mientras me provocaba con toques suaves. Lo empujé pa’ subirme a horcajadas, y mi vestido se me amontonó en las caderas, dejando al aire la panocha ya mojada. El zipper me raspó la palma cuando lo bajé pa’ sacarle la verga. Gimió adentro de mi boca al agacharla, y la sentí palpitar dura con cada jalón mío, el sonido chapoteante de mi mano en su piel húmeda llenando el cuarto junto con nuestros resoplidos. Ya me había quitado las calzones antes, pa’ alargar el juego y sentir el aire fresco en la raja.

Justo cuando me levantó el vestido pa’ sacármelo por los pies, el ruido de la puerta principal nos dejó tiesos. Oímos las llaves rechinando en la chapa, y me bajé de Etán de un brinco, jalándome el vestido con el corazón latiéndome en la garganta como tamborazo de cumbia. Él se metió la verga a los jeans a la rápida, forcejeando el zipper mientras su jefazo abría la puerta a la sala. Los dos hicimos como que nada, Etán se inclinó con el control remoto pa’ tapar el bulto, y yo me enredaba el pelo como si no estuviera todo revuelto por sus manotas. Marcos se plantó en la entrada, nos miró de uno al otro sin cambiar la cara. Pero supe que me estaba cachando igual, con ese brillo en los ojos. Dijo un “qué onda” bien bajito de camino a la cocina, y la tensión que dejó flotando me puso la cara como tomate maduro bajo el sol de mediodía. Etán soltó una risa nerviosa, yo le di un codazo en las costillas. Nos reímos bajito pa’ no armar escándalo, el eco del refrigerador zumbando de fondo.

Me paré a sacar un agua fría del refri, con las piernas todavía temblorosas y la piel erizada. Al voltear al sillón, se me cortó la risa en seco. Ahí estaban mis calzones, tirados en el cojín de enfrente a Etán, bien a la vista donde había entrado su papá. Me quedé clavada un segundo, con el pecho a mil por hora como si me fuera a dar un patatús. Eran chiquitos, rosa chillante contra el sillón café gastado… se notaban a leguas si hubiera puesto ojo. Etán siguió mi mirada y se mordió el labio pa’ no carcajearse. “Cállate, pendejo”, le siseé, mortificada de que su jefazo nos hubiera pillado el desmadre. Corrí a aventarlos en un bolsillito del vestido y me fui al baño a ponérmelos, el piso de loseta fría bajo mis pies descalzos. Ya me habían convidado a la cena, así que me senté a la mesa frente a él, fingiendo que todo estaba chido mientras el olor a tortillas calientes invadía el aire. Etán hablaba de no sé qué pendejada del trabajo, porque yo nomás sentía a Marcos ahí sentado, su presencia pesada como el calor del asador afuera. Cada tanto levantaba la vista poquito pa’ pillarlo mirándome también, no obvio pero con un cambio en los ojos, como si en las últimas semanas se hubiera movido algo entre los dos. Siempre había habido tensión, y tal vez me la estaba chingando, pero me ponía bien nerviosa el jueguito.

Cuando se nos cruzaron las miradas un ratito, me puse toda nerviosa y volteé rápido al plato. Después de la cena, Etán se ofreció a llevarme a la casa. Órale, sí, era más fácil que quedarme un minuto más fingiendo que no sentía un chorro cada vez que Marcos me hablaba con esa voz grave. Era finales de verano, así que aunque ya era noche, el aire seguía pesado y caluroso como en un atardecer de julio en el barrio. A mitad del camino, Etán se metió a un estacionamiento vacío entre unos edificios bajitos, con las tienditas cerradas y el eco de un perro ladrando a lo lejos. Apagó el coche, me miró con su sonrisita pendeja y tierna. Pa’ cuando nos pasamos al asiento de atrás, ya tenía el cierre abierto y yo las calzones quitadas otra vez, el cuero del asiento pegajoso contra mi piel sudada. Me jaló pa’ subirme encima, con las manos trepando por mis muslos gruesos. Me subí el vestido hasta la cintura, lista pa’ rascarme la comezón que traía latiendo desde la tarde en la sala.

Pero cuando me besó, lo único que veía era a su jefazo. Me lo imaginaba viéndome en la cena, cómo se ponía tenso cuando cruzaba las piernas donde él podía ver el borde de mis shorts, o cómo nos miró de uno al otro en la sala fingiendo que no había visto el desmadre. Un segundo la culpa me pegó duro: es el papá de Etán, no puede pasar na’, está de huevos prohibido. Pero no duró ni madres, y cuando la mano de Etán se coló bajo mi vestido, cerré los ojos y no era la suya la que sentía, sino la de Marcos, ruda y callosa de tanto jalar en el taller. Gemí chingón y me moví más recio contra sus dedos, queriendo acabar lo de antes con un pico brutal. Sus ruidos se mezclaban con los de mi cabeza revuelta, preguntándome cómo sonaría Marcos gruñendo si algún día me animaba a empujar las cosas pa’ delante. Y aunque Etán gemía mi nombre, yo sabía bien en quién andaba pensando de a de veras, el sabor salado de su cuello pegado a mi lengua.

Lo besé con todo pa’ traer mis pensamientos de vuelta a mi carnal. Sus manos andaban por todos lados, manoseándome sin parar: por mis costados, clavándome los dedos en las costillas, jalándome el vestido hasta la cintura arrugada. Sé que no es el sueño de todas las morras, pero a mí me prendía cañón estar en la parte trasera de un vochito, en un estacionamiento desierto, sin dónde madrearnos si pasaba un cuate con linterna. Me perdí en sus gemidos cuando le restregaba las caderas contra la verga dura. Algo en cómo gruñía cuando se la agachaba me hacía sentir como reina pinche. Me puso las manos en las nalgas y me levantó pa’ acomodarse bien. Lo ayudé a empujar sus jeans, viéndolo retorcerse en el espacio chiquito hasta bajárselos a los tobillos, el chirrido de la tela contra el piso del coche. Apenas terminó, me senté encima, con su verga palpitando pegada a mi panocha mojada.

—Dios, qué chingona te sientes, gimió, con la voz ronca.

—Pues no pares, güey, le sonreí, picarona.

No paró ni madres. Sus manos bajaron a mis muslos y yo jalé mi vestido que se nos había atorado en las caderas. Cada movimiento mío lo restregaba en mi clítoris y me mandaba un jalón eléctrico por la espalda. Agarré sus hombros y se me clavaron las uñas por la camisa sudada. Le restregaba la raja contra él, encorvada en el espacio angosto del asiento. El chirrido de los amortiguadores nos hizo reír entre besos babosos. Yo jadeaba fuerte y el coche se empañaba tanto que el pelo se me pegó al cuello húmedo, hasta que llegué al pico y me tembló todo el cuerpo como en un sismo. Me sacudí contra él, mordiéndome el labio pa’ no gritarle en la oreja, pero fue como si soltara toda la semana de tensión acumulada. Unos segundos no vi ni vergas, solo chispas blancas.

Luego Etán me abrazó fuerte, dándome besitos en el hombro salado. Después de dejarme jalar aire, sentí su mano en mi nalga, empujándome poquito pa’ entrarse de una. Sonreí y me levanté con una disculpa floja. Sentí su punta en mis labios mojados mientras flexionaba pa’ apuntar bien. Bajé la mano, me unté jugos en los dedos, lo agaché unas veces pa’ que estuviera bien resbaloso y brillante, y lo guié a mi entrada chorreante. Me fui bajando en la única verga que conocía bien, y aunque mis pensamientos anduvieran volando, todavía me encantaba cómo me llenaba hasta el fondo, estirándome con cada centímetro.

No tardó en cogerme con su propio desmadre, embistiéndome recio, y los pensamientos volvieron a jalarme. No podía evitar preguntarme qué traería Marcos entre las piernas, bien guardadito en esos jeans desgastados. ¿Sería parecida la verga? ¿Jalaba lo de “el hijo sale al padre” pa’ esas madres? Etán se sentía perfecto ahora, pero al principio era un chorro. ¿Podría con más si Marcos fuera más vergudo y grueso? Traté de enfocarme en el cuerpo flaco bajo mis manos pa’ quedarme en mi novio y no en su jefazo, mientras le daba brincos salvajes. Cada bajón me mandaba otro jalón por la panocha. Mis piernas se me apretaron alrededor de las suyas, las mariposas en el estómago subían otra vez como si me hubiera echado una chela fría de más. Agarré el asiento atrás de él pa’ más fuerza, y él me clavó las manos en las caderas pa’ jalarme más duro, el sonido de piel contra piel retumbando en el vochito cerrado.

En el coche sin distracciones, todo sonaba más cabrón: los gemidos, los choques, el cuero crujiendo. Me incliné y le puse un pezón en la boca; no perdió tiempo en morderlo suave, el dolorcito dulce mandándome chispas. Una mano se le fue atrás, frotándome la piel sensible del culo que se restregaba en su verga con cada empuje profundo. Cuando me mordió la puntita, mis paredes se le apretaron como tenaza y me vine otra vez, chorreada. Lo sentí palpitar adentro, soltó mi pezón mientras se tensaba todo y me pegó la frente en el pecho sudoroso. Sentí su leche caliente pintándome las entrañas. Sus brazos me aplastaron los muslos mientras sus caderas se quedaban clavadas arriba, sin soltar. Dejé de brincar y nomás le moví las caderas pa’ revolverlo adentro hasta que se relajó, jadeando contra mi piel.

Lo besé, amando el sabor salado de sus labios mientras mi lengua se metía en su boca profunda. Nos quedamos así hasta que su respiración bajó y se me ablandó adentro, flácida. Cuando su leche empezó a escurrir por mis muslos, metí la mano entre nosotros pa’ taparme mientras me bajaba y me recargaba a su lado, el asiento pegajoso bajo mi nalga. Traté de agarrar lo que podía pa’ no ensuciarle los jeans o el coche con mi desmadre, y me estiré por unos kleenex de la consola central pa’ limpiar el resto, oliendo a sexo y sudor mezclado.

Los momentos después fueron de puro silencio cómodo, los dos tirados en el asiento de atrás lo más que se podía en ese vochito viejo, riéndonos por el subidón post-cogida que nos tenía eufóricos. Nos miramos y no paraba de sonreír, toda alegre y aturdida como después de unas cheves en la banqueta. Susurramos pendejadas de cuánto nos queríamos y lo chido que se había sentido todo, antes de que me pusiera las calzones y él se subiera el cierre con un gruñido. No dijimos mucho el resto del camino a mi casa, pero su mano se quedó en mi rodilla todo el trayecto, tibia y familiar. Casi me sentía mal, porque eso me hacía pensar en cuánto le miraban las piernas su jefazo. Y luego me pregunté cómo se sentiría su mano callosa ahí, apretando.

Los días pasaron volando y no podía dejar de notar cómo sus ojos siempre caían en mis piernas, como imán. Entre más lo cachaba, más me veía yo misma como él podría: lo gruesas que se me habían puesto los muslos desde que entré al equipo de voleibol en la uni, todos los saltos, clavadas y sentadillas marcando el tono que bajaba firme a mis rodillas y se afinaba en las pantorrillas prietas. Nunca les había puesto atención real, pero ahora me las quedaba midiendo todo el tiempo en el espejo del baño, con el vapor del regadero aún pegado al vidrio.

Cuando andaba con él cerca, me ponía bien alerta a detalles chiquitos, como cómo cruzaba las piernas al sentarme en la mesa o qué tan alto se me subían los shorts al moverme en el sillón, la tela rozando la piel sensible. Al principio me sentía culera por provocarlo a huevo, pero cada vez era más cabrón no entrarle al juego. Una tarde lo ayudaba en la cocina mientras él cocinaba unos bistecks, platicando con Etán que estaba en la mesa scrolleando el cel con una cerveza tibia en la mano. Marcos me pidió una especia del gabinete alto, y me subí de puntitas pa’ agarrarla, sintiendo mis piernas tensarse y un montón de tela metiéndose entre las nalgas con el estirón. Me acordé de cómo una amiga siempre decía “tu culo tiene hambre otra vez” y se reía mientras me sacaba el bolillo del short. Cuando bajé con el ajo en la mano y volteé, lo pillé tratando de disimular, pero ya valió madres, el aire cargado con olor a cebolla sofrita.

Pa’ ese fin de semana en el sillón, hasta creo que se notaba que yo andaba buscando su atención a full. Era un sábado aburrido con un juego de béisbol en la tele, el sonido de la multitud zumbando bajito, cuando saqué una cremita de mi bolsa. Apenas empecé a untármela en las piernas, sentí a los dos viéndome fijo. Olía a fresa , imposible no olerla mientras la masajeaba desde los muslos carnosos, pasando las rodillas hasta los tobillos con jalones largos y círculos de las palmas en la piel suave y tibia. Me tardé adrede, saboreando la textura cremosa. Etán dijo algo del olor chido y se recargó más en el sillón. Su jefazo no pipó ni madres, pero lo vi tragar saliva fuerte antes de voltear a la tele, la nuez de Adán subiendo y bajando.

Eso bastó pa’ que el pensamiento se me fuera corriendo por la cabeza otra vez, ese cosquilleo persistente y peligroso en el fondo del estómago mientras seguía untando, subiendo al otro muslo despacio. Más tarde esa misma tarde, a Etán le hablaron de su jale de verano por un desmadre que no hizo, y tuvo que rajar corriendo. “No tardo, mi reina”, dijo agarrando las llaves del vochito. Le dije adiós desde el sillón como si nada, aunque ya se me había acelerado el pulso como en una carrera. Llevábamos lo suficiente pa’ que no fuera raro que me quedara en su casa mientras salía, pero nunca me había picado así la idea de quedarme sola con Marcos, el silencio del cuarto amplificando el zumbido del ventilador.

Cuando la puerta se cerró con un clic seco, todo se sintió diferente, cargado. El juego seguía en la tele con los bateadores gritando, pero yo notaba cada detalle alrededor, como si tuviera los sentidos en alerta máxima: el calor pegajoso del aire, el olor a popcorn rancio del sillón. Me recargé, estirando las piernas pa’ que el sol poniente les pusiera un brillo aceitoso a la crema que me había echado. Hasta a mí me gustaba cómo se veían, cálidas y suaves como pan recién horneado. De reojo vi a Marcos voltear. Se carraspeó la garganta, rompiendo el silencio.

—Órale, como no va a tardar mucho, ¿te… te quedas a la cena?

—Tal vez, le sonreí un poco, juguetona—. Depende de qué cocines, carnal.

Le sacó media sonrisa torcida.

—Puedo asar unos bistecks, supongo.

Cuando se levantó pa’ la cocina, lo seguí sin pensarlo; no me interesaba quedarme viendo el pinche juego con los anunciadores hablando madres. Abrió el refri, se agachó a ver adentro entre las chelas frías y las cebollas, y yo me paré a su lado pa’ agarrar un agua mineral. Su olor me pegó de lleno: sudor leve del día mezclado con su desodorante de hombre, fuerte y embriagador como tequila reposado, subiéndoseme directo a la cabeza. Siempre me había gustado cómo olía, de vato recio. Se enderezó pa’ cerrar el refri y por un segundo quedamos casi pecho con pecho, el calor de su cuerpo chocando con el mío.

“Perdón”, murmuré, dando un paso atrás torpe. Sacudió la cabeza.

—Está chido, no hay pedo.

Hicimos esa dancita pendeja donde los dos nos movemos igual y luego al revés, chocando casi, hasta que puse una mano en la estufa fría y me deslicé a la derecha. Sentí el roce leve de su brazo al pasar por mi izquierda hacia las especias en el gabinete, piel contra piel durando un latido, pero mandándome una oleada tan fuerte que el piso pareció tambalearse bajo mis pies.

Cuando volteó hacia mí, yo ya iba por las tablas pa’ cortar en un gabinete bajo. Me quedé con las piernas derechas pa’ que se me subiera el vestido, exponiendo la parte baja de las nalgas. Oí que se paraba atrás mientras sacaba la tabla de madera astillada.

—¿Qué wey estás haciendo? —preguntó, voz grave.

Me paré con la tabla como trofeo, sonriendo pícara.

—Nomás quiero ayudar, ¿no?

Levantó una ceja, incrédulo.

—¿Así le decimos ahora?

Dejó la especia en la mesa y se paró frente a mí, invadiendo el espacio.

—¿Crees que no me he dado cuenta de lo que traes haciendo últimamente? Llevas semanas presumiendo delante de mí, con todo y tus trucos.

Quise contestar algo chido, pero no me salió ni madres. La tabla se sintió ridícula en mis manos y la dejé en la estufa con un golpe sordo. Se quedó viéndome fijo, esperando que abriera la boca. Luego se acercó más, mirándome directo a los ojos con esa intensidad que me retorcía las tripas.

—¿Y? Esto ha sido tu juego, di algo, dijo bajito, casi ronco.

Su tono firme me revolvió el estómago como licuadora.

—Yo… no…

—¿No qué? —Su voz se bajó más, y el espacio entre nosotros se achicó hasta que pareció estar encima, su aliento cálido en mi cara—. ¿No estabas probando hasta dónde me podías jalar con tus jueguitos?

Me tembló la quijada, la boca seca de golpe.

—E-eso no…

Me cortó con cara de fastidio y un movimiento de cabeza brusco.

—Andas por aquí con shorts diminutos y vestiditos cortos, agachándote en las estufas y el refri. Y luego haces como que no sabes qué pedo. ¿Pero ahora te pones nerviosa de la chingada?

Sus palabras me calaron hondo, y que me destapara así nomás me dejó humillada y prendida al mismo tiempo, la tabla de cortar todavía tibia bajo mi palma.

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