Resumen:
Durante una fuerte tormenta en Insurgentes Sur, un hombre se detiene en su auto y comienza a tocarse. Una joven de dieciocho o diecinueve años llama a la puerta pidiendo refugio. Empapada y temblando, entra al vehículo y nota la erección del conductor. Tras quitarse la ropa mojada, extiende la mano para acariciarlo por encima del pants. La situación se intensifica cuando ella baja la prenda y lo masturba hasta que alcanza el orgasmo. Luego se recuesta en el asiento para tocarse frente a él mientras comparten un momento de intimidad en el interior del coche.
Manejaba bajo la lluvia que caía a cántaros y me orillé en la banqueta de Insurgentes Sur. Los limpiadores trabajaban sin parar pero no servían de nada porque el agua golpeaba con fuerza el parabrisas y apenas veía el camino adelante. Apagué el motor del carro y me quedé ahí escuchando el golpeteo constante sobre el techo de lámina. La mente se me fue lejos pensando en lo cansado que estaba de la chamba en el Tec de Monterrey y empecé a sentirme inquieto con el cuerpo pidiendo alivio después de tanto estrés.
Me tomé mi tiempo sin prisa porque el aguacero no daba tregua. Toqué mi cuerpo con movimientos lentos y suaves pasando la mano por encima de la verga que ya se marcaba bajo la tela del pants gris. Se movió al primer roce y subí la mano por el muslo rozando los huevos con los dedos antes de bajar otra vez con más presión. Me pellizqué los pezones por debajo de la playera y se endurecieron al instante mientras la imaginación volaba con manos ajenas que me tocaban provocándome hasta el límite. Disfruté cada caricia alargando el placer y sintiendo cómo el calor subía por mi piel.
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Interrupción en la lluvia
Un golpe seco en la ventana me sacó de golpe de la fantasía. Levanté la vista pero solo vi un borrón detrás del cristal mojado y el sonido del agua seguía fuerte.
—Por favor, dijo una voz urgente desde afuera—. Déjame entrar. No puedo seguir afuera con esta chingadera de tormenta.
Dudé un segundo porque tenía la mano todavía sobre la verga y el cuerpo todavía caliente por las caricias. Algo en esa voz algo vulnerable me hizo estirar la mano hacia la manija y abrir la puerta.
La puerta se abrió con un quejido y entró una figura empapada que se sacudió el agua como perro mojado. Apenas distinguía sus rasgos pero era joven y temblaba con la ropa pegada al cuerpo.
—Gracias, dijo con voz entrecortada—. No sabes cuánto te lo agradezco carnal porque la lluvia me agarró de sorpresa.
Cuando se quitó el agua de la cara la vi bien. Tenía unos dieciocho o diecinueve años era menuda con pechos pequeños y firmes que marcaban la playera mojada. Cabello negro y espeso labios carnosos ojos cafés expresivos y la piel bronceada como si acabara de volver de la playa en Cancún. Llevaba leggings y chanclas nada adecuado para la tormenta y la piel se le erizó de frío. Aun así se veía tierna como gatita abandonada bajo la lluvia.
Notó la erección en mi pants y se sonrojó. Apartó la mirada rápido hacia la ventanilla empañada.
—Lo siento, murmuró cruzando los brazos sobre el pecho—. No quise interrumpir. Es que… necesito quitarme esta ropa mojada. ¿Te importa si me la quito? Tengo frío que no se aguanta.
Dudé un segundo y luego asentí con la cabeza mientras el calor seguía subiendo en mi entrepierna.
—Adelante, respondí con la voz ronca y entrecortada por la excitación.
Volví la cara para darle privacidad pero escuché el sonido de la tela mojada cayendo al asiento. Se quitó la playera y los leggings quedando en bra y panty rosa de encaje con la piel morena y suave brillando por las gotas. Seguía temblando pero las mejillas le ardían de vergüenza y deseo. Se desabrochó el sostén y lo dejó caer. Luego pateó las chanclas y quedó descalza con los pies pequeños y suaves.
—No sé de dónde salió esta tormenta, comentó mientras se frotaba los brazos con las manos—. Solo salí a caminar por la colonia Roma y de pronto el cielo se abrió como si fuera el fin del mundo.
Volvió a tiritar los dientes le castañeteaban y el frío le ponía la piel de gallina en todo el cuerpo.
—Nunca me había alegrado tanto de ver un carro orillarse en plena calle.
Bajó la vista hacia mi entrepierna y se quedó mirando un momento.
—¿Todo bien… ahí abajo? —preguntó y enseguida apartó los ojos—. Perdón. No quise mirar. Es que… hace tiempo que no veo uno en persona y me pone nerviosa.
Sonreí un poco avergonzado pero la verga palpitaba más fuerte.
—Está bien. No estoy acostumbrado a tener público en el carro.
Extendió la mano y la cerró con cuidado alrededor de la verga por encima de la tela sintiendo el calor y la dureza.
—¿Está bien? —preguntó mirándome con ojos grandes y húmedos.
Asentí. No podía hablar porque la sensación era intensa. Empezó a mover la mano despacio al principio luego con más seguridad apretando un poco. Dejé que mis ojos recorrieran su cuerpo pechos pequeños vientre plano piernas largas y firmes. Era preciosa y el olor a lluvia mezclada con su piel me excitaba más.
—Eres hermosa, susurré acercándome más.
Me acerqué más. Mi aliento le rozó la oreja y ella tembló de nuevo pero esta vez no era de frío.
—Quiero tocarte. En todas partes, dije con la voz baja y ronca.
Tembló y abrió un poco más las piernas en el asiento.
—Sí. Por favor, contestó jadeando ya.
Le abrí las piernas con las manos y me acerqué. El corazón le latía fuerte contra mi pecho. Junté mis labios con los suyos y gimió bajito abriendo la boca para que mi lengua entrara. Siguió acariciándome la verga ahora con más confianza y gemí fuerte. Mis caderas se movieron solas contra su mano buscando más fricción.
—Se siente bien, dije entre dientes.
Ella sonrió tímida pero sus ojos brillaban de picardía.
—¿Te gusta? —preguntó apretando más la verga.
—Sí. Así —respondí moviendo las caderas al ritmo de su mano.
Aceleró el ritmo. La cabeza de la verga se humedecía con cada pasada de su pulgar y estaba a punto de correrme.
—No pares, gemí—. Ya casi me vengo.
Me bajó el pants de un tirón. La verga saltó libre dura y palpitante. Se inclinó la tomó con la mano y se la metió a la boca. La lengua dio vueltas alrededor de la cabeza y luego bajó más metiéndola hasta el fondo. La sensación era caliente y húmeda y subí y bajé las caderas al ritmo de su boca. No aguanté más. Me corrí con un gruñido largo soltando todo dentro de su boca. Tragó hasta la última gota y se incorporó con una sonrisa satisfecha lamiéndose los labios.
—Estuvo bien, preguntó en voz baja y ronca.
Se recostó un poco metió la mano dentro del panty y empezó a tocarse sin dejar de mirarme con los ojos entrecerrados.
—Ahora me toca a mí —dijo abriendo más las piernas.
Abrió más las piernas. Los dedos entraban y salían con un sonido húmedo y excitante que llenaba el carro.
—Mírame, pidió—. Quiero que veas cómo me vengo con los dedos metidos en mi panocha.
Aceleró el movimiento. El olor a excitación llenó el carro y el calor subió entre nosotros.
—Te gusta verme tocarme ¿verdad? —respiró con la voz entrecortada.
Asentí. No podía hablar porque la vista era demasiado intensa. Se acercó más a mí y su cuerpo temblaba de placer.
—Tócame, suplicó—. Hazme venir. Tócame por encima del panty.
Cubrí su mano con la mía. Juntos frotamos su clítoris a través de la tela fina y gimió fuerte arqueándose contra el asiento.
—Así… justo así —jadeó moviendo las caderas con más fuerza.
Sus caderas se movieron contra nuestras manos y el sonido de los dedos era cada vez más húmedo.
—Ya voy a correrme… ya voy… —gimió alto.
El cuerpo le dio un espasmo. Los dedos se le clavaron en mi mano mientras se corría y sentí cómo le palpitaba todo a través de la tela. Fue lo más caliente que había visto en mucho tiempo.
Abrió los ojos y sonrió con la cara roja y el aliento agitado.
—Gracias, dijo todavía sin aliento—. Fue increíble la cogida que me diste con la mano.
Se quedó callada un momento luego habló bajito mirando por la ventana empañada.
—Me llamo Camila. ¿Y tú?
—Diego.
—El agua ya aflojó —dijo mirando por la ventana—. Mejor me voy antes de que llueva otra vez.
Se vistió de nuevo haciendo muecas con la ropa mojada que le pegaba a la piel.
—Gracias por… todo, añadió y se inclinó para darme un beso rápido en los labios—. Adiós Diego.
Caminó bajo la llovizna. Me quedé mirando sus piernas y su trasero hasta que se perdió de vista entre los charcos de la calle. Apoyé la cabeza en el asiento y suspiré con el cuerpo todavía caliente. Arrancar el motor y volver a la carretera fue lo único que se me ocurrió hacer después de aquello.