Resumen:
Diego regresa a la tienda de donas de su familia tras ser expulsado de la escuela de cocina por un incidente con la hija del director. Durante el turno matutino, trabaja con Sofía, su compañera de turno. Ambos han coqueteado durante meses y ella le ha dejado claro que le atrae, aunque no quería mezclar trabajo con romance. Al estar solos, la tensión acumulada los lleva a dejar de lado las reglas y entregarse a un encuentro intenso sobre la mesa de preparación.
Diego tenía 22 años y se sentía deprimido al estar de vuelta, parado frente a la puerta de la tienda de donas de su familia. Se preparaba para entrar y empezar el horneado del día. Aún estaba oscuro afuera y seguiría así por varias horas antes de que la tienda abriera oficialmente.
Suspiró, giró la llave en la cerradura, abrió la puerta y entró. Lo habían expulsado de la escuela de cocina cuando el director lo sorprendió cogiendo a su hija una noche tarde en la cocina. Los descubrieron desnudos sobre uno de los mostradores, en posición sesenta y nueve. La hija del director chupaba su verga mientras él le comía el coño. Eso ya habría sido grave, pero además Diego le metía un pepino considerable por el culo. Ella lo había pedido. El director entró justo cuando ambos llegaron al clímax entre gemidos apasionados, contorsiones salvajes y semen. Mucho semen. El orgasmo de su hija fue tan intenso que todo su cuerpo se puso rígido encima de Diego. Cada músculo se contrajo al mismo tiempo y obligó al pepino a salir disparado de su ano respingado. Voló por el aire, acompañado de los gritos de éxtasis de ella, y cayó con un chapoteo húmedo a los pies del director.
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Por supuesto, la estancia de Diego en la escuela terminó de inmediato. Y llegó la amenaza de que si el director volvía a verlo a menos de tres metros de su hija, le cortaría la vida y la verga. Así terminó de nuevo en casa, con sus sueños de ser un chef de verdad hechos pedazos. Su papá gritó, su mamá lloró y al final acordaron que él abriría la tienda durante el siguiente año para trabajar y pagar su deuda con sus padres.
Turno matutino
Cruzó la tienda a oscuras, rodeó el mostrador y se metió al fondo, donde estaban la cocina y las áreas de preparación. Encendió las luces, prendió los hornos y revisó el calendario para ver quién abría con él. Al leer el nombre, sintió una agitación imposible de controlar en la entrepierna. Su verga empezó a despertarse solo de pensar que pasaría tiempo a solas con Sofía. Era su compañera favorita, y no solo porque era hermosa. También era graciosa y dulce, y se había encargado de dejarle claro que le gustaba. Cada oportunidad que tenía le pasaba las manos por la espalda o se quedaba más tiempo del necesario en su brazo mientras platicaban. Una vez incluso le apretó el culo y le mordió la oreja dentro del congelador, y él tuvo que quedarse ahí varios minutos hasta que se le bajó la erección. Ella sabía lo que hacía y sabía que lo volvía loco. Él le devolvió el favor rozándole “por accidente” el brazo contra los senos o inclinándose sobre su hombro y respirando justo detrás de la oreja, en la nuca. Era puro juego y los dos disfrutaban el ambiente coquetón cada vez que trabajaban juntos. Pero como él era el hijo del dueño, ella le había dicho que no quería mezclar el trabajo con su vida amorosa. Hacía casi un mes que no abrían juntos el turno de la mañana, y Diego decidió que hoy era tan buen día como cualquier otro para poner esa teoría a prueba.
Mientras estaba en la mesa de preparación estirando la masa para el primer lote de donas, soñaba despierto con formas de iniciar algo más físico. El rodillo avanzaba y retrocedía sobre la masa, aplastándola rítmicamente contra la harina de la mesa. Con cada pasada sus manos fuertes afinaban y extendían la masa mientras imágenes sucias de Sofía abriendo las piernas y dejándolo entrar y salir de su coño llenaban su mente.
El timbre de la puerta principal lo sacó de sus pensamientos. Oyó a Sofía cruzar el comedor.
—¿Diego? —llamó—. ¿Estás ahí atrás?
Diego dudó un segundo y luego tiró la precaución por la borda.
—Ajá, pero no entres todavía. Estoy haciendo los agujeros de las donas con la verga.
Hubo una pausa breve que hizo temer a Diego haber ido demasiado rápido. Luego Sofía estalló en risa del otro lado de la puerta de la cocina.
—Pues si hablas en serio, no veo por qué quedarme afuera. Me encantaría ver qué tan grande es el agujero que estás haciendo. Siempre he querido saber qué traes ahí abajo.
Sofía empujó la puerta y entró. Su cara pasó de la risa a un puchero fingido.
—Ay, nomás eres un provocador, Diego. Ni verga.
Diego puso los ojos en blanco.
—Te gustaría verla, ¿verdad? Eres tan pervertida como yo.
Sofía se quitó el abrigo ligero y lo colgó en un gancho junto a la puerta de la cocina. Mientras se ponía el mandil y lo ataba a la espalda, Diego admiró sus senos firmes de copa C que apretaban la playera ajustada. La tela estiraba el logo de la tienda y Diego se preguntó si se la había puesto solo para enseñarle las tetas.
—Ya sabes que sí lo soy. Pero cuando prometes verga y no la entregas, no es mi culpa si me quedo decepcionada.
Después de atarse el mandil, Sofía acortó la distancia entre ellos y se quedó muy cerca. Bajó la mano, le agarró con firmeza el bulto de los jeans y susurró con los labios a centímetros de los de él: —No digo que sea tu culpa. Solo digo que me contaste que usas esto para hacer las donas y me encantaría que me mostraras cómo lo haces.
Diego se quedó congelado un momento. Ella le masajeaba y apretaba el paquete. Los dos se miraron a los ojos en silencio mientras la tensión y la lujuria crecían. Sofía sonrió con malicia y alternaba mordidas y lamidas en su labio inferior. Diego suspiró y la dejó acariciar su verga cada vez más dura hasta que jadeó. Ya no aguantó más. Le agarró la muñeca que no estaba ocupada, se la llevó a la espalda y la apretó contra su pecho. Ella soltó un grito de sorpresa y retiró la otra mano de la verga. Diego le sujetó también esa muñeca y juntó las dos en la parte baja de su espalda. Pegó los labios a los de ella. Lucharon un rato, cada uno tratando de ganar ventaja en el forcejeo juguetón. Gimió. Gemidos y lenguas exploraron bocas ajenas, mordiendo y chupando labios mientras las fantasías se llenaban de todos los actos carnales que querían hacerse. Pasaron varios minutos de besos intensos antes de que Diego bajara por la mandíbula y el cuello hacia la clavícula. Le levantó la playera despacio, dejando al descubierto un sostén de encaje blanco y el primer vistazo de su generoso escote. Cuando se la quitó por completo y la dejó caer al piso, se quedó un instante maravillado.
—Chingada madre, Sofía. Tus tetas se ven increíbles.
Sofía lo empujó un poco, se desabrochó el sostén y liberó los senos para que él los mirara con deseo.
—Se verán mejor sin esto.
Se quitó el sostén y lo dejó caer. Los senos apenas bajaron; quedaron firmes, con los pezones rosados que parecían saludarlo. Sofía se inclinó, añadió el sostén a la pila de ropa y se incorporó. Diego ya no se contuvo: se quitó la playera de un tirón y le mostró el pecho musculoso. La atrajo de nuevo a un beso apasionado. Todo eran lenguas y manos torpes que apretaban y acariciaban, recorriendo la piel suave y cremosa. Seguían así mientras la lujuria se disparaba. Habían coqueteado una y otra vez; ahora que el momento había llegado, querían que durara, que la excitación que hervía por debajo creciera más. Sabían que una vez que rompieran el dique de la contención, el torrente de obscenidades que ambos deseaban los dejaría queriendo más.
En la mesa de trabajo
Al final se separaron, jadeando, los cuerpos pegados. Diego la miró a los ojos. —¿Lista para hacer las donas, Sofía?
Ella asintió rápido y con ganas, como si hubiera esperado toda la vida esa pregunta. Diego pasó a un lado de Sofía, barrió con el brazo la mesa de trabajo y mandó la masa volando por toda la cocina. Con la superficie libre, la giró para que quedara de frente a la mesa, le puso las manos en los hombros y la inclinó sobre la harina. Sofía gruñó y giró la cabeza hasta que la mejilla quedó contra la harina. Sus senos desnudos, atrapados debajo de ella, también se cubrieron del polvo blanco. Al moverse contra la mesa, la sensación de piel contra harina le resultó nueva y no desagradable, como seda resbalando sobre su cuerpo caliente.
—Estoy listísima, gimió, moviendo las caderas de forma seductora.
Diego le levantó la falda hasta la rodilla, metió el dobladillo en las cintas del mandil y dejó al descubierto un tanga verde oscuro que apenas cubría sus nalgas lisas. Una mancha oscura empapaba la tela diminuta que fallaba en cubrir su coño chorreante. Inclinada, la tira fina se apretaba entre los labios hinchados y brillantes. Diego casi podía verlos temblar de excitación mientras ella rebotaba en las puntas de los pies, haciendo que caderas y nalgas temblaran. Le bajó el tanga despacio por las nalgas y los muslos. Cuando llegó a las rodillas, la entrepierna pegajosa se aferró a su monte como si estuviera bañada en miel. Siguió bajándolo hasta que cayó a los tobillos, empapado de jugos. Le ayudó a levantar cada pie para quitárselo del todo y luego se llevó el tanga a la boca. Lamió la tela, saboreando el néctar dulce que impregnaba el algodón. Era delicioso. Se preguntó si habría forma de hacer una dona que supiera así. Pasteles con sabor a coño. Seguro se agotarían todos los días entre maridos cachondos del barrio.
Después de chuparlo ruidosamente unos segundos, tiró el tanga a un lado y se arrodilló. Desde ahí veía hilitos de líquido claro que bajaban por los labios entreabiertos y mojaban los muslos internos. Sin el tanga, todo su sexo quedaba expuesto. Notó que su coño estaba tan liso como el de una bebé. Exacto como le gustaba. No había nada peor que una selva húmeda que te haga cosquillas en la nariz mientras te das el festín. Mejor ver un durazno rosado y calvo, brillando con jugos. La boca se le hizo agua de golpe. Agarró las nalgas, las abrió, hundió la cara entre los pliegues húmedos y metió la lengua lo más profundo que pudo dentro del coño. Mientras forzaba la lengua más adentro, la nariz rozaba el ano y cada vez que la tocaba, Sofía soltaba un grito. Gimió al saborear su esencia. Respiró hondo y olió el almizcle fresco y excitado de su coño que chorreaba ganas de ser llenado por su verga dura. Subió la lengua hasta el ano y lamió el borde arrugado.
—Diego, ¡no! Eres un cochino. Nadie me ha lamido ahí antes.
La risa de Diego quedó amortiguada entre las nalgas.
—Dudo mucho eso, Sofía. A ese ano ya le han metido más que una lengua, bromeó, presionando la boca contra el culo y clavando la lengua varias veces en el canal apretado.
¡Carajo! —chilló Sofía entre risas mientras él le follaba el ano con la lengua—. Tú no tienes mucho derecho a hablar, enfermo de mierda. ¡Ay! ¡Sí! Se nota que no es el primer culo que te comes. Eres demasiado bueno en esto y… ¡Dios! Tienes hambre, ¿verdad? No desayunaste antes de venir, ¿no? ¡Ay, carajo! Si eso quieres, métete y hazte un banquete. Lámeme el culo, pero no te olvides del coño. ¡Quiero correrme!
Mientras ella movía las caderas y restregaba el culo contra su boca, él probó el sabor limpio del jabón que ella había usado esa mañana en su zona más íntima.
—Sabes delicioso, Sofía. A fresas con crema. Debió de tomarte tiempo extra en la regadera.
Sofía rio y miró por encima del hombro. Lo vio asomando entre sus nalgas con una sonrisa enorme.
—Tienes papilas gustativas talentosas. Sí uso jabón de fresas con crema. Pero me levanté tarde. Me gusta masturbarme en la regadera todas las mañanas. A veces hasta meto el mango del cepillo para hacerme cosquillas en el culo. Así que técnicamente tenías razón: ya me han metido algo más que una lengua ahí, pero nunca una verga de verdad. Esa puerta está demasiado apretada para algo tan grande como la tuya… hoy.
Notó la pausa antes de “hoy”. Si todo salía según el plan, habría más mañanas como esta. Casi podía imaginar la sensación de su esfínter apretado rodeando su verga mientras le soltaba una enema de semen caliente bien adentro. La idea de que su leche le chorreara del culo el resto del día mientras atendía clientes hizo que su verga se hinchara dolorosamente contra los jeans. Sin dejar de lamerle el ano, bajó la mano y forcejeó para desabotonarse los pantalones. Bajó jeans y bóxer de un tirón. La verga saltó, completamente erecta y lista para usarse dentro del coño empapado de Sofía. Se quitó los zapatos y calcetines, salió de la ropa y la dejó en el piso junto a la de ella. Ahora estaban desnudos, salvo el mandil en las caderas de Sofía y los tenis que mantenían sus pies separados. Se colocó en la entrada y rozó los labios mojados con la cabeza de la verga.
—Ay, Diego. Estoy más que lista. Ya no me hagas esperar.
—Vamos, Sofía. Se supone que estamos haciendo donas. Dime cómo te gusta que te las hagan. ¿Qué tipo de relleno quieres que use?
Sofía empezaba a perder la paciencia.
—Dios, solo quiero que me cojas. ¿Por qué tenemos que jugar?
—Porque tú has estado jugando conmigo. ¿Cuántas veces me has coqueteado, me has provocado y me has mandado a casa con las bolas azules después de un turno largo? Demasiadas. Ahora te devuelvo el favor. Si no juegas, no te doy ni un centímetro de verga y puedes ir a masturbarte en el congelador. Así que sé más creativa ahora que te lo expliqué.
Sofía suspiró y se resignó.
—Está bien, dame un minuto, dijo, pensando en algo obsceno relacionado con donas.
Al cabo de unos segundos miró por encima del hombro con una sonrisa y se lamió los labios.
—Órale. Quiero oír lo que tienes y que me convenza.
Diego le dijo:
—Agárrate las nalgas y ábrelas bien para que vea todo lo que estás dispuesta a darme.
Ella obedeció, separando las nalgas con ambas manos para dejarle una vista sin obstáculos. Puso cara de lujuria fingida y gimió: —Méteme la boquilla y lléname con tu crema de bebé caliente, Diego. Quiero que conviertas mi coño en un puto éclair.
—Eso está mejor, Sofía. Ahora sí le estás atinando.
Agarró su verga dura, la guió hasta los labios jugosos y la lubricó con los jugos de ella. La deslizó arriba y abajo por la hendidura resbalosa.
—Tengo el long john listo para meterlo en tu horno caliente. Sigue abierta para que entre bien apretado.
Metió solo la punta dentro del calor y se inclinó sobre su hombro para susurrarle al oído: —Espero que tomes la píldora, Sofía, porque no traigo nada que te proteja de mi relleno especial. ¿De verdad quieres que te bombee llena de mi glaseado fértil?
Con cada palabra empezó a empujar más profundo en su útero caliente. Cada vez que avanzaba, Sofía jadeaba y temblaba bajo su piel desnuda. Cuando sintió que su verga entraba por completo en el túnel apretado, le agarró las caderas y empujó una última vez, forzando el coño al límite y estirándolo para que aceptara toda la longitud de su verga dura.
¡Ay, carajo! —gritó ella mientras él se quedaba enterrado hasta el fondo.
Ahora la expresión de deseo en su cara ya no era fingida. Tenía los ojos cerrados y el ceño fruncido de pura necesidad.
—Siento cómo tiembla todo tu coñito a lo largo de mi verga. Parece que quiere chuparme hasta secarme. ¿Eso quiere, Sofía? ¿Chuparme y llevarse mi carga dulce?
¡Sí! ¡Sí! Eso quiero. Solo cógeme. Cuando termines de vaciarme las bolas adentro, quiero verme como si me hubieran rellenado con glaseado. ¡Carajo!
—¿Eso quieres, Sofía? Dímelo otra vez como si lo sintieras de verdad.
Se puso de puntas y rebotó, tratando de obligarlo a follarla de verdad.
¡Sí! ¡Por el amor de Dios! Cúbreme el agujero de la dona con tu leche, Diego!
Diego le bajó la mano abierta con fuerza sobre la nalga derecha. Sonó un chasquido seco. Sofía chilló de sorpresa y excitación.
—Quédate quieta, perra cachonda, rio Diego mientras frotaba la huella roja que aparecía en la piel suave—. Si sigues moviéndote, no te doy nada.
Ella soltó un gemido de necesidad y se quedó inmóvil de golpe, pero Diego sintió cómo los músculos internos de su coño apretaban y masajeaban su verga. La sujetaban como un guante lleno de aceite caliente. Le encantaba esa sensación suave de su coño ordeñándolo y despertando la tensión familiar en sus huevos. Le agarró los hombros, la incorporó y la pegó contra su pecho mientras seguía dentro de ella. Le rodeó con un brazo y le manoseó los senos cubiertos de harina. Eran justos para llenar una mano y se sentían como masa tibia. Los apretó, los levantó y los amasó. Pellizcó y giró suavemente los pezones del tamaño de un borrador mientras la hacía subir y bajar con las caderas, obligándola a cabalgar su verga.
Sí, sí, sí, sí —repetía Sofía en voz alta mientras los embates duros de Diego la acercaban más al borde del orgasmo—. ¡Carajo! ¡Déjame cabalgar tu rodillo, Diego!
Se soltó de su agarre, plantó los pies en el suelo y se inclinó otra vez. Cabeza abajo, culo arriba, una mano enterrada entre sus labios jugosos, frotándose el clítoris con todas sus fuerzas. Quería explotar lo antes posible y esperaba que Diego se corriera pronto también, porque mientras rebotaba sobre su verga la imagen de sentir su semen caliente empapando su coño expuesto era lo que estaba a punto de hacerla saltar. Estaba tan cachonda que no habría parado aunque su mamá hubiera entrado a comprar donas. Diego siguió embistiendo con fuerza, sintiendo cómo su verga se hinchaba más dentro del coño apretado y caliente. Los sonidos húmedos de carne contra carne llenaban la cocina junto con los gemidos de Sofía. Ella apretó los músculos internos con fuerza, ordeñando la verga hasta que Diego soltó un gruñido animal y eyaculó chorros espesos de semen caliente directo al útero de Sofía, inundándola por completo mientras ella explotaba en un orgasmo intenso que la hizo temblar de pies a cabeza.