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Fantasía erótica : Me follé a la trans negra del cementerio

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Resumen:

Bob, un hombre blanco que busca tranquilidad, visita el cementerio para honrar a una persona querida. Allí es confrontado por Sara, una mujer trans negra que lo acusa de formar parte de un sistema que ha lastimado a muchas de sus amigas. Tras una fuerte discusión física, Bob decide no huir y propone conocerse mejor. Con el tiempo, ambos comienzan a compartir momentos en el barrio de Sara, visitan lugares locales y fortalecen su confianza mutua. Su relación evoluciona hasta incluir intimidad y un vínculo emocional que surge de manera inesperada.

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Recog

No me gustan las multitudes, nunca me han gustado porque soy de los que prefieren el silencio. Por eso me escabullí hacia el cementerio con las flores en la mano, puse la silla plegable frente a la tumba y me senté a pensar en lo que había pasado. El ventilador de la casa de al lado zumbaba en el calor de la tarde cuando una mano pesada me cayó en el hombro. Levanté la vista y ahí estaba ella, alta, fuerte, de piel negra y mirada que no perdonaba. Me levantó sin decir ni media y me soltó un siseo venenoso: “¿Qué haces aquí, güero?” Señalé las flores con la cabeza. “¿Quieres calmar la conciencia o qué?”, soltó mientras cerraba la silla de un golpe y me la empujaba. “¡Lárgate! Ustedes los hombres blancos cis matan a tantas hermanas trans de color que deberían estar bajo tierra, no ellas.”

Cette histoire existe aussi en espagnol : le site Cuentos Eróticos.

Recogí la silla, hice una reverencia ligera y le tendí la mano. “Me llamo Bob. ¿Me das tu nombre?” “Sara”, respondió apretándome los dedos hasta casi romperlos. No me moví. Le pregunté qué podía hacer para ganarme su confianza y ella gruñó que nada, que esto era por Zelda, por Tracy, por Tammy, por Linda y por Evelyn. Me golpeó el pecho, me pateó el muslo, me tiró al suelo con una patada en las costillas y me pisó el pecho hasta dejarme sin aire. La última patada fue directa a los huevos. Me quedé quieto un rato, recuperando el aliento, mientras entendía que esas eran sus amigas trans asesinadas. Cuando me levanté le pregunté si ya se sentía mejor. Ella me miró fijo y yo repetí la pregunta. Su cara se suavizó un poco. “Nunca había visto a un güero tan terco”, dijo. Le contesté que tenía treinta y seis años y ella rio: “Equivocado, güerito, tengo cuarenta y tres. Las hormonas me mantienen joven. Nos vemos mañana a las seis en el restaurante que está en mi barrio. Tú pagas.”

Al día siguiente llegué en metro al barrio del “Odell’s Rib Shack”. El olor a costillas ahumadas salía hasta la banqueta caliente. Sara sonrió cuando me vio y tres parejas negras que estaban cerca se echaron a reír. Una mujer señaló a Sara y soltó entre carcajadas que era la mejor vendedora del lugar y lo hacía gratis. Pedimos costillas grandes con pan de maíz, frijoles horneados y acelgas. Odell cocinaba y su esposa Viola atendía la entrada; sus hijas servían las mesas. Nunca había probado las acelgas y me supo a gloria. Nos terminamos todo, intercambiamos teléfonos y sentí que había bajado un poco la guardia al ir a su territorio. Los fines de semana siguientes los pasamos en su barrio: caminamos por el parque, comimos caliente dogs, vimos películas y visitamos la galería de artistas negros. Una tarde, antes de despedirnos, Sara tomó mi mano con suavidad y susurró que los que mataron a sus amigas nunca habrían venido solos a esa zona.

El veintiséis de diciembre me invitó a su casa. Entramos, cerró con llave y la ropa salió volando hasta caer sobre la cama. Me di cuenta de lo musculosa que estaba: piernas largas y firmes, culo grande y redondo sin grasa, tetas firmes de tamaño medio. Su verga, por las hormonas, medía dos pulgadas menos que la mía. “Efecto de las hormonas”, explicó mientras rozaba mi pene. “El tuyo se ve usable.” Me ató las muñecas y los tobillos con las esposas acolchadas que tenía sujetas a las patas de la cama, se bajó sobre mi verga y empezó a cabalgar despacio. Su culo apretaba cada vez que bajaba. Chupé sus pezones mientras ella aceleraba y gimió; un chorrito de semen salió de su verga medio dura. “Ahora te voy a vaciar”, susurró y trabajó los músculos internos hasta que me corrí dentro de ella con fuerza. Nos duchamos y volvimos a la cama abrazados.

Al día siguiente me volvió a atar y me chupó las bolas hasta dejarlas vacías, lamiendo en espiral con la lengua mientras me masturbaba. El primero de enero, después de ver caer la esfera en la tele, se puso a cuatro patas y me dijo que era una ocasión especial. Entré despacio en su culo, marqué un ritmo constante y apreté sus nalgas grandes y firmes. Ella gimió cuando le pellizqué los pezones y se corrió; su culo se contrajo y me sacó hasta la última gota. En la regadera le dije que me estaba enamorando. Ella rio y contestó que eso ya había empezado el día que me tiró de una patada en el cementerio. Me quedé mirando las esposas acolchadas que seguían atadas a las patas de la cama.

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