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Fantasías Prohibidas : Me cogí a una trans en el hotel de Cancún

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Resumen:

Eduardo, un hombre de cuarenta años casado, viaja solo a Cancún y decide explorar su curiosidad por las mujeres trans. Tras beber en el bar del hotel, contacta a Karla, una escort que llega al lobby y sube a su habitación. En el encuentro exploran el sexo oral mutuo, el sexo anal y terminan con Eduardo eyaculando dentro de Karla, para luego lamer su propio semen. Karla se marcha y Eduardo queda satisfecho con la experiencia vivida.

Eduardo llevaba semanas con la mente fija en videos de mujeres trans en internet. Era un tipo de cuarenta y tantos, casado con una relación que ya no tenía chispa en la cama y siempre con el estrés de la chamba encima. No sabía si eso lo hacía bisexual, curioso o solo un cabrón raro, pero el viaje solo a Cancún que se acercaba le abrió la puerta a la tentación. Cada noche se encerraba en el baño de la casa en Iztapalapa y se pajaba viendo cómo una morra como Jessy Dubai se tocaba hasta correrse. Esa idea de estar lejos de todo lo jalaba más fuerte que nunca.

La llegada al hotel

El primer día llegó por la tarde al aeropuerto de Cancún, se registró en un hotel de la zona hotelera y pidió una habitación con dos camas queen. Una para coger, otra para dormir después. Apenas cerró la puerta con llave, se quitó toda la ropa, prendió el aire a veinte grados y empezó a ver videos en el teléfono. Su favorito era uno de una rubia latina recostada en misionero, jalándose la verga gruesa hasta que le salía la leche a chorros. Esa soledad lo puso distinto, se sintió seguro sin que su esposa o los chamacos lo interrumpieran. Mientras se acariciaba despacio, levantó las piernas por encima de la cabeza hasta quedar apoyado solo en la nuca y los omóplatos, con la verga apuntando directo a su cara. Cinco jalones más y explotó. Abrió la boca y se tragó todo. Un sabor caliente y salado le bajó por la garganta mientras jadeaba y se lamía los labios. Se quedó ahí un rato, respirando fuerte, oliendo el semen en su propia piel y sintiendo cómo el cuerpo le temblaba de la corrida.

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Se dio una ducha rápida con agua tibia, se echó una siesta de una hora y bajó al bar del lobby alrededor de las cuatro. Pidió una copa tras otra de tequila con refresco, sintiendo cómo el alcohol le bajaba la guardia. Con el valor suficiente abrió los anuncios de escorts trans en una página mexicana. Buscaba las más reales, las que tuvieran fotos sin filtros raros, y empezó a escribirles mensajes directos. Nunca había conocido a una persona trans en la vida real, todo había sido solo una en la computadora. No sabía si era activo o pasivo ni hasta dónde quería llegar. Los mensajes se quedaron sin respuesta por más de una hora. Se sintió patético, un vato de mediana edad solo en un bar de Cancún, y siguió bebiendo chelas frías mientras veía la gente pasar.

El encuentro en el lobby

Dos horas después recibió la primera contestación. Revisó el número: era Karla, una morena latina que en las fotos no se notaba que fuera trans. Tenía cuerpo de diosa, chichis grandes y nalgas redondas. Pensó que era una estafa. Le mandó una foto falsa de su cara, con miedo a que lo robaran o lo extorsionaran en medio de la zona hotelera. Ella respondió con un video borroso donde se veía de perfil. Frustrado, le mandó un último mensaje: “Si quieres vernos, ven al lobby central del hotel a las ocho; si no llegas, borra mi número para siempre”.

Volvió a beber y a meter billetes en las máquinas tragamonedas del casino del hotel. Se levantó a orinar casi cinco minutos y, al lavarse las manos, vio que eran las 7:55. Cuando salió del baño, ella estaba ahí. Igual que en las fotos. Eduardo miró alrededor por si alguien la vigilaba. Nadie. Se le acercó directo: “Soy Eduardo, vámonos ya, el elevador es por allá”. La tomó del brazo y sintió la piel tibia bajo el abrigo gris.

En el elevador le sostuvo la mano. Karla tenía acento del norte, sonrisa grande y hoyuelos marcados. Llevaba tacones altos y un abrigo gris largo que le llegaba hasta las rodillas. Llegaron al cuarto. Ella revisó el clóset y el baño como si buscara cámaras. Se quitó el abrigo y quedó con un vestido rosa ajustado que marcaba piernas bronceadas, busto generoso y nalgas redondas que se movían al caminar. Eduardo la besó con ganas, metiendo la lengua y apretándola contra la pared. Sus manos recorrieron el pecho y el culo; todo se sentía suave y femenino. Subió el vestido y vio unos shorts con una copa que impedía tocar lo que había debajo. El calor de su cuerpo le subió por los brazos.

Karla se dio la vuelta, se quitó el vestido, el sostén y la ropa interior en un movimiento fluido. Frente a él apareció el cuerpo más perfecto que Eduardo había visto: senos firmes de copa C con pezones oscuros, piel morena con tatuajes pequeños en la cadera y una verga gruesa de unos diez centímetros en reposo, colgando pesada sobre unas bolas lisas. La recostó en la cama y empezaron a besarse con lengua. Ella le agarró la verga dura y la jaló despacio. “¿Quieres probar mi verga?”, preguntó con voz ronca. “No sé si estoy listo”, contestó él, sintiendo el pulso en las sienes. “Entonces hagamos un 69 y me comes el culo; no vas a notar la diferencia”, dijo ella mientras le mordía el labio inferior.

Antes de que Eduardo respondiera, Karla se acomodó encima, de espaldas a su cara, y le metió la verga en la boca. Al mismo tiempo le lamió el culo y le metió un dedo húmedo. Eduardo abrió las nalgas de ella y le metió la lengua caliente, saboreando la piel salada. Sentía la boca de Karla succionándolo con fuerza mientras él movía la lengua dentro del ano apretado y caliente. El olor a sudor y piel le llenaba la nariz. Los gemidos de ella vibraban contra su verga. El dedo de Karla entraba y salía despacio, abriéndolo más. Eduardo chupaba y lamía sin parar, sintiendo cómo su propia verga se hinchaba dentro de la boca húmeda de Karla.

Al poco tiempo la apartó, la recostó de espaldas y le abrió las piernas. Bajó la cabeza y tragó la verga gruesa y morena hasta el fondo, ahogándose un poco pero sin soltarla. La chupaba con fuerza, la jalaba con la mano y al mismo tiempo le metía un dedo en el culo apretado. Ya no aguantó más. “Es hora de metértela”, le dijo con la voz ronca. Karla se untó lubricante en la entrada. Eduardo la mantuvo en misionero, le levantó las piernas hasta que los pies quedaron apoyados en su pecho y empujó despacio hasta enterrarse por completo. Los gemidos de ella eran suaves y femeninos. Empezó a embestir más rápido y más fuerte, sintiendo cómo las nalgas de Karla golpeaban contra sus muslos. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación. En pocos minutos se corrió a chorros dentro del culo de Karla, inundándolo con semen caliente. Se sacó la verga, abrió las nalgas y metió la lengua para chupar todo su propio semen que salía espeso. El sabor salado le llenó la boca mientras Karla gemía y se retorcía debajo de él.

Se besaron un rato más, sudados y pegados. Luego se lavaron en la regadera juntos, con agua caliente corriendo por sus cuerpos. Karla se vistió, le dio un beso en la mejilla y se fue. Eduardo se quedó en la cama mirando el techo, cumpliendo su fantasía tal como la había imaginado, con el cuerpo todavía temblando y el sabor de todo en la lengua.

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