Resumen:
Durante la junta de otoño en un rancho de Chihuahua, Sofía y su esposo reciben a los vecinos para reunir el ganado. Ella decide cabalgar con Diego, un vaquero alto y callado, mientras su esposo se aleja con otro compañero. Al mediodía, el esposo los encuentra en un prado oculto entre los pinos, donde los dos extienden sus impermeables y comienzan a besarse. Desde una loma cercana, el esposo observa con binoculares cómo Diego desabrocha la camisa de Sofía, cómo ella se arrodilla y toma su miembro con ambas manos, y cómo luego se dejan llevar por dos encuentros intensos que terminan con Diego derramándose dentro de ella. El esposo regresa en silencio, sin ser visto.
Mi esposa Sofía y yo tenemos un rancho grande en el norte de Chihuahua donde criamos ganado desde hace años. Llevamos siete años casados y la vida aquí es dura pero chida. Ella tiene treinta y cinco y yo cuarenta y dos. Es el sueño de cualquier vaquero: cabello negro azabache que le cae hasta los hombros, ojos grises como acero templado, metro ochenta de estatura, senos perfectos de 34D que se marcan bajo la camisa de mezclilla, cintura estrecha que se puede agarrar con las dos manos, un culito pequeño y redondo que se mueve al caminar y piernas largas y delgadas que se cierran fuerte cuando se emociona. Yo soy un tipo común y corriente, nada del otro mundo, pero ella me eligió y eso me basta.
Era tiempo de la junta de otoño cuando los vecinos se ayudan a juntar el ganado en el campo grande. La zona es tan apartada que solo nos vemos en el otoño durante el parto y en la primavera para el herradero, así que siempre es bueno ponerse al día con una chela fría y plática de corral. Nos tocaba a nosotros y llegaron todos los buenos vecinos, entre ellos Diego y Karla, a quienes siempre esperamos con ganas. Están por los cincuenta y tantos. Diego es alto, flaco y callado, un vaquero de los de antes que no habla mucho pero trabaja como animal. Karla es de las que se quedan en la casa; tres hijos la han dejado un poco rellena y rechoncha pero mantiene todo limpio, crió bien a los chamacos y cocina de maravilla con tortillas recién hechas. Ella se quedaba junto a las camionetas preparando la comida mientras nosotros andábamos a caballo bajo el sol que pega fuerte.
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El primer día éramos como doce listos para montar temprano. Estábamos repartiendo quién iba con quién y a qué zona. Uno de los muchachos dijo que quería ir conmigo porque tenía negocios que platicar sobre unos becerros que se le habían escapado. Sofía dijo que ella iría con Diego, algo normal porque ya habían cabalgado juntos varias veces y se llevaban bien. Cada quien se fue por su lado con el viento fresco de la mañana. Mi compañero y yo platicamos un par de horas sobre precios de carne y luego nos separamos para recorrer el terreno cada uno por su cuenta entre los pinos y las lomas secas.
La loma escondida
Cerca del mediodía iba por una loma mirando entre los árboles hacia un pequeño valle con un prado verde que contrastaba con todo lo demás. Ahí vi los caballos de Diego y de Sofía atados entre los pinos al borde del prado. Me pasó una idea por la cabeza y esperé que fuera cierta porque ya me conocía a mi esposa y sus ganas repentinas. Me bajé del caballo, lo até arriba de la loma donde nadie lo viera y saqué los binoculares de las alforjas. Bajé un poco por la pendiente quedándome detrás de los pinos grandes mientras el corazón me latía fuerte en el pecho y el calor del mediodía me hacía sudar bajo la camisa.
Los vi abajo. Estaban extendiendo sus impermeables en el suelo. Sí, iban a hacer lo que imaginé. Nosotros también habíamos usado los impermeables para echarnos un rato por la tarde mientras cabalgábamos por esos mismos cerros. Cubren bastante y evitan que se metan espinas donde no deben. Estaba a unos cincuenta metros arriba de ellos, pero los binoculares son muy buenos y me permitieron ver cada detalle. Me enfoqué justo cuando empezaban a besarse de pie en el prado con las manos recorriéndose el cuerpo como si no tuvieran prisa pero sí mucha hambre. Era como si estuviera a su lado oliendo el sudor y el cuero.
Diego le desabotonó la camisa de mezclilla y Sofía se la quitó despacio dejando ver su piel bronceada. Luego se desabrochó el sostén por atrás mientras él le besaba el cuello con besos húmedos que la hicieron arquear la espalda. En cuanto quedaron libres sus senos, Diego empezó a chuparlos y a apretarlos con fuerza, pasando de un pezón al otro mientras ella gemía bajito y le metía los dedos en el cabello. Ella le abrió el cinturón, forcejeó con el botón y el cierre, y se arrodilló en el pasto. Le bajó los jeans hasta las caderas. Como yo, él iba sin calzoncillos, como debe ser un vaquero que no quiere perder tiempo. Muchos amigos de Diego le dicen “el Grande” porque la trae como un caballo y sí la trae enorme, gruesa y venosa, fuera de lugar en su cuerpo delgado y largo.
Sofía agarró la verga con las dos manos y se metió la cabeza gruesa a la boca sin dudar. Empezó a chupar con ganas, moviendo la lengua alrededor mientras jadeaba por la nariz. Diego se quitó la camisa y la camiseta dejando ver un poco de vello en el pecho y una línea que bajaba por el estómago plano hasta la verga. Con los binoculares veía cómo brillaba la verga al entrar y salir de la boca de mi esposa, cubierta de saliva que goteaba por su barbilla. Me apoyé en un árbol para no moverme, hipnotizado por la escena. Me acariciaba la mía, dura como nunca, sintiendo el calor y el pulso en la palma. Estaba viendo a mi mujer chuparle la verga a otro y no sentí celos. Solo una oleada de ganas que me bajó hasta los huevos y me hizo apretar más fuerte.
Sofía usaba toda su maña con esa verga grande y dura. Solo podía meterse la mitad en la boca porque era demasiado gruesa. Con una mano le subía y bajaba por la base mientras movía la cabeza de arriba abajo con ritmo. Con la otra le acariciaba los huevos pesados que colgaban entre las piernas. Cada minuto o dos bajaba la lengua hasta el fondo y los chupaba uno por uno, lamiendo despacio para que él sintiera cada movimiento. Es muy buena chupando y eso la moja toda, se le nota en cómo se le abren las piernas y cómo se le humedece la panocha bajo la ropa. Se notaba que le gustaba y que se lo estaba dando para que lo recordara toda la semana. Tenía el rostro de ella tan cerca con los binoculares que parecía estar sentada a su lado. Vi cuando levantó la vista y leí en sus labios: “Cógeteme ya, cabrón”.
La segunda embestida
Se sentó, se quitó una bota y luego un pantalón. El otro pernil lo dejó en la bota que se quedó puesta. Diego, con las botas y espuelas todavía puestas y los jeans en los tobillos, se arrodilló entre sus piernas abiertas. Sofía lo agarró de la verga y lo atrajo hacia ella con urgencia. Él se movió hacia adelante, se alineó y se la metió de un solo empujón profundo que la hizo gritar “Ay Dios”. No perdieron tiempo. No había caricias suaves ni preliminares largos. Diego empezó a embestirla fuerte y profundo, golpeando el fondo de su coño con cada embestida. Ella mantuvo las piernas abiertas lo más que pudo, recibiéndolo todo. Se besaron con lengua mientras el culo delgado de Diego subía y bajaba cada vez más rápido. Le estaba dando duro a mi esposa y a ella le encantaba sentir esa verga gruesa abriéndola.
Se oía su voz cuando el viento soplaba a favor, pero solo alcanzaba a distinguir palabras sueltas: “¡Cógeteme más fuerte!”, “¡Sí, carajo, así!”, “¡Ay Dios, no pares!”. Levantaba las caderas para recibirlo más adentro. Creí escuchar el sonido de piel contra piel, tal vez fue imaginación, pero sí escuché cuando gritó “¡Ay Dios, me vengo!” a todo pulmón. Siempre ha sido muy ruidosa cuando se corre. Diego siguió metiéndosela sin parar, follándola profundo mientras ella terminaba de correrse y se le apretaba la panocha alrededor de la verga. Quedó floja por un momento. Se le veía el pecho subir y bajar fuerte por el esfuerzo y la altura del prado.
Diego se salió y se quedó de rodillas esperándola. Su verga seguía dura y brillante con los jugos de ella. Le dijo algo que debió ser “ponte de rodillas”, porque ella se volteó, levantó ese culito bonito y lo movió de lado a lado invitándolo. Diego la agarró de las caderas, apuntó y se la metió hasta el fondo de un solo movimiento. El viento trajo el grito de Sofía: “¡Ay, chingada madre, sí!”. Otra vez sin ternura. Diego volvió a embestir con la misma fuerza, golpeando sus nalgas con cada embestida. Ella se apoyaba en las manos y sus senos se balanceaban con cada embestida. Él no aflojó. Iba con todo, decidido a acabarse. La primera cogida había sido para ella; esta era para él y lo sabía.
Sofía bajó la cabeza entre los brazos para que le diera más profundo. No podía creer cuánto tiempo llevaba follándola sin parar. La resistencia de ese hombre era increíble. La metió tan hondo que la hizo correrse otra vez, con un gemido largo y ronco que se llevó el viento. Él la seguía dando duro hasta el final, sin piedad. Yo ya me había sacado la verga y estaba chorreando precum sobre las agujas de pino mientras me la jalaba con la misma fuerza que Diego le daba a mi esposa.
Después de unos quince minutos de cogida fuerte, Diego gruñó y se quedó clavado hasta el fondo, apretando las caderas de ella contra las suyas mientras le llenaba la panocha de leche caliente. Se quedó así un buen rato, vaciándose todo adentro. Luego se salió despacio. Ella se dejó caer hacia adelante, jadeando con el culo en alto y la panocha roja y abierta. Él se recostó un poco y su verga, todavía medio dura, estaba cubierta de una crema blanca que goteaba. Ya no aguanté más. Me corrí también, un orgasmo brutal que me hizo doblar las rodillas y soltar la verga mientras la leche salía en chorros sobre el suelo del cerro.
Los vi acostados uno al lado del otro recuperando el aire mientras yo me limpiaba como podía con la orilla de la camisa. Me guardé la verga, subí hasta mi caballo, monté y me fui por el otro lado del cerro sin hacer ruido. Sabía que volverían pronto y que nadie más se enteraría de lo que pasó en ese prado escondido.