Resumen:
Brenda, una mujer de cuarenta años que trabaja en una oficina, participa en una cena de fin de semana con sus compañeros más jóvenes. Después de la comida china, el grupo se traslada al departamento de Sofía donde surge la idea de jugar póker strip. Brenda recuerda sus sueños recurrentes en los que aparece desnuda frente a otras personas, y la coincidencia con la galleta de la fortuna la inquieta. A medida que el juego avanza y se van quitando prendas, ella experimenta una mezcla de excitación y nerviosismo ante la posibilidad de que su fantasía se haga realidad frente a sus compañeros.
Los sueños se harán realidad. Eso decía la galleta de la fortuna. No tus sueños, sino los sueños. Eso me puso nerviosa. Ya sabes esa sensación cuando algo que debería ser vago o general resulta un poco demasiado específico. Como cuando ves una película de terror y pasa algo que se parece demasiado a una pesadilla que tuviste. Me pasó una vez a los veintitantos, cuando una amiga me leyó las cartas y el resultado describió, con un detalle escalofriante, un dilema que yo enfrentaba en ese momento en mi vida personal. Desde entonces ya no me meto con el tarot: o soy demasiado susceptible a trucos baratos de carnaval, o hay algo real en eso y, si es lo segundo, no estoy segura de que venga de un lugar bueno. Prefiero no saber mi futuro hasta que pase.
Las galletas de la fortuna son otra cosa. Puedo ser supersticiosa, pero no tanto como para rechazar una galleta, aunque venga con predicción. Mejor retrocedo un poco y explico. Estaba en una salida nocturna de trabajo con unos compañeros de la oficina. No hace mucho me habría parecido deprimente pasar un viernes comiendo comida china mediocre con la gente con la que trabajo, pero ya había cumplido cuarenta y la idea de que, en el mejor de los casos, estaba a mitad de mi vida me había hecho bajar el listón. No es que no me cayeran bien mis compañeros, es que siempre pensé que si tus únicos amigos son las personas a las que te pagan por estar cerca, algo mal hiciste en la vida.
Une version dans la même veine est disponible la version anglaise pour les lecteurs anglophones.
Decisiones y recuerdos
Pues sí, había tomado decisiones cuestionables: el divorcio, el departamento rentado pequeño y el hecho de estar en un puesto de nivel básico donde la compañera más grande aún no llegaba a los treinta. Por eso ahora estaba dispuesta a probar cosas que antes me parecían por debajo de mí. Ninguna de esas cosas, sin embargo, tenía que ver con por qué me inquietó tanto la fortuna. Brenda, así me llamo, manejaba el carro por Insurgentes Sur pensando en todo eso mientras el aire acondicionado del restaurante chino soplaba débil.
—¿Qué dice? —preguntó Sofía, la que trabaja en el escritorio de enfrente. Es una pelirroja delgada de un metro ochenta, con ojos grandes y pómulos que parecen de pasarela en vez de banco. Tiene veinticinco años. Es decir, tiene todas las ventajas que a mí me faltan. Le mostré la tira de papel. Sofía se rio y tomó una chela fría del cubo de hielo que había en la mesa.
—Guau, dijo—. Qué raro. ¿Por qué dice “los sueños”? Neta, Brenda, eso da cosita. ¿Tú qué piensas que significa?
—Debe ser un error de impresión, contesté, riéndome. Claro que no podía decirle a qué sueños se refería la galleta. De alguna forma me daba más vergüenza eso que el hecho de estar a punto de creer en los poderes adivinatorios de un snack. Mi cara se calentó y crucé las piernas bajo la mesa para calmar la sensación que ya empezaba a subir.
El caso es que, desde el divorcio, había tenido sueños recurrentes en los que, por alguna circunstancia absurda, terminaba desnuda frente a gente. A veces una o dos personas, a veces multitudes enteras. Una vez soñé que me desnudaban y me paseaban frente a un estadio de fútbol lleno. Y no solo aparecía desnuda: después tenía que aguantar humillaciones prolongadas. Se reían, me tomaban fotos, comentaban mi cuerpo y me obligaban a exhibirme de las formas más degradantes. Para la mayoría serían pesadillas, pero lo más vergonzoso es que eran los sueños más eróticos que había tenido. Después de cada uno despertaba con ganas desesperadas de masturbarme y los orgasmos eran tan intensos que me asustaban. Recordé cómo en el último sueño me habían obligado a abrir las piernas y mostrar la panocha mojada mientras todos aplaudían.
Así que arrugué la fortuna, me la guardé en el bolsillo y seguí con la noche. Después de la cena nos fuimos a un bar. Yo tenía que manejar de regreso, así que me quedé sobria. Ni siquiera los que iban caminando se emborracharon tanto como esperaba. La parte de mi cerebro que se odia a sí misma me dijo que se sentían incómodos saliendo con alguien mucho mayor que ellos y que yo les estaba arruinando la diversión. Al final de la noche, sin embargo, tendrían bastante “diversión”. El calor del tequila en las gargantas de los demás contrastaba con mi agua mineral fría.
La propuesta en el departamento
Terminamos cinco en el departamento de Sofía: yo, Sofía, Diego, Lucía y Karla. Ella preparó cócteles (sin alcohol para mí), pusimos música y luego sacó una baraja de cartas. Con tono de broma, o eso creí, propuso jugar póker strip. Sofía se quitó los zapatos primero y dejó ver sus pies pintados de rojo. El departamento olía a perfume barato y a la cerveza que ya se había derramado en la mesa. Diego rio y se aflojó la corbata mientras Lucía se acomodaba las chichis en el sostén.
—A ver, Brenda, ¿te animas? —preguntó Karla con una sonrisa de lado. Yo sentí cómo se me aceleraba el pulso. El recuerdo de la galleta volvió y con él la imagen de mi cuerpo expuesto. Me quité el saco lentamente, dejando que el aire tocara mis brazos. Sofía barajó las cartas con manos rápidas y el sonido seco de los naipes llenó el cuarto. Diego se pasó la mano por la entrepierna sin darse cuenta, ajustando la verga que ya empezaba a marcarse en el pantalón. Lucía cruzó las piernas y se lamió los labios, mirando a cada uno como si ya imaginara cómo se verían sin ropa. Karla se rio y dijo en voz baja: “Cógense la suerte, cabrones”. El juego empezó con apuestas pequeñas, pero cada vez que perdía una prenda sentía el calor subir entre mis piernas. El sudor ya perlaba mi cuello y el olor a piel caliente se mezclaba con el aroma de la cerveza. Sofía ganó la primera mano y Diego se quitó la camisa, dejando ver el pecho ancho y la línea de vello que bajaba hasta el cinturón. Yo perdí la siguiente y me quité la blusa, quedando en sostén mientras todos miraban. La tela rozaba mis pezones duros y el aire fresco los endureció más. Lucía se rio y señaló mi escote. “Neta que tienes unas tetas chidas”, dijo. Karla apostó fuerte y perdió los pantalones, quedando en ropa interior que apenas cubría su culo redondo. Diego se inclinó hacia adelante y el bulto en su pantalón creció visible. Sofía me miró directo a los ojos y susurró: “Cógeme la siguiente mano, Brenda”. El pulso me latía en la panocha ya húmeda. El juego siguió y cada prenda que caía aumentaba la tensión, el roce de piel contra piel cuando alguien se inclinaba para recoger las cartas, el sonido húmedo de labios que se lamían por la excitación. Mis sueños volvían a la mente con cada mirada que me lanzaban, y el miedo y el deseo se mezclaban hasta doler.