Resumen:
En una casa de pueblo, los hermanos Carlos y Mateo escuchan cada noche el ritmo insistente de la cama de sus padres. Eduardo, el padre, regresa transformado después de una tormenta de nieve y su deseo se vuelve inquieto y agresivo. Mientras tanto, en el bar local, Luis, influido por un encuentro secreto, se deja llevar por impulsos que terminan en un escándalo público frente al cantinero y el sheriff. Dos líneas paralelas de tensión sexual y culpa avanzan hacia un mismo desenlace.
WHAM. ¡Tac, tac, tac! WHAM. ¡Tac, tac, tac! WHAM. ¡Tac…!
—Carajo, murmuró Mateo contra la almohada. Se volteó y susurró hacia la otra cama—. ¿Estás despierto, carnal?
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Carlos contestó despacio, con voz entre divertida y cansada.
—Carajo. Sí.
—Están otra vez en lo mismo.
—Ya sé, wey. Cómo no voy a oírlo.
Mateo soltó una risita más fuerte.
—¡Todo el barrio lo oye!
—No seas cochino.
Como el mayor y ya adulto, Carlos sentía que debía defender a sus papás. Aunque tenía que admitir que cogían demasiado.
—¡Pero si ellos son los cochinos! Llevan toda la semana, y la semana pasada también…
—Déjame en paz, no me recuerdes.
Carlos se acostó de espaldas, se tapó los ojos con el brazo y rio bajito. Imitó el golpeteo de la cabecera.
—¡Tac, tac, tac!
—¡Exacto!
—Que se compren otra cama, por favor.
—Exacto.
Los dos rieron como niños, pero se callaron cuando el cabezal empezó a golpear más fuerte. WHAM, WHAM, WHAM. Tac. Silencio. Tac, tac… ¡crac! Tac. Otro silencio. Tac, tac, tac, CRAC. WHAM, WHAM, WHAM-WHAM-WHAM.
—Órale, papá —suspiró Carlos.
Volvieron a reírse, imaginando con vergüenza y fastidio la imagen de su padre encima de su madre.
—¿Crees que quieran otro hijo?
—Dudo. Con cuatro ya basta.
—No sé. Yo no los había escuchado así antes.
Carlos pensó un momento.
—Yo tampoco.
—Quizá están actuando como en los videos.
—¡Cállate, wey! No me pongas esa imagen en la cabeza.
—¿Entonces por qué los oímos ahora?
—Intenta dormir.
WHAM-WHAM-WHAM-WHAM. Silencio. WHAM. WHAM. Silencio. WHAM-WHAM-WHAM.
La noche nevada
—¡Ay, Eduardo! —la voz de Ana llegó clara desde el pasillo.
—¡Aaaah!
Carlos se tapó la cara con la almohada y rio entre dientes. Mateo se hizo bolita bajo las sábanas, riendo sin control.
—¿De verdad no se dan cuenta de lo fuerte que están?
En realidad no se daban cuenta. Mientras los hijos mayores aguantaban la risa y las náuseas, Eduardo y Ana Ortega enfrentaban sus propios problemas. Ana miraba al hombre desnudo que le estaba dando con todo y se preguntaba dónde había quedado su marido de siempre. Eduardo nunca había perdido las ganas, ni después de cuatro hijos y veinte años de matrimonio. Pero todas las noches de esta semana, y de la anterior, y varias veces la de antes… ¿y tan fuerte?
Desde aquella noche nevada en que regresó casi al amanecer después de quitar la nieve en las carreteras cerca de un pueblo de las montañas, Eduardo parecía otro. Más callado. Nervioso. Se sobresaltaba cuando ella lo tocaba. Pasaba más tiempo en la regadera y soltaba comentarios racistas viendo las noticias. No era él. Y luego estaba el sexo. Empezó dos días después de esa noche. Llegó a la cama, se quedó mirando el espejo un rato largo, luego se volteó y la miró.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
No contestó. Se quitó la ropa donde estaba parado y se subió a la cama. Sin caricias, sin palabras, solo una cogida rápida, nerviosa, casi dolorosa, mientras le buscaba la cara todo el tiempo.
—¿Sigues bien? —preguntó después, rodando a un lado.
—Claro, contestó ella, haciendo de cuenta que los cuatro minutos anteriores no habían pasado—. ¿Qué quieres decir con “sigues”?
Se encogió de hombros.
—Solo preguntaba.
Volvió a preguntar la noche siguiente, y la otra, y todas las noches de las últimas dos semanas y media. Siempre igual: una cogida extraña, nerviosa, agresiva, como si buscara algo dentro de su propia cabeza. Una vez, al final, preguntó algo distinto.
—¿Cómo se siente cuando te cojo?
La forma en que dijo “cuando te cojo” la inquietó, como si estuviera comparándola con alguien más.
—No sé. Muy cerca… y muy rico. ¿Por qué?
—¿Sientes cosquillas por dentro? ¿Con mi verga?
¿Cómo contestar algo así? Claro que no sentía cosquillas. Era un milagro que no la mandara contra la pared.
—Más o menos, dijo—. Sí, supongo.
—Carajo, murmuró él, preocupado otra vez.
Ninguna pregunta sacó más respuestas. En realidad Eduardo estaba más que preocupado. Estaba aterrado. El susto había empezado esa noche nevada, dentro de su propia máquina quitanieves, cuando un hombre le abrió el culo con solo un pulgar y lo hizo venir. Un hombre negro. En la cabina de su máquina. Había permitido que lo desnudara, lo besara, lo manosea, le pellizcara los pezones y le metiera el dedo hasta hacerlo correrse con cosquillas que le llegaron hasta los pies. Y le había gustado. Quería sentirlo otra vez. No solo en la cabeza: en el cuerpo, bien adentro.
WHAM-WHAM-WHAM. ¡TAC!
—¡Eso, mi vida! ¡Sí, eso!
Ana apretó las piernas alrededor de la cintura de Eduardo y clavó los dedos en sus hombros.
—Estás buenísimo, mi vida.
Eduardo hizo una mueca y empujó más rápido. Cada cogida ahora le daba culpa, porque sabía que no lo hacía por ella. Lo hacía por él mismo, para comprobar que seguía siendo el mismo hombre de siempre. Al menos esperaba que solo hubiera sido una vez con Jayden.
WHAM. WHAM. WHAM-WHAM-WHAM.
—¡Ay, Eduardo! ¡Me vengo!
Sabía que mentía. Estaba cansada. Eduardo bajó la mirada a los senos de su esposa que rebotaban y los quiso. La quería a ella. Quería lo apretado que se sentía alrededor de su verga. Pero al pensar en Jayden… WHAM. WHAM.
—¡AY, EDUARDO!
Todavía la quería. Quería su mentira de que se había venido y quería que lo dejara cogérsela una y otra vez solo para seguir sintiéndose hombre. Quería el agarre de sus dedos en los hombros y las piernas rodeándole el culo… el culo que Jayden había tocado… el culo que ahora tenía cosquillas… el culo que ahora tenía dueño, dondequiera que estuviera Jayden… Jayden, que esperaba no volviera a aparecer.
—¡Uhhh!
Eduardo rugió al correrse dentro de ella. Le dio unos empujones más suaves y rodó hacia un lado, jadeando.
—Qué rico, mi vida.
Ana se pegó a él y pasó una pierna sobre su verga ya floja, aliviada de haber sobrevivido otro asalto de medianoche. Le acarició el pecho. Eduardo respiró hondo, se limpió el sudor de la cara y apartó la mano de ella con cuidado.
—Perdón, es que…
—Ay, sí. Se me olvidó.
—Los pezones…
—Ya sé.
Eso también era nuevo. No podía tocarle los pezones sin que él se incomodara. Ni el culo. Peor aún, ya no le tocaba los pezones ni el culo a ella, como si tuviera miedo de reconocer que esas partes podían dar placer. ¿Qué había pasado esa noche nevada, casi un mes atrás?
—Con permiso, murmuró Eduardo y salió de la cama.
Ana lo vio desaparecer en la oscuridad del baño. Agarró unos pañuelos y se limpió entre las piernas.
Dentro del baño a oscuras, Eduardo apoyó las manos en el lavabo, jadeando. Respiró hondo y se miró en el espejo. No debería. Ya había cogido con su esposa. Bien, además. Pero… carajo. No podía evitarlo. Se llevó la mano atrás, se tocó el culo y encontró el agujero. Su verga, todavía húmeda con los jugos de Ana, se movió.
—Carajo, se dijo.
Pasó el dedo por el borde, disfrutando la sensación, y luego se metió la yema. Tragó un gemido suave. Sí. ¡Sí! Metió el dedo más adentro y sintió, maravillado otra vez, cómo su verga se ponía dura. ¿Era normal? ¿Todos los hombres sentían este placer con un dedo en el culo?
En el bar del pueblo
Al otro lado del pueblo, en el único bar del pueblo (llamado, con razón, “Bar”), Luis se tomaba una cerveza e intentaba no mirar la entrepierna del cantinero, Travo. Conocía a Travo desde segundo grado. Travo había estado en quinto y ya era el más alto y rápido del equipo. La gente decía que llegaría a profesional, pero que ahora atendiera el bar de noche y trabajara en la quesería de su papá de día no le quitaba nada de misterio en el pueblo. Hombros anchos, cuerpo delgado, hacía que la camisa de franela, las botas y los jeans se vieran bien. Cualquier muchacha del pueblo saldría con él, y muchas lo habían hecho. La última vez que supo, Travo andaba con la hija del jefe de policía, una exreina del pueblo llamada Tiffany. Un mes antes, a Luis no le habría importado nada de Travo ni de su novia. Pero ahora… después de Jayden…
Luis le echó una mirada rápida a las caderas ajustadas de Travo y a su paquete. Apartó la vista. Tenía que quitar esa idea de la cabeza. Tenía que dejar de pensar en vergas. Miró el teléfono. Todavía ningún mensaje de Jayden, que llevaba varios días sin escribir. Jayden, el hombre que lo había convertido en chupador de vergas. Jayden y su verga negra grande. Jayden, que tenía foto tras foto de Luis completamente desnudo.
Luis tragó saliva y tomó otro trago. Tenía que quitar esa idea. Tenía que dejar de pensar en vergas. Tenía que…
—¿Ya casi terminas, carnal? —la voz de Travo se mezcló con la música del bar y lo sacó de sus pensamientos. Travo se inclinó sobre los nudillos, mirándolo con una media sonrisa amable.
Luis se encogió de hombros.
—Órale, casi.
—Cierran en quince.
—Está bien.
Luis tomó otro sorbo sin prisa. los miradas se cruzaron. Travo parpadeó, inseguro. ¿Qué le pasaba a este güey? Agarró un vaso y empezó a secarlo.
—¿Cómo está tu tío Moe?
Luis se encogió de hombros.
—Bien.
Travo asintió y miró el reloj.
—Salúdamelo. ¿Trabajas mañana?
—Supongo.
—Yo también. En seis horas estoy de vuelta.
Travo guardó el vaso.
—Necesito dormir.
Luis nunca había sacado buenas calificaciones. No era rápido para las respuestas. Nadie lo había criado para ser discreto. Sus limitaciones naturales, más la cerveza, lo hicieron sonreír.
—Suena bien. ¿En tu casa o en la mía?
La cara de Travo se puso seria un segundo y le subió el color a las mejillas. La sonrisa fácil regresó rápido. No era el primer borracho del pueblo que se ponía cariñoso con él.
—Ja. No te pongas todo romántico, carnal, apenas te conozco.
Travo estiró el brazo y apagó algunas luces. Luis se encogió de hombros y soltó una risa demasiado fuerte. Se terminó la cerveza de un trago, se limpió la boca y vio cómo Travo iba a cerrar la puerta de la calle. Imaginó el culo de Travo desnudo. Pensó en chupársela a Travo. Pensó en la verga de Jayden y en el placer de servirle… el sabor de la verga…
—¿Oye, Luis?
Luis salió de su ensueño.
—¿Qué?
—Te tienes que ir.
—Voy a mear.
Travo hizo una mueca.
—Órale, ve a mear. Quiero irme a casa.
Luis entró al baño tambaleándose, riéndose de su propio chiste. “Voy a mear.” Se rio más fuerte, se bajó el cierre y sacó la verga. Empezó a orinar y pensó otra vez en la verga de Jayden. Y en la de Travo. Y en la suya. Qué rico se sentía tenerla fuera. Se la acarició después de orinar y la dejó endurecerse. Se detuvo un poco en la cabeza, apretándola suave entre los dedos. Carajo, estaba caliente. Le había mandado a Jayden una docena de fotos desnudo, duro y suave, con cara y sin cara, solo en los últimos tres días. ¡Ninguna respuesta! Y sin embargo no podía ignorar las ganas.
Un golpe en la puerta lo sacó de nuevo de sus fantasías.
—¡Oye, wey! ¿Estás bien? ¡Vamos!
Sí, pensó Luis. Vamos. Se agarró la camisa y se la desabotonó rápido. Saldría desnudo al bar. Desnudo y parado. En ese momento le pareció una idea brillante. Travo entendería. ¿Y qué hombre no quiere que le chupen la verga? Se la chuparía arrodillado en el piso del bar y Jayden que se fuera al carajo. Tendría a alguien aquí a quien chupársela. Un muchacho del pueblo. Y Travo era buena gente. Entendería. Se bajó los jeans y los calzones hasta los tobillos y se los quitó con los zapatos y los calcetines. Se rio al sentir el aire en todo el cuerpo, como cuando Jayden lo desnudó en el taller de su tío. Carajo, sí, necesitaba esto.
Abrió la cerradura y empujó la puerta.
—¡Oye, carnal!
Salió al bar a media luz, completamente desnudo, la verga medio dura.
—Oye, wey, nomás te quería decir que…
Se quedó congelado.
—Ah, carajo.
Travo ya no estaba solo. En el tiempo que Luis tardó en mear y tocarse un poco, el papá de la novia de Travo, el sheriff Hernández, había pasado por ahí, quizá a saludar o a preguntar si había un cliente que no se quería ir. Un cliente desnudo y erecto, ahora plantado frente a ellos. El cantinero y el papá de su novia se quedaron mirando, pasmados, el cuerpo desnudo y parado de Luis.
Luis se balanceó un poco, pero por alguna razón no podía moverse.
—Carajo, repitió.
Travo reaccionó primero.
—Oye, ¿por qué estás desnudo?
El sheriff Hernández tragó saliva y parpadeó varias veces.
—Válgame Dios.
Al fin Luis pudo mover las manos. Se agarró la verga, que parecía decidida a seguir dura.
—Carajo.
Era la única palabra que le salía.
—¿No eres el hijo de Dale y Sharon? ¿Luis?
El sheriff se acercó, mirándole la cara. No era el primer joven desnudo que veía en su trabajo en el condado, y sabía que no sería el último.
Luis tragó saliva.
—No, mintió.
El sheriff soltó una risita suave. Travo sonrió.
—Órale. En todo caso, menos mal que no eres de por aquí —siguió el sheriff—, porque te daría mucha vergüenza salir así desnudo buscando un poco de atención cuando tienes novia y papás que viven aquí mismo en el pueblo.
Luis sintió que se le calentaba la cara.
—Tenía calor.
—Ya veo, contestó el sheriff.
Travo soltó una carcajada. Luis oyó la risa de Travo y no pudo evitar sonreír también. Miró la cara del sheriff. El sheriff también sonreía. Eran buena gente, pensó su cabeza atontada por la cerveza. Buenos chavos. Entendían.
—Tenía mucho calor, rio él. Dejó ir la verga y la movió un poco—. Necesito que me refresquen… con ustedes.
El sheriff Hernández y Travo se miraron. Una mirada con sonrisa. Eran buena gente. Luis sintió que el corazón se le inflaba. No era problema. Tendría a dos chavos aquí a quienes chuparles la verga. Dos muchachos del pueblo que entenderían lo que Jayden había despertado en él.
No vio el puñetazo del sheriff. Cayó al piso, noqueado, sin sentir nada.
—Caray, murmuró Travo, riendo bajito—. No lo veía como de clóset.
El sheriff Hernández se encogió de hombros.
—Un poco de alcohol cambia a más de uno, amigo.
Pasó por encima del cuerpo de Luis y asomó la cabeza al baño.
—Casi le dan ganas de entregarlo desnudo a sus papás. Que explique mañana.
—Parece que lo gay está por todos lados estos días, murmuró Travo, apagando más luces—. ¿Me ayuda a llevarlo a la patrulla?
El sheriff asintió.
—Si no le molesta. Solo tire su ropa en el área de objetos perdidos mañana por la tarde.
Travo rio.
—Como diga. Y gracias a Dios que los de su tipo intentan guardárselo. Lo último que necesitamos es un montón de culeros por aquí.
—Eso sí —contestó el sheriff. Anotó mentalmente, sin pensarlo mucho, el tamaño promedio de la verga de Luis—. Un poco de amor de culero descompone todo el lugar. Nomás vea la ciudad de Guadalajara.
Travo rio y los dos hombres se agacharon para levantar al joven desnudo y dormido y llevarlo a la patrulla.
De vuelta en la casa de los Ortega, Eduardo se mordió el labio inferior mientras las cosquillas crecían, llenando su culo y subiendo hasta la raíz de la verga. ¡Ya viene! Enroscó los dedos de los pies y metió el dedo más fuerte.
—¿Mi vida? —Era Ana en la puerta.
—¡Un segundo! —croó él, mientras las cosquillas subían por el tronco de su verga—. ¡Ya… ya me vengo!
Se mordió el labio cuando un chorro fresco de semen golpeó el lavabo, los muslos apretados contra el borde frío. Solo un poco de amor de culero, en una noche nevada. Descompone mucho, como el pueblo estaba a punto de descubrir.