Resumen:
Michael trabaja en la logística de los Grammy cuando Sabrina Carpenter, recién premiada, lo invita a su camerino para celebrar. Entre el cansancio y la tensión acumulada, la cantante inicia un encuentro íntimo que comienza con caricias y sigue con sexo oral. Luego, Michael la penetra con fuerza mientras ella se sostiene en el sofá, hasta que ambos alcanzan el clímax. Al terminar, Sabrina se limpia, recoge sus cosas y se marcha dejando el trofeo sobre la mesa.
Aquí está tu Historia: Me cogí a Sabrina Carpenter en su camerino después del Grammy
Anthony Kiedis rasgó el sobre con dedos lentos mientras la luz de los reflectores le daba en la frente. Chad Smith se acercó al micrófono y soltó el nombre sin rodeos: Short n’ Sweet de Sabrina Carpenter. La sala tronó con aplausos y silbidos. La rubia subió al escenario con el trofeo en alto, sonriendo a las otras nominadas que aplaudían de dientes para afuera. Detrás del telón, Michael no vio nada de eso. Corría de un lado a otro con la camisa pegada al cuerpo, recibiendo órdenes por radio que no paraban. El traje le apretaba las axilas y el sudor le bajaba por las sienes; cada rato se secaba la cara con una servilleta de papel y limpiaba los lentes para que no se le resbalaran hasta la punta de la nariz.
Cuando la ceremonia terminó, Sabrina pasó al área de staff todavía con el Grammy en la mano. Vio a Michael recargado contra la pared de block, respirando por primera vez en horas. Sudaba a mares pero tenía cara de niño bueno y los lentes le daban un aire de estudioso que le cayó bien. Se le plantó enfrente sin pedir permiso. Michael levantó la vista y se topó con ella a menos de dos metros, sonriendo como si ya supiera lo que iba a pasar. Ella soltó una risita al verlo sudar más y le extendió la mano.
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—Hola, guapo. ¿Cómo te llamas? —preguntó con esa voz suave que usaba en las entrevistas. Michael tardó un segundo en contestar. —Michael, dijo al fin, tomándole la mano. Ella miró la diferencia de estatura y rio otra vez. —Acabo de ganar mi primer Grammy, comentó levantando el trofeo—. ¿Quieres venir a celebrarlo un rato conmigo? Él dudó, miró el reloj y el pasillo lleno de cables. —Tengo pendientes aquí y tú seguro tienes que regresar… —No me puedes dar ni diez minutos, insistió ella, pegándose más. Michael tragó en seco. —Diez minutos sí puedo. —Perfecto. Ven.
Sabrina lo jaló de la mano por pasillos estrechos hasta una puerta sin letrero. Entraron de prisa, cerraron con llave y el aire acondicionado del camerino les dio en la cara. Se sentaron en el sofá de cuero gastado. Ella se inclinó hacia su oído y susurró que lo encontraba lindo, que siempre le habían gustado los chicos con lentes. Michael contestó que la respuesta era obvia cuando le preguntó si ella le parecía linda. Entonces Sabrina se acercó más y le dijo bajito que estaba muy caliente. A Michael se le movió algo dentro del pantalón. Ella le rozó la erección por encima de la tela y preguntó si podía sacarla. Él asintió. Sabrina le abrió el cierre, le bajó los bóxers y la verga le pegó contra el estómago, gruesa y llena de venas. —Está enorme, rió ella, midiéndola contra su antebrazo—. Más gruesa que mi brazo. Le dio varias jaladas lentas, mirándolo a los ojos, luego se paró, se quitó el vestido y las bragas de un tirón. Quedó desnuda, girando despacio para que la viera completa. Dijo que prefería desnuda y ella aprobó con una sonrisa.
Se arrodilló entre sus piernas, le golpeó la verga contra las mejillas y después se la metió hasta el fondo de la boca. Michael soltó un gemido largo mientras ella subía y bajaba la cabeza; el ritmo cambió cuando él le agarró el cabello y empezó a follarle la garganta. La saliva le corría por la barbilla y goteaba al piso de baldosas frías. Sabrina aguantó hasta que él la soltó; tosió pero seguía sonriendo. Se subió al brazo del sofá, se abrió las piernas y pidió que se la cogiera igual de fuerte. Michael se paró detrás y empujó de un solo golpe; ella gritó y el grito se volvió gemido cuando él empezó a embestir sin parar, golpeando sus nalgas con cada embestida. El sudor les bajaba por la espalda y el olor a piel caliente llenaba el camerino. Sabrina se corrió primero, contrayéndose alrededor de la verga y cayendo sobre su pecho. Le preguntó dónde quería venirse. Él dijo que en la cara. Sabrina se arrodilló otra vez, le jaló rápido y apuntó hacia arriba. Los chorros espesos le cubrieron la frente, las mejillas y los labios. Ella se rio, se lamió un poco y se limpió con una toalla del camerino. Se puso el vestido, recogió las bragas y se las tiró. —Para que me recuerdes, dijo, guiñó un ojo, abrió la puerta y salió dejando el Grammy sobre la mesa de centro.