Resumen:
Una mujer descubre el gusto de su novio por los tacones altos y decide incorporarlo a una cena especial. Le pide que se prepare para la salida y que utilice un par de zapatos negros para satisfacer su fetiche. Durante el trayecto al restaurante y en la mesa, ella mantiene la tensión erótica con toques discretos y provocaciones. La noche continúa en casa con juegos que involucran los tacones y los pies, cerrando la velada con intimidad y exploración compartida.
Aquí está tu Historia: Mi novio se corrió en mis tacones y los usé en la cena
Desde que supe que Dylan tenía ese gusto por los tacones altos todo cambió en el departamento. Yo le conté de mi época de bailarina exótica y cómo varios clientes se quedaban viendo mis pies dentro de los zapatos de plataforma. Una mañana encontré su semen ya seco en un par de mis tacones negros y eso me prendió tanto que decidí llevarlo más lejos. Mi mamá y mi abuela siempre se arreglaban con vestidos y tacones para salir, así que yo crecí rodeada de ese detalle. Quería que Dylan soltara el fetiche sin vergüenza y que los dos lo pasáramos bien. Le propuse una cena para agradecerle todo lo que hacía: preparaba el desayuno, barría el departamento y aguantaba sin quejarse cuando Steven y yo nos cogíamos por todos lados con bastante ruido. Le pedí que se pusiera camisa y corbata para la ocasión.
Me duché, me afeité la panocha bien limpia y me puse un vestido negro strapless que apenas me cubría las nalgas. Debajo llevaba un cinturón de ligueros con medias negras de costura. Llamé a Dylan y le ordené que me trajera unos tacones negros del clóset de su cuarto. Cuando apareció con el par equivocado le di una mirada seria y le dije que no servían. Se quedó parado, confundido y un poco nervioso. Le ordené que se pajeara en ellos hasta dejarlos bien empapados con su leche y que no regresara hasta que estuvieran listos. Salí de la recámara y lo dejé solo, pero antes de cerrar le grité que se diera prisa porque teníamos reservación. Mientras esperaba en la sala con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano escuché sus pasos pesados. Extendí una pierna y luego la otra para que me los pusiera. Sentí cómo su semen caliente se filtraba a través de las medias y llegaba a la planta de mis pies, tibio y pegajoso.
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Le pregunté si eso le parecía sexy mientras le apretaba la verga que ya se le marcaba en los pantalones de vestir. Él solo asintió con la boca entreabierta. Hice que manejara hasta el restaurante para poder provocarlo: le enseñaba las copas de las medias, me ajustaba el escote y de vez en cuando le subía las uñas por el muslo hasta rozar su erección. En el camino marqué a Steven y lo puse en altavoz. Le conté lo que estaba pasando y él se rio encantado, me recordó cuánto le gustaba ese lado sucio mío. Me sonrojé pero le contesté que también lo amaba. Antes de colgar, Steven le dijo a Dylan que disfrutara la tortura deliciosa. Llegamos temprano y nos fuimos directo a la barra. Me senté en una silla alta, crucé las piernas y el vestido se subió tanto que casi se veían las ligas. Con la punta del tacón le pasé la pierna a Dylan mientras platicábamos con el bartender.
La mesera nos llevó a una mesa en la parte de atrás. Ordené que Dylan se sentara a mi lado y que sacara la verga por la bragueta. Mientras ella estaba ahí tomando la orden yo pasaba las páginas del menú con una mano y con la otra le masturbaba despacio la verga larga. La mesera soltó una risita, me guiñó el ojo y dijo que volvía en unos minutos. Seguí acariciándolo hasta que eyaculó sobre el mantel y en mi mano. Justo en ese momento regresó ella. Pedí una servilleta extra. La mesera agarró mi mano, limpió el semen con cuidado y le dio un lametón lento antes de guardarse la servilleta sucia en el delantal. Después de cenar volvimos a la barra y me restregué contra él cada vez que pude. Noté que otra vez se le ponía dura. Al final le dije que era hora de volver a casa.
En el camino me subí el vestido hasta la cintura y empecé a tocarme. Mis dedos jugaban con el clítoris y se metían en la raja húmeda. Me unté esa humedad en la parte de arriba de los senos para que él oliera todo el trayecto. Ya en el departamento me senté en el sofá con las piernas cruzadas y le ordené que se arrodillara. Con la punta del zapato todavía puesto le froté la verga dura. Luego le mandé que se levantara y se desnudara por completo. Cuando estuvo listo le pedí que me bajara el cierre del vestido. Me cubrí los senos con las manos y se los sacudí mientras reía. Me acosté de nuevo y con los pies aún dentro de los tacones le di una paja. Los puntas le clavaban la piel y él hizo una mueca de dolor que me gustó. Me quité los zapatos y le puse los pies llenos de semen en la cara para que me lamiera las plantas. Su lengua buscaba el semen salado entre los dedos y eso me daba cosquillas ricas. Volví a llevar los pies a su verga. Las medias negras creaban más fricción mientras subía y bajaba. Dylan empezó a gemir fuerte y de pronto disparó una raya caliente de semen blanco que cayó sobre mis pies y sobre su propio estómago. Quedó exhausto en el piso. Me recosté en el sofá y dejé mis pies cubiertos de semen sobre el cinturón de ligueros que aún llevaba puesto.