Resumen:
Javier y Sofía pasan su primera mañana juntos después de una noche intensa. Mientras ella se despierta en la casa, él organiza asuntos pendientes y la lleva de compras a Polanco. Durante el día, Javier le compra accesorios de cuero y ropa especial, y Sofía acepta someterse a él como su mascota. Más tarde, en la alberca y luego en el cuarto, deciden consumar su relación con una tarde de intimidad y entrega mutua.
Javier se levantó antes que Sofía y salió del cuarto sin hacer ruido, el cuerpo aún caliente por la noche anterior. —Oye, Luis. ¿Puedes meter a Antonio en esta llamada? Gracias.
—Ey, Javier, ¿qué pedo? —preguntó Antonio con voz ronca al otro lado de la línea.
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—Tengo broncas serias con Brenda. Lo mejor es que Antonio se la lleve, la entregue a una finca o a uno de esos antros de poca monta del papá de Jake y se asegure de que la preñen lo antes posible. Tiene problemas graves y no va a ser más que una bailarina, una puta o una yegua que solo sirve para criar.
—Sí, anoche también hablamos de ella, dijo Antonio—. Creía que le tocaba viaje gratis y un fajo de lana. Ya hablé con el tío Wen y va a venir por ella para llevarla directo a una finca y que la críen como corresponde. El contrato es a prueba de balas: tiene que trabajar para nosotros tres años en el rol que le asignemos. La preñamos tres veces y sacamos lana en vez de perder con esa perra.
—Estoy de acuerdo, dijo Javier—. Si vuelve a armar lío, tráemela y la suelto en el barrio bajo para que aprenda.
—Mañana en la mañana me voy y me la llevo, contestó Antonio sin dudar.
La mascota despierta
—¿Y la otra? —preguntó Diego.
—Me la quedo. Es justo lo que andaba buscando, dijo Javier con voz firme.
—¿Entonces…? —insistió Diego.
—Si ella quiere, me caso con ella.
—¿En una noche y ya? —dijo Diego sorprendido.
—Me acosté con ella, pero no la cogí, si es lo que quieres saber. Me la chupó rico y se corrió con mis dedos, pero su coño sigue intacto.
—¿Estás seguro de que te aceptará después de contarle…? —preguntó Diego.
—Ella va a aceptar. No tengo ninguna duda. Sofía es mía.
Sofía se estiró en la cama enorme y buscó el calor de Javier. Miró lo que llevaba puesto, recordó que él se lo había prestado y que había sido suave con ella la noche anterior. Se levantó, regresó a su cuarto, se duchó despacio sintiendo el agua correr por sus tetas y su culo, se desenredó el cabello y se puso un vestido color durazno oscuro que le marcaba las nalgas. Dudó si ponerse bragas y al final decidió no usarlas, dejando su coño al descubierto bajo la tela ligera.
No era tonta. Una amiga suya había estado en un club BDSM cuando estudiaban en la UNAM. Le había contado las reglas que le imponía su “Amo” y una que se le quedó grabada era no usar bragas para que él tuviera acceso inmediato a su panocha mojada. También recordó lo que Antonio y Mónica le explicaron sobre El Club: para los hombres negros de allí, “Amo” no venía del BDSM; era un término que habían recuperado de los blancos que lo usaban cuando los esclavizaban. Ahora significaba respeto y reconocimiento de estatus dentro del grupo. Algunos miembros sí practicaban dinámicas de dominante y sumisa, sobre todo porque sabían que muchas mujeres blancas tienen un lado sumiso natural y ganas de complacer con la boca y el culo.
Sofía supuso que Javier era uno de esos hombres. La única forma de comprobarlo era seguir el consejo de su amiga. Nunca se lo había admitido a ella, pero la idea de someterse a un solo hombre la intrigaba. Le parecía liberador imaginarlo metiéndole la verga sin aviso.
Bajó y encontró la cocina. Humberto preparaba algo con olor a huevo y chile.
—Ay, señorita, déjeme prepararle algo de comer. Debe tener mucha hambre después de la noche que pasó. Siéntese, por favor, dijo, señalando la isla.
Sofía lo vio servirle una taza grande de café negro y espeso.
—¿Azúcar? ¿Crema, señorita?
—Gracias, no, contestó ella cruzando las piernas para sentir el aire en su coño desnudo.
—¿Y a mí no me toca café? —preguntó Javier al entrar con la verga ya medio dura bajo el pantalón.
—Señor, disculpe, yo… —empezó Sofía.
Javier le besó la mejilla y le metió la mano por debajo del vestido para tocarle el clítoris.
—Buenos días, mi mascota. No tienes nada que disculpar. Me fui y tú hiciste lo correcto: te duchaste y buscaste café. Humberto, en cambio, debería haber hecho más café —añadió riendo mientras frotaba su dedo en la entrada húmeda de Sofía.
—El señor gusta tomar bastante café, señorita, explicó Humberto mientras le servía otra taza a Javier.
—Hoy quiero llevarte de compras, no tengo audiencia, dijo Javier sacando el dedo chupado.
—¿Audiencia? —preguntó Sofía con la respiración entrecortada.
—Soy juez. Parte del precio de estudiar en una universidad de primer nivel en un país que aún construye sus instituciones.
—¿Vamos? —preguntó él.
Sofía sonrió y asintió, el coño palpitando.
—¿Y ella?
—Se va a su casa.
Sofía soltó el aire aliviada. Él lo notó y confirmó que había tomado la decisión correcta.
—Entonces, ¿vamos, mi mascota?
Salieron. Un SUV negro los esperaba afuera. Javier se sentó a su lado, le puso la mano en el muslo y la subió rápido bajo el vestido. Sonrió al comprobar que no traía bragas. La premió presionando el pulgar sobre su clítoris hinchado. Sofía gimió bajito. Él se inclinó y le susurró al oído:
—Recompenso a mi chica cuando me complace, se porta bien o sigue mis instrucciones. Súbete el vestido y muéstrale al chofer cómo te gusta que te restriegue el clítoris.
Sofía sonrió, levantó el vestido hasta la cintura y puso una pierna sobre el asiento del copiloto, abriendo su coño rosado. El chofer ajustó el espejo y se detuvo más tiempo del necesario en un alto para verla tocarse y gemir bajito mientras se mojaba los dedos.
—¿Qué opinas, Miguel? ¿La dejo correrse para que nos divirtamos?
El chofer rio mirando la panocha brillante.
—No, su señoría. Se ve que necesita pensar todo el día en lo mucho que quiere correrse.
—Eres un sabio, Miguel, dijo Javier, apartándole la mano—. Piensa todo el día, mientras estemos fuera, en lo mucho que en este momento querías correrse y te lo negaron, mi mascota.
Le levantó el pulgar, lo lamió y sonrió saboreando su jugo.
El SUV se detuvo frente a una tienda de cuero en Polanco. Entraron tomados de la mano.
—Su señoría, saludó el dueño.
—Quiero un juego de esposas para la señorita y un collar morado real que le apriete el cuello.
—Excelente, señor.
Le tomó medidas en tobillos, muñecas y cuello, tocándole las tetas de paso.
—¿Desea una correa a juego, señor?
—Sí, buena idea, contestó Javier.
Después eligió dos fustas: una con lengüeta y otra con punta flexible. El dueño le mostró un látigo de tiras.
—Este siempre gusta a los caballeros cuando quieren marcar nalgas.
—Perfecto, me lo llevo también.
Sofía observaba todo, el coño chorreando. Parte de ella sentía miedo; otra parte se excitaba imaginando la verga de Javier metiéndosele mientras estaba atada.
—¿Puede enviármelo todo mañana? —preguntó Javier.
—Sí, señor.
Salieron y caminaron hasta otra tienda con cortinas azul marino y un letrero que decía “Solo con cita”. Llamaron. Una mujer africana grande les abrió y sonrió.
—¿Por fin me trae una cosita para vestir? —dijo.
—Sí. Gracias por recibirnos con tan poca anticipación.
—Empecemos. ¿Colores?
—Negro, rojo, azul oscuro y verde. Que resalten su cabello y ojos.
—De acuerdo. ¿Tacones?
—Por supuesto.
—¿Latex?
—Definitivamente.
—Ven, bonita, dijo la mujer—. Quítate ese trapo y te mido.
Le quitó el vestido. Sofía quedó desnuda, tetas y coño a la vista. La mujer la hizo girar frente a Javier.
—Qué bonita. Eres un hombre con suerte, su señoría. Nada de marcas ni tatuajes vulgares. ¿Quiere perforarle los pezones hoy?
—No lo había pensado, pero en algún momento lo hará. Quiero ver esos pezones hinchados con argollas.
—Puede esperar.
Le midió busto, cintura, cadera, piernas y pies, tocándole el culo y la panocha de paso.
—Mañana le entrego varias cosas y el resto la próxima semana.
—Perfecto.
La mujer le ayudó a ponerse el vestido otra vez.
—Es un muy buen hombre. Tienes suerte de estar con él.
Sofía le sonrió y le dio las gracias, el coño aún húmedo.
—Vamos, mi mascota.
El SUV los esperaba. Regresaron a la casa. Javier abrió la puerta y dejó pasar a Sofía. Una vez dentro, le quitó el vestido de un tirón. Le besó el cuello y le metió dos dedos en el coño.
—Me complace mucho que estés cómoda con tu cuerpo y no te importe estar desnuda cuando te lo pido. Ve a nadar un rato. Te mando el almuerzo a la alberca. Quiero verte mojada.
—Sí, Amo.
Le dio una palmada fuerte en el trasero mientras ella pasaba, dejando la marca roja en la nalga.
Consentimiento y entrega
Humberto preparó ensalada de pollo y té helado. Javier fue a la alberca y la vio nadar desnuda. Cuando Sofía subió los escalones, el agua le resbalaba por las tetas, el vientre y el coño depilado. Él la envolvió en una toalla azul marino y la besó metiéndole la lengua.
Después de comer le dijo:
—Tengo una cosa más planeada para esta tarde. Te voy a coger de verdad.
—Has hecho mucho por mí hoy, Amo. Es demasiado.
—Un Amo tiene derecho a consentir a su buena mascota. Vas a aprender que hay distintas formas de usar tu cuerpo para complacerme. Cogeremos, y entonces seremos iguales. Habrá entrenamiento y juego, y yo seré tu Amo. Haremos el amor, y seremos iguales otra vez. Y, si así lo decidimos, te preñaré con mi leche.
Sofía asintió, el coño palpitando de anticipación.
Subieron al cuarto. Javier se quitó la ropa, mostrando su verga negra de treinta centímetros ya dura. Se acercó y le quitó la toalla. La besó, le besó el cuello y susurró:
—Quiero pasar la tarde haciendo el amor y llenándote el coño.
—Sí… quiero hacerte el amor, Amo. Métemela toda.
La levantó, la acostó en la cama y se colocó entre sus piernas. Frotó la punta gruesa de su polla contra el clítoris y la entrada de su coño mojado. Sofía respiraba hondo, viendo cómo la verga negra abría sus labios rosados. Él empujó despacio su polla negra de treinta centímetros. Sofía jadeó al sentirla abrirla. Cuando él retrocedió un poco, ella soltó el aire. La polla la hacía sentir viva, apasionada, erótica, el calor y la fricción llenando su interior.
Javier la penetró más hondo, le tomó los senos y lamió un pezón duro. Ella veía sus manos negras contra su piel blanca. Le gustaban. Él la besó mientras le metía la verga hasta el fondo.
—Me haces completo. Eres todo lo que este hombre ha deseado. Córrete conmigo, mi mascota. Quiero sentir tu coño apretarse.
Le subió una pierna al hombro y la penetró más profundo, golpeando el cuello de su matriz. Sofía se tocó los pezones. Él sonrió y empezó a embestir con fuerza, el sonido de carne contra carne llenando el cuarto. Sofía arañaba las sábanas. Sus caderas subían al encuentro de cada embestida, el coño chorreando.
—¡Córrete! ¡Córrete ahora, mi mascota!
Sofía gimió y se corrió fuerte sobre su polla, el orgasmo sacudiéndole el cuerpo. Javier la miró cubierta de su propio sudor y semen, le subió la otra pierna y siguió follándola hasta que se corrió dentro de ella, inundándole el útero con chorros calientes de leche espesa. Luego se dejó caer a su lado, la atrajo contra su pecho y la abrazó, la verga aún palpitando dentro.
—Te amo, dijo Sofía—. Más de lo que creí que podría amar a un hombre.
Él la miró a los ojos azules.
—Mi mascota, nunca pensé encontrar a una mujer como tú. Decir “te amo” no alcanza. Siento asombro de que exista el amor a primera vista… y en menos de veinticuatro horas.
Sofía se acurrucó sobre su pecho, el semen escurriéndole por las piernas. Los dos se quedaron dormidos, el Amo y su mascota por fin unidos.