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Relato tabú : Mi mamá me enseñó a revisar sus tetas en la casa rodante

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Resumen:

Valeria y Mateo regresan a la casa rodante después de pasar la tarde en el lago. Mientras Valeria sale a llevarle un refresco a su papá, Mateo se queda en la cocina con Ana. Ella nota que el muchacho no deja de mirar sus senos y le ofrece enseñarle cómo revisarlos. Mateo los toca y luego los chupa siguiendo las indicaciones de su mamá. Al mismo tiempo, Valeria se acerca a Javier y, con la excusa de practicar, lo masturba y le practica sexo oral hasta que él se corre en su boca.

Valeria y Mateo regresaron caminando hacia la casa rodante bajo el sol de la tarde. Su piel desnuda aún conservaba el calor del lago. Los pechos firmes de Valeria se movían con cada paso, mientras la verga de Mateo colgaba entre sus piernas, todavía medio dura por lo que habían hecho antes de llegar al agua. No hablaron mucho. Los dos pensaban en el plan que Valeria y su mamá habían armado esa misma mañana. El sudor les bajaba por la espalda y el olor a lago se mezclaba con el de sus cuerpos calientes.

Al entrar al RV, Ana preparaba comida en la cocina. Se volteó hacia ellos con una sonrisa alegre, que Mateo ni notó porque tenía la vista clavada en sus tetas que rebotaban. El aroma a comida casera llenaba el espacio estrecho y el ventilador zumbaba suave contra el calor.

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—¿La pasaron bien en el lago? —preguntó con voz dulce.

—Perfecto, respondió Valeria, y le lanzó a su mamá una sonrisa cómplice. El sol había dejado marcas rosadas en sus nalgas y ella sentía la piel tirante.

—¿Dónde está papá?

—Tu papá está afuera, preparando todo para la cena. ¿Por qué no le llevas un refresco frío y lo ayudas un rato? —Ana sonrió con complicidad. Mateo tragó saliva al imaginar lo que venía.

¡Claro! —contestó Valeria. Tomó el vaso de limonada helada y salió brincando hacia la puerta—. Nos vemos luego, hermanote, le guiñó un ojo a Mateo por encima del hombro mientras él veía su nalguita desaparecer. El piso de la casa rodante crujió bajo sus pies descalzos.

En la cocina con Ana

Ana sonrió a Mateo, que se sentó en el mostrador para verla de cerca. El mostrador estaba tibio por el sol que entraba por la ventana y el olor a cebolla picada flotaba en el aire.

—¿Quieres uno tú también, mi amor?

Mateo se quedó en blanco un segundo. Sabía que Valeria en ese momento estaría de rodillas chupándole la verga a su papá, si todo salía según el plan. No ayudaba que Ana se inclinara sobre el mostrador, con sus tetotas colgando y meciéndose justo frente a su cara. El calor del cuerpo de ella le llegaba en oleadas.

—¿Qué? —levantó las cejas Ana—. ¿Quieres un vaso o no?

—Ah, sí… gracias.

Ella le sirvió un vaso alto de limonada y lo puso frente a él. Sus ojos no se despegaban de sus tetas. Ana se quedó parada ahí un rato, dejándolo mirar. Luego se inclinó más, apoyando las manos en el mostrador, y sus senos quedaron aún más al alcance de su vista. Los movió apenas, haciendo que se rozaran entre sí. Mateo tenía los ojos como platos. El sudor le perlaba la frente y su verga palpitaba bajo el mostrador.

—Oye, Mateo, dijo ella con voz calmada—. Anoche Valeria le hizo varias preguntas a tu papá. Si tú tienes alguna duda de cualquier cosa… también puedes preguntarme a mí. ¿Está bien?

Él no contestó. Seguía mirando sus tetas como hipnotizado. Su verga ya estaba completamente dura bajo el mostrador. Las tetas grandes y pesadas de su mamá temblaban un poco cuando hablaba. Tragó saliva. El sabor metálico de la limonada le quedó en la lengua.

Ana carraspeó.

—Mateo, te pregunté si tenías alguna duda.

Él reaccionó por fin y apartó la mirada.

—Por ejemplo, continuó Ana con paciencia—, Valeria le preguntó sobre el pene de tu papá. Es normal. Me doy cuenta de que te la pasas viendo mis senos. ¿Quieres preguntarme algo sobre ellos?

Mateo tragó de nuevo. No encontraba qué decir. Al final soltó lo primero que se le ocurrió:

—Tú… tienes unas muy grandes, mamá.

Ana sonrió con paciencia.

—Eso no es una pregunta, mi vida.

Mateo se puso rojo. No sabía qué preguntar sobre unas tetas. Ana siguió hablando despacio:

—Por ejemplo, Valeria le preguntó a tu papá cómo se revisan los testículos para buscar bultos, y él le dejó practicar. Las mujeres también necesitamos revisarnos. A veces la pareja puede ayudar… a revisar los senos. ¿Quieres que te muestre cómo?

Los ojos de Mateo se abrieron de golpe. Asintió con fuerza, sin poder hablar. Ana se inclinó un poco más, ofreciéndole sus tetas pesadas que se mecían una contra la otra. El calor de su piel le quemaba las manos antes de tocarla.

—Ahora vas a tomar uno con las dos manos. La técnica correcta es…

No terminó la frase. Mateo ya había extendido las manos y las había agarrado. Las apretó, las levantó, las hizo rebotar. Eran suaves, calientes y tan pesadas que se le salían de las manos. Las movió de un lado a otro, las apretó juntas y las observó mientras temblaban. Ana no lo detuvo. Lo dejó disfrutar. El olor a crema solar y sudor de ella lo mareaba.

Después de unos minutos, a Mateo se le ocurrió algo y preguntó de golpe:

—Mamá… ¿a las chicas les gusta que les chupen las tetas?

Ana sonrió.

—Sí, mi amor. A la mayoría les gusta mucho. ¿Quieres practicar eso también?

Mateo volvió a asentir. Juntó sus tetotas y las levantó para llevarse los pezones a la boca. Los chupó y los lamió mientras crecían entre sus labios. Ana se quedó quieta, dejándolo mamar todo lo que quisiera. El sonido húmedo de su lengua llenaba la cocina.

Fuera con Javier

Fuera, Valeria se acercó a su papá con el vaso de limonada. Javier estaba al lado del RV, revisando las mangueras del gas de la parrilla. Su verga enorme se balanceaba entre las piernas mientras trabajaba. El sol le daba de lleno en los hombros y el olor a gas se mezclaba con el de su sudor.

—Hola, papi, dijo ella con dulzura—. Te traje algo frío.

—Gracias, mi vida, contestó él, tratando de no mirar sus pechitos.

Antes de que pudiera alejarse, Valeria lo abrazó fuerte. Sus tetas se apretaron contra el pecho de él y sus pezones rozaron su piel. Javier se quedó tieso. Su verga empezó a endurecerse contra el vientre de su hija. Valeria sonrió al sentirla crecer y se separó un poco.

—Ay… ¿yo te hice eso? —preguntó con inocencia fingida—. Perdón, papi.

Javier se sonrojó.

—Valeria, yo…

—Está bien, papi. Sé que no es tu culpa. No puedes evitarlo. —Bajó la mano y rodeó su verga dura con los dedos—. Gracias otra vez por lo de anoche y lo de hoy. Me ayudó mucho.

Javier tragó saliva. Ella siguió acariciándolo despacio. El calor de la verga le subía por los dedos y el precum le mojaba la palma.

—Como ya entré al equipo de porristas, seguramente voy a salir con algunos de los jugadores de fútbol. Dicen que la traen bien grande. Me preocupaba no poder con ellos… pero después de practicar contigo ya no tengo miedo. Sé que ninguno va a ser más grande que tú.

Lo masturbó más rápido con las dos manos. La piel de su verga subía y bajaba sobre la cabeza hinchada. El sonido de carne mojada se oía claro en el aire quieto.

—Valeria, yo…

—Eres el mejor papá —siguió ella, bajando una mano para acariciar sus huevos pesados—. Como ya la traes dura… ¿puedo practicar otra vez? Por favor. Mamá dijo que la comida todavía tarda.

Javier apenas podía respirar.

—Valeria… no deberíamos…

—Por favor… —tiró de su verga, que ya chorreaba precum.

Javier asintió, derrotado. Valeria soltó un gritito de alegría y se arrodilló frente a él. Le lamió la cabeza gruesa y la metió en su boca. Empezó a chupársela despacio, usando todo lo que había aprendido: metiéndosela hasta el fondo, moviendo la lengua, chupando solo la punta y retirándose justo cuando él estaba a punto de correrse. Lo tuvo al borde una y otra vez. El sabor salado de él le llenaba la boca y el calor le subía por la garganta.

Javier temblaba. Sus manos flotaban cerca de la cabeza de ella sin atreverse a tocarla. Cada vez que creía que iba a explotar, Valeria se detenía y soplaba sobre la punta húmeda. Su verga palpitaba en el aire.

—Papi… —gimió él con la voz rota.

Ella levantó la vista, todavía acariciándolo.

—¿Pasa algo, papi? ¿No lo estoy haciendo bien?

—Lo estás haciendo demasiado bien, jadeó él—. No puedo… necesito…

—¿Qué necesitas, papi?

—No quiero correrme en tu boca…

—No te preocupes, papi. Ya sé cuándo estás por venirte. No te voy a hacer correrte.

Volvió a metérsela en la boca y siguió chupando, más rápido esta vez. Javier estaba al límite cuando ella se retiró otra vez y le sopló aire frío sobre la cabeza. Él soltó un gemido desesperado.

Valeria sonrió, lamió la gota que caía de la punta y volvió a succionar con suavidad. Lo mantuvo así mucho rato, llevándolo al borde y retirándose, hasta que Javier ya no podía ni pensar. El sol le quemaba la espalda y el sudor le corría por el pecho.

En ese momento se abrió la puerta del RV.

—¡La comida está lista! —llamó Ana con alegría.

Valeria se levantó de un salto, le dio un último apretón cariñoso a la verga de su papá y le plantó un beso en la punta. Luego lo abrazó fuerte, pegando su cuerpo desnudo contra el de él, y le susurró al oído:

—Gracias, papi. Eres el mejor.

Le dio un beso rápido en la mejilla y corrió de vuelta hacia la casa rodante, ayudando a su mamá con los platos. Javier se quedó parado ahí, con la verga dura y goteando, mirando cómo se movía el culo de su hija mientras se alejaba.

Valeria volvió minutos después y se arrodilló otra vez. Esta vez no paró. Chupó con fuerza, metiéndosela hasta el fondo una y otra vez, hasta que Javier soltó un gruñido ronco y le llenó la boca de leche caliente. Ella tragó todo, lamiendo hasta la última gota, mientras él se apoyaba contra la casa rodante temblando. El orgasmo lo dejó sin fuerzas y el sol de la tarde les pegaba directo en la piel mojada.

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