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Historia de MILF : Me cogí a una morra en el sauna y el morro se quedó viendo

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Resumen:

Una mujer llega a un sauna discreto en la Ciudad de México buscando alivio al estrés acumulado por el trabajo y la familia. Allí conoce a Brenda, una joven de fuera que acaba de tener un bebé. Entre charlas y roces casuales, ambas comienzan a explorar su atracción mutua con caricias y besos en el ambiente cálido y húmedo del lugar. En medio de la intimidad, Diego, el joven que atiende el sauna, entra a atender la estufa y decide quedarse a observar sin intervenir. Las dos mujeres continúan su encuentro mientras él se excita contemplando la escena, hasta que las tres alcanzan el clímax en el mismo espacio.

Tuve una semana de pura chinga en la chamba y con los chamacos. El estrés me apretaba el pecho como si cargara un costal de piedras. Decidí que ya era hora de un respiro y reservé mi hora en el sauna de siempre, ese lugar discreto cerca de Insurgentes Sur donde el calor ayuda a soltar todo. Al llegar noté que Diego, el morro que atiende la entrada, me miró de arriba abajo con esa sonrisa de siempre. Es más joven, güero de ojos cafés, amable y siempre con buena onda. Neta que le gusté por cómo se quedó clavado en mí. Su energía me jaló de inmediato y empecé a sentir que el nudo en la espalda se aflojaba un poco.

El encuentro en el vapor

Me quité la ropa en el vestidor de afuera, esa cortina que el aire mueve todo el tiempo. En ese momento exacto la tela se abrió y Diego volteó justo cuando quedé frente a él solo con el bikini azul de florecitas arriba y el short negro abajo. Sentí un subidón caliente entre las piernas y algo de vergüenza, pero también me gustó que me viera así. El calor del sauna me golpeó en la cara apenas crucé la puerta y empecé a notar cómo la tensión de la semana se iba soltando con cada gota de sudor. Me senté con las piernas cruzadas, respirando hondo, concentrada en soltar el peso de todo.

Cette histoire existe aussi en espagnol : le site Cuentos Eróticos.

Justo entonces entró una morra más joven que yo. Cabello negro largo en una coleta, cintura estrecha y unas chichis que se veían pesadas y firmes. Mi cuerpo reaccionó al instante, la panocha se me humedeció sin control. Charlamos un rato de dónde era, cuánto tiempo se quedaba en la ciudad. Era de fuera, se llamaba Brenda y acababa de tener un bebé, por eso le bajaba leche de las tetas. Comentó mi traje de baño y conectamos platicando de telas y tallas. Al cambiar de posición mi pierna rozó la de ella por accidente y casi pierdo el control del todo. Me disculpé porque no fue a propósito, pero volvimos a mirarnos directo a los ojos. Ella se quedó quieta, sin saber qué decir al principio. Luego soltó con timidez que le había gustado sentir mi piel contra la suya. El corazón me latió fuerte de pura emoción y le respondí que con gusto podía tocarme más si quería. Tomé su mano y la puse sobre mi hombro. Quería que ella decidiera hasta dónde llegar.

Manos que exploran

Brenda acarició mis brazos hacia abajo y luego hacia arriba, despacio, sintiendo cada centímetro de piel sudada. Me tomó la cara como si fuera a besarme, pero se detuvo justo antes. Sus manos bajaron por mi cuello y mi espalda, dejando un rastro de calor. Le pregunté si podía tocarla también, aunque sus ojos ya lo pedían a gritos. Dijo que sí con ganas, la voz entrecortada. No pude resistirme y fui directo a sus senos. Los tomé con las dos manos, suave pero firme, apoyando los pulgares en los pezones y frotándolos en círculos lentos. La vi moverse en el asiento, excitada porque su cuerpo respondía a cada roce. Sudábamos las dos, el olor a piel caliente llenaba el aire. Le bajé despacio la parte de arriba para dejar un pezón al descubierto y empecé a besarlo, lamiendo con la lengua mientras chupaba suave. Sus gemidos me mojaron más, la concha palpitando de ganas.

En ese momento Diego entró con unos leños para alimentar la estufa de leña. Yo ya había apartado la cara de sus senos, pero Brenda seguía expuesta, las tetas brillando de sudor. Él sonrió como tranquilizándonos y eso me gustó un chingo. Le agradecí que atendiera el fuego. Contestó que ya se veía “caliente” ahí adentro y guiñó un ojo, pero que con gusto agregaría más calor si queríamos. Me mordí el labio y miré a Brenda. Ella entendió y asintió con la cabeza. Le pregunté si quería quedarse un rato más. No hizo falta que respondiera; su cara lo dijo todo, los ojos oscuros de deseo.

Empezamos a quitarle la ropa. Traía sudadera y pantalón porque estaba trabajando. Brenda lo besaba mientras yo le bajaba el pantalón hasta los tobillos. Tomé su verga con una mano y la vagina de ella con la otra, sintiendo lo mojada que ya estaba. Gimieron en la boca del otro, el sonido de lenguas y jadeos llenando el espacio. Luego quise que sintiera mi lengua, así que la pasé de arriba abajo por su pene mientras jugaba con sus testículos, lamiendo despacio y saboreando la sal de su piel. Ya le había quitado la parte de arriba a Brenda y tenía la cara entre sus senos, chupando un pezón mientras él gemía. Le dije que terminara de desvestirse solo mientras yo me quitaba la parte de abajo. Quería a Brenda para mí, pero él podía quedarse a vernos tocar.

Le bajé el bikini azul y empecé a lamerle la vagina húmeda y sudada, metiendo la lengua entre los labios mientras le jugaba con los pezones duros. Diego solo tenía los calcetines puestos, desnudo en la esquina, jalándose la verga despacio. Ella gemía y yo usaba una mano para frotarme el clítoris que ya me urgía, los dedos resbalando por lo empapada que estaba. Levanté la cabeza con ganas de sentir sus pezones contra los míos. Agarré su vagina y apreté mis senos contra los de ella mientras la besaba con fuerza, las lenguas enredadas. Me restregué contra su muslo para aliviarme un poco, el calor y la fricción subiendo todo. Diego nos miraba con atención, pero también perdido en lo suyo, la mano subiendo y bajando más rápido. Me bajé por completo la parte de arriba para invitarla a chuparme los pezones. Mientras lo hacía, me senté a horcajadas sobre una de sus piernas para rozar su vagina con la mía, las dos conchas mojadas deslizándose una contra otra. Las hormonas subieron fuerte y las dos nos entregamos al placer. Quería que ella sintiera cuánto me gustaba verla rendirse y olvidarse de todo. La monté despacio, con ritmo sensual, moviendo las caderas al compás de sus gemidos y de lo que su cuerpo me pedía. Ella me puso las manos en los senos y ya solo existíamos nosotras. La energía fluía natural y era completamente recíproca. Sentíamos la misma intensidad en cada movimiento y llegamos al orgasmo las dos al mismo tiempo, intenso y fuerte, las caderas temblando, las conchas pulsando juntas mientras el sudor nos corría por la espalda. Diego, al vernos y oírnos, aceleró la mano y se corrió unos segundos después, la leche salpicando el piso de madera caliente.

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