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Fantasía erótica : Mi última noche con la infiel Sofía bajo la luna

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Resumen de esta Historia:

Arkady, el mago chaparro tejedor de hilos, y su mujer elfa Yasha cargan a Velshia, sobrina de la alcaldesa de Gom Weydan, en la grifo Quiesh para salvarla de la colmena de Shesterlilly. Las paredes de la ciudad echan chispas de luz, señal del brinco inminente que la mudará a otro sitio. Cargamos el cajón con Velshia dormida, subimos apretujados con Moonweave la pixie, Sofía y Vinton, y despegamos justo cuando el resplandor parpadea. Abajo, Gom Weydan se hace transparente y salta, dejando vacío. Bajo la luna plateada en la llanura, Sofía me confiesa su tirón flojo al hilo que nos unía; el grueso ahora la ata a Vinton. Lágrimas calientes en su risa, mano en mi muslo, duele la despedida temporal. Le prometo checarlos en Daggerport, felices en su nueva vida.

Aquí está tu Historia: El hilo flojo under la luna de despedida

Las paredes de Gom Weydan empezaron a echar chispas de luz, como si la ciudad entera se estuviera cargando de pura electricidad. Arkady, el mago chaparro, no se esperaba algo tan cabrón, tan brillante que te cegaba hasta el alma. Eso explicaba por qué la raza siempre sabía cuándo llegaba o se largaba: el resplandor se notaba desde leguas. El enano había creído que el brillo salía del salto mismo, pero ahora veía claro: las piedras se ponían calientes antes del brinco, como un motor viejo que se calienta en la banqueta ardiente del sol de mediodía, con ese olor a metal recalentado que te pica en la nariz. Velshia, la sobrina del alcalde, ya se había echado dos rondas de los tratamientos de Arkady, pero le faltaba una pa’ rematar. Si no, esa colmena de Shesterlilly se iba a recomponer y a esparcirse como plaga de cucarachas en el mercado. No había de otra: se la llevaban pa’l carajo con ellos. Arkady y Yasha, su mujer elfa, volvieron a la del jefe del pueblo, y ni bien entraron, el aire se sentía pesado, como cuando tu ya decidió que te vas a la verga. La alcaldesa los miró fijo desde su escritorio de madera astillada, con el ventilador zumbando arriba y moviendo el humo de su tabaco. —¿Dijiste que pa’l rato se repone un día o dos después de cada jalón, ¿verdad, mago? —preguntó la vieja, con voz ronca de tanto gritar órdenes. —Así es, jefa —confirmó Arkady, rascándose la barba enredada. —¿Y le hace falta uno más? —Pa’ que no se muera, sí. La alcaldesa cabeceó, como si ya lo tuviera masticado. Velshia siempre andaba soñando con salirse de esas murallas, y sin el tratamiento, iba pa’l otro barrio igual que cualquier pendejo. ¿Y si nosotros le damos el remate sin ti? El chaparro se jaló la barba, pensativo. Podría untarle un pomadón, pero las chances de que pegara eran una mierda: 95% si lo hacía él en persona, 30-40 si no. Inaceptable, suspiró la mujer, exhalando humo espeso que olía a tabaco rancio y tierra húmeda. Llévensela, entonces. Ya escribí una cartita pa’ cuando despierte del pedo. —¿Cuánto rato tenemos desde que las piedras brillan hasta que la ciudad se pica la cresta, alcaldesa? —preguntó Arkady. —Otra vez con tus ciencias exactas, Tejedor —rió ella, amarga, con la risa cascajeando como grava bajo las botas—. Del Gran Brillo, parpadea cinco veces, un minuto entre cada una, y zas, se muda pa’ otro lado. Si se apura, les queda poco; si se entretiene, algo más. Yasha sonrió suave. Nunca asumimos que hay tiempo de sobra, lo aprendimos a putazos en el camino. Mejor actuar rápido, sin esperar milagros. A veces te ahogabas en pendientes, pero rara vez te arrepentías. Recojan a mi sobrina y la carta, y váyanse a la torre de la puerta pa’ despedirse. Asegúrense de que Velshia arranque con el pie derecho cuando abra los ojos, dijo la alcaldesa, tendiendo la mano callosa que Arkady chafó fuerte. Claro que sí. Gracias por la carnaleada. Salieron de la oficina, con el eco de sus pasos en el pasillo de adobe fresco, y se plantaron en el corral de Hagolik. Ahí estaban Moonweave la pixie, Sofía y Vinton en el establo de Quiesh, la grifo. Sofía le echaba miraditas de borrega a Vinton, que garabateaba su retrato en un pedazo de piel con carbón negro, el polvo manchándole los dedos. ¿Nos rajamos ya, mi reina? —preguntó Vinton a Yasha, mientras Arkady pagaba la cuenta con Hagolik, monedas tintineando en la bolsa de cuero. El enano llamó a dos cargadores pa’ que metieran el cajón con Velshia, todavía en las nubes, en la bodega trasera de la guarida de Quiesh. Ahora el viaje iba a estar más apretado que sardinas en lata: cinco almas en un hueco pa’ dos o tres. Sofía y Moonweave ya lo habían reventado, y Vinton lo iba a hacer pedazos. Gom Weydan fue un alto chido, pero después de mi encierro, no me late quedarme ni un minuto de más, confesó Arkady, oliendo el heno fresco y el sudor de bestia en el establo. Nos vamos porque la ciudad se pica sola y no va pa’ donde nosotros, explicó Yasha, revisando a Quiesh con ojo de halcón: plumas lustrosas, ojos brillantes. Hagolik la había cuidado de lujo: la sacaba a volar diario alrededor de las torres, regresando al corral calentito con heno seco que crujía bajo las garras. La grifo le mandó un chispazo mental a Yasha: había gozado el descanso, surcando cielos altos con viento fresco azotándole las alas, pero ya picaba por volar de nuevo. Se unió a Arkady y Yasha por lo nómadas que eran, igual que ella, con esa inquietud que te carcome las tripas. De repente, un chorro de luz blanca entró por cada rendija, como relámpago de tormenta, y se esfumó con un gong que retumbó en todo el pueblo, vibrando en los huesos. Hagolik alzó el pico, aviar astuto. Llegaron a tiempo, cabrones. Estamos en ventana de salida temprana. Hace rato no nos rajábamos en dos horas del brillo, pero siempre puede pasar. ¿Todo chido, mi vida? —preguntó Arkady a Yasha. Sí parece, vamosnos. Suban los que se van, güeyes —rió el chaparro, trepando la escalerita al asiento delantero, madera áspera bajo las botas. Yasha lo siguió, Moonweave, Vinton y Sofía brincaron atrás, asomando la cabeza mientras Quiesh batía alas potentes, levantando polvo caliente de la pista. Otro estallido de luz blanca los bañó, oliendo a ozono quemado, y se largó tan rápido. La grifo corrió pesada, patas tambaleando en la piedra irregular, se agachó y brincó con tres aleteos furiosos, lanzándolos lejos del pináculo. Atrapan una corriente ascendente, alas cortando el aire con chiflido agudo, subiendo al cielo azul infinito. Abajo, Gom Weydan parpadeó por tercera vez, luz inundando todo antes de apagarse. ¿Qué tan lejos pa’ estar seguros? —preguntó Arkady a su mujer, que sabía de teletransportes como la palma de su mano. No mucho, pero que no le caiga una piedra a la ciudad si la aventamos, mi rey —dijo Yasha, pasando la mano por su espalda sudorosa mientras él guiaba a Quiesh en curva pa’ que los de atrás vieran el cuarto parpadeo por la solapa trasera. Arkady vio la ciudad volverse transparente, como vidrio empañado, y las montañas atrás asomando, como si Gom Weydan se pelara de ese sitio pa’ pegar el brinco a otro. Espectáculo de la verga, murmuró, mientras Moonweave sacaba la cabeza por la solapa delantera, barbilla en su hombro, mejilla contra la suya, piel tibia y suave. ¿Cómo chingados lo hace la ciudad? —preguntó la pixie. Nadie lo sabe a ciencia cierta, contestó Yasha. El hechizo es más viejo que la chingada, anterior a magos que hemos conocido en mil caminos. Haría falta un chingo de brujos jalando juntos semanas, meses, años… ¿pa’ qué? No sigue patrón fijo, solo que no repite sitio. A veces flota en el aire, otras sale isla en lago o mar. Ha estado en otros mundos de la galaxia, hasta en lunas del planeta. La gente ya no sabe cómo funcionan las máquinas, aunque Arkady las vio, con la esperanza de descifrar pa’ darles control sobre su propio terruño. ¿Y qué pedo? —insistió Moonweave, mientras la ciudad parpadeaba la quinta y última, luz muriendo y dejando el aire vacío, sin rastro. Pájaros que rondaban el mercado bullicioso de pronto no tenían dónde picar, ni vendedores pa’ robar migajas; bandadas bajaron a las montañas con graznidos lejanos. Ni madres entendí, rió Arkady resignado, girando a Quiesh pa’l norte, rumbo a la casa del Consejo. Había sido buena distracción, pero quedaban pendientes graves. Las máquinas lo perseguirían en sueños por años, con su zumbido metálico y olor a aceite viejo. Pensé que viendo engranajes y pistones agarraría la onda básica, pero palancas, diales, switches por todos lados… Me dejaron claro: ni lo toques, no fuera a ser que jodiera todo. Me preguntaba a dónde te habías volado un día entero, dijo Moonweave, acurrucándose en su hombro tras achicarse a tamaño de perico, alas rozándole la oreja con plumas suaves. Volviste sacudido como hoja en vendaval. ¿Tan pendejo era? Mil vidas no bastan pa’ mapear las conexiones, menos adivinar pa’ qué chingan, reverenció Arkady, voz baja. Cientos de pistones, válvulas, varillas… Se calló, perdido en el laberinto mental, antes de volver. Impresionante, pero pa’ lo básico necesitas magia eldritch, gemas, metales… Le di al curandero una idea pa’ catalogar, un sistema pa’ documentar. Proyecto pa’ generaciones. Ni sé si el diseñador lo vio armarse o se murió después. Había tanto que hacer en la ciudad, comercios, gente, costumbres… ¡y las comidas, dioses! Compré frascos de chiles y especias pa’ cocinar locuras. Voy a hacer desmadres, pero se van a chupar los dedos. ¿Dónde aterrizamos hoy? Plan era parar a la mitad pa’ Daggerport, en puro desierto, contestó Yasha. Daggerport mañana, Consejo en días. ¿Tan gacho el Consejo, mi amor? —preguntó Moonweave, manita en su oreja. Absolutamente, gruñó el enano. El sistema de Tejedores está en riesgo de venirse abajo. Otros habrán avisado, pero no lo ignoramos. Quiero saber qué nos toca. ¿Cuánto rato lleva el sistema? Más que la historia escrita, que los cuentos. Siempre Tejedores y Rompehilos, dos caras de la misma puta moneda. De atrás vinieron risas y carcajadas, como fiesta en pulquería. Yasha suspiró a su marido. ¿Sigue atada Sofía por hilo, mi vida? Sí, pero más flaco que antes, dijo él, divertido. Notaste cómo se ceban ella y Vinton desde que se engancharon, y nosotros pasamos a segundo término. No me jode, pero es cambio cabrón. Quiesh bajó despacio a la llanura pa’ acampar: pastos altos dorados, meciendo con viento fuerte que silbaba y olía a tierra seca. En medio de la noche, Arkady salió del cajón pa’ caminar entre hierbas altas bajo la luna plateada, aire fresco mordiendo la piel. Veía los hilos que había unido flotando alrededor, brillantes al principio pero desvaneciéndose en semanas. Así eran: ardían vivo y se apagaban, pa’ no enredarte con todos los que habías ayudado. Estrellas clarísimas sin ciudad cerca, planetas y lunas tan cerca que parecía darles con la mano, aunque sabía que no. Miró atrás: el panorama raro sin Gom Weydan marcando el horizonte. Medio mes ahí, contento de rajar, pero el lugar enganchaba, con su bullicio adictivo de mercados y olores a carne asada. Gom Weydan fue todo y más: libreros, coleccioneros de chucherías, mapas en cada esquina. Yasha le contaba de telas exóticas pa’ ropa o decorar la guarida de Quiesh. Pero había tugurios oscuros que no le cuadraban: no esclavos abiertos, pero tráfico de carne en cuartos traseros con olor a humedad y miedo. Lo corrieron de las cantinas de apuestas no por trampa, sino por ganar demasiado; dueños no querían clientes que limpiaran la casa. Ganancias en la bolsa, y ni ley pa’ obligarlos. Estás en la luna —dijo Sofía atrás, parándose a su lado, hierba crujiendo bajo sus pies descalzos—. Esa cara la conozco en cualquier lado. Pesadas cargas pa’ reyes. No soy rey ni general, güey —replicó Arkady—. Solo mago de chambas simples, ganando el pan y viendo mundos. Tú y Vinton van chidos. De eso quería hablarte —dijo ella, cabeza en su hombro, cabello rojo oliendo a jazmín silvestre—. Los quiero un chingo a ti y Yasha, pero ¿gusanos demonio? ¿Ciudades que se pican? Puede ser mucho pa’ lo que firmé. ¿Cuáles son las reglas del hilo? No hay reglas, Sofía —rió él, acariciándose la barba—. Si no sientes el tirón tan fuerte… Sí lo siento, te quiero, pero no sé si sigo encabronada contigo —dijo tímida, voz bajita como susurro en confesonario—. ¿Me hace mala onda? Ni madres —replicó, revolviéndole el pelo—. Nuestras vidas largas contra la tuya iban a chocar si no seguías en el diezmo, y no podía extenderlo a Vinton. No te culpo por dudar de este desmadre. Vinton parece buen cuate, buena pareja. Aunque lo arrestaron. Dibujar sin permiso es ley nueva pa’ mí. No te apures. Pensé rajar en Daggerport —dijo, mano en su muslo, calor subiendo por la tela—. Sé que es repentino, pero entre más rato con ustedes, más duele la despedida. Yasha y yo lo vimos venir —asintió él—. El hilo tuyo con él es el más grueso. Apoyamos tu decisión. Sofía lloró riendo, sorbiendo mocos. Hasta pa’ rajarme son cabrones buenos —dijo, secándose con el dorso, piel salada—. ¿Cómo te pusiste tan pinche sabio? Nos malacostumbramos a ser dos, tu llegada nos revolvió. Buscamos equilibrio. Sabíamos que era temporal. Mereces vida larga feliz, con quien envejezcas. Encontraste a Vinton. Estás feliz, Sofía. No hay pedo en ser feliz. Eso busco con mis hilos: felicidad pa’ la banda. Dioses te maldigan por amable… pero gracias por sabio. Los voy a extrañar, ¿lo sabes? Lo sé —sonrió pícaro, frotándole la nuca despacio, músculos relajándose bajo sus dedos—. Ese anhelo pasa cuando te claves en tu nueva vida con él. Seremos recuerdos chidos. Tomó su mano callosa, apretándola. No. Mi primer hijo llevará tu nombre o el de Yasha. No quiero olvidar este tiempo con ustedes. No olvidarás —dijo Arkady—. Pasaremos a checar que vayan chidos, tú y Vinton bien clavados. Quiesh batía alas potentes en el cielo azul infinito.

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