Resumen:
Lucía, una mujer de treinta años que ha ganado peso tras varios embarazos, es atada y vendada por su esposo en su casa de Iztapalapa. Él explota su inseguridad con su cuerpo, la humilla mientras le corta la ropa y la obliga a orinar en un cubo. Después le coloca ganchos nasales y anales para forzarla a mantener una postura de sumisión, le pone pinzas en los pezones y la obliga a practicarle sexo oral. Al final la baña en una tina rosa para teñir su piel y completa la transformación en lo que él llama su marranita.
Lucía era mi esposa. La amaba con todo el pinche corazón y su cuerpo me volvía loco cada vez que la veía. Después de varios chamacos, su figura había cambiado de una manera que me prendía más de lo que esperaba. El vientre se le había puesto suave y colgante sobre la cintura, los senos ya no eran copas B sino algo mucho más grande y caído después de amamantar tanto. El trasero se le redondeó y las caderas se abrieron con cada embarazo. Durante doce años la observé transformarse y cada cambio me gustaba más. Antes se enojaba cuando le tocaba las chichis todo el tiempo, pero ahora ella misma me las ofrecía. Disfrutaba que se las vaciara en la boca y se corría cuando la leche salía. Se dejaba atragantar con la verga hasta el fondo de la garganta y le gustaba el sabor de la lechita bajando por su vientre gordo. Su culo se volvió receptáculo después de una borrachera en la colonia Roma y lo que ella llamó accidente terminó en más visitas. La cogía por el culo mientras su panocha se calentaba y pedía más. Me gustaba rodearla con los brazos, agarrar sus senos generosos y frotarle la panocha mientras la penetraba por detrás. Nunca le importó el tamaño de su vientre ni los números en la báscula. Yo empecé a ver una obra maestra: una marrana sexual cuyo único fin era cumplir mis deseos.
La transformación comienza
Cuando por fin todo coincidió, ella tenía treinta años. Pesaba ochenta y dos kilos en su metro sesenta y dos. Sus senos llenaban una copa C y acababa de pasar a ropa de mujer talla extra grande. Tenía ojos azules y cabello castaño claro que se aclaraba con el sol del verano. Sus brazos eran firmes, gruesos y suaves. Acababa de empezar otra dieta con conteo estricto de calorías. Era el momento perfecto. Con hocico y orejas de cerdo alrededor de su carita redonda parecía una versión sexy de la señorita Piggy. Mi marranita estaba a punto de cambiar. Esa noche llevaba un sostén deportivo y calzones anchos de mujer. Tenía leggings grises y una playera atlética ajustada de manga corta porque planeaba hacer ejercicio en la casa de Iztapalapa. La até con las muñecas atrás y los tobillos juntos. No era muy coordinada, pero no quería riesgos. Luego le subí las muñecas lo suficiente para que su cuerpo se inclinara hacia adelante. Podía levantar la cabeza, pero se cansaría rápido. Le vendé los ojos y le puse un trapo en la boca a modo de mordaza. Aún no sabía quién la tenía. Quería alargar esa fantasía. Su playera escotada y el sostén un poco estirado dejaban ver el escote. Pasé un dedo entre sus senos, que ya empezaban a sudar. Gimió contra la mordaza y arqueó la espalda lo poco que pudo. No se movió mucho. Luego subí el dedo por su cuello sensible hasta su boca. Giró la cabeza a un lado.
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Me puse detrás y le apreté ambos senos por encima de la ropa. Quedó claro que entendía que no podía hacer nada. Ahora venía lo divertido. Con esa posición, la ropa solo salía a pedazos. Tomé las tijeras y las bajé por su pecho. Se puso tensa al sentir el metal. Corté solo la playera y la abrí de un tirón. Dos tijeretazos más en las mangas y se la quité. Quedó solo con el sostén. El escote se veía completo, el sudor brillaba en su piel. El cabello le caía a un lado de la cara mientras su cabeza pendía hacia adelante. Su vientre colgaba libre. Quería explotar su inseguridad, empezar a humillarla. Metí un dedo en su ombligo y lo moví en círculos. Se sonrojó. Intentó moverse, pero no pudo. Su respiración se aceleró y el vientre subía y bajaba más rápido. Perfecto. Ahora estaba consciente de algo más que de su desnudez. Necesitaba más. Con una mano agarré la parte baja de su vientre, los dedos abajo y el pulgar bien metido en el ombligo. Lo apreté y lo moví arriba y abajo un par de veces. Luego lo sacudí de lado a lado. Su cara se puso roja. Sabía que estaba mirando la gordura que a ella no le gustaba. Lo levanté lo más que pude y lo solté. Cayó con peso y vibró. El tirón la desequilibró un poco. Le di unas palmadas firmes pero suaves en cada lado del vientre. Lo suficiente para que la grasa se moviera. La humillación le estaba calando hondo. Ella no sabía cuánto admiraba ese vientre. Ni los planes que tenía.
Sabía que tendría sed. Siempre tomaba mucha agua y orinaba seguido. Le pasé una pajita por la mordaza y dejó que bebiera. Tragó con ganas. La dejé llenarse. Después seguí jugando con su vientre y escuché el agua moverse dentro. Puse una mano a cada lado y apreté, luego solté. Lo hice un rato, solo tocando su grasa. Volví a los leggings. Estiré la cintura y la solté para que le diera en la piel. Se notaba que le picaba un poco. Corté los leggings con las tijeras y se los quité. Quedó solo en ropa interior, sudada, humillada y sin poder moverse. Pasé la mano por su entrepierna por encima de la tela, subí hasta el vientre y luego hasta el pecho. Me puse detrás y le agarré las nalgas con las dos manos. Las sacudí. Quería que entendiera que veía exactamente lo que ella quería adelgazar. Noté que juntaba las piernas. No era para apartarme, era porque ya tenía ganas de orinar. Le subí la ropa interior por delante y por detrás lo más que pude. Se le metió entre los pliegues y el trasero y quedó sobre la parte baja del vientre. Apoyé la mano caliente en su panocha por encima de la tela. La tela aumentaba el calor y la invasión. Me concentré en su culo. Le di una nalgada en la izquierda y quedó una marca roja. Se oyó su quejido ahogado. La grasa se movió. Luego la derecha. Le di cinco nalgadas por lado, esperando a que la grasa se calmara antes de cada una. Su vientre subía y bajaba con fuerza. Lágrimas le corrían por las mejillas. Lloraba contra la mordaza. Los hombros caídos, la cabeza gacha. Estaba llegando al punto que necesitaba. Las piernas se le apretaron más. Estábamos cerca.
La marranita se rinde
Volví a jalarle la ropa interior para que se le metiera bien. Toqué sus nalgas. Toqué su vientre. Estaba humillada, pero aún faltaba. Corté la tela a los lados. Se quedó callada, conteniendo la respiración. La ropa interior ya no estaba unida, pero seguía sujeta por la cuña. Agarré un puñado de cada lado y tiré hacia arriba. Luego la pasé despacio por su panocha y hacia atrás por el culo. Como un hilo grueso entre las piernas. Lo hice varias veces despacio. No iba a hacerla correrse en ese estado, pero su cuerpo respondía igual. Después la saqué de golpe. Chilló. Toqué su panocha con dos dedos: estaba caliente y mojada. Bajó la cabeza. Sabía lo que había sentido. Le daba vergüenza y estaba bien. Su cuerpo se tensó. Ya no aguantaba. Puse un cubo detrás para que lo oyera. Le solté las muñecas para que pudiera agacharse. Al agacharse tropezó con los tobillos atados y cayó los últimos centímetros sobre el cubo. Su trasero se veía bien apretado contra el borde, como masa que se desborda. Empezó a orinar. Me agaché a su lado y le agarré la grasa del muslo con suavidad. Eso bastó para que supiera que estaba ahí, escuchando. La orina se detuvo un segundo mientras la humillación la recorría. Luego soltó todo y llenó el cubo. No se iba a mover, así que corté el sostén en cada pezón. Era fácil porque los pezones grandes marcaban la tela. Siempre se le notaban. Ella culpaba a la genética de su madre. Con los cortes hechos, pellizqué cada pezón y los saqué por los huecos. No se movió. Para aumentar la vergüenza tomé fotos con flash y sonido. Se enderezó y trató de girar. Tomé otra foto. Su cara se puso rosa. El rosa le quedaba bien y pronto sería su color. La cámara funcionó. Volvió a estar alerta y avergonzada. Corté las tiras del sostén, pero no cayó. Desabroché el broche de atrás y se lo quité. Luego le até el sostén en la cabeza con las copas sobre la cara. Sus mejillas rosadas se oscurecieron un poco. Tomé otra foto antes de pasar a sus senos. Agarré cada pezón y los estiré hacia arriba todo lo que pude. Se notaba que le incomodaba, pero sabía que le gustaba que le jalaran los senos. Los solté y rebotaron. Agarré los pezones y los usé para mover sus senos en círculos opuestos. La dejé beber más agua. Pensaba en lo último que pasó con la orina y bebió menos. Pero la sed volvería.
Le jalé los pezones hacia afuera hasta que se inclinó hacia adelante casi cayendo del cubo. Para estabilizarse tuvo que echarse hacia atrás, poniendo más tensión en los pezones. Se le oyó rechinar los dientes contra la mordaza. Estaba jalando hacia atrás, así que di un tirón fuerte y solté. Cayó de espaldas con un golpe seco. Todo su cuerpo gordo vibró al caer al suelo. Tomé otra foto. Era hora de los toques finales. Tenía un gancho nasal listo para su transformación de marrana. La puse de rodillas. Le pasé el gancho por las fosas nasales; el otro extremo estaba atado a un gancho anal con una bola en la punta. La empujé hacia adelante, pecho contra el suelo y rodillas recogidas. El gancho anal estaba lubricado. Jale el gancho nasal por encima de su cabeza, levantándole la cara con dolor, y aproveché para meter el gancho en su culo. Su cuerpo se tensó y soltó un aliento largo. La cuerda entre ambos ganchos quedó tensa, manteniendo sus fosas abiertas y el culo bien sujeto. La levanté y le até los brazos de nuevo en esa posición. Sus senos colgaban bien y la cabeza quedaba echada hacia atrás. Si intentaba bajar la cabeza, la presión en el culo y la nariz era demasiado fuerte. Respirar se volvía difícil. Le agarré ambos senos y los toqué. Le di de beber y tragó. Luego tosió y la presión movió los ganchos. Al final bebió despacio un rato. Bien. Volvía a llenar la vejiga. Le puse pinzas con peso en cada pezón. El dolor y la postura se veían en su cara. Empezó a babear. Le quité el sostén de la cabeza y tomé otra foto. Le subí más los brazos para obligarla a bajar la cabeza. Le quité la mordaza. Movió la mandíbula para destensarla.
—Por favor, esto duele, suplicó.
—Pero te ves muy bien, mi amor, susurré.
Se tensó y luego se relajó. Ya sabía quién la tenía. —¿Qué estás haciendo? —Divertirme con tu cuerpo. No te preocupes, no tomé fotos de verdad, mentí. —¿Ya puedo estar libre? —preguntó. —Tienes una tarea más, volví a mentir. Le acerqué la verga a los labios. Abrió la boca y me recibió. Sabía lo que tenía que hacer. Mientras le follaba la boca le quité la venda. Cuanto más fuerte le metía la verga, más se movían las pinzas en sus pezones y más dolor le daban. Le agarré la cabeza y le di embestidas profundas y rápidas. Empezó a atragantarse, así que aflojé un poco, pero volví. Le metí hasta el fondo de la garganta. Se atragantó, pero no paré. Su cuerpo luchaba por aire y por no vomitar. Saqué y cuando inhaló volví a meter. Mi verga quedó trabada en su tráquea mientras intentaba respirar, creando succión. Me corrí directo a su vientre gordo de marrana. Su cuerpo se convulsionó y empezó a vomitar. Al no tener salida, el semen le salió por las fosas nasales abiertas. Su estómago se contrajo mientras los pulmones pedían aire. Era prisionera de mi verga. Mientras me vaciaba y la baba le caía por la barbilla, empezó a orinar. Me retiré y su cuerpo cayó de lado. Los brazos seguían estirados hacia arriba. Las piernas giraron. Los senos quedaron en direcciones distintas y el vientre aplastado contra el suelo. Semen, vómito y orina por todas partes. Jadeaba y tosía con la cabeza aún echada hacia atrás y las fosas abiertas. —Estoy llena, logró decir entre respiraciones y tos. Tomé el cubo de orina y se lo eché despacio por el cuerpo, desde los muslos hasta la cabeza. Guardé lo último para su cara jadeante e intenté que coincidiera con sus inhalaciones. Logré meterle un poco y escupió. Se notaba confundida. No sabía cómo sentirlo. Me agaché a su lado y jugueteé con sus senos. Le jalé los pezones con las pinzas hasta que se soltaron. Quería enojarse, pero no podía. En el fondo disfrutaba no tener que decidir. Yo disfrutaba de cualquier forma. —¿Quieres agua, nena? —pregunté con educación. ¡Ni madres! —No te preocupes. Pronto tendrás bastante, bromeé. Teníamos un jacuzzi porque ella lo quería. Casi no se usaba, pero ahora sí. Encontré una receta y materiales para hacer un tinte para la piel. Solo había que remojarse. No necesitaba mucho tiempo, pero cuanto más, mejor el color y más permanente. Mi marranita pronto sería de un bonito tono rosa por todo el cuerpo. Até una cuerda a cada tobillo y las llevé a postes opuestos, amarrando solo una. Corté la atadura de los tobillos y jalé rápido la otra cuerda para abrirle las piernas y la até. Hice lo mismo con los brazos. Quedó abierta e inmóvil. Antes del baño había que prepararla. Le unté crema de afeitar y le rasuré todo el cuerpo, cada rincón. Empecé por su panocha para que estuviera bien resbalosa. Le pasé por piernas y brazos. También le afeité bien el vientre. Creo que eso la avergonzó más hasta ahora. Hora del baño. Le puse un collar rosa brillante en el cuello y lo ajusté hasta que le costara tragar. Le até una correa. Le solté los brazos y le puse esposas rosas de peluche. Luego le di un beso en la panocha abierta, lo que le sacó un suspiro profundo, y le di tres nalgadas. Su respiración se volvió quejido y su panocha se humedeció. Le gustó. Le solté las piernas, pero se quedó quieta. Desconecté el gancho nasal del anal y lo uní al collar. Pregunté: —¿Quieres que te saque el gancho? —Claro que quiero que me saques los dos. —Tu nariz se queda de marrana. Pero si te arrodillas y te inclinas, te quito el del culo. Rodó hasta quedar de rodillas. Estaba agotada y se notaba que le costaba todo. Ver su grasa moverse por el suelo era hipnótico, como masa sobre la mesa. Sus senos se balancearon hasta quedar colgando. Luego se arrodilló, se inclinó y quedaron aplastados bajo su peso. —Hazlo. Tenía otra sorpresa. Ella estaba concentrada en descansar y relajarse para que sacara el gancho. Primero jugué con él. Lo metí más adentro y jadeó. —Lo siento, está un poco apretado. Voy a moverlo un poco, le dije, y eso me dio tiempo para seguir jugando. Lo moví de lado a lado y un poco adentro y afuera. Ella ajustó las caderas pensando que ayudaba. Tuve buena vista de su panocha, que se mojaba y abría visiblemente. Fingí intentar sacarlo, aplicando presión vertical en vez de hacia afuera. Para ella parecía que no salía fácil. —Creo que necesito estimularte para soltarlo. —Ajá —aceptó—. Haz lo que tengas que hacer. Le acaricié los labios de la panocha. Aunque estaba sucia, aún quería metérmela. Mi dedo entró con facilidad y empezó a gotear. Se oyó un gemido suave. Usé dos dedos y los curvé. Encontré el punto y empecé a tocar dentro. Sus caderas se movieron mientras yo mantenía el gancho firme. Luego empecé a meter y sacar el gancho, sin dejar que la bola saliera del todo. Lo saqué casi por completo y lo volví a meter. Soltó todo el aire. Creo que se olvidó de lo que hacíamos porque empezó a mover las caderas contra mi mano. Era perfecto. Me coloqué detrás con la verga lista mientras la dedeaba. En un movimiento rápido saqué el gancho y le metí la verga en el culo. Ella gritó mi nombre, Carlos, y su cuerpo entero se sacudió mientras la follaba más fuerte, la grasa de sus nalgas golpeando contra mí, el sudor mezclándose con la orina que aún le corría por las piernas. Le exigí que se corriera, que se dejara ir como la marrana que era, y cuando finalmente explotó con un orgasmo que la hizo temblar de pies a cabeza, yo me corrí otra vez dentro de su culo apretado, llenándola mientras ella jadeaba y gemía sin poder parar.