Resumen:
Después de años sin contacto, dos amigos de la preparatoria retomaron su relación al trabajar juntos. Las invitaciones a cenar en casa de Sofía se volvieron frecuentes, pero las comidas provocaron estreñimiento en el invitado. Durante la sexta visita, ella reveló haberle administrado un medicamento para la erección y laxantes. Lo llevó a su recámara, lo esposó en el clóset y combinó la estimulación sexual con la necesidad de evacuar que él había acumulado durante días. El encuentro culminó cuando ambos alcanzaron el orgasmo mientras la ropa interior del protagonista contenía el resultado de los laxantes.
Conocía a Sofía desde la prepa. Éramos amigos, casi llegando a la etapa de amigos con beneficios, pero un cuate en común se enojó conmigo por un malentendido que inflaron demasiado y pasamos varios años sin contacto. Después terminamos trabajando juntos y volvimos a ser amigos.
Después de un año de andar de compas, me invitó a cenar a su casa. Todo empezó como entre amigos, aunque platicábamos sin filtros. Éramos directos y abiertos con todo, hasta con cosas que nunca le contaríamos a nadie más. Me invitó varias noches seguidas. Probaba recetas nuevas y hablábamos de lo que fuera. No me gustaron todas sus comidas, y ella a veces coincidía. Algunas sabían casi bien, pero algo que no lograba identificar les quitaba el sabor. No sé qué ingredientes usaba, pero mi estómago no los toleraba. Desde la primera noche en su casa me quedé estreñido. Pasaron varios días sin evacuar. No sentía dolor, solo que la comida entraba y nada salía.
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La sexta cena
Para la sexta noche ya me preocupaba un poco. Pensaba que en cualquier momento podría tener que usar su baño de forma vergonzosa. Aun así me sentía bien y decidí ir. Después de cenar nos fuimos a la sala. Nos sentamos en el sofá a platicar mientras ignorábamos la tele con el volumen bajo. Esa vez traía una playera más ajustada que de costumbre. Se le marcaba el brasier blanco debajo. Y se sentó de lado, con una pierna doblada sobre el cojín y las piernas abiertas. El cierre de su pantalón estaba completamente abierto. Se le veían las panties blancas conservadoras.
Me interesaba la idea de amigos con beneficios que nunca concretamos, así que su playera apretada y el vistazo a sus panties me pusieron duro. Pero esta vez la erección fue distinta, más rígida de lo normal. Sentí que me iba a reventar dentro del pantalón. No sabía cómo aliviarla sin que ella se diera cuenta. Mis ojos no dejaban de bajar hacia su entrepierna. Ella me cachó mirando y yo la caché a ella. Parecía contenta.
—¿Pasa algo? —preguntó con tono satisfecho.
Mis ojos volvieron a sus senos y a su regazo. No supe qué contestar. Éramos sinceros en todo, pero en ese momento solo pensaba en su cuerpo y en la incomodidad de mi verga apretada. Dudé un segundo.
—Estoy muy incómodo, admití.
—¿No te gusta la compañía? —dijo ella.
—No, para nada, respondí rápido. Me tapé la entrepierna con las manos—. Tengo la erección más dura de mi vida y me duele tenerla atrapada en los pantalones.
Ella sonrió apenas.
—Suena a un problema grande. Puedes hacer lo que necesites para que deje de dolerte.
Sin dejar de verla, me bajé el pantalón hasta las rodillas. Traía bóxers azul oscuro que uso justos para que se marque la verga. El bulto quedó bien visible, apuntando hacia arriba pero todavía atrapado por la tela. Sofía no apartó la mirada.
—¿Eso es por mí? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—¿Siempre está así de dura? —siguió.
Volví a negar.
—Tengo algo que confesarte, dijo ella—. Yo provoqué esto.
Bajé la vista hacia mi verga.
—Le puse medicina para la disfunción eréctil a tu comida. Quería divertirme un rato contigo.
Me sorprendió. Sofía siempre se veía reprimida, pero por dentro era más pervertida de lo que admitía. Hablaba sucio cuando quería y disfrutaba el humor subido de tono. De vez en cuando cedía y cogía con alguien, aunque después lo callaba. Ahora me había drogado a propósito.
Al clóset sin puertas
—Vamos a resolver eso, dijo y se levantó. Me tomó la mano y me llevó hasta su recámara.
En medio de la habitación me soltó y se quitó la playera despacio. Quedó solo con el brasier que le sostenía los senos. Luego se desabotonó el pantalón, que ya tenía el cierre abierto, y lo bajó hasta las rodillas. Se quedó así un momento para que la viera. Después se tocó los senos por encima del brasier y metió la mano derecha dentro de sus panties. Empezó a frotarse el clítoris.
—Ahora sígueme el juego, ordenó.
Me empujó hacia el clóset sin puertas. Estaba lleno de ropa. Cuando ya no pude retroceder más, me besó con ganas mientras ella seguía tocándose. Luego me tomó las dos muñecas y me las levantó hacia la barra de ropa. Sentí el frío de las esposas cerrándose. Estaba atado con los brazos en alto y separados.
Bajó besando mi cuello, después mi pecho, y terminó de rodillas frente a mi verga todavía dentro de los bóxers. Me besó la punta por encima de la tela mientras se masturbaba. Yo no podía tocarme. Solo podía verla y aguantar la presión.
Su mano izquierda subió y me agarró los huevos con suavidad. Los masajeó un rato. El movimiento hizo que la tela de mis bóxers se abriera un poco y mi verga saliera por completo. Ella siguió acariciándome los testículos y luego me besó la cabeza al descubierto. Después abrió la boca y me la metió despacio. Su lengua tibia rodeó el glande y se concentró en los primeros centímetros. Me chupaba con ritmo lento, sin prisa por hacerme venir.
Sentí que me acercaba al orgasmo. El semen ya subía por el conducto. Justo cuando iba a explotar, ella se apartó. Mi verga quedó latiendo en el aire. Ella bajó más y me metió un huevo en la boca. Lo succionó con fuerza. Luego intentó meter los dos al mismo tiempo. Mis bolas quedaron rodeadas por su lengua y sus dientes sin llegar a morder. Me gemí sin poder controlarme.
—Por favor, déjame correrme, supliqué.
Ella soltó mis huevos y volvió a chuparme la verga. Otra vez me llevó al borde. Entonces sentí que las tripas se movían. De pronto recordé que llevaba días sin cagar. Intenté apretar el ano con todas mis fuerzas.
Sofía se detuvo y me miró.
—¿Por qué no has cagado todavía?
No entendí.
—No solo te di la pastilla para la erección, explicó—. También te puse laxantes. Durante varios días te di lo contrario. Deberías tener como una semana de mierda lista para salir.
Entonces comprendí que su fetiche era más oscuro de lo que imaginaba.
—¿Por qué? —pregunté.
—Te gusta la ropa interior de mujer, dijo—. A mí me excita ver cagar. Yo también lo hago, por eso tenía los laxantes. Pero prefiero ver a alguien más.
Apreté los puños y el ano al mismo tiempo. Ella empezó a masturbarme otra vez. El placer y la necesidad de cagar luchaban dentro de mí. Al final perdí la batalla. Sentí que el ano se abría y una masa dura empezaba a salir. El primer trozo fue grueso y seco. Empujó la tela de mis bóxers hacia afuera, pero no pudo salir del todo. La tela lo obligó a volver un poco hacia adentro. Gemí de la mezcla de dolor y alivio.
—No puedes correrte hasta que lo saques todo, me advirtió.
Junté fuerzas y empujé de nuevo. Otro tramo largo de mierda salió y estiró la tela. Sofía abrió mucho los ojos, excitada, mientras se metía los dedos más rápido. Yo sentía que mi verga también estaba a punto de explotar.
—¡Sofía, me voy a correr! —grité.
Justo entonces mi ano se rindió otra vez y la tela empujó varios centímetros de mierda de vuelta adentro. Ella dejó de masturbarme pero siguió tocándose. Se levantó, se acercó y me besó mientras su mano seguía trabajando entre sus piernas. El calor de su boca y el olor a sudor me envolvieron mientras la presión en mi verga crecía sin control. Sus dedos se movían rápido dentro de sus panties mojadas, el sonido húmedo llenaba la habitación. Yo jadeaba, atado, sin poder mover los brazos. El primer chorro de semen brotó cuando ella apretó mis huevos con fuerza. La corrida me inundó los bóxers, mezclándose con la mierda que seguía saliendo. Sofía gimió fuerte contra mi boca, su cuerpo tembló en un orgasmo que la dejó empapada. Nos quedamos así, pegados, respirando agitados, hasta que todo terminó y el alivio llegó por fin.