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Relato erótico : La Sra. Morales me hizo comer su pussy siendo novata

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Resumen:

La Sra. Morales, una mujer negra de cincuenta y siete años, busca un joven blanco para entrenar bajo las reglas del Black New World Order. La Sra. Jiménez le ofrece a Brenda, una chica blanca de dieciocho años que trabaja en su club y es acusada de robo. Brenda es obligada a mudarse con la Sra. Morales y, tras ser desvestada y puesta de rodillas, recibe su primera instrucción para servirla.

La Sra. Morales, una mujer negra dominante de cincuenta y siete años, llevaba más de nueve años sin tener sexo. Eso cambió cuando su amiga la Sra. Sánchez le compartió a su chico adolescente Alejandro, junto con otra amiga, la Sra. López. Todo fue posible gracias a la Sra. Jiménez, quien manejaba un sitio llamado Black New World Order, donde entrenaban a blancos para que obedecieran a hombres y mujeres negras y cumplieran cualquier orden.

La Sra. Morales consiguió el número del Black New World Order por medio de la Sra. Sánchez. Decidió que ya no era tan joven, pero todavía le quedaba vida y quería disfrutarla. Llamó.

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—Hola, me dieron este número por una amiga cercana. ¿Hablo con la Sra. Jiménez?

—Sí, soy yo. ¿Para qué quieres el número?

—Debería haber sido más precisa. La mujer que me dio tu número es la Sra. Sánchez, una amiga muy cercana.

—Ah, entonces ya sabes todo sobre el Black New World Order. ¿Conociste a Alejandro? Es un whiteboi muy educado.

—Sí, Alejandro se familiarizó bastante con mi trasero. Por eso te llamo. Si me uno al Black New World Order, ¿me darían mi propio whiteboi?

La llamada decisiva

—Ahora mismo tengo ocho whitebois adolescentes con dueños negros y no los van a soltar. Espera… tengo dos hombres blancos, uno de treinta y un casado de cuarenta. ¿Te sirven?

—Soy la Sra. Morales. ¿Segura que no hay chance de un adolescente para entrenar?

—Lo siento, Sra. Morales. Puedes prestar uno, pero ya no necesitarían entrenamiento. ¿Por qué no vienes a la mansión de iniciación? Siempre hay fiestas con baños para los invitados.

—Es una buena oferta, pero quiero entrenar a un whiteboi adolescente. ¿De verdad no hay nadie? Estoy dispuesta a esperar.

—Tal vez haya alguien, pero es una chica blanca de dieciocho años.

—Suena interesante. ¿Es una puta y le gustan las mujeres, o es inocente?

—Trabaja en el guardarropa de mi club de striptease, el Black Paradise. Tiene muy mal carácter y es grosera con todas las bailarinas negras. Me encantaría convertirla en una puta para negras.

—No sabes si le gustan las mujeres, qué lástima. Le habría hecho usar mis juguetes.

—Déjame investigarlo. Si le gustan o no, no importa, la vamos a volver . Te aviso, Sra. Morales.

La Sra. Morales colgó con la esperanza de conseguir pronto a una chica blanca adolescente.

La Sra. Jiménez se puso a investigar a la chica. En unos días supo que se llamaba Brenda, que había estado entrando y saliendo de hostales y que antes de trabajar en el club había estado sin casa. No tenía novio, lo cual sorprendió a la Sra. Jiménez porque la chica era bonita para ser blanca. Tenía cuarto en el club y no tenía familia.

La supervisora del guardarropa le contó que Brenda estaba asqueada de las strippers, sobre todo de las negras. La Sra. Jiménez confirmó que Brenda era racista. Era exactamente el tipo de conversión que buscaba el Black New World Order. También se enteró de que Brenda había tenido novios, pero que en Guadalajara casi era virgen.

La Sra. Jiménez empezó a vigilarla. Brenda se incomodaba.

—Tienes que estarme viendo todo el tiempo, puta de ghetto, dijo Brenda enfadada.

—Baja la voz, niña. No quieres meterte en problemas.

—Pues sácales foto, negra hija de puta, y te la llevas.

—Ja ja. No sabes lo que te viene, niña, rio la Sra. Jiménez y se alejó.

Al día siguiente, la Sra. Jiménez pasó junto a Brenda, que estaba sentada. Llevaba unos shorts muy cortos que marcaban su trasero. Sin querer se tiró un pedo. Brenda lo olió. Después soltó otro más fuerte, grave y apestoso.

—Jesús, qué asquerosa eres, puta de ghetto, dijo Brenda, pero aun así volvió a oler el aire.

—Mejor fuera que dentro, rio la Sra. Jiménez.

Notó que Brenda se quedaba mirando su trasero negro y grande. Se aseguró de que se moviera al caminar.

La Sra. Jiménez instaló una cámara en el guardarropa y dejó doscientos pesos a la vista. Brenda los guardó en su bolso cuando creyó que nadie veía. La Sra. Jiménez lo grabó todo. Hizo una copia y fue a confrontarla.

—Qué quieres, puta, dijo Brenda.

—Vine a mostrarte algo, Brenda.

—¿En serio tu gordo trasero negro o vas a tirarte otro pedo, puta?

—No. Es algo que hiciste.

—¿De qué carajos hablas? Suéltalo antes de que llame a mi supervisora, puta.

—Mira el teléfono, Brenda. Sí, puedes llamar a tu supervisora.

Le mostró el video de ella tomando el dinero.

—Mierda, no es lo que parece. Solo lo puse en un lugar seguro, puta.

—Está bien, vamos con tu supervisora. Imagina lo que pensará cuando vea a una chica sin casa robando dinero. Vas a tener problemas serios.

—Por favor, no. Fue un accidente. Voy a devolverlo.

—Demasiado tarde, Brenda. Tengo la prueba. Voy a llamar a la policía.

—No, por favor. No seas tan cruel.

—¿Ahora me llamas puta de ghetto y negra hija de puta? Vas a pagar, racista.

—No quise decir eso. Si me denuncias estoy acabada. Voy a perder el cuarto y el trabajo. Me vas a arruinar.

—Así van a ser las cosas, Brenda. Vas a irte a vivir con una mujer negra y vas a servirle en todo. Espero que te guste el trasero y las tetas negras, niña.

—No puedo. Soy completamente hetero. Una mujer negra… qué asco.

—Entonces llamo a tu supervisora y a la policía.

—Está bien. Si hago lo que dices, ¿borras el video? También te devuelvo el dinero.

—Quédate con el dinero. Solo cuando tu dueña negra me diga que ya le adoraste el trasero, lo voy a borrar.

—Soy hetero, por favor. ¿Qué significa “dueña negra”?

—Tengo un sitio llamado Black New World Order, donde los blancos sirven a los negros superiores. Vas a servirle a la Sra. Morales, de cincuenta y siete años, muy dominante.

—¿Qué carajos? ¿Bromeas? ¿Cincuenta y siete? Es una vieja. No, eso es como coger con una abuela arrugada.

—No, Brenda. Estas mujeres negras mayores todavía tienen mucha vida. Hay dos whitebois adolescentes viviendo con una de cincuenta y seis y otra de sesenta y cuatro, y cogen como de treinta. ¿Prefieres que llame a la policía?

—No, susurró Brenda.

—No te escucho.

—No, por favor. No lo hagas.

—Entonces mañana te doy la dirección. Vas a ir o le aviso al club y a la policía.

—Está bien. Dame la dirección. Iré si no metes en problemas al trabajo ni a la policía.

—Así me gusta, Brenda. Calle Beach 117. Mañana vas allá. Le haces todo lo que la Sra. Morales quiera y el video desaparece.

Brenda vio cómo se alejaba la Sra. Jiménez moviendo el trasero. Pensó que al día siguiente estaría muy cerca de ese trasero negro y grande.

El encuentro en la casa

La Sra. Jiménez llamó a la Sra. Morales.

—Hola, Sra. Morales. Tengo buenas noticias.

—Dime, por favor.

—Brenda es bastante racista, pero resulta que es virgen. No tiene experiencia y es hetero. Perfecta para que la entrenes. La chantajeé: dejé doscientos pesos y los tomó. Ahora es nuestra. Le dije que tú vas a ser su dueña negra.

—Dios mío, se me está mojando todo pensando en ella. ¿Es petite y bonita?

—Es una chica blanca preciosa con mal carácter que necesita que la pongan en su lugar. Pelo rubio, ojos azules claros, un trasero pequeño y respingón, tetas de 34C, mide un metro cincuenta y ocho. ¿Suficiente petite?

—Suena como una muñeca. Voy a convertirla en una puta , Sra. Jiménez. La voy a poner collar y va a ser mi esclava. No puedo esperar a que empiece a servir al Black New World Order.

—Viene mañana. Recuerda que a veces el Black New World Order la va a necesitar. Tienes que volverla bien perra y grabarla para tenerla controlada.

—No te preocupes. Voy a poner cámaras en toda la casa para capturar lo perra que va a ser para su mamá.

—Brenda va a verse muy sucia pidiéndole a su mamá que le coma el trasero negro, Sra. Morales.

—Sí, esos van a ser los juegos mentales de mañana. No veo la hora.

Colgaron.

A la mañana siguiente Brenda no sabía si ir. Pensó en confesar todo al club y a la policía, pero no le creerían y, con su historial, perdería el cuarto y todo. Si veían el video robando, estaría acabada. Tomó la decisión: iría a la dirección, pero no iba a participar en ninguna de las cosas raras con la vieja negra.

Se puso unos leggins viejos, una playera holgada y nada de maquillaje. No quería verse bonita. Esperaba que la mujer mayor no se interesara en ella. Era raro para ella estar cerca de una persona negra, y más raro aún que fuera una mujer de más de tres veces su edad y que esperara algo sexual. Asqueada, pidió un taxi que la dejó en una zona pobre del centro de Guadalajara.

Bajó frente al 117 de Beach Street. El taxista le deseó suerte. Miró alrededor, preocupada. Corrió a la puerta y tocó fuerte. Oyó pasos y la puerta se abrió. Una mujer negra alta la metió rápido adentro. Tenía el pelo corto canoso, una bata larga y tacones que la hacían parecer enorme comparada con la diminuta Brenda. Brenda no alcanzó a ver todo, pero supo que era toda mujer.

—Nena, pudiste haberte arreglado un poco para tu mamá. Pareces que vas a trabajar en el jardín.

—Qué mala suerte, esa puta de ghetto me chantajeó para que viniera.

—Estás hablando de una buena amiga mía. Ya era hora de que te bajaran los humos, Brenda. Tienes una opción: te quito la ropa, te pinto “puta blanca racista” en la cara y te echo a la calle. ¿Hasta dónde crees que llegarías?

—No harías eso. Por favor, no. Lo siento. Haré lo que sea. No me eches afuera. Si lo haces, por favor mándame un taxi.

—Un taxi, rió la Sra. Morales—. Ni de broma. Suerte para que no te violen o te maten.

—Está bien. Haré todo lo que quieras. Solo mándame un taxi cuando termine.

—¿Terminar? ¿La Sra. Jiménez no te dijo nada, Brenda?

—¿Qué me dijo?

—Le avisó al club que ya no quieres el cuarto. Vas a mudarte con mamá.

—Qué carajos. Son un par de putas de ghetto. No me voy a mudar contigo.

—Veo tres opciones: la policía por el robo, que te quite la ropa y te eche a la calle, o que cuides a tu mamá solitaria.

—¿Hay una cuarta?

—No. La tercera es la que yo elijo. Me vas a tratar con respeto y me vas a llamar mamá, aunque tenga edad para ser tu abuela.

—Mamá, elijo la tercera.

—Bien. Vamos a prepararte, Brenda. Ven con tu mamá negra caliente.

Brenda se acercó. Era mucho más pequeña. De pronto la Sra. Morales le arrancó la playera holgada y le bajó los leggins de un tirón. Brenda quedó temblando frente a la mujer negra mayor, con un sostén de algodón viejo y una tanga de encaje negro. La Sra. Morales la miró de arriba abajo como si ya fuera suya.

—Ese sostén es viejo, nena. No te esforzaste nada. La tanga está mejor… está mojada, obviamente pensando en lo que va a pasar. Sí, en lo que va a pasar, niña blanca.

Le arrancó el sostén y dejó sus tetas pequeñas de 34C al descubierto. Después le bajó la tanga, dejando a la vista su coño afeitado y chorreando. Se llevó la tela a la nariz y olió. Brenda sintió que su coño se contraía y soltaba más líquido.

—Hueles delicioso, Brenda. ¿Tienes frío? Tus pezones están duros. Ahora, de rodillas. Mírame.

Brenda se arrodilló. La Sra. Morales le puso un collar y le sujetó una correa. Le abrió la boca y le escupió tres veces.

—Traga. Buena chica. Vamos a divertirnos mucho. Ahora mírame y trata de no mojar otra vez esa pussy sin que mamá se dé cuenta.

La Sra. Morales dejó caer la bata. Sus tetas eran más grandes que la cara de Brenda. Los tacones levantaban su enorme trasero negro. Tenía el coño afeitado con un poco de vello gris arriba y una suave barriga que no estorbaba. Tomó la correa y empezó a caminar. Brenda gateó detrás de ese trasero enorme. La Sra. Morales se dio palmadas ligeras en las nalgas para que se movieran. Brenda veía cómo se balanceaban. De pronto oyó dos pedos cortos y sintió el olor fuerte. Tosió, pero siguió oliendo. Algo en ella estaba oliendo esos pedos como si fueran perfume.

Llegaron a la puerta del cuarto. La Sra. Morales cerró con llave.

—Brenda, ¿cuántas pussy has comido antes?

—Ninguna, mamá. Soy hetero.

—¿En serio? Viviendo en la calle nunca hiciste favores por dinero. ¿Cuántas vergas has tenido entonces?

—No a las dos, mamá. No necesitas coger para sobrevivir en la calle.

—Estás haciendo que mamá se moje, igual que tú antes. Me encanta entrenar a una novata. Ahora mamá va a sentarse en la cama. Tú vas a gatear entre mis muslos y vas a aprender a comer pussy. Dime que quieres comer la pussy de mamá.

Brenda suspiró y miró el coño rosado y enojado entre los muslos negros gruesos de la Sra. Morales. Comer o quedarse en la calle. No había mucha opción.

—Mamá, quiero comer tu pussy.

—Perfecto, Brenda. Hasta lo dijiste con ganas. Acércate, nena.

Brenda gateó entre los muslos. La Sra. Morales sujetó la correa y la acercó hasta que sintió el aliento caliente sobre sus labios. Con la otra mano le acariciaba el pelo rubio.

—Bien. Lengüetazos lentos en los labios de mamá. Así, muy bien. No te apures. Dios, qué rico. Lame toda la crema de mamá.

Brenda suspiró, levantó un poco el trasero y siguió lamiendo. El sabor dulce y salado le llenaba la lengua. Los gemidos de la Sra. Morales la animaban. Brenda iba de hetero a lesbiana en cuestión de minutos.

—Sí, Brenda. Mete la lengua. Buena chica. Mamá va a hacer una puta de ti. Ese es el clítoris, niña sucia. Estás chupando el clítoris de mamá.

La Sra. Morales gemía fuerte mientras Brenda aprendía rápido. Era una come-pussy natural que pronto sería propiedad negra. Brenda sorbía los jugos que salían del coño rosado de la mujer mayor. Lamió durante mucho rato, cada vez con más confianza.

—Ahora levántate, nena. Vamos a estar cómodas en la cama.

La Sra. Morales la levantó como si fuera una niña y la acostó de espaldas. Se recostó a su lado y le metió la lengua en la boca. Brenda intentó apartarse, pero suspiró y aceptó el beso. Era su primer beso lésbico apasionado. Volvió a suspirar cuando sintió los dedos de la Sra. Morales rozando suavemente su coño mojado. Brenda tomó una de las tetas enormes de su mamá, sintiendo el peso y el tamaño. Ambas estaban perdidas en la lujuria. Brenda, que nunca conoció a su madre, jugaba con los pezones grandes y oscuros mientras la Sra. Morales la masturbaba despacio.

—Ay, nena, tu mamá debió amar tu boquita en sus pezones.

—Nunca conocí a mi mamá —suspiró Brenda, agitada.

—Pobrecita. No te preocupes, mamá te va a cuidar. Ahora pon la boca donde tenías los dedos. Eso, muerde los pezones de mamá. Buena chica. Lástima que no tengan leche. Sí, amamántate de las tetas grandes de mamá.

Brenda apoyó la cabeza entre las dos tetas enormes y chupó los pezones. Era algo natural. Cada vez que chupaba, la Sra. Morales gemía y seguía frotando su coño. Metió un dedo grande, lo sacó cubierto de crema, se lo chupó frente a ella y repitió. Brenda seguía mamando las tetas mientras veía cómo su mamá se chupaba los dedos.

—Ay, nena, te gustan mucho las tetas grandes de mamá. Tú sabes muy dulce. ¿Cuántas te han comido la pussy, cariño? —preguntó mientras se chupaba el dedo otra vez.

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