Resumen:
Octubre de 1942 en Guadalajara. Brenda, una de las mujeres retenidas en la casona, observa cómo el mayor López prepara cuerdas para atar a su compañera. Intrigada por esa práctica que desconoce, acepta ser atada ella misma. López la suspende del techo mediante un sistema de poleas y la penetra mientras permanece inmóvil. Ella experimenta una excitación distinta provocada por la falta de control y alcanza varios orgasmos. Al día siguiente comparte la experiencia con las demás y participa en la planeación de una posible fuga.
Aquí está tu Historia: Brenda probó el shibari y se corrió colgada del techo
En el departamento del cuarto piso, dos de las “esclavas sexuales” del general, Sofía y Daniela, junto con uno de sus supuestos guardias, Mateo, arreglaban en secreto su extraña relación de guerra. Sofía se fue a una habitación contigua a dormir lo que tanto necesitaba. Les había dicho que no le importaba que los otros dos se conocieran más a fondo, a pesar de su propio lío con Mateo. Ellos aceptaron la oferta, casi como una orden. Sofía cerró la puerta y se dejó caer en la cama, exhausta, mientras escuchaba el leve crujir de los resortes al otro lado.
Una planta abajo, Brenda, una de las dos recién llegadas al “harén”, descubría una forma de juego sexual que no conocía. Le extrañaba. Había pasado una infancia pobre y una vida complicada en Iztapalapa, y creía haber visto de todo. Se había casado con Eduardo, ingeniero minero, pensando que sería su salida a algo más estable. Llegar a Filipinas con él le había parecido una aventura, pero la guerra lo acabó todo. Le había contado a Eduardo lo necesario sobre su pasado y él le aseguró que no le importaba. Eso la hizo quererlo más. Ahora temía por él. No sabía si seguía vivo. Sabía que, si ambos sobrevivían, habría que hablar de lo que ella hacía ahora, aunque obligada. Por el momento solo pedía que él siguiera con vida. Brenda se mordió el labio inferior mientras recordaba las noches en que Eduardo le metía los dedos hasta que ella se corría gritando su nombre.
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A sus treinta y nueve años y con más amantes de los que recordaba, Brenda no esperaba encontrar nada nuevo. Ver cómo el mayor López pedía disculpas a Daniela por haberla atado y colgado del techo mientras él dormía borracho le abrió los ojos. Entendió que en el harén del general podía haber experiencias distintas. El olor a sudor y a cuerda húmeda aún flotaba en el pasillo cuando Brenda bajó las escaleras.
A diferencia de los otros oficiales, López se retiraba con su compañera apenas terminaban de comer. Le gustaba preparar las cosas con tiempo. Las demás mujeres le explicaron que usaba shibari: cuerdas elaboradas que la dejaban inmóvil, a veces suspendida de un gancho en el techo. Decían que él sabía lo que hacía, que no era doloroso y que no golpeaba. A Brenda no le preocupaba la idea de otra noche de sexo forzado, pero sí le intrigaba el método. Se imaginó las cuerdas apretando su piel, el calor subiendo por sus muslos, la verga de López entrando sin que ella pudiera moverse.
—Se va a portar bien— le aseguró la capitana Sofía—. El general nos presta a su gente, pero el problema con Daniela lo puso en la lista negra. Está en prueba. Si vuelve a fallar, tendrá que buscar mujeres locales o usar el burdel del ejército. Sofía le pasó una chela fría y Brenda la tomó con manos temblorosas.
También le contaron que López buscaba que ella llegara al orgasmo varias veces y que, en comparación, muchas lo consideraban una noche menos mala. No todos los oficiales se preocupaban por eso. Como de todos modos las iban a coger, preferían disfrutar cuando se pudiera. Brenda sintió que su panocha se humedecía solo de pensarlo. Quería que la ataran, que la usaran, que la obligaran a venirse sin control.
Brenda nunca habría engañado a Eduardo por voluntad propia, pero durante los meses que estuvieron juntos le había mostrado cuánto le gustaba el sexo. Esperaba que él lo entendiera. Además, le advirtieron que fingir que no disfrutaba enfadaría a algunos japoneses. Lo más seguro era dejarse llevar. Se tocó el cuello, recordando cómo Eduardo le chupaba los pezones hasta dejarlos duros y sensibles.
Al menos no tendría que hacer plática. López hablaba muy poco inglés. Brenda respiró hondo cuando la puerta de la habitación se cerró a sus espaldas. El olor a madera vieja y a sudor masculino llenó sus fosas nasales.
Una vez en la habitación, ya desnudos, él le indicó con gestos lo que quería. Primero la subió a la cama, le flexionó las rodillas y le ató cada tobillo a su muslo. Las cuerdas eran suaves y gruesas. Usaba varias vueltas para que no apretaran. Ataba rápido y con precisión. Cada vez que terminaba un nudo preguntaba “¿está bien?” y ella respondía que sí. Brenda sintió el primer tirón y su coño latió. El calor subió por sus piernas abiertas.
Después le hizo un arnés en el torso, con vueltas arriba y abajo de los senos. Quedaron varias cuerdas sueltas sobre el pecho y el estómago. Le bajó los brazos y le sujetó las muñecas a las ataduras de los muslos. Luego la acostó boca abajo y enganchó cuerdas al arnés y a las piernas. El sistema de poleas terminaba en una canasta que colgaba cerca de la pared. López fue añadiendo pesas de plomo hasta que el cuerpo de Brenda empezó a levantarse. Cuando quedó suspendida en el aire, él la estabilizó. El contrapeso era casi exacto. Brenda gimió al sentir que su peso se repartía entre las cuerdas que le apretaban las tetas y el arnés que le rodeaba la cintura.
Le ató la base de cada seno con las cuerdas sueltas, con cuidado de que no doliera. En el espejo vio cómo sus senos se hinchaban y oscurecían. Los pezones se pusieron duros. López giró despacio el cuerpo y se mostró satisfecho. Brenda miró sus propias tetas hinchadas y sintió una ola de excitación que le mojaba la entrepierna. Quería que la penetrara ya.
Por último le recogió el cabello en una coleta y ató una cuerda que la obligaba a mantener la cabeza erguida, unida al arnés del pecho. Quedó mirando al frente, inmóvil, colgada en horizontal. No sentía dolor. Solo una inmovilidad total. Su coño palpitaba, abierto, expuesto, esperando la verga de López.
López la usó como quiso. La penetró con su verga gruesa, la tocó con los dedos, con la lengua y con varios juguetes. Le provocó orgasmos seguidos, cada vez más intensos. Brenda perdió la cuenta. Descubrió que la completa falta de control la excitaba más de lo que había imaginado. Cuando el mayor terminó, deshizo las cuerdas en orden inverso. Liberar los senos solo causó una leve molestia. Después se acostaron exhaustos y durmieron. Brenda sintió la leche de López resbalando por su muslo mientras se quedaba dormida.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Sofía les explicó su plan de espionaje y preguntó quién quería ayudar. Dejó claro que nadie estaba obligada y que los japoneses podían fusilar a quien atraparan espiando. Todas entendieron el riesgo. Brenda todavía tenía las marcas rojas de las cuerdas en las muñecas y en las tetas.
—Nuestras vidas ya están en juego— dijo Rosa—. Si de todos modos estamos en peligro, prefiero que valga la pena. Yo entro. Las demás asintieron en silencio, el aroma del café recién hecho mezclándose con el olor a sexo de la noche anterior.
Una por una aceptaron. Sofía les agradeció y les pidió ideas para salir del hotel un par de horas y reunirse con los guerrilleros. Cuando le preguntaron cómo se comunicaba con ellos, respondió que Daniela lo sabía, pero que por seguridad no lo diría todavía. Brenda se removió en la silla, sintiendo aún el eco de los orgasmos en su cuerpo.
Brenda contó lo que había pasado con López. Habló sin rodeos y varias mujeres sonrieron al reconocer detalles. Nancy explicó que el general le había dicho al mayor que valoraba el espíritu agresivo, pero no la rabia ciega. López parecía haberlo entendido. Brenda describió cómo la verga le había llenado el coño mientras colgaba, cómo los dedos le habían apretado los pezones hinchados y cómo se había corrido hasta que ya no pudo más.
En los días siguientes buscaron la forma de sacar a Sofía. Caminar por la puerta principal era imposible: era demasiado alta y demasiado blanca para pasar por filipina. Saltar la barda con alambre de púas también estaba descartado. Fue Nancy quien encontró el punto débil mientras limpiaban una habitación con la capitana. Todas sabían que el riesgo era enorme, pero la idea de escapar y volver a sentir libertad, aunque fuera por unas horas, les daba fuerzas. Brenda se tocó discretamente el cuello, recordando la cuerda que la había mantenido erguida mientras López la cogía sin piedad. El plan empezaba a tomar forma entre susurros y miradas cómplices, mientras el sol de Guadalajara entraba por la ventana y prometía un día más de tensión y deseo contenido.
Octubre de 1942, en una vieja casona de Guadalajara. Para la capitana Sofía Ramírez, día 197 de cautiverio.
En el departamento del cuarto piso, dos de las “esclavas sexuales” del general, Sofía y Daniela, junto con uno de sus supuestos guardias, Mateo, arreglaban en secreto su extraña relación de guerra. Sofía se fue a una habitación contigua a dormir lo que tanto necesitaba. Les había dicho que no le importaba que los otros dos se conocieran más a fondo, a pesar de su propio lío con Mateo. Ellos aceptaron la oferta, casi como una orden. Sofía cerró la puerta y se dejó caer en la cama, exhausta, mientras escuchaba el leve crujir de los resortes al otro lado.
El descubrimiento de Brenda
Una planta abajo, Brenda, una de las dos recién llegadas al “harén”, descubría una forma de juego sexual que no conocía. Le extrañaba. Había pasado una infancia pobre y una vida complicada en Iztapalapa, y creía haber visto de todo. Se había casado con Eduardo, ingeniero minero, pensando que sería su salida a algo más estable. Llegar a Filipinas con él le había parecido una aventura, pero la guerra lo acabó todo. Le había contado a Eduardo lo necesario sobre su pasado y él le aseguró que no le importaba. Eso la hizo quererlo más. Ahora temía por él. No sabía si seguía vivo. Sabía que, si ambos sobrevivían, habría que hablar de lo que ella hacía ahora, aunque obligada. Por el momento solo pedía que él siguiera con vida. Brenda se mordió el labio inferior mientras recordaba las noches en que Eduardo le metía los dedos hasta que ella se corría gritando su nombre.
A sus treinta y nueve años y con más amantes de los que recordaba, Brenda no esperaba encontrar nada nuevo. Ver cómo el mayor López pedía disculpas a Daniela por haberla atado y colgado del techo mientras él dormía borracho le abrió los ojos. Entendió que en el harén del general podía haber experiencias distintas. El olor a sudor y a cuerda húmeda aún flotaba en el pasillo cuando Brenda bajó las escaleras.
A diferencia de los otros oficiales, López se retiraba con su compañera apenas terminaban de comer. Le gustaba preparar las cosas con tiempo. Las demás mujeres le explicaron que usaba shibari: cuerdas elaboradas que la dejaban inmóvil, a veces suspendida de un gancho en el techo. Decían que él sabía lo que hacía, que no era doloroso y que no golpeaba. A Brenda no le preocupaba la idea de otra noche de sexo forzado, pero sí le intrigaba el método. Se imaginó las cuerdas apretando su piel, el calor subiendo por sus muslos, la verga de López entrando sin que ella pudiera moverse.
—Se va a portar bien, le aseguró la capitana Sofía—. El general nos presta a su gente, pero el problema con Daniela lo puso en la lista negra. Está en prueba. Si vuelve a fallar, tendrá que buscar mujeres locales o usar el burdel del ejército. Sofía le pasó una chela fría y Brenda la tomó con manos temblorosas.
También le contaron que López buscaba que ella llegara al orgasmo varias veces y que, en comparación, muchas lo consideraban una noche menos mala. No todos los oficiales se preocupaban por eso. Como de todos modos las iban a coger, preferían disfrutar cuando se pudiera. Brenda sintió que su panocha se humedecía solo de pensarlo. Quería que la ataran, que la usaran, que la obligaran a venirse sin control.
Brenda nunca habría engañado a Eduardo por voluntad propia, pero durante los meses que estuvieron juntos le había mostrado cuánto le gustaba el sexo. Esperaba que él lo entendiera. Y le advirtieron que fingir que no disfrutaba enfadaría a algunos japoneses. Lo más seguro era dejarse llevar. Se tocó el cuello, recordando cómo Eduardo le chupaba los pezones hasta dejarlos duros y sensibles.
Al menos no tendría que hacer plática. López hablaba muy poco inglés. Brenda respiró hondo cuando la puerta de la habitación se cerró a sus espaldas. El olor a madera vieja y a sudor masculino llenó sus fosas nasales.
Una vez en la habitación, ya desnudos, él le indicó con gestos lo que quería. Primero la subió a la cama, le flexionó las rodillas y le ató cada tobillo a su muslo. Las cuerdas eran suaves y gruesas. Usaba varias vueltas para que no apretaran. Ataba rápido y con precisión. Cada vez que terminaba un nudo preguntaba “¿está bien?” y ella respondía que sí. Brenda sintió el primer tirón y su coño latió. El calor subió por sus piernas abiertas.
Después le hizo un arnés en el torso, con vueltas arriba y abajo de los senos. Quedaron varias cuerdas sueltas sobre el pecho y el estómago. Le bajó los brazos y le sujetó las muñecas a las ataduras de los muslos. Luego la acostó boca abajo y enganchó cuerdas al arnés y a las piernas. El sistema de poleas terminaba en una canasta que colgaba cerca de la pared. López fue añadiendo pesas de plomo hasta que el cuerpo de Brenda empezó a levantarse. Cuando quedó suspendida en el aire, él la estabilizó. El contrapeso era casi exacto. Brenda gimió al sentir que su peso se repartía entre las cuerdas que le apretaban las tetas y el arnés que le rodeaba la cintura.
Le ató la base de cada seno con las cuerdas sueltas, con cuidado de que no doliera. En el espejo vio cómo sus senos se hinchaban y oscurecían. Los pezones se pusieron duros. López giró despacio el cuerpo y se mostró satisfecho. Brenda miró sus propias tetas hinchadas y sintió una ola de excitación que le mojaba la entrepierna. Quería que la penetrara ya.
Por último le recogió el cabello en una coleta y ató una cuerda que la obligaba a mantener la cabeza erguida, unida al arnés del pecho. Quedó mirando al frente, inmóvil, colgada en horizontal. No sentía dolor. Solo una inmovilidad total. Su coño palpitaba, abierto, expuesto, esperando la verga de López.
La cogida en el aire
López la usó como quiso. La penetró con su verga gruesa, la tocó con los dedos, con la lengua y con varios juguetes. Le provocó orgasmos seguidos, cada vez más intensos. Brenda perdió la cuenta. Descubrió que la completa falta de control la excitaba más de lo que había imaginado. Cuando el mayor terminó, deshizo las cuerdas en orden inverso. Liberar los senos solo causó una leve molestia. Después se acostaron exhaustos y durmieron. Brenda sintió la leche de López resbalando por su muslo mientras se quedaba dormida.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Sofía les explicó su plan de espionaje y preguntó quién quería ayudar. Dejó claro que nadie estaba obligada y que los japoneses podían fusilar a quien atraparan espiando. Todas entendieron el riesgo. Brenda todavía tenía las marcas rojas de las cuerdas en las muñecas y en las tetas.
—Nuestras vidas ya están en juego, dijo Rosa—. Si de todos modos estamos en peligro, prefiero que valga la pena. Yo entro. Las demás asintieron en silencio, el aroma del café recién hecho mezclándose con el olor a sexo de la noche anterior.
Una por una aceptaron. Sofía les agradeció y les pidió ideas para salir del hotel un par de horas y reunirse con los guerrilleros. Cuando le preguntaron cómo se comunicaba con ellos, respondió que Daniela lo sabía, pero que por seguridad no lo diría todavía. Brenda se removió en la silla, sintiendo aún el eco de los orgasmos en su cuerpo.
Brenda contó lo que había pasado con López. Habló sin rodeos y varias mujeres sonrieron al reconocer detalles. Nancy explicó que el general le había dicho al mayor que valoraba el espíritu agresivo, pero no la rabia ciega. López parecía haberlo entendido. Brenda describió cómo la verga le había llenado el coño mientras colgaba, cómo los dedos le habían apretado los pezones hinchados y cómo se había corrido hasta que ya no pudo más.
En los días siguientes buscaron la forma de sacar a Sofía. Caminar por la puerta principal era imposible: era demasiado alta y demasiado blanca para pasar por filipina. Saltar la barda con alambre de púas también estaba descartado. Fue Nancy quien encontró el punto débil mientras limpiaban una habitación con la capitana. Todas sabían que el riesgo era enorme, pero la idea de escapar y volver a sentir libertad, aunque fuera por unas horas, les daba fuerzas. Brenda se tocó discretamente el cuello, recordando la cuerda que la había mantenido erguida mientras López la cogía sin piedad. El plan empezaba a tomar forma entre susurros y miradas cómplices, mientras el sol de Guadalajara entraba por la ventana y prometía un día más de tensión y deseo contenido.