Resumen:
En un almacén de Iztapalapa, dos parejas participan en un concurso donde los hombres responden preguntas mientras sus novias permanecen atadas a un banco. Cada error activa una máquina que penetra a las mujeres. Sofía, más alta y segura, es expuesta primero ante el público. Brenda, más menuda, recibe después un dildo más grande. Eduardo falla varias respuestas y Sofía alcanza dos orgasmos. Al final del programa, Mateo gana y recibe el premio mientras Eduardo se marcha sin nada.
Aquí está tu Historia: Mi novia perdió el concurso y se la cogieron en el almacén
Era una noche de verano calurosa en un almacén de zona industrial cerca de Iztapalapa. La voz del presentador retumbaba anunciando el último episodio del programa de juegos. Desde fuera nada delataba lo que pasaba adentro. El escenario parecía un set de televisión normal, como los de cualquier concurso de la noche, solo que todo era más pequeño. El auditorio cabía unas cincuenta personas, casi todos hombres de mediana edad con cervezas en la mano. En el centro había una mesa donde el presentador acababa de abrir el show, y a cada lado, separadas, otras dos mesas. Entre ellas, un banco de tratamiento con varios soportes atornillados. Una pantalla grande servía de fondo.
Anunciaron a los candidatos y entraron entre aplausos. Eran dos parejas jóvenes que se colocaron en las mesas. “Nuestra primera pareja esta noche, en el equipo rojo: Sofía y Eduardo”. Los dos sonrieron y saludaron a las cámaras que rodeaban el lugar. Sofía y Eduardo llevaban tiempo juntos. La idea de participar había sido de Eduardo. Les gustaba probar cosas nuevas en la relación. Él traía jeans que resaltaban un poco sobre sus tenis blancos y una playera beige. Tenía a Sofía abrazada con un brazo. Ella solo llevaba un abrigo fino de satén que apenas le cubría las nalgas. Sabía cómo volver locos a los hombres con su cuerpo y lo había hecho muchas veces. Medía 1.78 m, cintura estrecha, piel impecable; no solo tenía confianza, también le llovían las atenciones. Eduardo pensó en lo chingón que sería ver a su morra expuesta frente a todos.
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“Del otro lado, en el equipo azul: Brenda y Mateo”. El público volvió a aplaudir. Brenda y Mateo se habían conocido hacía poco en una fiesta de Eduardo y desde entonces no se separaban. Cuando él les contó del programa, no dudaron en inscribirse. Mateo se había arreglado con jeans y camisa casual. Brenda traía mucho menos: apenas 1.57 m, menuda, a mediados de los veinte, cubierta solo por un conjunto de lencería muy provocativo. Su cabello rubio largo le caía sobre los hombros y entre el escote, cubriendo en parte sus pechos pequeños pero bien formados. Mateo sentía la verga ya dura solo de imaginar lo que venía.
Las reglas del juego
“Otra vez encontramos candidatas prometedoras”, comentó el presentador mientras las repasaba con la mirada. “Y ahora las reglas, que otra vez son sencillas. Tres rondas más la final. En cada ronda, Eduardo y Mateo responden preguntas. Sus parejas reciben un castigo por cada respuesta equivocada o sin contestar. La mujer que tenga menos orgasmos al final gana el programa. Esfuércense, muchachos, porque el novio de la ganadora recibe su premio al terminar. El otro se va con las manos vacías y tendrá que esperar hasta llegar a casa. Si no hay más dudas, empezamos.” El público murmuró con ganas, algunos ajustándose los pantalones.
Hubo un breve silencio de aprobación. El presentador continuó: “Ahora pido a nuestras chicas que se quiten la ropa y a Miguel que empiece los preparativos”. Un hombre alto y fornido, vestido de negro, entró empujando un carrito con varios cajones. Sofía dejó caer el abrigo sin dudar y mostró su cuerpo perfecto. La tela resbaló por sus pechos de copa C, siguió la curva de sus caderas, descubrió su pubis depilado y cayó a lo largo de sus piernas largas. Se escuchó un gruñido en el público. Algunos silbaron, otros la miraban con ganas. Consciente de la atención, Sofía caminó de puntillas hasta el banco, se dio la vuelta, abrió las piernas y se inclinó despacio hacia adelante. Cuando apoyó las manos, sus dos agujeros quedaron a la vista de todos. Las cámaras registraron cada detalle. El aplauso fue fuerte. Eduardo sintió su verga palpitar al ver a su novia así expuesta.
Después de que el ruido bajara, Sofía se sentó en el banco. “Qué concursante tan segura. Veremos si sigue igual de firme cuando su novio no acierte todas las respuestas”, soltó el presentador con una sonrisa amplia. “Ahora tú, Brenda, muéstranos lo que traes”. Brenda soltó el sostén de un movimiento y lo dejó caer. Sus senos pequeños quedaron al descubierto. Se quitó el tanga con agilidad y dio unos pasos hasta el banco. Saltó para sentarse en el borde y abrió las piernas de par en par. Se agarró los pechos y los amasó despacio. El público aplaudió con fuerza. “Pequeña pero bonita. Me gustas, Brenda”, confirmó el presentador. Mateo tragó saliva viendo cómo su morra se exhibía sin vergüenza.
Miguel se acercó primero al banco de Sofía, que ya estaba acostada. Abrió los rieles laterales con argollas, sacó cuatro correas de cuero del carrito y se las colocó en muñecas y tobillos. Fijó los brazos y piernas en forma de X, luego ajustó los rieles para abrirla más. Sofía soltó un pequeño jadeo cuando él accionó el mecanismo que tensó las correas. “Alguien no es muy aprensiva”, bromeó el presentador y el público rio por lo bajo. Sofía quedó inmóvil, las piernas abiertas de modo que todos podían verla sin problema. Su panocha brillaba un poco ya de anticipación.
Miguel repitió el procedimiento con Brenda. Los dos novios ya tenían una erección visible en los pantalones. Mateo miró a Sofía con ojos ávidos; le había llamado la atención antes, pero nunca se había permitido pensarlo demasiado por respeto a Eduardo. Apenas tuvo tiempo de distraerse: Miguel ya estaba frente a Brenda esperando instrucciones. Brenda sintió el calor subir por su cuerpo al notar las miradas.
“Adelante, Miguel”, dijo el presentador. “No queremos que nuestras mujeres empiecen sin preparación”. Miguel tomó un frasco, se untó el contenido entre los dedos y empezó a masajear la vulva de Brenda con toques suaves. Ella soltó un gemido de placer. Al cabo de unos minutos introdujo dos dedos con cuidado. Brenda se arqueó todo lo que las correas le permitían. Sus pezones se endurecieron y su vagina se humedeció. Mateo sabía que a Brenda le gustaba que la tocaran así, pero verlo con otro hombre era nuevo y excitante. Cuando los jadeos de Brenda se volvieron más intensos, Miguel redujo la velocidad y se retiró. La dejó con la vagina brillante y abierta, lista para más.
La primera máquina
“Creo que ya tuvo suficiente”, comentó el presentador. “No queremos que Brenda llegue al primer orgasmo antes de la primera ronda”. Miguel se acercó entonces a Sofía. Ella ya estaba mojada solo de oír a su amiga. “¿Qué dices, Miguel? ¿No necesita lubricante porque ya está húmeda? Alguien se excita fácil. Entonces no necesita preparación previa”, rio el presentador. El público soltó un suspiro de decepción. Sofía sonrió por dentro, sabiendo que su cuerpo respondía rápido a la atención.
Miguel sacó del carrito un aparato con un poste. Enroscó un dildo del tamaño que Sofía usaba en casa y lo fijó en el riel entre sus piernas. Alineó la punta con su entrada y empujó despacio. Sofía respiró hondo cuando el silicone grueso empezó a abrirla. Cuando la mitad ya estaba dentro, Miguel aseguró la máquina. Ahora le tocaba a Brenda. Miguel sacó otro aparato idéntico, pero el dildo que atornilló era negro, de unos 20 cm de largo y 5 cm de diámetro. Brenda abrió los ojos al verlo. Miguel aplicó lubricante y presionó con firmeza. Su entrada resistió al principio, luego cedió con un gemido largo y un pequeño grito. Centímetro a centímetro el falo de goma la fue llenando hasta alcanzar la profundidad deseada. Brenda soltó el aire y empezó a aceptar la presión. Mateo la miraba con la polla a punto de romper el pantalón.
“Es una imagen que no se ve todos los días”, dijo el presentador. “Podemos empezar la primera ronda”. Sonó una melodía y los focos se dirigieron a las mesas de Eduardo y Mateo. El presentador leyó cinco preguntas alternadas. Los primeros tres aciertos fueron para ambos. En la cuarta, Eduardo se quedó callado y sonó la señal de tiempo terminado. El presentador oprimió un botón, las luces se apagaron y solo quedó iluminado el banco de Sofía. La máquina emitió un zumbido suave y empezó a moverse. Sofía se estremeció. El dildo entraba y salía con ritmo lento. Tres minutos después se detuvo de golpe y la luz regresó. Sofía abrió los ojos con deseo insatisfecho, su panocha palpitando.
Mateo respondió bien y la ronda terminó sin más castigos. El presentador anunció la segunda ronda con ritmo más rápido. Eduardo falló dos preguntas y Mateo una. Sofía recibió el doble de tiempo de máquina. Esta vez el movimiento era más rápido. El sonido húmedo se escuchaba claro. Sofía se mecía al ritmo, luchando por no correrse. Justo antes de que terminara el tiempo, el orgasmo la sacudió. Se retorció entre las correas, sudando, el pecho subiendo y bajando rápido. El público estalló. Cuando la luz volvió, el presentador anunció un punto menos para el equipo rojo. Sofía jadeaba, su cuerpo aún temblando por la cogida mecánica.
Brenda también recibió su turno. El dildo enorme empezó a moverse despacio. Al principio sus labios la seguían un poco, luego se soltaron y el aparato ganó velocidad. Brenda pasó del quejido de estiramiento a gemidos de placer. El grosor la llenaba por completo y pronto lo disfrutó. La máquina se detuvo antes de que llegara al clímax. Ella quedó jadeando, deseando que Mateo volviera a fallar, su coño empapado y abierto.
En la tercera ronda Eduardo falló otras dos preguntas. Sofía recibió la máquina a velocidad alta. Luchó contra el placer recordando las veces que Eduardo le prohibía correrse, pero el segundo orgasmo la venció de todos modos. Su cuerpo se arqueó, tembló y se derrumbó sudando. El público se volvió loco. Eduardo apenas podía contener su propia excitación. Terminó la ronda sin más errores. Sofía le agradeció en silencio, su panocha aún contrayéndose alrededor del dildo mientras el presentador anunciaba el final del programa y el premio para el ganador.