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Relato erótico : Me follé a la hermana de mi cuate en su primer día de universidad

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Resumen:

Carlos ayuda a Diego con su auto averiado y, semanas después, participa en la mudanza de la tienda de plomería de su padre. Durante el trabajo conoce a Valeria y a Daniela, la hermana menor de Diego. Entre cargas y clasificaciones, Daniela revela su interés por la disciplina y su deseo de evitar la universidad. Carlos le aconseja hablar con sus padres y le impone condiciones para cualquier encuentro futuro. Meses después, tras graduarse y convencer a su familia de estudiar, Daniela aparece en casa de Carlos para cumplir con lo pactado.

Carlos estaba en el patio trasero reparando el porche cuando lo oyó. Sonaba como un equipo de enanos martillando metal sin parar, un BANG-BANG-BANG rápido que retumbaba detrás de su propiedad y le ponía los pelos de punta.

Se detuvo para seguir el sonido y comprendió que lo que fuera se dirigía directo a su entrada. Dejó las herramientas tiradas y caminó hasta la cochera justo cuando un Buick 1978 que hacía ese ruido horrible se estacionó ahí, echando humo y vibrando como si fuera a explotar.

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El diagnóstico del motor

Se preguntaba quién sería cuando Diego bajó del carro. Diego era amigo de un amigo, un cuate que siempre aparecía con problemas mecánicos y sonrisas nerviosas.

—Oye, Carlos, ¿oíste mi coche? —preguntó Diego con esa cara de quien ya sabe la respuesta.

—Creo que todo el barrio lo oyó, carnal, contestó Carlos. Por si el sarcasmo no le llegaba, sonrió de lado mientras limpiaba el sudor de la frente.

—Bien, ¿crees que puedas arreglarlo? —preguntó Diego con seriedad, casi rogando.

—Bueno, parpadeó Carlos—. Eso depende de qué le pase. ¿Revisaste el aceite, verdad?

—Ah, sí, lo primero que hice. Estaba bajo un litro y le puse uno, está bien, respondió Diego, nervioso.

—Órale, asintió Carlos—. Vamos a checar otras cosas. Lo más probable era el aceite, pero ya le había agregado un litro, así que qué más podía ser.

Revisó las bandas con dedos callosos, miró las mangueras una por una y hasta le pidió que encendiera el coche para checar el aceite de la transmisión. No vio agujeros en los headers. Echó un poco de agua jabonosa en las mangueras de vacío, sin resultado. Le pidió que apagara el coche y el silencio volvió a caer sobre el patio.

Mientras Carlos estaba ahí mirando el auto, Diego se le acercó como si ya supiera la respuesta.

—Carnal, no sé. Tus bandas están bien, las mangueras se ven bien y no encuentro ningún hoyo en los headers, contestó Carlos a la pregunta que Diego no había hecho todavía.

—Entonces, si no encuentras nada, ¿qué piensas? —preguntó Diego, nervioso, pasándose la mano por el pelo.

Carlos extendió la mano y tocó la varilla de aceite.

—Seguro que revisaste el aceite.

—Seguro, y estaba un litro bajo. ¿Y eso que tocaste?

Carlos parpadeó, extendió la mano y acarició la varilla otra vez.

—No sabes qué es esto.

—No, ¿por qué? —La expresión de Diego era preocupante, casi de pánico.

—Es tu varilla de aceite, suspiró Carlos.

Sacó la varilla y estaba completamente seca. No era que le faltara un litro ni que solo la punta tuviera aceite. La varilla no tenía nada de aceite y estaba muy caliente al tacto.

Le lanzó a Diego una mirada de paciencia y fue a su banco de trabajo. Guardaba una caja de aceite debajo porque usaba un par de litros cada semana en sus proyectos. Juntó seis litros y regresó al coche. Vació los seis litros, revisó el aceite otra vez. Otra ida y medio litro más y ya estaba bien.

Le hizo una seña a Diego y este arrancó el coche.

—Cuánto tardará en qui… —Y el golpeteo paró de golpe.

—Así de rápido, rió Carlos.

—Cuánto tiempo tiene que no le das afinación.

—Pues… ha pasado un rato, contestó Diego, culpable, mirando al suelo.

—No te preocupes, carnal, sonrió Carlos—. Solo tráeme un juego de bujías y cables y yo hago el trabajo.

Semanas después recibió una llamada.

—Oye, Carlos, dijo la voz de Diego al teléfono.

—Oye, Diego, ¿cómo va tu coche?

—Sigue andando de maravilla, gracias. Oye, ¿quieres ganar algo de lana este fin de semana? —preguntó Diego.

—Mientras sea legal, me interesa.

—Mi papá está mudando su tienda de plomería y necesita ayuda.

—Espalda fuerte y mente débil, rió Carlos—. Sí, ahí voy.

—Bien, eso quiere decir que solo necesito un tipo más, reflexionó Diego.

—Oye, tengo un amigo que puedo llevar, ofreció Carlos.

—¡Eso sería genial! ¡Gracias!

Carlos rio ante el entusiasmo. Quedaron en que él y su amigo llegarían como a las ocho de la mañana el sábado.

El sábado llegó y encontró a su amigo Mateo y a él en la tienda de plomería. Estaban metiendo conexiones en costales de yute y luego los lanzaban a la caja de su camioneta y la de Eduardo, el papá de Diego.

Mientras trabajaban, llegaron la mamá y la hermana de Diego. Aunque Diego era guapo para ser hombre, Carlos nunca se había preguntado cómo se verían sus papás. Su papá era grande y rudo. Carlos medía 1.88 metros y Eduardo lo miraba desde arriba. Su esposa, Valeria, en cambio, era un espectáculo. La gente bromea con lo de , pero ella lo era. Un poco más de 1.55 metros, cabello negro largo y figura de reloj de arena. Y era dulce como una muñeca. Tanto Mateo como Carlos tuvieron que recoger la mandíbula del suelo. Hasta les llevó limonada fresca.

Pero la hermana de Diego era otra cosa. Era una pelea de cantina esperando a pasar. Como 1.60 metros, cuerpo atlético y delgado, cabello teñido de rosa. Carlos estaba seguro de que su papá tenía varias escopetas que limpiaba regularmente frente a los novios de ella.

—Caballeros, esta es mi esposa Valeria y mi hija Daniela, los presentó Eduardo.

Los dos recibieron un abrazo de cada una. El cuerpo de Valeria se pegó un segundo de más y Carlos sintió el calor de sus chichis contra el pecho.

—En qué podemos ayudar, papá —preguntó Daniela, lista.

—Sobre todo estamos moviendo lo pesado, mi vida. ¿Por qué no revisas los contenedores a ver si nos faltó algo?

—Sí, señor, respondió y se fue a revisar cada contenedor.

Encontró varias conexiones atoradas y, como no pudo soltarlas sola, Mateo le ayudó con manos grandes y firmes.

—Órale, muchachos, parece que ya tenemos todo. Vámonos a la tienda nueva, ordenó Eduardo.

—Suena bien. ¿Te importa que paremos a comer en el camino? —preguntó Mateo.

Eduardo rio.

—Sí, debería alimentar a mi fuerza de trabajo. Diego, tú sabes a dónde vamos, ¿podrías ir con ellos y…? ¿Diego? ¿Diego, dónde estás?

Todos buscaron y Carlos no recordaba la última vez que había visto a Diego. Para ser justos, él no tenía los músculos que Eduardo, Mateo o Carlos tenían, así que quizá se había cansado temprano.

Eduardo se veía molesto cuando descubrió que Diego había desaparecido, pero se adaptó.

—Daniela, mi vida, ¿te importaría ir con ellos?

—Claro, papá. Dame tu tarjeta y yo también les doy de comer, rebotó Daniela.

Eduardo rio, le pasó la tarjeta y se pusieron en camino. Carlos manejando, Mateo de copiloto y Daniela en medio.

Mientras iban, quedó claro que Daniela no salía mucho. Tenía preguntas de todo y aprovechaba el descanso de su familia para saciar su curiosidad. Supieron que la habían educado en casa y que estaba buscando universidades.

—Tengo que preguntarte, nena. Me ves como de dieciséis. ¿Cuántos años tienes? —preguntó Carlos, curioso.

—Acabo de cumplir veinte, un año más y podré tomar, rió ella.

Pararon en un Quiznos y comieron bien. Tuvieron un momento cuando Daniela llamó la atención de unos adolescentes. Mateo y Carlos estaban sentados en la mesa mientras Daniela pagaba en el mostrador cuando pasó.

—Hey, puta, ¿buscas un hombre de verdad?

Daniela le daba la espalda y no se dio cuenta de que le hablaba. Eso pareció molestarlo.

—Hey, puta, te estoy hablando.

Mateo y Carlos se levantaron. Daniela se dio cuenta y volteó con una sonrisa.

—Perdón, ¿qué decías? —preguntó.

—Que si buscas un hombre de verdad, insistió el chico.

Mateo llegó primero.

—Por qué? ¿Conoces a alguno que ella pueda conocer?

El chico volteó, todo actitud.

—Quítate, viejo.

—Wow, te mandó a volar, se rio Carlos al entrar a la conversación.

—Quieres que te lastimen, pendejo? —se alteró el chico.

—Sí, quiero. ¿Salimos afuera? —respondió Mateo.

Carlos estaba listo. Cuando el chico sacó una navaja, Carlos le agarró el cuello por atrás y lo sacó. Con un empujón lo mandó rodando. Sus amigos iban justo detrás. Mateo cerró y, cuando los tipos se detuvieron, les dio peso y pasaron de largo junto a Carlos.

Mientras se levantaban, Mateo puso una mano grande en el pecho de Carlos.

—Si termino en la cárcel, tú proteges a Daniela.

—Por qué tú te llevas toda la diversión? —se molestó Carlos.

Mateo solo le dio esa mirada que decía “creo que eres idiota, adelante, demuéstralo”.

—Está bien, dijo Carlos, disgustado.

Se apartó para darle espacio a Mateo. Mateo era lo bastante grande para jugar fútbol americano y lo bastante marcado para las chicas. Y había quedado subcampeón del equipo olímpico de taekwondo el año anterior. El corte de mohawk escondía su carácter normalmente agradable. Carlos sabía que estaba presumiendo frente a Daniela porque golpear a cuatro tipos era un poco exagerado.

—Vas a ayudarlo? —preguntó Daniela asomándose por detrás de Carlos.

—Me pidió que no.

—En serio? —se puso frente a él para ver mejor.

Carlos la agarró del hombro y la jaló de vuelta hacia él.

—Tenemos que darle espacio, nena.

Los tipos rodearon a Mateo, uno en cada punto cardinal. Mateo esperó y, apenas el del norte fintó un ataque, Mateo retrocedió con una patada giratoria y le pegó al del sur justo debajo de la barbilla.

—Presumido! —gritó Carlos.

Daniela lo miró desconcertada y volvió la vista al pleito.

El del este y el del oeste cargaron juntos. Mateo saltó adelante, hizo una combinación rápida, el del norte cayó y Mateo quedó detrás de él para tener al este y al oeste a la vista.

—No vale la pena, carnal, dijo el del este, queriendo salir.

El del oeste estuvo de acuerdo y retrocedieron.

Carlos puso la mano en la nuca de Daniela y la guio hacia su camioneta. Habían dado dos pasos cuando ella tembló.

—Estás bien, Daniela? —preguntó rápido.

—Sí, señor.

Carlos parpadeó ante el “señor”.

—No te preocupan estos tipos?

—No, señor. Sé que estoy segura contigo, contestó Daniela, un poco ida.

Abrió la puerta del conductor y ayudó a Daniela a subir. Mientras ella se deslizaba al centro, Carlos alcanzó a ver sus pezones. Habían estado planos toda la mañana y en la comida, pero ahora estaban duros y marcados contra la playera.

Mientras manejaban a la tienda nueva, Carlos se preguntó si había sido la destreza atlética de Mateo o su mano en la nuca lo que la había excitado.

Llegaron a la tienda nueva y armaron rápido los estantes nuevos. Después tuvieron que clasificar conexiones. A Mateo le costó trabajo estar sentado tanto tiempo, así que empezó a cargar costales para los demás. Ellos se sentaron en el suelo clasificando mientras Eduardo colocaba las piezas en los estantes nuevos.

A la media hora Eduardo se dio cuenta de que necesitaba más estantes. Agarró a su esposa y fueron por ellos, dejando a Mateo, Daniela y Carlos terminando con las conexiones.

Cuando acabaron y todavía esperaban a Eduardo, Daniela caminó por la tienda mirando las cosas.

—Oigan, chicos? —llamó Daniela.

—Qué necesitas, nena? —preguntó Carlos y se levantó para ver.

Ella había encontrado los tubos de PVC y tocaba el de media pulgada.

—Cómo creen que se sentiría si Diego me azotara con esto?

Mateo y Carlos se miraron, un poco sorprendidos. Pero Carlos ya había estado en peores situaciones.

—Pues tienes que averiguarlo tú misma, nena.

Se arrodilló, con su multiherramienta cortó un buen trozo de treinta centímetros y se lo entregó.

—Papá no puede ver esto, dijo Daniela, moviéndose de un pie al otro.

—Qué hago?

En realidad se hablaba a sí misma, pero Carlos contestó.

—Traías una chamarra cuando salimos esta mañana. Envuélvelo con ella y déjalo en mi camioneta. Después lo mueves o le pides a tu papá que nos lleve a tu casa.

—Órale! —agarró el tubo y salió corriendo.

—Crees que de verdad la nalguea? —preguntó Mateo.

Carlos se cortó otro trozo de media pulgada.

—Sí —contestó. También cortó de un cuarto y de tres octavos.

Daniela regresó como cohete, emocionada. Se le abrieron mucho los ojos cuando vio que Carlos terminaba de cortar lo que se llevaba.

—Diego te azota mucho?

—Pues… —tartamudeó.

—No tanto como quieres? —aventuró Carlos.

—Sí —chilló ella.

Supuso que vería si lo decía.

—Sí, qué?

—Sí, señor! —tomó la decisión y estaba completamente metida.

Le entregó los trozos que había cortado.

—Ve y ponlos detrás de mi asiento y regresa aquí enseguida.

—Sí, señor.

Cuando ella volteó, Carlos le dio un nalgadón fuerte. Obtuvo un chillido y un traspié. Antes de que ella saliera corriendo sin voltear.

—Estás seguro de esto? —preguntó Mateo.

—No, admitió Carlos—. Pero no puedo evitarlo. Alguien tan inocente necesita que la cuiden.

—Entonces no te la vas a coger? —insistió Mateo.

—Si, como sospecho, sigue virgen, no. Pero si ya ha tenido sexo, sí.

—Al menos es una respuesta honesta, gruñó Mateo.

Unos segundos después Daniela entró corriendo y se arrodilló a los pies de Carlos.

—Eres mi nuevo amo?

Carlos levantó la vista justo a tiempo para ver a Mateo poner los ojos en blanco.

—Nuevo amo? ¿Quién era el anterior?

Daniela se puso rosa y murmuró “Bill” algo.

—Habla más fuerte, niña, te hicieron una pregunta.

—Bill, señor. Bill es mi amo.

—Dónde encuentro a Bill? —vio a Mateo tronándose los nudillos. Pensaba lo mismo. Las probabilidades de que Bill viera el día siguiente se veían malas.

—En mi casa, amo.

—En tu casa? ¿Por qué está Bill en tu casa?

Daniela pasó de rosa a rojo.

—Es… mi osito de peluche, amo.

Oyó un golpe cuando Mateo se cubrió la cara con la mano.

—Cómo te castiga el amo Bill?

y tiempo en la esquina, amo.

Esto se ponía cada vez más raro.

—Órale, cómo te nalguea el amo Bill?

—A veces lo hago yo por él y a veces Diego lo hace, admitió.

—Cuando veas al amo Bill esta noche, quiero que le cuentes esto. Lo que sea que él decida como castigo, quiero que lo dupliques.

—Duplicarlo? —chilló.

—No es suficiente?

—No, amo, no. Es más que suficiente, gracias, amo. Le voy a decir al amo Bill y duplicaré lo que diga.

—Te educaron en casa, verdad?

Admitió que sí.

—Cuándo te gradúas?

—Me gradúo en junio, amo.

—Cuando te gradúes, dile a Diego que te traiga a mi casa.

—No puedo venir antes, amo? —se inclinó y le hizo ojitos.

—Si tuviera dieciocho te diría que sí. Tengo veinticinco, esperaré hasta que te gradúes y después te visitaré en la universidad.

—No voy a ir a la universidad, afirmó con firmeza.

—Tus papás lo saben?

Se encogió de nuevo.

—No, fue tan suave que apenas se oyó.

—Entonces llámame después de que hayas tenido esa conversación con ellos.

Levantó la vista.

—Pero por qué?

—No voy a ser la razón por la que dejes la escuela. Tus papás me guardarían rencor para siempre.

—Ah.

—Ahora levántate y busca un lugar para sentarte antes de que regresen tus papás.

—Sí, amo.

Cuando lo llamó “amo” otra vez, Carlos sintió que se lastimó un músculo repitiendo el gesto de poner los ojos en blanco de Mateo.

Poco después Eduardo regresó con su esposa y Mateo lo ayudó a armar los estantes mientras Daniela y Carlos terminaban de clasificar. Una hora después todo estaba organizado y guardado.

—Hicieron buen trabajo, muchachos, los alabó Eduardo—. Tendré que tenerlos en cuenta para proyectos futuros.

—Gracias, jefe. Estaremos felices de seguir recibiendo tu lana y comiendo tu comida.

Eduardo rio con ellos.

—Déjenme quitarme de encima a la esposa y a la hija y les pago.

—Justo, respondió Mateo por los dos.

Salieron a sentarse en la caja de la camioneta mientras Eduardo abrazaba a sus mujeres, las despedía y regresaba a su a contarles el pago. Volvió y les entregó un sobre.

—Gracias de nuevo, muchachos.

—De nada. Tengo curiosidad, a qué universidad mandas a Diego y a Daniela?

Eduardo levantó una ceja antes de contestar.

—Diego está en la universidad comunitaria desde hace años. Daniela todavía no decide. ¿Por qué lo preguntas?

—Daniela estaba bastante segura de que no iba a ir a la universidad.

Eduardo se enderezó.

—Y eso en qué te concierne?

—Después de su declaración de no ir a la universidad le pregunté si ustedes lo sabían. Dice que no. En mi opinión está cometiendo un error y tú, como su padre, necesitas estar en esa conversación.

—Por qué te lo dijo ella? —exigió Eduardo.

—Le pregunté a dónde iba a la universidad y no recibí la respuesta que esperaba. Te lo digo porque, como dije, creo que es un error.

Eduardo lo miró como tratando de ubicarlo en su visión del mundo, así que Carlos explicó un poco más.

—Ni Mateo ni yo pudimos pagar la universidad. Nuestros papás simplemente no tenían el dinero y, para ser honestos, yo no tengo la disciplina para destacar en la escuela. Por eso hago trabajos ocasionales y cuando junte suficiente lana empezaré a voltear casas. La universidad y una carrera habrían sido una vida mucho mejor.

Eduardo se había calmado durante su explicación y terminó estrechándole la mano.

—Entiendo y gracias por decírmelo.

Se despidieron y Carlos siguió viendo a Diego de vez en cuando en casa de un amigo.

El 16 de junio Carlos estaba en su garage debajo de su proyecto más reciente cuando oyó el motor de Diego. Era un mecánico de la vieja escuela y si había trabajado un motor sabía cómo sonaba. Le alegró que esta vez no estuviera golpeando.

Cuando el motor dobló a su entrada, llegó a un punto donde podía parar. Siguió acostado en su rodillo preguntándose si ignoraba a Diego, ¿acaso se iría? Oyó abrirse y cerrarse una puerta del coche y luego el motor de Diego se alejó.

Qué rayos?

Se deslizó de debajo del coche, rodó del rodillo y se puso de pie. Ahí estaba Daniela sonriéndole. Venía vestida para matar. Short de mezclilla que le marcaba las piernas, playera que dejaba ver su vientre atlético, coletas porque sabía que él tenía ese fetiche, un paleta porque lo que un hombre piensa cuando una chica chupa una paleta no es la paleta. Rematado con unos tacones de charol para acentuar su caminar.

—Saludos, amo, dijo seguida de una risita infantil.

—Diego te dejó aquí?

—Sí, amo.

—Por qué te dejó aquí?

—Porque se lo pedí, amo.

—Te das cuenta de que te voy a nalguear tan fuerte que lo vas a sentir dentro de ocho días, verdad?

—S-sí, amo, se puso un poco pálida, pero sus pezones se endurecieron y se marcaron más cuanto más lo pensaba.

—Cambiaste de idea sobre la universidad?

—Sí, amo, sus manos se frotaron el trasero mientras contestaba.

—Tu mamá te convenció?

—No, amo, fue mi papá —otra vez el movimiento inconsciente de la mano. Debió haber causado impresión.

—A qué universidad vas?

—A la Universidad Estatal de Illinois, amo.

—Está lo bastante cerca para viajes de fin de semana, dijo pensativo.

—Sí, amo.

—Bien, eso quiere decir que cualquier cosa menos una A te consigue una sesión de disciplina.

—Sí, amo, se le cortó la respiración otra vez y la mano yendo al trasero otra vez lo hizo sonreír.

Entró por la puerta de la casa y apretó el botón de cerrar del garage mientras pasaba.

—Al paso.

Ella había leído algo y lo siguió, colocándose dos pasos detrás de su hombro izquierdo. Entraron a la sala. Carlos se sentó en su sillón y señaló un punto frente a él.

—Desvístete.

Los tacones salieron primero, lo que pareció mejorar su estabilidad. La playera siguió y los jeans un segundo después. Se quedó desnuda frente a él, el pecho subiendo y bajando lo bastante rápido para que Carlos pensara que estaba nerviosa.

—Preséntate.

Sus manos volaron detrás de la cabeza y empujó los senos hacia adelante. Le permitió mirarla. Muslos atléticos y cremosos, vientre firme y cuello elegante. Con un movimiento de la mano ella volteó. Buenas piernas, un trasero increíble y una espalda fuerte. Revisó y sí, tenía los dedos entrelazados detrás de la cabeza.

Se levantó y, colocando un dedo en la base de su cuello, lo arrastró lentamente por su columna hasta las caderas. Ella tembló de anticipación.

Agarró una silla de la cocina, se sentó y la jaló sobre su regazo. Sus manos agarraron su pierna. Disfrutó acariciándole el trasero, asegurándose de que estuviera exactamente donde quería. Cuando empezó a nalguearla obtuvo más gemidos de placer que de dolor. Aumentó la fuerza de las nalgadas y ella empezó a retorcerse en su regazo, moviéndose para aliviar el dolor.

Después de cien nalgadas le acarició el trasero otra vez hasta que sus sollozos se calmaron. La levantó, la sentó en su regazo. Sus brazos rodearon el cuerpo de Carlos mientras sollozaba contra su cuello.

Cuando sus sollozos se tranquilizaron, le susurró al oído:

—Hora de averiguar si de verdad eres virgen.

—Pero… pero lo soy, sollozó.

—Bueno, si lo eres o no, vas a disfrutar cómo lo averiguo.

Se recostó en su regazo para mirarlo desconcertada y él la siguió inclinando. Cuando ella se deslizó hasta los pies, Carlos se levantó. Le dio unos segundos para asegurarse de que estaba consciente antes de agarrarla de la oreja. Le jaló la oreja con fuerza, girándole la cabeza ligeramente. Marcharon hacia el dormitorio con pequeños chillidos y gemidos marcando el camino.

Una vez dentro la tumbó sobre la cama y le abrió las piernas de golpe. Metió dos dedos gruesos en su panocha ya mojada y empujó hasta el fondo, sintiendo la resistencia de su himen intacto. Daniela gimió fuerte y se arqueó, apretando las nalgas contra la sábana mientras Carlos movía los dedos con fuerza, abriéndole la concha y sacando jugos que le corrían por el culo. —Cógeme, amo, suplicó ella entre jadeos. Carlos sacó la verga dura y la restregó contra sus labios hinchados antes de empujar solo la punta, sintiendo cómo se abría para él. La penetró despacio al principio, luego embistió más fuerte, golpeando sus nalgas con cada embestida. El sonido de carne contra carne llenó la habitación. Daniela gritaba su nombre, rogando más fuerte, hasta que Carlos la volteó, le dio diez nalgadas seguidas y la folló desde atrás, metiendo la verga hasta el fondo mientras ella se corría en chorros, inundando la verga y las sábanas con su corrida caliente. Carlos eyaculó dentro de ella con un gruñido, llenándole el coño de leche espesa que le chorreaba por las piernas. Se quedaron pegados, jadeando, el olor a sudor y sexo llenando el cuarto.

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